viernes, 7 de abril de 2017

Pobres gentes, de Dostoievski (1846).



  

Había leído antes varios trabajos del maestro, pero no me había sucedido hasta ahora el sentir cierta identificación con sus personajes. Se trata de un momento mágico, de un regalo para el lector. Qué mejor puede ofrecer la literatura que ese sentimiento, cuando sientes que circunstancias semejantes a las tuyas han atribulado al escritor. Quizás se trate de un sentir general, o de una anécdota nada más, no tienes por qué sentirte identificado al completo con un personaje sino simplemente corroborar que un pequeño hilo te une a él. Esto es lo que ofrece la literatura, nada que ver con el 99,99 por ciento de lo que hoy en día nos ofrecen los sellos editoriales de enjundia, absolutamente nada que ver…

            Acudí a esta primera novela de Dostoievski después de leer la biografía (por llamarle de alguna manera porque es una especie de homenaje literario) que escribió Zweig. Tiene un argumento bien sencillo, pero ya contiene sus principales obsesiones y la estructura es moderna, aunque no estoy al tanto de academicismos y no tengo argumentos comparativos para tratar su estructura epistolar. Lo que sí puedo asegurar es que le dota de una gran libertad, dicha estructura le sirve para exponer aquello que le obsesiona saltándose días y sucesos que ahora no le importan pero que luego puede recuperar a su conveniencia.

Makar Alekseievich y Varvara Alexeievna intercambian cartas en las que exponen sus problemas personales, su extrema pobreza, intercalando opiniones acerca de sí mismos al tiempo que, lógicamente, retratan la sociedad en la que viven.



Curiosamente Dostoievski triunfó con este su primer trabajo. Tuvo la suerte (cosa hoy en día imposible) de que le leyera con entusiasmo el mayor crítico de aquel tiempo, Visarión Belinski. Y es que ya contiene los argumentos a que Dostoievski nos acostumbra. Se nos introduce en una situación que empeora progresivamente al tiempo que se agudizan los sentimientos de los protagonistas. Nos enfrentamos a los continuos altibajos de Dostoievski, momentos de euforia y exaltación, del optimismo más luminoso a la profunda depresión. Los paralelismos entre Dostoievski y el protagonista son evidentes pues pretende éste ser escritor. El regalo de genio que nos hace Dostoievski es incomparable:



Yo no tengo ese talento. Aunque llenara diez páginas no llegaría a nada, no sabría hacer ninguna descripción. Lo he probado ya.



La maestría de Dostoievski para enredarnos en sus tramas está ya perfectamente manifiesta:



¡Ah, amigo mío! La desgracia es una enfermedad contagiosa. Los desgraciados, los pobres, deben guardarse los unos de los otros para no agravar el mal. Le he traído a usted males que no había experimentado aún en su existencia modesta y solitaria. Todo esto me atormenta y me mata.



¿Por qué, matotchka, soy blanco de los ataques de malas gentes? Le diré a usted, querida, que, aunque ignorante y tonto, tengo un corazón como cualquiera. Pues bien, Varinka, ¿sabe usted lo que me ha hecho un mal hombre? Pero es una vergüenza decir lo que ha hecho; pregúnteme mejor por qué lo ha hecho. Simplemente ¡porque soy humilde, porque soy apacible! ¡Porque soy bueno! Mi carácter no les convenía; he aquí por qué cayeron sobre mí…



El genio de Dostoieski está en el desarrollo de los caracteres. Nos habla de los hombres y nos permite conocer a las personas que presenta como si las tuviéramos delante. No nos hacemos con sus rasgos, con su físico, nos hacemos con su interior:



Ya me he acostumbrado a ello, porque me acostumbro a todo, porque soy un hombre apacible, porque soy un pobre hombre; pero, sin embargo, ¿por qué todo esto? ¡Pero considere usted solamente, querida, si tengo las facultades necesarias para ser un intrigante y un ambicioso!...



El otro día, en una conversación privada, Evstafii Ivanovich dijo que la principal virtud cívica es saber ganar dinero. Lo dijo en broma (sé que era en broma); pero lo que nos ordena la moral es no serle gravoso a nadie, y yo no le soy gravoso a nadie.



Los fragmentos sobre la literatura no escasean:



Pero es una bella cosa la literatura, Varinka, una bella cosa; lo he sabido por ellos anteayer. ¡Una cosa profunda! Fortalece el corazón de los hombres, instruye, y hay todavía otros diversos pensamientos sobre este asunto en el libro que han leído…



… Cuando empiezan a discutir sobre diversos temas, entonces, aunque a mi pesar, me eclipso, buenamente; en tales momentos, a nosotros, matotchka, no nos queda más que eclipsarnos. Me juzgo entonces un simple cretino, me doy vergüenza de mí, y durante toda la velada busco ocasión para intercalar siquiera media palabra en la discusión general; ¡pero he aquí que, como hecho a proósito, esa media palabra no sale!...



Duermo. ¡Qué imbécil soy! En vez de dormir sin necesidad, podría uno ocuparse agradablemente, sentarse delante de su mesa y escribir. Es fructuoso para sí y bueno para los demás.



Refleja los caracteres con cercana sencillez, a través de lo que expresan, sinceramente, acerca de sí mismos:



No, amigo mío, no puedo permanecer entre ustedes. He reflexionado, y encuentro que haría muy mal rechazando una colocación ventajosa. Allí, al menos, tendré un pedazo de pan asegurado; lo haré todo por merecer la benevolencia de los señores; procuraré incluso modificar mi carácter, si conviene. Sin duda, es triste, es penoso, vivir en medio de personas extrañas, buscar el apoyo de los demás, disimular y reprimirse; pero Dios me ayudará.



Luego Dostoievski nos lleva al límite, al paroxismo que media entre la cordura y la locura:



…tengo enfermo el corazón matotchka. La pobre gente es caprichosa; la naturaleza lo ha querido así. Ya me había dado cuenta anteriormente. El hombre pobre es receloso; hasta tiene una manera particular de considerar el mundo, observa de reojo a cada transeúnte, pasea a su alrededor una mirada inquieta, y presta oído a cada palabra, imaginándose siempre que se habla de él, que se critica su exterior lamentable…



Tengo que hacerle observar a usted, querida, que desde hace poco, me he vuelto dos veces más tímido, dos veces más fácil de desconcertar que antes. En estos últimos tiempos, ni siquiera me atrevía a mirar a nadie. Al menor ruido que hacía alguien con su silla se me ponía la carne de gallina. Hoy, modestamente sentado en mi sitio, con la cabeza inclinada sobre los papeles, parecía un erizo,…



Las dificultades para salir adelante, la pobreza más cruel, está presente en toda la novela:



Ahora recurro a usted, Makar Alexeievich, e imploro su asistencia. ¡No me abandone usted, por el amor de Dios, en semejante situación! Pida prestado, se lo ruego; procúrese dinero por poco que sea; no tenemos medio de trasladarnos, y es absolutamente imposible que nos quedemos más tiempo aquí; tal es también el parecer de Fedora. Necesitamos, a lo menos, veinte rublos; le devolveré a usted ese dinero; lo ganaré con mi trabajo;…



Ya sé, ya sé, matotchka, que es malo sustentar tales ideas, que es una impiedad; pero, francamente, ¿por qué los unos tienen ya asegurada la felicidad desde el seno de su madre, mientras que otros vienen al mundo en un hospicio? Y hasta ocurre que, a menudo, Ivanuchka el imbécil se ve favorecido por el destino.



Y entonces, cuando parece que los personajes se enfrentan a la muerte por inanición, la montaña rusa de Dostoievski entra en escena. Makar tiene un error en su trabajo, su Excelencia lo requiere y su atuendo le delata, y como muestra de su miseria más absoluta se le desbarata el traje y cae un botón a sus pies, y cuando parece que va a morir llega la culminación de la felicidad porque en vez de despedirle, apiadado, le deposita en su mano un billete de cien rublos. Sí, un magnífico Dostoievski desde su primer trabajo.


jueves, 23 de marzo de 2017

Hesíodo, Teogonía, Los trabajos y los días, Escudo (siglo VIII a.C.)




Después de Homero, el más antiguo de los poetas helénicos. Podríamos decir que Homero es el poeta de la guerra y Hesíodo el de la paz, pero mejor no entrar en valoraciones insustanciales porque todos nos decantamos por la grandiosidad de La Odisea y La Ilíada que, aún hoy en día, podemos leerlas con fruición. Preciso apuntar aquí que en la antigüedad se admiraba tanto al uno como al otro.
Tampoco voy a entrar en estudios más hondos, que para eso está la introducción de Aurelio Pérez Jiménez correspondiente a la magnífica colección de clásicos griegos y latinos de bajo coste que publicó Planeta DeAgostini.
En este tipo de trabajos me suele suceder que disfruto más con las extensas introducciones críticas que con los textos propiamente dichos. Cierto que conozco los entresijos de la historia y no me pierdo en este terreno para otros movedizo.
La Teogonía viene a ser una genealogía de los dioses griegos, mitología propiamente dicha. Zeus personifica la justicia, desde el caos inicial hasta que su poderoso brazo viene a poner orden en el mundo venciendo a los Titanes en la denominada Titanomaquia. La mayoría de ellos terminan encerrados en el Tártaro, la región más profunda del inframundo. Se trata de una historia que todos hemos oído alguna que otra vez y aquí está el relato original.
Trabajos y días. El hermano de Hesíodo, Perses, pretende arrebatar al propio autor su herencia y éste trata de disuadirle advirtiéndole de la necesidad de trabajar como único medio legítimo para eludir la pobreza y el hambre. En realidad lo que hace Hesíodo es ofrecer a su hermano y a los lectores consejos de conducta en sociedad, y un calendario para cosechar la tierra o lanzarse a la mar a comerciar.

…pues nada mejor le depara la suerte al hombre que la buena esposa y, por el contrario, nada más terrible que la mala, siempre pegada a la mesa y que, por muy fuerte que sea su marido, le va requemando sin antorcha y le entrega a una vejez prematura.

Es más dudosa la atribución de Escudo a Hesíodo. Como el resto de su obra, obtuvo una enorme repercusión en la cultura grecolatina, y con eso nos basta para zambullirnos en sus páginas y saciar nuestra curiosidad. Zeus, Anfitrión, Ificles, Heracles o Ares son los protagonistas de una historia difícil de atrapar de no ser por las notas al pie. La descripción del escudo se lleva el protagonismo del relato:

Tomó con sus manos el resplandeciente escudo. Nadie lo consiguió rasgar, haciendo blanco en él, ni lo abolló, maravilla verlo. Todo él, en círculo, por el yeso, el blanco marfil y el ámbar, era reluciente…
Allí había doce cabezas de terribles serpientes, indecibles, que infundían terror a las tribus de hombres que habitan sobre la tierra…
Allí había manadas de jabalíes y de leones que se miraban fijamente, furiosos y dispuestos al ataque…
Allí estaba el combate de los lanceros Lapitas en torno a su rey Ceneo, a Driante, a Pirítoo, a Hopleo…

Si no somos capaces de disfrutar de las figuras literarias al estilo de Electriona, la de bellos tobillos, Anfitrión incitador de ejércitos, Ares insaciable de guerra, Atenea de ojos glaucos o Zeus el portador de la égida, mejor a otra cosa, porque a veces tenemos que enfrentar a los clásicos grecolatinos con lentitud y como pasatiempo.


lunes, 20 de marzo de 2017

Movimiento perpetuo, de Augusto Monterroso (1972)



 La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo.

Siempre he considerado que la mejor manera de reflejar las sensaciones que un libro te provoca es a partir de lo que dice el propio libro, y en esta ocasión él mismo se define a la perfección. En esta novela no encontrarás mucho más, frases rebuscadas sobre moscas, reflexiones literarias, algún que otro palíndromo y un entretenimiento pasajero, pues ya lo dice un Augusto Monterroso que, como yo, no cree que la literatura pueda cambiar a la gente.

Si el espacio y el tiempo, como dicen
los sabios,
son cosas que no pueden ser,
la mosca que ha vivido un solo día
ha vivido tanto como nosotros.
                                   T.S. Eliot, Canción

Pero tampoco esperéis encontraros realismo mágico o juegos malabares con el lenguaje. Puede que Augusto se obsesione con la lengua, pero no tropezaremos con un obseso de la forma sino que ¡fíjense en el sarcasmo! porque Augusto prioriza el contenido sobre el continente:

       …ya que son incontables las personas a quienes nada convence más que un buen adjetivo en el lugar preciso.

Pero aparte del amor, el sexo o la muerte, lo que más me ha interesado en este pequeño experimento literario, es precisamente la parte de experiencia literaria que contiene.

Como si esto fuera poco, el hecho es que desde hace veinte años mi afición por la lectura se vino contaminando con el hábito de comprar libros, hábito que en muchos casos termina por confundirse tristemente con la primera.



El conocimiento directo de los escritores es nocivo. “Un poeta ―dijo Keats― es la cosa menos poética del mundo”. En cuanto uno conoce personalmente a un escritor al que admiró de lejos, deja de leer sus obras.

… no pasa un día sin que aparezca algo nuevo y ya no queda tiempo para leerlo todo, menos esos largos novelones a veces enredados deliberadamente por los autores para demostrar que conocen la técnica.

La verdad que Monterroso no ofrece soluciones, pero cómo me he divertido observando sus reflexiones, y su sabiduría a duras penas encubierta.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Dostoievski, de Stefan Zweig (1920).




 


Jamás la Humanidad escuchó tumultos y clamores como los que nos llegan de esta sima. Jamás sobre una creación se cernieron sombras más espesas.

Y de pronto, de lo más hondo de la sima sale una voz flotando dulcemente sobre el tumulto, como una paloma que volase sobre el oleaje tempestuoso. Suave es su acento, grandioso su sentido, y santas las palabras que pronuncia: «¡Amigos: no temáis a la vida!» Y un silencio sucede a estas palabras, las sombras escuchan estremecidas, y vuelve a oírse la voz, cerniéndose sobre todos los tormentos: «Sólo en el tormento aprenderemos a amar la vida».

Dostoievski es difícil de descifrar, es contraste, redención, y Zweig nos traza aquí una estampa diferente, nada que ver con una biografía al uso, tan apasionante como la propia obra de Dostoievski.

… no creyendo en Dios, se convierte en su misionero, y despreciándose a sí mismo, predica la fe en su nación y la Humanidad. Siempre, ahora en la idea como antes en el arte y en la vida, es el mártir que se clava a sí mismo en la cruz para redimir con su sangre el ideal.

Comienza Zweig con una humilde reverencia:

Hablar dignamente de Fedor Michailowitsch Dostoievski y de lo que significa para nuestro mundo interior es empresa difícil y arriesgada, pues la magnitud y el peso de este hombre único reclaman medida nueva.

No merece la pena decir nada, mucho mejor dejar los fragmentos subrayados.

Dostoievski no se molesta en lo más mínimo por ayudarnos a comprenderle. Otros forjadores de obras formidables de esta época nos desnudan su voluntad. Wagner pone al lado de su creación la explicación programática, la defensa polémica; Tolstoi abre de par en par las puertas de su vida de todos los días para dar acceso a la curiosidad y rendir cuentas a quien se las demande. Las intenciones de Dostoiveski sólo se traslucen en la obra acabada; deja que los planes se consuman en la brasa de la creación.

La conciencia mística de Dostoievski presiente la santidad de la mano que le azota, el sentido trágicamente fecundo de su destino. Y su dolor se torna en amor de sus dolores, y de la brasa encendida y consciente de su tormento salen las llamas que iluminan su época, su mundo.

Dostoievski descuella incluso cuando habla de los lugares comunes:

Dostoievski se interna en el variado y peligroso mundo de los libros ―ese eterno refugio de todos los descontentos, asilo de todos los desdeñados ―.

La prosa de Zweig se arrebata al hablar de Dostoievski, de tal manera que resulta más florida de lo que en él resulta habitual. Comparto su admiración por el maestro, la cual le empuja a un estilo que agradezco, poco científico, nada académico. Zweig parte de los textos y las críticas literarias para hablarnos de lo verdaderamente importante, su obra, pasando por alto los insulsos datos de su biografía.
Un ejemplo fabuloso, cuando compara a Dostoievski con Oscar Wilde.

En Oscar Wilde, el lord sobrevive al hombre y el aristócrata pena entre los presidiarios del temor de que le traten como a un igual. Dostoievski pena de que el ladrón y el asesino no se sientan hermanos suyos, pues para él toda distancia entre las almas, todo lo que no sea hermanamiento significa mácula, impotencia de humanidad. Como el carbón y el diamante, hechos de un mismo elemento, así es el destino de estos dos poetas, el mismo y, sin embargo, tan desigual.

Dostoievski representa lo báquico frente a lo apolíneo, es el poeta de los antagonismos, de la epilepsia. Tolstoi se tortura, reflexiona constantemente tratando de hacer el bien para vencer al mal, mientras que Dostoievski se deja llevar por la pasión sin meditar, vive con plenitud; sus personajes mezclan el bien y el mal, que nunca aparecen en forma pura.

También lo compara con Goethe:

Goethe aspira al ideal apolíneo; Dostoievski tiende al ideal báquico. No ansía ser un olímpico, igual a los dioses; todo lo que ambiciona es ser un hombre, un hombre fuerte. Su moral no tiene por canon el clasicismo, ni guarda más norma que una: la intensidad. Vivir bien es, para él, vivir como los fuertes, y vivirlo todo, y todo a la vez, lo bueno y lo malo, y ambas experiencias en sus formas más henchidas y embriagadoras. Por eso Dostoievski no busca jamás una regla: busca sólo y busca siempre la plenitud. Contemplad a Tolstoi en medio de su obra, y vedle detenerse, desasosegado, abandonar el arte y atormentarse toda una vida con el pensamiento del bien y del mal, con la desazón de si su existencia será verdadera o falsa. La vida de Tolstoi es una vida didáctica, un tratado, un folleto de propaganda: la de Dostoievski es una obra de arte, una tragedia, un destino.

La descripción que hace Zweig de los personajes de Dostoievski es magnífica:

Los hombres de Dostoievski, descuajados de una gran tradición, son auténticos rusos, hombres de transición que llevan en el corazón el caos de los orígenes, seres cargados de inhibiciones e incertidumbres. Siempre tímidos y temerosos, siempre creyéndose humillados y despreciados, y todo por el sentimiento primigenio y único de su nación: por no saber quiénes son y qué son, si poco o mucho.

Como todo buen profesional, Zweig utiliza con tino el método comparativo:

Todos los afanes de una novela de Dickens acaban en la casita de campo rodeada de verde y llena de voces alegres de niños; si la novela es de Balzac, en un palacio, en el título de par de Francia, en los millones. Echemos una mirada a nuestro alrededor, en la calle, en las tiendas, en los cuartos de los pobres o en los salones iluminados: ¿qué es lo que anhela toda esa gente? Alcanzar la felicidad, vivir satisfechos, ser ricos, poderosos. ¿Hay algún hombre en el mundo de Dostoievski que apetezca eso? Ninguno. Ni uno solo. Todo su afán es andar, andar, no detenerse jamás, ni en la dicha. Marchar adelante, sin descanso. Tienen todos ese «corazón superior» que se atormenta. No les preocupa ser felices; el vivir satisfechos les es indiferente, la riqueza es más bien despreciable que apetecible. Nada ansían de cuanto ansía la Humanidad entera; son todos unos raros.

Después de haber alumbrado en sí al hombre puro, y sólo entonces, es cuando los héroes de Dostoievski entran en la verdadera vía de comunidad. El héroe de Balzac triunfa en la sociedad y sobre ella; el de Dickens triunfa al acomodarse pacíficamente dentro de su clase, en la vida civil, en la familia, en la profesión. Mas la comunidad a que tiende el hombre dostoievskiano no es ya la vida social, sino la religiosa. No es la sociedad a lo que aspira, sino a la fraternidad humana universal.

Zola o Flaubert no se libran de la comparación:

Para dar colorido natural a Salambó o las Tentaciones, Flaubert destila en la retorta de su cerebro dos mil volúmenes de la Biblioteca Nacional de París; Zola, antes de sentarse a escribir una línea de sus novelas, anda azacanado durante varios meses de acá para allá, como un reportero con su carnet de notas, observando el tráfago de la Bolsa, la vida de los talleres y los bazares… Son fríos científicos del arte, que coleccionan, mezclan y destilan los elementos que la vida les ofrece, en una especie de química analítica y sintética.
En el proceso de observación que sigue Dostoievski hay siempre algo de diabólico. Y si el arte de aquellos es ciencia, el de éste es magia. No es química experimental, sino alquimia de la realidad, astrología del alma y no astronomía. Dostoievski no es un frío investigador. Desciende a las galerías más profundas de la vida como un alucinado, sin sentir el espanto de las simas satánicas.

Buscadme, enseñadme un solo hombre, uno solo, en la obra de Dostoievski, que respire reposadamente, que se eche a descansar, que haya tocado su meta. Ninguno. Todos son uno,…

Los personajes de Dostoievski:

Beben y juegan, se entregan a la crápula, y todo esto, como hijos genuinos de Dostoievski, con un fanatismo que es frenesí. Es el dolor, no un deseo indolente de placer, quien los empuja al vicio. No es el beber para gozar de paz y dormir satisfechos, en un sueño profundo, como bebe un alemán, sino el beber por amor a la embriaguez, para enterrar en ella la idea que enloquece; no el jugar para ganar, sino para matar en la pasión el tiempo; el libertinaje que no busca el placer sino el perder, en el torbellino de los excesos, la medida angustiante del espíritu. Estos hombres quieren saber quiénes son, y para saberlo buscan las fronteras de sus posibilidades… Raskolnikov asesina a la vieja para “probar” su teoría napoleónica, y todos hacen más de lo que realmente se proponen sólo para tocar las fronteras extremas del sentimiento.

«Odio la armonía», grita Iván Karamazov, el personaje en quien se traducen los más secretos pensamientos de su autor.

Zweig advierte a los lectores incautos:

Los hombres que sientan la épica de Dostoievski han de ser hombres de alma tensa y exaltada: el poeta escoge sus lectores como sus héroes. Los placenteros paseantes de la lectura, los que sólo saben andar por la acera de los problemas trillados, deben renunciar a este autor, como él renuncia a ellos. Mas los ardientes, los apasionados, los abrasados en el sentimiento, encuentran aquí su verdadero mundo.