miércoles, 10 de mayo de 2017

El gato negro, de Edgar Allan Poe (1839)



No todos los relatos de Poe me provocan como para escribir sobre ellos, no por el momento. Además, y no sé si por el afán de llevar la contraria, o quizás por el afán de cultivar una insana, por lo de propia, opinión, el caso que no suelo concordar con la mayoría a la hora de escoger de entre los clásicos las que yo considero sus obras maestras. Por poner un ejemplo, he pasado de puntillas por El pozo y el péndulo, y Manuscrito hallado en una botella me ha dejado más perplejo que otra cosa. Cuestión de gustos, estados de ánimo, quizás interés o necesidad. Cierto que El pozo y el péndulo ofrece diferentes lecturas, y a ese relato estoy convencido de que volveré porque considero que la anécdota de la inquisición y la tortura no son para Poe otra cosa que una excusa para expresar las sensaciones de un hombre que se topa frente a frente con el sufrimiento más atroz, lo cual se puede extrapolar al tipo de sufrimiento que cada cual tenga por más atroz, yendo por ende más lejos de una primera lectura. No sé, quizás me excedo; no es más que una opinión, una sensación.
Supongo que ningún relato de Poe se queda en la superficie de la más o menos intrigante trama. Volvemos a enfrentarnos a un comienzo al que debemos regresar al concluir el relato. En un solo párrafo se nos ofrecen las notas esenciales del protagonista.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba.

La ambigüedad se abre camino. ¿Qué lugar ocupa la bondad en el mundo? La inadaptación a la sociedad rompe el equilibrio del alma humana, vulnerable por ende a todo tipo de demonios, uno de los cuales puede ser el alcohol, con el cual Poe debió de tener una relación un tanto singular.

…(enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales.

Mi enfermedad, empero, se agravaba ―pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?―

Al punto se apoderó de mí una furia demoniaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo.

El final no tiene desperdicio, y es la intriga casi policíaca la que otorga la fama a Poe y su relato cuando a mí lo que más me ha llamado la atención es la caída del personaje en el abismo. Son las preguntas esenciales y no otra cosa lo que yo aquí quiero destacar de Poe.

Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo?

A todo esto, olvidé decir que el protagonista del relato es un gato.
Advierto al lector que es probable que vuelva a leer este relato y me salga una reseña completamente diferente. Perdóname, si gustas, pero es que no soy otra cosa que un lector curioso y defenderé, a capa y espada si es necesario, lo único de que dispongo, mi independencia.