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martes, 30 de julio de 2019

Emma (1815), Jane Austen



Esta novela me ha dejado un tanto perplejo. Presa de los prejuicios imaginé que las novelas de Jane Austen ofrecían una cómoda lectura, apta para mayorías. Inocentemente creí a otros que decían haberla leído y disfrutado. A mí en cambio me parece que Jane Austen es difícil de leer. Requiere una lectura concentrada y atenta, pues cualquier despiste te desplaza del sagaz conjunto que forman un limitado escenario pueblerino y un reducido elenco de personajes.

Durante la primera mitad de la novela anduve despistado y dubitativo. La presencia de Jane Austen era obsesiva, hablaba sin parar, me contaba puntillosamente, de manera omnisciente todo lo que pasaba, además del carácter, rasgos físicos y raigambre de cada persona. Tantas cosas me explicaba, mucho más de lo que a mí me apetecía saber, que temía perderme en la madeja que se estaba enredando a mi alrededor.



Harriet, ciertamente, no era lista, pero tenía un carácter dulce y dócil; estaba totalmente libre de presunción y solo deseaba ser guiada por cualquiera que le pareciera importante. Su rápido apego a Emma fue muy cariñoso, y su inclinación a la buena compañía y su capacidad para apreciar lo que era elegante e ingenioso mostraban que no tenía falta de gusto, aunque no debía esperarse de ella fuerza de comprensión. En conjunto, Emma estaba muy convencida de que Harriet Smith era exactamente la joven amiga que necesitaba; exactamente ese algo que requería su hogar. Una amiga tal como la señora Weston estaba fuera de cuestión. No se podía contar con dos personas así. Era una cosa muy diferente, un sentimiento distinto e independiente. La señora Weston era objeto de una consideración que se basaba en la gratitud y la estima. Harriet recibiría cariño como alguien a quien ella podía ser útil. Por la señora Weston no había nada que se pudiera hacer; por Harriet todo.



No es fácil encontrar el fragmento adecuado para reflejar mis pensamientos. Austen es densa, espesa. El ritmo de la lectura resultaba lento, pesado, cadencioso. A menudo me encontraba con párrafos que ocupaban páginas enteras. Cierto que mostraba aspectos positivos, ausencia de errores, descripciones logradas de los ambientes y de las sencillas inquietudes de las personas que los habitaban, pero la intriga se me ofrecía con cuentagotas. En realidad todo era cuestión de casarse bien o de relacionarse adecuadamente, un ambiente exquisito, casi perfecto, ¿inglés?



―Mi idea de él es que sabe adaptar su conversación al gusto de cada cual, y que tienen tanta capacidad como deseo de ser agradable a todos. Con usted, hablará de agricultura, conmigo, de dibujo o de música; y así con todo el mundo, teniendo esa información general sobre todos los temas que le permite seguir una orientación, o tomar la orientación, según lo requiera la propiedad, y hablar muy bien en cada caso; esa es mi idea de él.

―Y la mía ―dijo el señor Knightley, calentándose―, es que si resulta ser tal cosa, será el tipo más insoportable del mundo. ¡Cómo! ¡A los veintitrés años ser el rey de su sociedad, ese gran hombre, ese político experto, que lee el carácter de cada cual, y hace que los talentos de todos lleven a la exhibición de su propia superioridad; concediendo por ahí sus adulaciones para poder dejar a todos como tontos comparados con él mismo!



Y es que la trama es sencilla, ordinaria incluso, y sin embargo progresivamente el ambiente se carga de humanidad, palpamos a los personajes, nos los creemos, entrevemos ironía, el retrato de una sociedad con sus virtudes y defectos.



―Pero sin embargo, ¡será una solterona! ¡Eso es terrible!

―No te preocupes, Harriet, no seré una pobre solterona; y es solo la pobreza lo que hace despreciable la soltería a un público generoso. Una mujer sola, con una renta muy estrecha, debe de ser una solterona ridícula, desagradable; la burla apropiada de niños y niñas; pero una mujer sola con buena fortuna siempre es respetable, y puede ser tan sensata y agradable como cualquier otra. Y la diferencia no habla tanto contra la imparcialidad y el sentido común del mundo como parece al principio; pues una renta muy estrecha tiene tendencia a estrechar el ánimo y a agriar el carácter. Los que apenas pueden vivir, y viven forzosamente en una sociedad muy reducida, y generalmente muy inferior, pueden muy bien ser estrechos y malhumorados.



A veces la extensión de los diálogos es abrumadora y tediosa, todo tan falso como en la vida real. No hay apenas salidas de tono (resultarían aberrantes) y cuando las hay no alcanzan a traspasar los elevados muros de la hipocresía. No me queda otra sino asombrarme de la inmensidad de los diálogos, que me fueron envolviendo de tal manera que cuando alcanzaba la mitad ya me hallaba rendido a los pies de la escritora.

Cierto que la lectura me ha dejado un poso extraña (bien podría haber dicho cara de tonto). No ha pasado nada pero ha pasado de todo. No sé si Austen pretende reflejar la realidad o evadirnos de la misma. Todavía no sé si es más importante lo que no se dice que lo que se dice. Quizás suceda que el sobrecargado ambiente no es sino un guiño, una irónica panorámica del mundo que nos rodea, ¿un gran sarcasmo?

Por eso apuntaba arriba mi sorpresa, porque tengo entendido que Austen disfruta de abundancia de lectores, y si algo me ha quedado claro de la lectura (ahora mismo tengo más dudas que certezas) es que la maestra destaca por pintar caracteres, no por crear tramas adictivas.

A mi parecer se trata de una novela densa, nada recomendable para esa gran mayoría de lectores que buscan lecturas fáciles que les sirvan de evasión de las banalidades del día a día. Austen exige de una lectura intensa. A través de escenas cotidianas, insulsas incluso, se nos define a una serie de personajes en toda su extensión emocional. Todo, los diálogos, las descripciones farragosas, los pensamientos, todo está pensado para redondear caracteres.




La novela encierra tal complejidad que no hay manera de hacer una sinopsis adecuada. Sucede así que las sinopsis de las contraportadas (he ojeado más de una editorial) hablan de Emma como si se tratara de una aprendiz de celestina a la que todo le sale al revés. A mi modo de ver no se acerca a la realidad. Emma, una persona envidiable y privilegiada, a veces más pagada de sí misma de lo que ella misma se cree, nos muestra sus virtudes y sus defectos en un momento nuclear de la vida, que no es otro que la elección de pareja. De hecho solo en esta búsqueda, y su feliz consecución, se logra cierta intriga.



¡Que el señor Knightley no viniera ya para consolarles en el anochecer! ¿Qué ya no entrara a cualquier hora, como deseando siempre cambiar su propio hogar por el de ellos! ¿Cómo se podía soportar aquello? Y si le perdían por causa de Harriet; si después hubiera que pensar que encontraba todo lo que quería en la compañía de Harriet; si iba a ser Harriet la elegida, la primera, la más querida, la amiga, la esposa de quien él esperara las mejores bendiciones de la existencia ¿qué podía aumentar la desgracia de Emma sino la reflexión, nunca lejana de su mente, de que había sido obra suya?



De seguro que no tardaré en leer más novelas de Austen.

Me he quedado con una frase curiosa del prólogo, que comparto, en la que dice Virginia Woolf, a propósito de Los Watson, novela inacabada de Jane Austen:



Vale la pena leer las obras menores de un gran escritor porque detentan la mejor crítica de sus obras maestras.


martes, 30 de abril de 2019

Verano (2009), de J. M. Coetzee




Gran sorpresa, enorme escritor por explorar.
Fue necesario superar el escollo de una introducción que juega al despiste para entrar de lleno en una auténtica proeza de narrador. Da lo mismo que abuse de registros agudos y novedosos porque de igual manera nos atrapa en su red.
¿Todo está dicho en literatura? Las maneras de ahondar en todo aquello que nos atribula son infinitas. Coetzee ejemplifica el futuro de la novela.
Un periodista pretende escribir la biografía de un escritor ya fallecido que ganó el premio nobel, un tal Coetzee. Para acercarse a la persona entrevista a cuatro mujeres que tuvieron con él algún tipo de relación, más o menos sentimental, y un hombre. ¿Cinco diálogos?

Se trata de la tercera de una serie de memorias noveladas, continuación de Infancia y Juventud. Como veis me he enganchado por la última, de manera improvisada.
A lo largo del texto no he dejado de reflexionar. He llenado varios folios con mis notas. Muy recomendable para todos aquellos que pretendemos contar historias.
Un biógrafo reúne y reinterpreta de una u otra forma la opinión de cinco personas que tuvieron importancia en la vida de John Coetzee. Cada uno de los personajes enarbola una opinión particular, de la misma manera que cada uno de nosotros nos labramos nuestra propia opinión de los demás. Aunque reconocemos a Coetzee en todas las opiniones, desde luego que el Coetzee resultante es diferente en cada una de ellas. Además, y me parece que es un punto muy importante a tener en cuenta, no se trata del mismo Coetzee a lo largo del tiempo.

Parecía fuera de lugar, deseoso de marcharse cuanto antes. No había aprendido a ocultar sus sentimientos, que es el primer paso hacia los modales civilizados.

Sé que más tarde se labró una notable reputación, pero ¿era realmente un gran escritor? Porque, a mi modo de ver, tener talento narrativo no basta si uno quiere ser un gran escritor. También tienes que ser un gran hombre, y él no lo era. Era un hombre pequeño, un hombrecillo sin importancia.

Pero fijaos qué curioso, las entrevistas, que tienen la finalidad de darnos a conocer al escritor, al mismo tiempo definen perfectamente a cada uno de los entrevistados, construyendo un microcosmos cuyo epicentro es Coetzee.

En aquella época yo siempre notaba cuándo un hombre me miraba. Sentía una presión en los miembros, en los pechos, la presión de la mirada masculina, unas veces sutil y otras no tanto. Usted no comprenderá de qué le hablo, pero las mujeres sí. Con aquel hombre no había ninguna presión detectable. En absoluto.

Un apéndice inicial y otro final, a la manera de notas encontradas entre los papeles del escritor, completan el panorama.

¿Qué indica esto sobre el funcionamiento del mundo? Lo más evidente que parece indicar es que el camino que conduce a través del latín y el álgebra no es el camino hacia el éxito material. Pero puede indicar mucho más: que comprender las cosas es una pérdida de tiempo, que si quieres tener éxito en el mundo, una familia feliz, una bonita casa y un BMW no deberías tratar de comprender las cosas, sino tan solo sumar las cifras o pulsar los botones o hacer cualquier otra cosa que haga la gente de marketing y por la que son tan espléndidamente recompensados.

Dicho lo cual no me hagáis mucho caso porque lo mío no es más que una lectura superficial. Queden los análisis sesudos para los bien pagados profesores de Universidad.
Se trata Coetzee de un escritor visceral, que escribe por necesidad, para conocerse a sí mismo. Frío lo denominan las mujeres de su vida, pese al magma que sobresale de su interior.
¡Oh, sí! ¡Cómo se expresa Coetzee! Prioriza el contenido sobre el continente, independientemente de que sea capaz de hacerlo con planteamiento tan fabuloso. La imagen que los demás guardan de él es vulgar, patética, verosímil. Retraído, esquivo en sociedad, rodeado de libros, absorto en sus pensamientos. Julia, Margot, Adriana, Martin y Sophie nos los cuentan con una frescura envidiable.

Otro punto fuerte de esta novela, bajo mi particular punto de vista, es Sudáfrica. No hace mucho tiempo que la curiosidad me llevó a leer cosillas acerca de la historia de los Boers, afrikaners. La complicada situación de la Sudáfrica del apartheid aparece tan solo como telón de fondo grandioso de las peculiaridades de nuestro buen Coetzee. Luego está el fabuloso medio físico, Ciudad del Cabo, el parque natural de Karoo para los aficionados a la geología.

Sudáfrica: cultivábamos cierta provisionalidad en nuestros sentimientos hacia ella, él tal vez más que yo. Éramos reacios a integrarnos demasiado en el país, puesto que más tarde o más temprano sería preciso cortar nuestros vínculos con él, esa integración quedaría anulada.

No voy a entretenerme explicando cosas concretas de cada uno de los narradores, que podría. Solo espero que mi positividad no sirva para que el lector afronte esta novela imaginando que será la panacea. No os forméis grandes expectativas no vaya a ser que salgáis trasquilados. Se trata de una historia honda y singular, diferente a todo aquello que hayáis leído con anterioridad, que no es poco.

―¿De veras crees eso? ―me preguntó―. ¿Qué los libros dan significado a nuestra vida?
―Sí ―respondí―. Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior. ¿Qué otra cosa debería ser?
―Un gesto de rechazo ante la cara del tiempo. Un intento de alcanzar la inmortalidad.
―Nadie es inmortal. Los libros no son inmortales. El planeta sobre el que estamos será absorbido por el sol y quedará reducido a cenizas. Tras lo cual el mismo universo sufrirá una implosión y desaparecerá por un agujero negro. Nada sobrevivirá, ni yo ni tú ni, desde luego, los libros que interesan a una minoría sobre hombres imaginarios de la frontera en la Sudáfrica del siglo dieciocho.
―No me refería a inmortal en el sentido de existir fuera del tiempo. Me refería a sobrevivir más allá de tu desaparición física.
―Quieres que la gente te lea después de muerto?
―Aferrarme a esa perspectiva me procura cierto consuelo.

Leo fragmentos y enlazo con lecturas frescas, la obsesión por la inmortalidad de Unamuno, el mejor London de Martin Eden.
Coetzee reflexiona sobre la visión que los demás tienen de él, sobre la muerte y la posteridad. No importa lo que nos dice, a veces en boca de los demás, otros en la suya propia, lo importante es que nos provoca a la reflexión.

¿Y no debería eso darle que pensar? ¿No va a escribir un texto que inevitablemente se decantará hacia lo personal y lo íntimo a expensa de los logros reales del hombre como escritor? ¿Será algo más, y perdóneme por decir tal cosa, algo más que chismorreos femeninos?

Le repito que me parece extraño que escriba la biografía de un escritor dejando de lado su obra. Pero tal vez me equivoque.

Mi opinión sobre el particular no tiene ninguna importancia. Lo importante es lo que él mismo creía. Y a ese respecto la respuesta es clara. Creía que la historia de nuestra vida es nuestra para edificarla como deseemos, dentro de las restricciones impuestas por el mundo real e incluso contra ellas, como usted mismo ha reconocido hace un momento.

¿Una conclusión? A veces siento que el artificio y la innovación caen en una especie de esnobismo onanista, y perdonen la expresión artificial. Virginia Woolf o Joyce, a mi manera de ver, fracasan en muchas de sus obras, que sobreviven ajenas, hostiles incluso, al lector. Coetzee usa de un planteamiento complejo pero su expresión es elaborada pero sencilla. Otra cuestión es que su reflexión sea honda. Siento que con solo una novela de tamaño medio conozco al hombre. Gracias, Coetzee.