Supongo que se puede hablar de adaptación en prosa de la obra de teatro de Shakespeare. De hecho la obra comienza con una reunión de amigos que lo confirma:
Nos
enzarzamos a hablar de Shakespeare, de sus tipos, de la profundidad y fidelidad
con que fueron arrancados de las entrañas de la humana naturaleza. Admirábamos,
sobre todo, su autenticidad y la frecuencia con que se encuentran en la vida, y
citábamos a los Hamlet, a los Otelo, a los Falstaff e incluso a los Ricardo III
y a los Macbeth (claro que estos últimos solo en potencia) que habíamos tenido
ocasión de conocer.
―¡Yo, señores, he conocido a un rey Lear!
―exclamó nuestro anfitrión, hombre ya entrado en años.
―¿Es posible?
―Así es. ¿Se lo cuento?
El
buen gigante, Martin Petrovich Jarlov, es un pequeño propietario rural, un
hombre peculiar, temido por todos por su fuerza y carácter pero de costumbres
recias y humildes. Sufre un sueño premonitorio sobre su muerte y decide dividir
su patrimonio entre sus dos hijas. En el caso de la novela de Turgueniev no
habrá una hija buena, pero el sentido del texto es el mismo. Una vez que
reparte la herencia ya imagina uno lo que va a pasar, aunque el desenlace no
deja de ser sorprendente.
Quizá
más relato que novela, nouvelle que se suele decir. A mí Turgueniev nunca
me defrauda, pero hay opiniones para todos los gustos. Algunos críticos aducen
que el escritor abusa de los personajes planos, aunque también suelen decir los
críticos a menudo que con unas pocas pinceladas nos encontramos rodeados de
personas humanas. A mí leer a Turguéniev me resulta delicioso, como un pequeño
dulce después de una copiosa comida.

