En
alguna otra ocasión lo había intentado con Nietzsche. De la Universidad no me
quedó absolutamente nada; algo estudiaría, digo yo, como aquel que oye llover.
Y sin embargo ahora, con los años y sin prisa alguna, me he topado con Nietzsche,
el más extraño filósofo que se pueda encontrar.
Alguna
cosita he leído por ahí de manera desordenada, por lo cual no me hagáis, para
no variar, mucho caso. Al parecer Nietzsche llegó a la filosofía desde la
filología; llegó ésta (y no al revés) a Nietzsche como una necesidad, o sea que
no fue fruto de una formación netamente académica. De ahí, probablemente, que
estemos ante una obra de gran calidad literaria (no en vano se le considera uno
de los maestros de la literatura germánica) y que nada tiene que ver con la
filosofía abstracta y conceptual a la que nos ha condenado la universidad.
Así
habló Zaratustra, en el original, se hacía seguir de otra frase: “Un libro para
todos y para nadie”. Creo que debería conservarse para dar una idea al lector
de lo ambiguo de la obra. Tomando el nombre del sabio de la antigüedad,
Zaratustra, entramos en una escena alegórica e irreal que obliga constantemente
a la reflexión. No está escrita, por tanto, para leer de un tirón, sino más
bien todo lo contrario; perfectamente puede sustituir a La Biblia (con la que
entronca constantemente) como libro de cabecera. En mi caso su lectura se ha
prolongado durante semanas. Se puede leer un pequeño capítulo y al día
siguiente otro, sin orden de continuidad. Se puede uno saltar páginas o volver
sobre lo leído; no hay hilo conductor. Quizás al final sí que hay un fragmento
que se deba leer de seguido, y aun así…, porque Nietzsche se dedica a sembrar
la duda aquí y allá, más que resolver plantea incógnitas, caminos arados para
la reflexión.
El
sarcasmo impregna cada una de sus profundas reflexiones. ¿Y por qué tanta
ambigüedad? Pues trata de desentrañar la sabiduría, y toda afirmación
categórica se muestra imprecisa e incapaz, de ahí el recurso a la ambivalencia,
al juego de palabras. Cada vez que empezamos con un fragmento temeremos no dar
con la tecla, con lo que Nietzsche pretende, en verdad, comunicar, pero tampoco
es necesario captarlo todo porque podemos quedarnos con lo esencial, o con lo
que a nosotros nos interesa porque raya en nuestras obsesiones.
No,
no nos exijamos demasiado para disfrutar del maestro. Baste con que nos dejemos
llevar por nuestro estado de ánimo y, si lo consideramos necesario, tal vez nos
sirva de consuelo cuando tengamos que enfrentarnos a la ruindad y vileza de la
sociedad de los hombres.
Probablemente
se trate del autor más leído y menos entendido, y me refiero aquí a que es uno
de esos autores que mucha gente dice haber leído pero que casi todos, supongo, hemos
abandonado llevados por el tedio acompañado de la incomprensión. Yo fui uno de
ellos, pero ahora que ha llegado su momento no tardaré en afrontar Ecce Homo,
que al parecer contiene notas explicativas sobre la presente.
No
me atrevo a decir mucho más de esta obra tan terrible y magnífica. Dejo unos
fragmentos (valgan como personal repositorio); solo decir que he rellenado
hojas y hojas de anotaciones, que uno de los fragmentos será el prefacio de mi
próxima “novela” (entrecomillo porque no sé si se tratará de una novela
propiamente dicha) y que más pronto que tarde habrá relectura.
Estoy
hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo
necesidad de manos que se extiendan.
Yo
soy un pretil junto a la corriente: ¡agárreme el que pueda agarrarme! Pero yo
no soy vuestra muleta.
La
raya trazada en el suelo hechiza a la gallina; el golpe dado por el delincuente
hechizó su pobre razón ―demencia después de la acción llamo yo a eso.
¡Oíd,
jueces! Existe otra demencia aún: la de antes de la acción. ¡Ay, no habéis
penetrado bastante profundamente en los rincones de esa alma!
Así
habla el rojo juez: «por qué asesinó este delincuente? Quería robar». Más yo os
digo: su alma quería sangre, no robo: ¡él estaba sediento de la felicidad del
cuchillo!
Pero
su pobre razón no comprendía esa demencia y le persuadió. «¡Qué importa la
sangre!, dijo; ¿no quieres al menos cometer también un robo? ¿Tomarte una
venganza?»
Y
él escuchó a su pobre razón: como plomo pesaba el discurso de ella sobre él,
―entonces robó, al asesinar. No quería avergonzarse de su demencia.
Y
ahora el plomo de su culpa vuelve a pesar sobre él, y de nuevo su pobre razón
está igual de rígida, igual de paralizada, igual de pesada.
Siempre
hay algo de demencia en el amor. Pero siempre hay también algo de razón en la
demencia.
Desde
que quiero elevarme hacia la altura, ya no tengo confianza en mí mismo, y ya
nadie tiene confianza en mí, ―¿Cómo ocurrió eso, pues?
Me
transformo demasiado rápidamente: mi hoy refuta a mi ayer. A menudo salto los
escalones cuando subo, ―eso no me lo perdona ningún escalón.
Cuando
estoy arriba, siempre me encuentro solo. Nadie habla conmigo, el frío de la
soledad me hace estremecer. ¿Qué es lo que quiero yo en la altura?
¡Huye,
amigo mío, a tu soledad! Ensordecido te veo por el ruido de los grandes
hombres, y acribillado por los aguijones de los pequeños.
Invitáis
a un testigo cuando queréis hablar bien de vosotros mismos; y una vez que lo
habéis seducido a pensar bien de vosotros, también vosotros mismos pensáis bien
de vosotros.
¡Y
guárdate de los buenos y justos! De buen grado crucifican a quienes se inventan
una virtud para sí mismos, ―odian al solitario.
¡Guárdate también de la santa simplicidad! Para ella no
es santo lo que no es simple; también le gusta jugar con el fuego ―con el fuego
de las hogueras para quemar seres humanos.
Vosotros
amáis vuestra virtud como la madre a su hijo; pero ¿cuándo se ha oído decir que
una madre quisiera ser pagada por su amor?
La
vida es un manantial de placer; pero donde la chusma va a beber con los demás,
allí todos los pozos quedan envenenados.
Con
estos predicadores de la igualdad no quiero ser yo mezclado ni confundido. Pues
a mí la justicia me dice así: los hombres no son iguales.
¡Y
tampoco deben llegar a serlo! ¿Qué sería mi amor al superhombre si yo hablase
de otro modo?
¿De
dónde vienen las montañas más altas?, pregunté en otro tiempo. Entonces aprendí
que vienen del mar.
Ese
testimonio está escrito en sus rocas y en las paredes de sus cumbres. Lo más
alto tiene que llegar a su altura desde lo más profundo.
Se
desaprende a conocer a los hombres cuando se vive entre ellos: demasiado primer
plano hay en todos los hombres, ―¡qué tienen que hacer allí los ojos que ven
lejos, que buscan lejanías!
Ya
casi en la cuna se nos dota de vocablos y valores pesados: «bueno» y «malvado»
―así se llama esa dote. Y en razón de ella se nos perdona que vivamos.
Y
dejamos que los niños pequeños vengan a nosotros para impedirles a tiempo que
se amen a sí mismos: así lo procura el espíritu de la pesadez.
Oh
hermanos míos, en cierta ocasión uno miró dentro del corazón de los buenos y
justos, y dijo: «son fariseos». Pero no le entendieron.
A
los buenos y justos mismos no les fue lícito entenderle: su espíritu está
prisionero de su buena conciencia. La estupidez de los buenos es
insondablemente inteligente.