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sábado, 24 de julio de 2021

La mujer justa (1941), Sándor Márai

 


Leía mucho. Pero con la lectura pasa lo mismo, ya sabes… sólo obtienes algo de los libros si eres capaz de poner algo tuyo en lo que estás leyendo. Quiero decir que sólo si te aproximas al libro con el ánimo dispuesto a herir y ser herido en el duelo de la lectura, a polemizar, a convencer y ser convencido, y luego, una vez enriquecido con lo que has aprendido, a emplearlo en construir algo en la vida o en el trabajo… Un día me di cuenta de que en realidad yo no ponía nada en mis lecturas. Leía como el que se encuentra en una ciudad extranjera y por pasar el rato se refugia en un museo cualquiera a contemplar con una educada indiferencia los objetos expuestos. Casi leía por sentido del deber: ha salido un libro nuevo que está en boca de todos, hay que leerlo. O bien. Esta obra clásica aún no la he leído, por lo tanto, mi cultura resulta incompleta y siento la necesidad de llenar esa laguna, así que voy a dedicar una hora por la mañana y otra por la noche a leerla. Ésa era mi forma de leer… Hubo un tiempo en que la lectura era para mí una auténtica experiencia, el corazón me brincaba dentro del pecho cuando tomaba entre mis manos la última obra de un autor conocido, el nuevo libro era como un encuentro, una compañía peligrosa de la que podían surgir emociones gratificantes, pero también consecuencias dolorosas e inquietantes…

 

No es más que un fragmento de otra magnífica novela de este autor tan grande al tiempo que poco conocido por el público en general.

Resulta descorazonador contrastar opiniones con los lectores comunes. La gente gusta de opiniones enérgicas, y la lectura constituye una actividad tan extraña como inexplicable, una evasión o entretenimiento que lo mismo podemos considerar absurda como exquisita. Los lectores no sabemos en realidad qué buscamos con las lecturas, pero Sándor Márai nos lo ofrece todo al mismo tiempo, entretenimiento y agitación interior.

Resumir la novela resulta fácil en cuanto al esqueleto interno, pero ofrecer una semblanza de lo que el escritor pretende transmitir resulta una tarea complicada.

La novela posee un planteamiento original. Consta de tres partes, tres monólogos, a modo de diálogos con un estilo completamente libre. Los tres monólogos son tres puntos de vista de una historia que afecta a los tres, un hombre y dos mujeres. Quizás hay otro hombre que sirve de nexo de unión de todas las historias, un escritor, Lázar, que ofrece múltiples aportaciones.

Pronto se nos desvela el hilo que mueve la historia pero nos da igual, queremos conocer las tres partes porque cada persona tiende su mirada sobre las cosas de manera particular hasta completar el círculo, cada persona tiene una historia detrás que la hace ser y actuar de la manera en que lo hace.

Y claro, Sándor Márai nos ofrece continuos párrafos magníficos, reflexiones profundas. A cada paso nos interrogamos y nos vemos obligados a contrastar lo que el maestro nos cuenta con nuestras propias acciones. Se habla sobre el amor, naturalmente, pero también sobre el matrimonio, las clases sociales y la justicia, la forma de ser de las personas, cómo se llega a la formación de la personalidad, sobre la enfermedad, la amistad, el dinero, la riqueza o la pobreza,… es que Sándor nos habla de todo, es capaz de llenar páginas y páginas de reflexiones y hacerlo de una manera tan precisa, profunda y fabulosa que consigue que lo leamos con la necesidad de llegar a su consecución como si se tratara de un thriller.

En fin, comienzas buscando la mujer que representa a la justicia, pero luego llegas a la conclusión de que se trata de encontrar la mujer que más se ajusta a nuestras necesidades, las más adecuada.

¿Escribe sobre la amistad y el amor? El caso que lo hace de manera desatada. Comienza a escribir con una idea aproximada de lo que quiere mostrar, aunque dudo mucho que tenga un patrón claro de lo que va a escribir a continuación. Improvisa sobre la marcha y trata de hallar, con menor o mayor desatino pero con sinceridad incondicional, aquello que conforma el alma humana. De hecho, creo entender que las dos primeras partes se publicaron juntas pero la tercera llegó varias décadas después.

Hungría compone una sociedad estratificada antes de la Segunda Guerra Mundial, una nobleza casposa que cohabita con la alta burguesía, y un sinfín de escalones hasta llegar al campesino más pobre. La novela se articula en torno a esa tensión social, así como a la superación o mezcla de dichas clases a través del amor. Ahora dirán los lectores que qué interés representa esto para un lector del siglo XXI. No sé, la verdad, aunque para mí Sándor Márai ocupa un lugar destacable entre los más grandes. Márai es un genio representando a las personas, lo que piensan y su manera de actuar. De dicha materia se compone ni más ni menos que la sabiduría. Es este un autor que, independientemente de la trama, os hará exclamar a cada rato: ¡oh! ¡por Dios! ¡Increíble! ¡Cómo demonios es capaz de escribir tan bien!


jueves, 14 de enero de 2021

Tres mujeres (1924), Robert Musil

 


Grigia, La portuguesa y Tonka, tres relatos con nombre de mujer, tres relatos cortos que se leen de un tirón aunque requieren pausa, porque la prosa es rica, un tanto almibarada; se dice mucho con pocas palabras.

Personajes femeninos que viven al lado de hombres que comparten el protagonismo de la historia, que enarbolan la fuerza, el dominio sobre la mujer. En el primer relato el protagonista es en realidad Homo, que emprende con otros socios un negocio minero en el norte de Italia y allí se enamora de una nativa, Grigia. La prosa es poética, agradable, mítica. Como ejemplo este pequeño relato dentro del relato:


«Muy al principio Homo escuchó un relato que le tuvo bastante preocupado. No hacía de ello mucho tiempo, quizá sucedió en los últimos quince años, un labrador que había estado fuera largo tiempo regresó de América y volvió a acostarse con su mujer. Durante algún tiempo se sintieron muy contentos por estar unidos otra vez y se dieron buena vida hasta que se gastaron el último dinero. Como entonces aún no habían llegado los nuevos ahorros que tenían que venir de América, el labrador se fue de casa a ganarse la vida haciendo de buhonero ―como todos los labradores de aquella región―, mientras la mujer volvía a ocuparse de la casa y del campo, que apenas daba ganancia. Pero él no volvió más. En cambio, pocos días después llegó de América el dueño de una finca muy apartada de la primera; le recordó a su mujer los días exactos que habían pasado desde que se había ido, le pidió la misma comida que ella le había preparado el día de la despedida, sabía aún todo lo referente a la vaca que hacía mucho ya no tenían, y logró arreglárselas bien con los hijos que le había deparado otro cielo del que él había visto mientras tanto. También este labrador, tras una temporada de holgura y buena vida, se fue con su buhonería y nunca más volvió. Esto pasó aún en la comarca una tercera y una cuarta vez, hasta que se descubrió que era un estafador que había estado trabajando allá con los maridos y les había sacado toda clase de información. Las autoridades de cierto lugar lo detuvieron y lo encarcelaron, y ninguna de las mujeres volvió a verle jamás.»


Los tres relatos son muy tristes, trágicos. Un halo de fatalidad lo recorre todo:


Algo le decía a Homo que moriría pronto, aunque no sabía ni cómo ni cuándo. Su vieja vida se había quedado sin fuerzas; se volvió como una mariposa que va debilitándose conforme se acerca el otoño.


En todo momento estamos esperando al advenimiento de la tragedia, de la fatalidad.


El segundo relato transcurre bajo un trasfondo medieval de guerras y banderas. Celos, engaños, encantamientos, un hombre y una mujer, y de nuevo un final trágico. Es el relato que más frío me ha dejado.


El tercer relato, Tonka, es el más largo, y quizás el más trágico durante todo su desarrollo. La concisión es tal que diríase minimalista. La prosa es, aparentemente, muy simple. Si no se lleva una lectura atenta, el lector se pierde. El párrafo que sigue es definitorio de la profundidad que esconde cada una de las palabras de Musil.


«Sí, es una chica muy sencilla que trabaja en una pañería», habían dicho. ¿Qué significa esto? Hay otras mujeres que tampoco saben nada, ni han estudiado. Este hecho quiere marcarles el vestido en la espalda, colocarles una marca donde no se la puedan quitar. Hace falta haber aprendido algo, hay que tener principios, una posición social, es decir, hay que tener un apoyo; el ser humano no merece confianza por sí solo.


A mi modo de ver prescindible. No entiendo yo que se trate de relatos feministas ni mucho menos, aunque mi lectura ha sido superficial. Quizás aquellos que prefieren el continente al contenido lo disfruten más que yo. Se puede degustar en una espera, en un viaje corto. Un buen aperitivo para abordar El hombre sin atributos, que todavía me resisto a adquirir.



martes, 30 de junio de 2020

El mundo de ayer (1943), Stefan Zweig




     El subtítulo de este libro es ilustrativo del contexto y las intenciones con que se escribe, “Memorias de un europeo”, que no son otras que el deseo de paz y entendimiento entre dos guerras mundiales.
     No son unas memorias en las que nos cuente asuntos personales, familiares, sino que más bien nos habla de la sociedad y cultura en el entorno del extinto Imperio Austrohúngaro, alemán y en general europeo, desde su particular punto de vista. Imprescindible para los que disfrutamos de Kafka, Roth, Márai…

     Stefan Zweig proviene de una familia judía acomodada y abierta. A mi manera de ver esto le presenta un camino trillado y un éxito temprano, lo cual siento la necesidad de subrayar, sin restarle mérito al maestro. Confío en la honestidad del escritor, la cual muchas otras veces puedo poner en entredicho, pero no hay que olvidar, mientras leemos, que tenemos entre manos una autobiografía.


   Si por algo se caracterizará nuestro protagonista total será por las relaciones sociales. A lo largo del texto personalidades de todas las artes nos acompañan, unas archiconocidas como Freud, Rodin o Richard Strauss, y otras no tanto, al menos para mí, como Romain Rolland o el poeta belga Verhaeren, que en vida sí que protagonizaron los círculos intelectuales. También políticos como Rathenau o Theodor Herlz, este último presentado a raíz del caso Dreyfus como figura central del sionismo judío, que me ha llamado especialmente la atención porque al mismo tiempo estoy leyendo el Antiguo Testamento y es curioso ver cómo nos ilustra su lectura en todos los contextos.

     Stefan Zweig digamos que es un privilegiado, un intelectual que disfruta del éxito y que dedica su vida íntegra al placer de la cultura. Esto le da un particular punto de vista político y social, a veces un tanto almibarado porque no conoció la necesidad. En una época desatada de progreso científico y cambios sociopolíticos jamás antes vistos no se puede entender que reine la estabilidad. De aquí se puede observar que Zweig se mueve desde una profunda fe en el progreso humano hasta el más completo escepticismo.
      En todo caso, nada que reprochar a la espléndida mirada de un humanista que vive el ascenso del nazismo y el militarismo como la terrible amenaza que significa para la estabilidad del mundo entero.

     Comienza esta autobiografía de forma pausada. El escritor sabe engatusar al lector, escribe con ritmo, de hecho incluso hay un momento en el cual nos explica su forma de escribir eliminando todo lo superfluo. Nos describe el ambiente educativo de la clase privilegiada, o asuntos tan importantes como la hipocresía de la moral sexual y la prostitución. Luego que comienza la guerra de trincheras toma una actitud más crítica, pacifista, antimilitarista, y se desata ya en la descripción de personalidades de la cultura europea.
     Desde un principio se puede observar el talante humanista de Zweig:

    Incontables veces he visto confirmado en la vida práctica el hecho de que libreros de viejo suelen conocer mejor los libros que los mismísimos catedráticos; que los tratantes en arte entienden más que los eruditos, que una buena parte de las iniciativas y los descubrimientos en todos los campos provienen de fuera de la universidad. Por muy práctica, útil y provechosa que pueda ser la actividad académica para los talentos medianos, yo la encuentro superflua para los espíritus creadores, en los que puede incluso tener un efecto contraproducente.

     Por momentos la obra parece una concatenación de biografías, el género en el que mejor se mueve Zweig. Su propia vida nos es descrita a través de los personajes con los que va trabando amistad, lo mismo Freud que Rainer María Rilke. Cierto que he echado en falta alguna referencia a su amigo Joseph Roth, a los novelistas en general.
     A Zweig le inquieta un asunto por encima de los demás, el proceso de la creación artística, ese momento de enajenación mental tan difícil de explicar, el momento supremo de la mágica inspiración. Cualquier que haya leído alguna biografía de Zweig sobre cualquier artista sabrá a lo que me refiero. No solo trata de describirlo, sino que es un inveterado coleccionista de manuscritos que reflejan dicho proceso, partituras, pequeños instrumentos o herramientas, incluso los muebles que rodearon a los artistas en el mismo momento de la creación. A su decir acumuló, y luego naturalmente perdió con las guerras, la mejor colección habida y por haber sobre la materia, de un valor incalculable.
      Aquí, para terminar, un párrafo magistral, digno de una de sus mejores novelas, en el instante preciso en que capta un momento de inspiración de Rodin.

     Transcurrió un cuarto de hora, media hora, no sé cuánto rato. Los grandes momentos se hallan siempre más allá del tiempo. Rodin estaba tan absorto, tan sumido en el trabajo, que ni siquiera un trueno lo habría despertado. Sus movimientos eran cada vez más vehementes, casi furiosos; una especie de ferocidad o embriaguez se había apoderado de él, trabajaba cada vez más y más deprisa. Luego sus manos se volvieron más vacilantes. Parecía como si se hubieran dado cuenta de que ya no tenían nada más que hacer. Una, dos, tres veces retrocedió sin haber cambiado nada. Después masculló algo entre dientes y colocó de nuevo los trapos alrededor de la figura con la misma ternura con que un hombre cubre con un chal los hombros de su amada. Suspiró profunda y relajadamente. Su cuerpo parecía de nuevo más pesado. El fuego se había consumido. Y a continuación sucedió algo para mí incomprensible, la lección magistral: se quitó la bata, se puso el batín y se dio la vuelta para salir. Se había olvidado de mí por completo en aquellos momentos de máxima concentración. No se acordaba de que un joven al que él mismo había invitado al estudio para mostrarle sus obras había permanecido todo el tiempo detrás de él, desconcertado, sin aliento e inmóvil como una de sus estatuas.


viernes, 27 de diciembre de 2019

La gaviota, (1943), Sándor Márai



Sándor Márai es un escritor prolífico, así que no se puede esperar en todo momento idéntico nivel. Obsesiones un tanto extrañas abundan en esta novela. No obstante está escrita en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.
Un alto funcionario posee un secreto. Participa de las altas esferas de la política y se supone que se trata de la entrada en guerra de Hungría, quizás incluso de la invasión alemana de la Unión Soviética. No es habitual encontrar un toque de espionaje policial en las novelas de Márai. Tampoco es el lugar central.
En torno a la decisión hay una serie de reflexiones, y el desencadenante es un tanto extraño, onírico podríamos decir. Una bella muchacha aparece en la vida del funcionario, una finlandesa que busca trabajo en Hungría, en los momentos difíciles de la guerra. Dicha mujer parece ser gemela de otra que desapareció de su vida años atrás, que se suicidó en extrañas circunstancias.

Como si pudiera haber rostros y figuras iguales en algún sitio, desperdigados por el suelo a modo de maniquíes en almacenes de confección… ¿No se trata de una ofensa hiriente? Uno cree que ama a determinada persona, que ama algo personal, algo trágica y grandiosamente individual. ¿Es posible que yo también exista en varios ejemplares perdidos en el tiempo y el espacio? Sí, ya sucedió una vez, hace seis años: me encontré conmigo mismo en un ómnibus de París. Parece que el surtido de seres no es tan amplio como imaginamos. Uno piensa que fue creado como ejemplar único, y de repente un día se entera de que es una copia normal y corriente; en alguna parte existe un modelo que la naturaleza va copiando con indiferencia y maestría, repitiéndolo mecánicamente a lo largo del tiempo.

Apenas hay trama, una pequeña conversación inicial, alrededor de doce horas de tiempo real, un paseo hasta la ópera, la función, unas horas en el piso del alto funcionario. Por supuesto que Márai retrocede cuando le da la gana para contarnos el pasado de sus personajes; marca de la casa. Entretanto conversaciones, a veces largos monólogos donde se expone lo efímero de la existencia. Por lo general dichas conversaciones resultan inverosímiles, alejadas de la realidad, a veces un tanto absurdas, siempre escépticas, sin porvenir. Es el estado de guerra.
Una novela, a mi modo de ver, prescindible, del autor. La intriga se muestra insuficiente. Desde luego que su prosa es reconocible, pero sus obsesiones no me atraen, particularmente a mí. Su prosa es impecable, pese a todo, reconocible.

La noche anterior había nevado. La nieve siempre le traía a la memoria las ilustraciones de un libro de cuentos. Bajo el manto nevado tiritaban pequeñas casas, y abajo el río arrastraba trozos de hielo. Más allá se alzaba la ciudad con sus palacios y aquel gran edificio coronado con una cúpula.

Hay ocasiones en que se describe una estancia, una habitación, que define a un hombre y su ambiente mucho mejor de lo que es capaz una cámara cinematográfica.

La estancia está caldeada, pues la calefacción en el ministerio funciona con diligencia. Se trata de un edificio antiguo; salas abovedadas, paredes gruesas. Más que un despacho, parece el salón de tertulias de una casa señorial. Junto a una pared, un tresillo estilo Biedermeier tapizado en seda amarilla. Encima cuelga el retrato del ministro, y en la pared de enfrente, un cuadro de pescadores en el Tisza, observados con seriedad por el ministro. Sobre el escritorio reina un orden escrupuloso. En un rincón un tiesto de hierro colocado en un soporte muestra vivaces plantas de un verde brillante. No, cuando termine la guerra ya no seré un hombre joven.

En sus inicios la novela se muestra soberbia, aunque luego se pierde en innecesarias circunvoluciones.

Poco después, la acompañan hasta un despacho y la puerta se cierra sordamente a su espalda, con ese silencio amortiguado que lo caracteriza todo en ese enorme edificio de atmósfera caldeada y casi monástica: allí incluso las máquinas de escribir teclean con menos furor, como si una ordenanza infinitamente compleja, un servilismo mudo y un tacto soberbio disciplinaran cada gesto, hasta el tableteo de las máquinas. En el umbral, la mujer permanece inmóvil, rígida, con la docilidad de una torpe colegiala que, tras un ejercicio de gimnasia, esperara permiso para relajar el cuerpo. Contra el vano de la gran puerta blanca, su esbelta figura parece más alta de lo que es.

Se pueden entresacar algunos titulares grandilocuentes, fin de la cultura europea, decadencia de la alta burguesía, rica, cosmopolita, que habla varios idiomas y que se siente igual de cómoda en un café de Amsterdam, París o Budapest. En definitiva, si le preguntáramos a Márai por sus novelas favoritas, no creo que nos hablara de esta.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Divorcio en Buda, (1935), Sándor Márai





 Esta novela la encuentro un tanto deslavazada. Quizás también que es el tercer libro seguido que leo del autor, quizás que la novela no encuentra un objetivo diáfano.
Comienza presentándonos al protagonista por medio de una anécdota, Kristóf Kömives es juez y se encuentra en su despacho ante un expediente de divorcio. Casualmente conoce a los dos divorciados, Imre Greiner y Anna Fazekas. Sin embargo dicha anécdota no vuelve a revelarse hasta el último tercio, o cuarto, de la novela, cien páginas después. Entretanto cien páginas que reflejan la vida del juez y protagonista absoluto de la novela, Kristóf Kömives. Juez, como lo fueron su padre y su abuelo. Lleva una vida sencilla y agradable, aunque extraordinariamente neutra, digamos que vacía. Se nos describe su trabajo, y con él su modo de vida, pues van unidos.

Desde el instante en que ocupó su puesto en el sillón reservado para él fue considerado un juez serio. No era severo ni campechano, sino más bien solemne; se refugiaba en ese comportamiento. Formulaba sus preguntas y sus veredictos mediante frases cortas e inequívocas, era siempre formal y distante. Ni la estupidez, ni la mala voluntad, ni la mentira conseguían alterar su actitud, y si lo hubiesen interrogado habría reconocido que cada día entraba en la sala con el mismo pánico del primer juicio… El miedo, el fervor, la solemnidad no disminuían con la práctica. Admiraba el carácter campechano, apasionado y severo de los jueces de edad avanzada, y le habría gustado imitarlos.

Los Kömives hacen siempre lo que se espera de ellos, nunca desean nada inapropiado, nada fuera de lugar, nada indeseable…

El ritmo es pausado. Se nos describe lentamente la atmósfera que envuelve la vida de la alta sociedad austrohúngara. La decadencia reside en los personajes al mismo tiempo que en la sociedad. No se trata de la desintegración del Imperio Austrohúngaro, se trata de la crisis de la sociedad europea en general, de la familia. Así lo veo yo. Quizás sucede en realidad que Sándor Márai impregna a todos sus personajes de una pátina de su propio escepticismo. No sé explicarlo con certeza. El escritor no nos ofrece tesis, solamente las reflexiones que destilan los personajes. Seguro que cualquiera escena lo explica mejor que yo.

Él, el hijo mayor, se sentía bien el colegio de curas y no echaba de menos su casa. Entre sus compañeros había muchos en una situación parecida: veían las vacaciones como un deber pesado y penoso; llegaban a sus casas con la cara larga para pasar la navidad o las vacaciones de verano y se apresuraban a volver antes de tiempo, contentos y felices, con la alegría del descanso merecido después de las fatigas de las semanas pasadas en el hogar y tan hastiados de festividades que se entusiasmaban con la idea de ponerse las pantuflas y poder relajarse en el seno de esa familia del internado más amplia, extraña y sin embargo más íntima, entre sus educadores y compañeros.
Kristóf no era el único que había encontrado un hogar en el internado. Ese hogar no ofrecía el calor de una familia, pero brindaba un ambiente tibio, de calefacción central, donde los niños nunca sentían el calor suficiente, pero tampoco pasaban frío. Muchos volvían de sus casas temblando y necesitaban semanas enteras para sentirse seguros de nuevo, para comprobar que pertenecían a algún lugar, a una pequeña comunidad donde el carácter y la capacidad determinaban el puesto en la jerarquía. Durante semanas, sentían gravitar sobre sus cabezas el ambiente familiar, la excitación del regreso, la inseguridad que se apoderaba de ellos en sus casas, el reflejo de sus miedos y sus envidias. La mayoría de aquellos niños provenían de familias rotas y sin afecto. Debía de existir otra clase de familias, puesto que entre los externos había niños equilibrados, serenos y felices de los que emanaba una inocencia pueril.

El caso que Sándor Márai vuelve a su línea y nos describe la vida de sus personajes, como si fuera ese fin el motivo de la anécdota del divorcio. Insisto, solamente vuelve a aparecer dicha excusa al final de la novela, durante el último cuarto. Encuentro a Márai un tanto maniatado, forzado, o tal vez lo que sucede que el personaje protagonista resulta un tanto irreal. No he llegado a creérmelo. Es más, estaba esperando que se desatara en él alguna incertidumbre, la locura incluso.
Márai ha dejado los paisajes rurales para describir la gran ciudad, Budapest, aunque el majestuoso barrio del castillo se contrapone a la ciudad nueva, de hormigón, así que nos mantenemos en un ambiente tranquilo, casi rural.

Insisto. El narrador se regodea, quizás en demasía, alrededor de la vida de Kristóf Kömives. Incluso diríase que el personaje vive como ensimismado, como si la nebulosa de un sueño le impidiera ver la realidad. No sé si esta sensación es pretendida por el autor o es más bien una dificultad con la que se encuentra.
Un buen día Kristóf Kömives regresa a casa después de una reunión social y se encuentra con el disgusto de que Imre Greiner, el cual estaba incurso en la causa de divorcio, su amigo de la infancia, uno entre tantos, le espera en su casa. Con esta irrupción se añade intriga a la trama, a mi modo de ver insuficiente para lo que nos tiene acostumbrados.
Nuestro ordenado Kömives se encuentra fuera de lugar.

La vida, a veces, es contraria al procedimiento judicial, piensa malhumorado, y con el ceño fruncido contempla esa «vida irregular» que ha irrumpido en su estudio en mitad de la noche y ha originado un juicio contra toda norma, contra todo procedimiento.

De manera indirecta aparece ahora Anna Fazekas.

En aquel tiempo también volvió a ver alguna vez a Anna Fazekas. La joven tenía un cuerpo espléndido, quizá hasta era bella… ¿Bella?

El discurso del nuevo personaje, Imre Greiner, no tiene desperdicio. Es un largo monólogo, lleno de interés, de temas interesantes que son desarrollados puntillosamente. Aquí sí veo bien a Sándor Márai, pero a mi modo de ver llega tarde, ajeno al extenso relato de la vida de Kömives.

No hay cosa más difícil en este mundo que ayudar a alguien. Ves únicamente que una persona que quieres o que es importante para ti se dirige a un precipicio, que actúa en contra de sus intereses, que se vuelve loca o triste, que se atormenta, que no puede más, que está a punto de caerse…, y tú corres hacia ella, te gustaría ayudarla y de golpe te das cuenta de que no es posible. ¿Acaso eres débil? ¿No sirves para ello? ¿No eres lo bastante bueno, lo bastante sincero, lo bastante abnegado, apasionado y humilde? Claro, nunca somos lo bastante… pero aunque fueras un profeta con poderes sobrenaturales y hablaras el idioma de los apóstoles, tampoco bastaría… No se puede ayudar a nadie porque el «interés» de los hombres no es lo mismo que lo que es bueno o es lógico. Quizá necesitemos el dolor. Quizá necesitemos aquello que, según todos los síntomas, es contrario a nuestros intereses. No existe nada más complicado que determinar los intereses de un ser humano…

La resolución de la novela es un tanto descabellada, ¿onírica? Imre Greiner asedia a nuestro protagonista, Kristóf Kömives, con una pregunta que se repite en formas variadas:

¿Has soñado con ella?... ¿Has soñado con Anna durante estos últimos años?...

Va más allá incluso en el interrogatorio:

¿Ha ocurrido, durante estos diez años y tres meses, que alguna vez, mientras mantenías relaciones con alguien…, me refiero a relaciones físicas…, hayas visto con claridad el rostro de Anna?

En resumidas cuentas, siento una falta de coherencia. A mi modo de ver el nivel de esta novela es menor en comparación a las otras que he leído. Quizás he llegado al final de la novela un tanto cansado, y este final constituye precisamente la clave, donde se pueden encontrar las obsesiones que empujan a Sándor Márai a escribir.

lunes, 25 de noviembre de 2019

La herencia de Eszter, (1939), Sándor Márai




 Es esta la tercera novelita de Márai que cae en mis manos, la más reducida de las tres, probablemente la que más me ha emocionado.
Comienza con perlas como las que siguen:

Si quiero ser sincera ―¿qué otro sentido podría tener el hecho de escribir? ―

Lajos nunca había sido cruel conmigo, si bien es verdad que tampoco había sido bueno, bueno en el sentido que interpretan la bondad los libros escolares.

Aunque la protagonista y narradora es femenina, Eszter, el verdadero protagonista y objetivo de la historia es Lajos, omnipresente en las opiniones y diálogos de todos los personajes.

¿Había sido infame? Yo nunca lo había sentido así. Es verdad que mentía, que mentía tal como sopla el viento, con la fuerza y la alegría de la naturaleza. Sabía mentir de una manera totalmente convincente. A mí, por ejemplo…

Sabía que todo lo que Lajos tocaba perdía su consistencia original; que se descomponía y que cambiaba, como los metales nobles en el crisol de los magos de antaño… Sabía que Lajos era capaz de volver falsas incluso a las personas, no solamente las piedras o los metales.

Márai tiene un don para hacer que los personajes nos cuenten su pasado. Lo ejecuta a la manera clásica, sin alardes técnicos, ¿para qué, si es un maestro? Además le gustan los reencuentros de dos personajes que tuvieron una relación estrecha, y en cierto modo exaltada, pero que llevan años sin verse.
Sándor Márai maneja estos reencuentros con tanta maestría que genera intriga. Es capaz de ponernos en situación perfectamente, con muy pocas palabras, al tiempo que nos provoca en el ánimo la ansiedad por saber cómo se resolverá el asunto.
Comienza la historia con la noticia del regreso de Lajos, un auténtico canalla que permanece en la memoria de toda la familia y amigos de Eszter.
Todos saben que Lajos es mentiroso, manipulador, un sinvergüenza, pero cuando se enfrentan a él sucumben a su embrujo.
La intriga está en qué querrá Lajos, cuáles serán sus taimadas intenciones para el tan esperado reencuentro.
Lajos es un personaje que difícilmente desaparecerá de la memoria del lector. Cierto que se trata de un tipo común en la historia de la literatura, un hombre sin principios ni moral, un genio de la mentira, un hombre ruin pero simpático, un tipo del que todos conocemos algún que otro ejemplar. La virtud reside, repito, en la maestría del escritor para exponerlo.
Cualquiera de nosotros puede hacer una novela e introducir en ella a un personaje así, que puede o no ser el protagonista, pero el logro de Sándor está en imbricarlo de forma perfecta en la novela. Su personalidad nos es descrita a partir de lo que todos los personajes que lo rodean piensan sobre él, y añadiremos a esto una pizca de diálogo en la que él mismo se define.

Todos sentían que Lajos controlaba por completo las emociones, gracias a la fuerza hechicera de sus trucos de magia. Cada palabra que pronunciaban parecía ser dictada por los papeles que él les designaba.

A veces creo que no le importa siquiera el tener un techo encima de la cabeza. Tiene algo de cazador o de pescador: por la mañana se sube a su caballo ―siempre tuvo un automóvil, incluso en los tiempos difíciles, incluso cuando tenía que conducir él mismo― y se va en medio del desierto o del bosque que es para él la ciudad, monta guardia, olfatea, caza o pesca un billete de cien, lo trae a casa, lo asa y nos da un bocado a cada uno; y mientras no se acabe la pieza, a veces durante días o semanas enteras, no se preocupa de nada en absoluto…

¡Límites! ¡Límites interiores! Pero si la vida carece de límites. Compréndelo de una vez. …Nunca he decidido mis acciones. Al fin y al cabo, uno sólo es responsable de lo que decide, de lo que planea, de lo que quiere hacer. Uno es solamente responsable de sus intenciones…

El carácter implacable de Lajos abre un debate moral, sobre la bondad y la vileza, sobre lo que está o no permitido hacer, sobre el predomino de los unos sobre los otros, sobre la dictadura del carisma o el miedo a la soledad.

…El sentido de la moral, ya lo sabes, no es un rasgo de carácter heredado, sino que es algo que se adquiere. Uno nace sin moral alguna: la moral del hombre salvaje y la moral del niño son diferentes de la moral de un juez de sesenta años que trabaja en un tribunal de casación de Viena o de Amsterdam. Uno adquiere la moral durante toda la vida, de la misma manera que adquiere modales o cultura.

Tú eres un jugador de cartas muy especial. Alguien que juega, en vez de con cartas, con pasiones y con seres humanos. Yo era una dama en tus juegos. Luego, te levantaste de la mesa y te fuiste… ¿Por qué? Porque estabas aburrido. Te fuiste porque estabas aburrido. Ésa es la verdad. Ésa es la horrible e inmoral verdad. A una mujer se la puede apartar, tirar, como se tira una caja de cerillas vacía, por pasión, porque es así la naturaleza del hombre, porque es incapaz de mantenerse al lado de una mujer, o porque quiere lograr más, llegar más alto, y utilizar para ello a todas y a todos. Todo esto lo puedo comprender… Es infame, pero tiene algo de humano. Pero tirar a alguien sólo por aburrimiento… Eso es peor que infame. Para eso no hay perdón, porque es inhumano.

Una vez más Sándor nos ofrece entretenimiento a la par que reflexión. Poco más de dos horas de lectura, a mi modo de ver una obra maestra.