Recuerdo
que leí este pequeño libro de joven. No tendría ni 14 años, quizás me llegó por
recomendación de la bibliotecaria, o vaya usted a saber. Es probable que lo
leyera a saltos, y recuerdo que no me dejó mal sabor de boca. La prosa
engatusa, se deja leer, y eso que no tiene ninguna trama. Yo, que critico a
Cela porque considero que los había mejores merecedores del nobel (nada que ver
con que su personaje me agradara o no, qué más da), que no me gustó para nada Pabellón
de Reposo, y vuelvo a sus libros. A tener en cuenta que es fácil topar con él,
que hay libros suyos por doquier.
Aquí
el autor se muestra más cómodo, en su papel. Se echa a andar, mochila al
hombro, y nos cuenta lo que ve, como buen reportero. Cela no sabe crear
intrigas, pero sí sabe dar buena cuenta de lo que oye y ve, trastocándolo a su
antojo.
Viaje
a la Alcarria es un libro de viajes, no una novela, aunque se use la tercera
persona para describir al paisaje y al paisanaje. Cela no necesita de extensos
párrafos, breves pinceladas le bastan, unos pocos diálogos.
«Mi libro más sencillo,
más inmediato y directo»,
dice el autor. Diez días le dedicó al viaje, en 1946, visitó diecisiete pueblos
y escribió el texto final en unos pocos días. Tiempos de posguerra, pero nadie
se refiere a ella, no sabemos si por miedo u omisión del autor, que sabe de
censura.
Luego
los críticos le dedican demasiado tiempo. Quizás no valga la pena tanto
esfuerzo por tan poca cosa. Cela pretendió reflejar la España profunda, y vaya
si lo hizo, pareciera se trata del siglo XIX, o quizás que España había
retrocedido más que un palmo.

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