viernes, 4 de enero de 2019

Primer amor (1860), Iván S. Turguéniev


Mi primer acercamiento a Turguéniev me ha dejado boquiabierto ¡Cuánto me queda por explorar en el interior de la literatura rusa!
Reflexiono acerca de las grandes literaturas, del florecimiento no espontáneo (por sus marcados antecedentes) del siglo de oro de las artes de la Gran Rusia. ¿Cómo sucede que las naciones que atraviesan una época gloriosa en lo político o lo económico dan a luz al mismo tiempo un número considerable de genios? No sé si me explico, hay un siglo de oro de la cultura holandesa y francesa que sucede al español. El esplendor cultural va ligado a los éxitos político-económicos, que cuando ceden dan lugar a un poso de decadencia. El esplendor de la literatura victoriana coincide a grandes rasgos con el de la literatura rusa. Qué decir de la cultura norteamericana. Quizás sean reflexiones superfluas…
Conocemos las circunstancias de la Rusia zarista, no precisamente innovadoras sino ancladas en un sistema socioeconómico anticuado, la servidumbre de la gleba, que guarda más semejanzas con el esclavismo que con el capitalismo incipiente. Pero la Rusia de la censura y de los zares es también la Rusia que ha derrotado a Napoleón y que amenaza occidente con un poderoso ejército.
El tipo humano del latifundista ruso, ocioso y sanguinario, comparte lugar con el intelectual, para nada ocioso, que ostenta una sensibilidad y un genio que hoy en día se nos presenta ejemplar, Gógol, Turguéniev, Dostoievski, Tolstói, Chéjov.

Mi pasión empezó ese día. Recuerdo que sentí algo parecido a lo que debe sentir un hombre que ha encontrado un empleo: dejé de ser simplemente un joven adolescente para convertirme en un enamorado. He dicho anteriormente que desde aquel día empezó mi pasión. Podría añadir que mis sufrimientos también empezaron ese mismo día. Sufría en ausencia de Zenaida. Mi mente no podía fijarse en nada y todo se me caía de las manos. Durante días enteros pensaba obstinadamente en ella… Sufría…, pero en su presencia me sentía más aliviado. Tenía celos, comprendía que era poca cosa para ella, me enfadaba tontamente y tontamente me humillaba. A pesar de todo, una fuerza irresistible me llevaba hacia ella, y cada vez que traspasaba el umbral de su casa sentía una bocanada de felicidad.

Recomiendo absolutamente Mi primer amor. Un comienzo clásico, incluso manido, tres amigos proponen romper el tedio contándose la experiencia de su primer amor. El narrador y coprotagonista prefiere escribir su experiencia para leérsela con posterioridad a sus amigos. La estructura es sencilla, una familia noble que veranea en una dacha de las afueras de Moscú, con la particularidad que a un lado alquila también otra familia noble venida a menos, a la cual pertenece Zenaida, la protagonista femenina alrededor de la cual orbita la trama, una mujer de belleza e inteligencia sin igual. Nuestro protagonista, Voldemar, conoce por vez primera lo que es el amor, pero muy pronto su inocencia se verá truncada de forma cruel. En poco tiempo el adolescente Voldemar se expone a la complejidad de la vida y recibe una sacudida de hondas implicaciones, primer paso hacia la madurez.
Como veis, nada del otro jueves. Y sin embargo, el poso autobiográfico es fundamental (asunto al cual doy siempre, como lector, extrema trascendencia) en el camino hacia la genialidad.
El mismo Turguéniev considera a Zenaida su personaje femenino más logrado. Las comparaciones con las protagonistas femeninas de Dostoievski o incluso con Anna Karenina o Eugenia Oneguin, abundan…, mujeres inteligentes que al mismo tiempo están dotadas por la naturaleza de un encanto irresistible.
La genialidad de Turguéniev se nos va insinuando lentamente, y luego, a trompicones, intuimos la inocencia de nuestro joven protagonista y la astucia de las apariencias. No hay un análisis psicológico claro como sucede en Tolstói o Dostoievski. No hay mucha acción, y sin embargo la tensión dramática se palpa hasta su conclusión final.
Fíjense cómo habla de la juventud:

¡Oh juventud, juventud!, nada te importa. Te parece poseer todos los tesoros del universo y hasta la tristeza te divierte, hasta la tristeza te es agradable. Eres engreída y soberbia. Dices: «ved, soy la única que vivo», y, sin embargo, tus días también pasan y desaparecen sin dejar rastro apenas. Todo lo que hay en ti desaparece, como la cera al sol, como la nieve… y quién sabe si el misterio de tu encanto está no en la posibilidad de hacerlo todo, sino en la posibilidad de pensar que todo lo harás, está en que derrochas inútilmente las fuerzas que de todos modos no hubieses sabido emplear en otra cosa; está en que cada uno de nosotros piensa completamente en serio que ha sido un derrochador, que completamente en serio se imagina que tiene derecho a decir: ¡Lo que hubiera hecho si no hubiese desperdiciado el tiempo!

No encuentro nada mejor para enfocar nuestro relato que un fragmento del apéndice con el que finaliza la enorme edición de Anaya, edición en origen para muchachos y que se me antoja insuperable.

«Diría que es la única obra mía que hasta ahora me sigue gustando ―afirmó Turguenev― porque lo que en ella se relata no es invención, sino vida. Cuando la vuelvo a leer, siento otra vez el aroma del pasado. Mis otras obras… pueden ser buenas, mostrar habilidad, talento, si usted quiere; pero todas ellas para mí son ficción. En cambio, Primer amor es algo intensamente vivo.» El autor de las memorias en que nos relata estas palabras de Turguenev le preguntó:
«―Entonces, Iván Sergéyevich, ¿fue todo así, tal como está relatado?
Al oír esto, el escritor permaneció callado, pero luego dijo con seriedad:
―Sí, así fue todo.»

En otra ocasión afirmaría: «En Primer amor pinté a mi padre. Muchos me lo reprocharon… Mi padre era un hombre de gran belleza (lo digo porque no me parezco a él, sino a mi madre), de una belleza típicamente rusa. Por lo general era frío, inaccesible, pero con sólo querer agradar a alguien, aparecía en su rostro y en sus ademanes algo irresistiblemente atractivo. Así era, sobre todo, con las mujeres a quienes quería gustar.»
En esta conversación con Turguenev se le preguntó:
«―Y el niño, ¿es un personaje real?
―Ese niño es actualmente un servidor ―dijo Turguenev.
―¡Cómo! ¿Y tan enamorado estaba?
―Sí.
―¿Y salió al jardín con un cuchillo?
―Y salí al jardín con un cuchillo.»

No hay comentarios:

Publicar un comentario