lunes, 17 de octubre de 2016

Solaris, de Stanislaw Lem (1961)





Stanislaw Lem fue nombrado miembro honorario de la Asociación de escritores norteamericanos de ciencia-ficción y fantasía en 1973, y expulsado en 1976 tras declarar que la ciencia-ficción estadounidense era de baja calidad literaria y estaba más interesada en el aspecto comercial que en desarrollar nuevas ideas o formas literarias.
¿No es curioso? A mí desde luego que me lo parece, y no seré yo quien pueda decir que Lem carece de calidad literaria. Apenas hace un par de semanas que quedé sobrecogido tras leer El hospital de la transfiguración y heme aquí ahora comentando una novela de ciencia-ficción como es Solaris y encajándola sin pudor en un blog de clásicos literarios. Estaba convencido de que al tiempo que retomaba lecturas que me apasionaron en la adolescencia abordaba a uno de los escritores más sorprendentes e incisivos de todo el siglo XX, y es que podemos encasillar a Stanislaw Lem en la ciencia-ficción pero una y otra vez se nos escapará cada vez que plantea, desde inverosímiles puntos de vista, todas aquellas preguntas fundamentales que acosan al hombre como individuo al mismo tiempo que como especie inteligente en un entorno universal.
No, Solaris no tiene nada que ver con esos subproductos almibarados que nos ofrece la ciencia-ficción de consumo. Solaris cumple perfectamente con esa dicotomía que a veces falla, Solaris ofrece ciencia y ofrece ficción a partes iguales, y lo hace desde planteamientos técnicamente poco reprochables.
Solaris es una más de entre las novelas que analizan un posible “contacto” con otra especie inteligente. Alguna que otra cosa he leído al efecto; a quién que guste de leer y aprender no le llama la curiosidad. Desde luego que Lem hace un análisis espectacular sobre la materia:

No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Con uno, ya nos atragantamos. Aspiramos a dar con nuestra propia e idealizada imagen: habrá planetas y civilizaciones más perfectas que la nuestra; en otras, en cambio, esperamos encontrar el reflejo de nuestro primitivo pasado.



El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos, o sus oscuras puertas atrancadas.

Desde luego que Solaris, más que resolver incógnitas, nos pondrá en la tesitura de hacernos preguntas.

Fue entonces cuando, de pronto, una niña regordeta, de unos quince años, de mirada inteligente y resolutiva tras los cristales de sus gafas, preguntó:

―¿Y para qué sirve todo esto?

En medio del incómodo silencio que siguió a la pregunta, únicamente la profesora miró con severidad a su insubordinada alumna; ninguno de los solaristas que realizaban la visita guiada, y entre los cuales estaba yo, supimos responderle.

El hombre ha pasado milenios anhelando el “contacto” con otra inteligencia y cuando se da nos encontramos con que dicho “contacto” quizás no sea posible:

―Sí. Del Contacto. Creo que, en esencia, es increíblemente sencillo. El Contacto significa un intercambio de experiencias, de términos o, al menos, de resultados, de ciertos estados, pero ¿y si no hay nada que intercambiar? Si un elefante no es una enorme bacteria, un océano no puede, por tanto, ser un cerebro muy grande.



Entre las fórmulas de la teoría de la relatividad, del teorema de campos magnéticos, de la paraestática y en la hipótesis del campo cósmico unificado buscó indicios del cuerpo humano, de la estructura de nuestro organismo, de las limitaciones e imperfecciones de la fisiología animal del hombre; aquello llevó a Grattenstrom a la conclusión definitiva de que el contacto del hombre con una civilización no antropomorfa ni humanoide nunca había sido, ni sería posible.

O, aunque sí sea posible, ¿merecerá la pena?

―¿Existen más planetas de este tipo?

―No se sabe. Tal vez sí, pero solo conocemos uno. En cualquier caso, este es muy poco frecuente, al contrario que la Tierra. Nosotros somos de lo más común, ¡somos el césped del universo! Y nos enorgullecemos de nuestra ordinariez, de que sea tan vulgar; creíamos que podíamos abarcarlo todo. Es un esquema con el que emprendimos, alegremente y con osadía, el camino: ¡otros mundos! ¿Qué son, pues, aquellos otros mundos? Los dominaremos o seremos dominados, no había nada más en esos desgraciados cerebros; ¡bah, no merece la pena! No vale la pena.
 

En fin, si nos embarcamos en Solaris debemos hacerlo con la mente abierta y libre de prejuicios, dispuestos a preguntarnos por las cuestiones últimas. Se trata de filosofía, ¿de religión?:

La solarística, decía Muntius, es un sucedáneo de religión de la era cósmica, fe disfrazada de ciencia; el Contacto, el objetivo que pretende, no es menos vago y oscuro que el trato con los santos o el sacrificio del Mesías. Empleando fórmulas metodológicas, la exploración equivale a liturgia, el humilde trabajo de los investigadores se traduce en espera de una epifanía, de una Anunciación, ya que no existen, ni deben existir puentes entre Solaris y la Tierra.

Sí, Solaris es una novela extraña, extraña para los que nunca leen ciencia-ficción pero también para aquellos que no leen prácticamente otra cosa. Solaris supone un abordaje directo y fabuloso a las preguntas últimas, esas que todos alguna vez nos hemos hecho acerca de lo absurdo del Universo.




No hay comentarios:

Publicar un comentario