jueves, 13 de octubre de 2016

Job, de Joseph Roth (1930)




           No me ha gustado tanto Job como La tela de araña, y eso que el autor (al menos eso tengo entendido) menospreció la segunda, que es su opera prima. No es que sea un acto de reproche, pero echo en falta personajes de carne y hueso; no creo que me los vaya a encontrar ni mucho menos en La marcha Radeztky (si se trata de una saga familiar estará plagada de personajes planos) pero me pica la curiosidad y a no más tardar supongo que la leeré para cerrar el ciclo.

Además parece ser que Job fue la novela que por primera vez le dio el favor del público lector; cuando la necesidad aprieta nada que reprochar. Me reitero con respecto a su prosa, sencilla, serena y contundente, llena de frases cortas que describen con amplitud y que al mismo tiempo enganchan al lector. No sé si valdrá un ejemplo bastante poético:

Por un redondo agujero de la madera en la persiana de la ventana vio el dorado resplandor azul de la noche. Se desnudó y palpó sus pechos. Le dolían. Su piel tenía memoria propia y en cada punto recordaba las manos grandes, ásperas y ardientes de los hombres. Su olfato tenía memoria propia y conservaba el aroma a sudor de los hombres, el del aguardiente y el del cuero de Rusia, constante, con una fidelidad atormentadora. Escuchó los ronquidos de sus padres y el resollar de Menuchim. Entonces Mirjam se levantó, en camisón, descalza, son sus pesadas trenzas, que se echó hacia delante y cuyos extremos le llegaban hasta los muslos. Descorrió el cerrojo y salió afuera, a la noche extraña. Respiró profundamente. Le pareció como si aspirara la noche entera. Con su respiración se tragó todas las estrellas doradas. Aún quedaban muchas brillando en el cielo. Las ranas croaban y los grillos cantaban.

Desde luego que se trata de un estilo original en su tiempo, va al grano pero al mismo tiempo se detiene para ponernos al corriente, en cuatro trazos, del clima, de las costumbres, de las situaciones.

Le mostraba respeto. Allá en casa había sido diferente. Lo más probable es que no le quisiera, pero tampoco estaba escrito «amarás a tu padre y a tu madre», sino «honrarás a tu padre y a tu madre».

Luego está la historia bíblica de Job, un hombre rico al que Yavhé probó con las pruebas más duras para probar su integridad. Traslademos la historia a los años de la desintegración del Imperio Austro-húngaro y a la situación basculante de los judíos entre Alemania, Polonia, Rusia y… Estados Unidos.

Le había dicho que a América se la denominaba God´s own country, que era la tierra de Dios, como en otro tiempo Palestina. Y Nueva York en el fondo the wonder city, la ciudad de los milagros, como en otro tiempo Jerusalén.


Quizás sea esa pérdida de la identidad, no sé muy bien cómo explicarlo, esa desagregación que supone para el individuo el abandono de la patria lo que más me ha llamado la atención. Es probable que no haya leído antes una novela en la que se dieran a conocer las tradiciones judías de esa parte de Europa azotada por los progromos modernos.
Dios somete a Job a todo tipo de desgracias, en el caso de la novela a Mendel Singer, y gracias a su bondad, fe y fidelidad, llega la recompensa de la felicidad. No sé yo si dicho paralelismo está lleno de ironía o sarcasmo, pero el final es demasiado previsible, excesivamente melodramático como para pensar en intenciones enrevesadas.

2 comentarios:

  1. Interesantísima reseña, muy clara e informativa. Nunca me había interesado por este autor y ahora tengo una visión más amplia. Lo pondré en mi lista.

    Saludos.

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    1. Se agradece tu comentario. Para mí es un empujón cada vez que una reseña invita a la lectura, y mucho más en este caso porque no me he mostrado ni mucho menos entusiasta. Desde luego que Joseph Roth merece una oportunidad.
      Saludos.

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