Nuestro
premio nobel escribió esta, su segunda novela, después de La familia de Pascual
Duarte. Publicada por entregas primero y luego en formato libro. Nos cuenta las
experiencias de siete enfermos de tuberculosis internados en un sanatorio, con
alguna relación e influencia de La montaña mágica de Thomas Mann. Necesario
decir que Cela sufrió la enfermedad y alguna estancia en un sanatorio de
Madrid, y que la posguerra fue el caldo de cultivo ideal para que la enfermedad
adquiriera tintes de epidemia, justo antes de ser inventada la cura mediante
antibióticos (en 1943).
Digo
todo esto porque la novela fue muy mal recibida por la crítica, que esperaba
otra cosa después del éxito de su primera novela. El registro literario es
completamente diferente. A mí particularmente nada me ha llamado la atención.
En ocasiones pensé que la novela estaba destinada al público femenino. Incluso
el tema de la muerte, lógicamente siempre presente, no me ha causado ninguna impresión,
que pudiera haber sido utilizado con mucha mayor intensidad. Hay símbolos como
el vómito de sangre, el ataúd, pero no hay implicación del autor, hay desapego
en la forma epistolar. En fin, que tratándose de un tema que Cela vivió en
primera persona, no se ve reflejado al autor en
ningún personaje, no se siente nada a flor de piel.
Por
un lado, la novela es muy corta y se lee fácil, está compuesta de capítulos minúsculos
a la manera de anotaciones en un diario o cartas personales. Son siete
pacientes, relacionados entre sí. Por otro lado, cuesta digerir la novela
porque no hay un verdadero argumento, no hay trama propiamente dicha, nada que
nos haga vibrar. Y la verdad que Cela no suele presentar tramas, pero lees Viaje
a la Alcarria, cuya lectura (relectura) estoy alternando, y no te hace falta
porque cualquier fragmento te procura placer.
Antes
de dar mi crítica negativa, he leído alguna otra crítica positiva, críticas por
cierto en exceso académicas, que parecen tesis. Estas destacan la ternura, la
cercanía de la muerte, destacan también la estructura, que resulta moderna y
original, la caracterización de los personajes a través de los números de las
habitaciones…, pero a mí no me parecen nada más que excusas, porque la calidad
de una novela no está en la complejidad, o en la arquitectura, sino en lo que
nos logra transmitir, y a mí, personalmente, no me ha transmitido nada, seguro
que a otros sí.
En
todo caso, Cela enderezó su carrera con otras novelas. Presenta luces y
sombras. A mí personalmente me hubiera gustado ver el premio nobel en otras
manos. La guerra y el exilio truncaron la trayectoria de una generación
interesante, y la literatura franquista, de posguerra, deja mucho que desear.
Cela era un hombre del régimen, polémico en demasiados aspectos, y poco
propenso a escribir literatura de sí mismo, un hombre, qué duda cabe, muy
preocupado por su carrera, por alcanzar el éxito. Yo prefiero a esos escritores
malditos que vuelcan en sus escritos sus obsesiones más profundas. No es más
que una manera de leer, que no es poco.
Y
terminar con la NOTA, de Camilo José Cela, que inicia mi edición, quizás una
contestación, o una disculpa, por las rotundas críticas recibidas. Que sirva en
su descargo.
Ofrezco
hoy a mis lectores un libro, para mí, difícil de clasificar. Quizá por su misma
intención, por lo que él ha querido ser y yo no he evitado.
…
En él la acción es nula y la línea argumental tan débil, tan sutil, que a veces
se escapa de las manos.
Hasta
qué punto un libro concebido con esta preocupación técnica ―o estética, como queráis― es una novela, es
cosa que yo no sé. A caballo sobre la Preceptiva, no creo que faltaran
argumentos para afirmar o negar lo que nos propusiéramos.
Decía Dostoievski ―y esto me causa cierto
temor― que la preocupación por la estética es la primera señal de impotencia.
Es posible que sea verdad…

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