martes, 14 de abril de 2026

Pabellón de reposo (1944), Camilo José Cela

 

Nuestro premio nobel escribió esta, su segunda novela, después de La familia de Pascual Duarte. Publicada por entregas primero y luego en formato libro. Nos cuenta las experiencias de siete enfermos de tuberculosis internados en un sanatorio, con alguna relación e influencia de La montaña mágica de Thomas Mann. Necesario decir que Cela sufrió la enfermedad y alguna estancia en un sanatorio de Madrid, y que la posguerra fue el caldo de cultivo ideal para que la enfermedad adquiriera tintes de epidemia, justo antes de ser inventada la cura mediante antibióticos (en 1943).

Digo todo esto porque la novela fue muy mal recibida por la crítica, que esperaba otra cosa después del éxito de su primera novela. El registro literario es completamente diferente. A mí particularmente nada me ha llamado la atención. En ocasiones pensé que la novela estaba destinada al público femenino. Incluso el tema de la muerte, lógicamente siempre presente, no me ha causado ninguna impresión, que pudiera haber sido utilizado con mucha mayor intensidad. Hay símbolos como el vómito de sangre, el ataúd, pero no hay implicación del autor, hay desapego en la forma epistolar. En fin, que tratándose de un tema que Cela vivió en primera persona, no se ve reflejado al autor en ningún personaje, no se siente nada a flor de piel.

Por un lado, la novela es muy corta y se lee fácil, está compuesta de capítulos minúsculos a la manera de anotaciones en un diario o cartas personales. Son siete pacientes, relacionados entre sí. Por otro lado, cuesta digerir la novela porque no hay un verdadero argumento, no hay trama propiamente dicha, nada que nos haga vibrar. Y la verdad que Cela no suele presentar tramas, pero lees Viaje a la Alcarria, cuya lectura (relectura) estoy alternando, y no te hace falta porque cualquier fragmento te procura placer.

Antes de dar mi crítica negativa, he leído alguna otra crítica positiva, críticas por cierto en exceso académicas, que parecen tesis. Estas destacan la ternura, la cercanía de la muerte, destacan también la estructura, que resulta moderna y original, la caracterización de los personajes a través de los números de las habitaciones…, pero a mí no me parecen nada más que excusas, porque la calidad de una novela no está en la complejidad, o en la arquitectura, sino en lo que nos logra transmitir, y a mí, personalmente, no me ha transmitido nada, seguro que a otros sí.

En todo caso, Cela enderezó su carrera con otras novelas. Presenta luces y sombras. A mí personalmente me hubiera gustado ver el premio nobel en otras manos. La guerra y el exilio truncaron la trayectoria de una generación interesante, y la literatura franquista, de posguerra, deja mucho que desear. Cela era un hombre del régimen, polémico en demasiados aspectos, y poco propenso a escribir literatura de sí mismo, un hombre, qué duda cabe, muy preocupado por su carrera, por alcanzar el éxito. Yo prefiero a esos escritores malditos que vuelcan en sus escritos sus obsesiones más profundas. No es más que una manera de leer, que no es poco.

Y terminar con la NOTA, de Camilo José Cela, que inicia mi edición, quizás una contestación, o una disculpa, por las rotundas críticas recibidas. Que sirva en su descargo.

 

Ofrezco hoy a mis lectores un libro, para mí, difícil de clasificar. Quizá por su misma intención, por lo que él ha querido ser y yo no he evitado.

… En él la acción es nula y la línea argumental tan débil, tan sutil, que a veces se escapa de las manos.

Hasta qué punto un libro concebido con esta preocupación técnica ―o estética, como queráis― es una novela, es cosa que yo no sé. A caballo sobre la Preceptiva, no creo que faltaran argumentos para afirmar o negar lo que nos propusiéramos.

Decía Dostoievski ―y esto me causa cierto temor― que la preocupación por la estética es la primera señal de impotencia.

Es posible que sea verdad…


 

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