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lunes, 24 de marzo de 2025

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann (1913), Marcel Proust.

 

Cuando sale a conversación este libro, raro es que no se mencione la famosa magdalena. Pues si te digo la verdad, se puede leer el libro y el asunto de la magdalena te puede pasar del todo desapercibido. Que no, porque estás atento y sale enseguida, que no al principio, pasadas unas docenas de páginas. Pero, son tantos los recursos narrativos de Proust para evocar el pasado, que el té con la magdalena no constituye sino una anécdota más.

Desde luego que no es un libro fácil de leer, la antítesis de lo que la gran mayoría de lectores persigue, eso que llaman literatura adictiva y que consiste en devorar página tras página hasta un forzoso y sorprendente final.

No, Proust pasa de la evocación de un recuerdo a otro sin solución de continuidad, sin poner un párrafo de por medio para aligerar la lectura. A veces enlaza con brillantez, en otras ocasiones el cambio es brusco, cambia de tema y allá el lector que le sigua en su verborrea poética.

Obviamente, es literatura de ricos, permitidme la expresión, diríase arte por el arte. Comparémoslo con London, por ejemplo, o Kafka. Se decantan estos por una prosa desnuda, se decantan por el mensaje, por el contenido, mientras que Proust se regodea en el continente. No quiero decir que sea una constante, ni siquiera una hipótesis; el escritor que acude a la literatura para ganarse la vida siente la necesidad de comunicar algo a los demás, aunque pase por el tamiz de sí mismo.

Proust tiene padres cultos y adinerados, no necesita trabajar. Coge fama de snob en el París de la época, sufre de homosexualidad, porque en la época es como una enfermedad, la misma que da con los huesos de Oscar Wilde en la cárcel, porque en la democrática Gran Bretaña no se le permite a uno ser homosexual. Aunque no lo parezca, se trata de la hipócrita Europa que se arma a toda pastilla para desangrarse en dos guerras mundiales.

Cierto que al final de su vida Proust se encierra y se entrega a la literatura, pero lo hace en unas condiciones que ya hubieran querido para sí muchos otros grandes escritores (sus necesidades vitales las cubren dos criados). E insisto, Proust se entrega a sí mismo y a un afán, a la literatura, pero no a nosotros. Se regodea en sus recuerdos, eso sí, como quizás nadie lo hizo, ni antes ni después. Ahí reside su mérito.

Cualquier escena de la vida cotidiana le sirve. Comienza con la espera en la noche, el niño que ansía el beso de buenas noches de su madre. Y luego, sin una solución lineal, nos dispara con impresiones diversas, aunque todas centradas en uno o varios períodos vacacionales en Combray, un pueblito no demasiado lejos de París. No puedo hacer un análisis exhaustivo, dejo a los críticos la labor de tener que leer varias veces esta novela tan centrada en la impresión del recuerdo, cual prolongación del arte pictórico impresionista.

A cada uno de nosotros nos llamará la atención un recuerdo u otro, aunque siempre que hablemos con lectores que han leído, o no, la novela, se mencionará la anécdota de la magdalena como detonante del recuerdo.

Sin embargo, cualquier asunto sirve a Proust como detonante de millares de reminiscencias, un paseo cerca de un castillo, un acercamiento al mar, un sendero multicolor de espinos. Supongo que el autor entremezcla esos recuerdos a su discreción, y trae a su gusto la lluvia o el estallido de la primavera. No puede ser de otra manera. Y como en una espiral sin fin evoca la naturaleza y la compara con una portada románica o los restos de un castillo.

Eso sí, no dejamos de asombrarnos de su capacidad poética, de su metafórico uso de cualquier comparación. Aquí nos describe las floridas capillas de una iglesia, acullá el comienzo de un campo de amapolas como si se tratara de las casas que anuncian el pueblo, o una barca que nos avisa del primer avistamiento del mar. En eso Proust no tiene parangón. 

El seto formaba como una serie de capillitas, casi cubiertas por montones de flores que se agrupaban, formando a modo de altarcitos de mayo; y abajo, el sol extendía por el suelo un cuadriculado de luz y sombra, somo si llegara a través de una vidriera; el olor difundíase tan untuosamente, tan delimitado en su forma, como si me encontrara delante del altar de la Virgen, y las flores así ataviadas sostenían, con distraído ademán, su brillante ramo de estambres, finas y radiantes molduras de estilo florido, como las que en la iglesia calaban la rampa del coro o los bastidores de las vidrieras, abriendo su blanca carne de flor de fresa.

 

Perseguía en el talud, que por detrás del seto sube casi vertical hacia el campo, a alguna amapola extraviada, a algún anciano rezagado, que decoraban la escarpa con sus flores como la orla de un tapiz donde aparece diseminado el tema rústico que luego triunfará en todo el paño; unas cuantas sólo, espaciadas como esas casas aisladas que ya anuncian la proximidad de un poblado, me anunciaban la vasta extensión donde estallan los trigos y se rizan las nubes, y una sola amapola, que izaba en lo alto de sus jarcias y entregaba al azote del viento su llama roja, por encima de su boya negra y grasa, me aceleraba el latir del corazón, como al viajero que al ver en un terreno bajo la primera barca varada que está arreglando un calafate, grita: «¡El mar!», antes de ver el agua. 

Y podríamos señalar mil fragmentos, porque si abriéramos una página al azar encontraríamos dos o tres símiles en una prosa poética sin fin.


No, no es un autor que me resulte atractivo, pero cualquiera reconocerá en Proust un estilo maravilloso e inimitable. Incluso tengo que reconocer que de alguna manera Proust se preocupa de no perder al lector, pues nos tiende alguna cuerda para que le sigamos y no nos perdamos entre tanto deslumbrante y aparente candor, de tal manera que, aunque a veces nos perdemos, no nos cuesta continuar, sin ser necesario retroceder, pues para qué, si no hay trama que perder.

En todo caso, Proust no tiene imitadores, y eso que hoy vivimos en Occidente los últimos estertores de una clase media que dispone a raudales del valor más precioso que tenemos, el tiempo, pero generalmente la gran mayoría de los lectores sigue prefiriendo, como ayer o mañana, lecturas adictivas que les aíslen del mundo y no que les conecten con él.

Y cuando uno menos se lo espera acaba la primera parte, Combray, y Proust da un giro que más bien parece una nueva novela. La segunda parte, Unos amores de Swann, ya no trata sobre los recuerdos de un niño, sino que se regodea en los amores, o los celos, del señor Swann con Odette, preludio y significado de una tercera parte, cortita, titulada Nombres de tierras: el nombre, y que trata someramente del amor del joven narrador hacia la hija de Swann y Odette, Gilberta.

Los recuerdos dan paso al reflejo de una sociedad rica, a veces aristocrática, a veces burguesa, las dos caras de una misma moneda. En realidad, dos novelas dentro de una. Insana curiosidad quizás me lleve a leer la segunda parte.

lunes, 22 de febrero de 2021

Oliver Twist (1838), Charles Dickens.

Probablemente sea Dickens el autor de lengua inglesa más conocido después de Shakespeare. Esto dice mucho acerca de los clásicos y su génesis, pues no podemos comparar la profundidad, la calidad literaria del uno con la del otro.

También, mientras leía, no podía sino comparar con otras novelas, y se me vino a la memoria una que tengo recién releída, El rojo y el negro, de Stendhal. A mi modo de ver, la profundidad de Stendhal, su calidad literaria, es infinitamente superior, pero Stendhal murió sin reconocimiento mientras que un clamor popular provocó el entierro de Dickens en Westminster.

Dickens publicaba sus novelas por entregas en periódicos, lo cual sirve para justificar repeticiones, errores, el recurso constante a la exageración o al melodrama, todo con tal de conseguir el favor del público lector. Mínima intención en Dickens de representar la realidad; cierto que entresaca de ella lo que le interesa resaltar para inventar, para novelar. Digamos que no está en la línea de Flaubert, o de tantos otros autores que abrazarán la causa realista de la novela.


Oliver Twist es víctima del destino desde la cuna, pues muere su madre al nacer y él queda condenado a la mísera vida de un asilo. Con ironía y sarcasmo nos cuenta Dickens la sociedad que convive con la miseria de los más desfavorecidos. Aquí radica la vena humanitaria del maestro, que arranca fácil el llanto. De alguna manera este humanitarismo, su posición política progresista para mitigar el sufrimiento de los pobres, es su más interesante legado.


¡Qué excelente ejemplo constituía el pequeño Oliver Twist del poder del vestido! Envuelto en la manta que hasta entonces había sido su único abrigo podría haber pasado por el hijo de un noble o de un mendigo; al más altivo desconocido le habría sido difícil determinar su categoría social. Pero ahora, envuelto en las viejas ropas de percal, amarillas ya de hacer el mismo servicio, y marcado y etiquetado, encajaba perfectamente en su lugar: un niño de la parroquia… huérfano de hospicio… humilde esclavo muerto de hambre… carne de bofetadas y golpes dondequiera fuere… desprecio de todos y lástima de ninguno.


Desde el primer momento se nos presenta a Oliver como un muchacho tímido, obediente, trabajador, confiado, en resumidas cuentas, bueno. De aquí en adelante y hasta el final de la novela, un muchacho que se tiene que enfrentar a las miserias del mundo, no sufre ninguna evolución en su carácter. Pasa hambre constantemente, recibe golpes, insultos, es obligado a trabajar y robar para beneficio de los demás, y sin embargo, lejos de moldearse su carácter en el caldo en que se cuece, se muestra éste imperturbable. A mi modo de ver, un niño que se cría en la calle, cultiva los mecanismos de defensa propios del medio. Tenemos ejemplos más dignos en la novela picaresca española. Digamos que sucede lo mismo, a grandes rasgos, con los demás personajes, que no presentan evolución, son buenos o malos desde la cuna, como el malvado Fagin. Es Dickens.

A veces muestra amagos de complejidad, pero no son lo más destacado. En este ejemplo Noah nos da unas pinceladas. Noah, por cierto, otro de los personajes desfavorecidos que va y viene según la necesidad de la pluma de Dickens, de la novela por entregas.



Noah era un acogido, no un huérfano de hospicio. No era hijo del azar, pues podía rastrear toda su genealogía hasta sus padres, que vivían cerquita, la madre lavandera y el padre un soldado borracho, dado de baja con una pata de palo y una pensión diaria de dos peniques y medio más un pico inapreciable. Los mozuelos de las tiendas del vecindario solían desde hacía tiempo tildar a Noah en la vía pública con los ignominiosos epítetos de “cueros”, “acogío” y otros por el estilo, y Noah lo aguantaba sin replicar. Pero ahora que la fortuna le ponía en su camino a un huérfano sin nombre a quien incluso los más humildes podían señalar con el dedo del menosprecio, se resarcía con él con creces. Esto ofrece un exquisito manjar para la reflexión. Nos muestra lo hermosa que puede llegar a hacerse la naturaleza humana y cuán imparcialmente se desarrollan las mismas amables cualidades en el señor más refinado y en el más sucio muchacho acogido a la beneficiencia pública.


Pero esta complejidad psicológica es la máxima que logrará Dickens en esta novela. Y sí, Dickens es un virtuoso de la imaginación, de la técnica narrativa en cuanto a lo que se refiere a giros maravillosos y sorprendentes. Es capaz de zarandear al lector a través de cada una de sus aventuras hasta un final todavía más fantástico en el cual felizmente se resuelven todos los entuertos, de una manera exageradamente melodramática.

Se nos describe una sociedad injusta y cruel, desde el pobre que mendiga al deshollinador, desde el que está al frente del asilo al que preside el Ayuntamiento. Entremedias nos encontramos con gente honrada, los que sostienen la sociedad de la Inglaterra Victoriana.

Y pese a todos sus defectos, recordamos la Inglaterra victoriana a partir de la imagen poética que Dickens nos transmite. Probablemente será su imagen de Londres la única que nos queda en la memoria, la niebla de Londres, el oscuro Támesis, la suciedad en las tabernas, la humedad en las casas.

En fin, es la época de Dumas o Dickens, incluso Dostoievski escribe por entregas. Probablemente es resultado de esa primera época en la que el analfabetismo lector se está erradicando. Resulta paradigmático cuando leemos que uno de los personajes de Dickens se entretiene en una sucia taberna leyendo un periódico ennegrecido o atrasado, o las dificultades con las que se enfrenta el traductor a la hora de reflejar la jerga del pueblo llano, para el cual se escribe.


Este último caballero tenía un bastón grande, una cabeza grande, grandes facciones y grandes botas altas, y parecía como si hubiera estado tomando una ración de cerveza en igual proporción…, y no sólo lo parecía.


A mi modo de ver hay que situar el triunfo de Dickens en el gusto lector de la época, que se embelesa en su humanitarismo sentimental, en su sentido del humor, en su imaginación. Un buen inicio para los jóvenes que se ven obligados a enfrentarse con los temidos clásicos. Para mí lo fue, aunque ahora se me queda corto.



jueves, 28 de enero de 2021

En vísperas (1860), Turguénev.

 

Publicada en 1860, y escrita quizás un año antes, se supone que el título alude a la Emancipación de los siervos de 1861. Sin embargo, la novela no alude para nada a tal emancipación; incluso podría decirse que no alude para nada a la situación socioeconómica de Rusia. En todo caso hay referencias al enfrentamiento con los turcos, sin olvidar que está fresca la guerra de Crimea. Esta referencia sí me parece importante, así como la ebullición de los nacionalismos eslavos en el entorno de los Balcanes.

La trama de la novela es bien sencilla. Dos amigos, Bersenev y Shubin, abren la escena. Son dos tipos humanos bien diferentes. La introducción de la editorial hace referencia a un artículo o ensayo publicado por aquellas fechas por el maestro con el título de «Hamlet y Don Quijote». Se trata de una elaborada teoría de la personalidad que divide a los hombres en dos tipos fundamentales que se entremezclan en la realidad. Los Hamlets son introspectivos, reflexivos, mientras que los Quijotes viven para la acción. Supongamos que Bersenev representa al tipo Hamlet:

 

No en balde me decía mi padre: «Nosotros no somos sibaritas, muchacho, ni aristócratas, ni niños consentidos por el destino y la naturaleza. Ni siquiera somos mártires. No somos más que trabajadores, trabajadores, trabajadores. Ponte el mandil de cuero, y ¡hala!, a tu banco de trabajo en el taller oscuro. Deja a otros la luz del sol. También hay orgullo y felicidad en nuestra sorda existencia.»

 

Shubin en cambio pertenece más bien al tipo Quijote. La trama apenas se complica con la aparición de una hermosa señorita, Yelena Nikolaievna, de la cual ambos están enamorados. Sí se complica al aparecer un tercero, un amigo de Bersenev, el búlgaro Insárov, obviamente un hombre de acción que no ve el peligro pero que lo afronta con decisión. A mí este personaje me ha dejado frío. Es el eje alrededor del cual se mueve la novela pero no recibe un tratamiento ni mucho menos redondo. Resulta tan perfecto en cuanto a la rectitud de sus actos e ideales que no parece un hombre de carne y hueso. A mi manera de ver se parece mucho más al estereotipo que podemos hacernos acerca del nacionalista fanático:

 

―Perdóneme. No puedo hablar de esto con frialdad. Pero hace un instante me preguntaba usted si amo a mi patria. ¿Qué otra cosa cabe amar en este mundo? ¿Qué otra cosa hay que sea inalterable, que esté por encima de toda duda? ¿Qué otra cosa en que, después de Dios, sea imposible no creer? Y cuando esa patria le necesita a uno… Fíjese: el último campesino, el último mendigo en Bulgaria y yo… todos queremos lo mismo. Todos tenemos un mismo propósito. Hágase cargo de la fuerza y la confianza que eso nos da.

 

La bella Yelena termina por decidirse por el búlgaro, de alguna manera también ella es Quijote.

 

En consecuencia, el público ruso quedó dividido ante la novela. El lector liberal la recibió con entusiasmo mientras que el lector conservador se escandalizó por las decisiones tan modernas que tomaba la heroína Yelena que, si bien empieza con dudas:

 

«…¡Ay, si al menos hubiera alguien que me dijera: ¡Esto es lo que debes hacer! Ser buena no basta; hacer el bien… sí, eso es lo que importa en la vida. ¿Pero cómo hacer el bien?»

 

… luego termina por convertirse en protagonista indiscutible de la novela y, en definitiva, en la que toma las decisiones difíciles, ¡la Quijote!

 

Es curioso que la crítica, o cuando menos las editoriales que publican al maestro, consideran que está novela está entre las mejores. Por mi parte siento preferencia por esas novelas viscerales en las cuales el protagonista, que se parece mucho al escritor, termina derrotado por una mujer fatal. A mi manera de ver, esta novela está entre las peores del maestro. El personaje de Yelena tampoco me ha parecido muy real, nada que ver son esas (anti)heroínas de Turguénev que son capaces de acabar con cualquiera de entre los hombres. Así y con todo, una novela más del maestro que se lee con fruición, una novela ligera.

 

Hacia el final del libro una fabulosa comparación me permite cerrar la reseña con ese aire pesimista que orla toda la narrativa de Turguénev:

 

«…. Sobreviene a veces que, al despertar, se pregunta uno con temor involuntario: ¿pero es posible que tenga ya treinta… o cuarenta… o cincuenta años? ¿Cómo es que ha pasado la vida tan deprisa? ¿Cómo es posible que esté tan cerca la muerte? La muerte se asemeja al pescador que, después de coger un pez en su red, lo deja algún tiempo en el agua; el pez sigue nadando, pero envuelto en la red, y el pescador lo sacará del agua cuando le venga en gana.»

 

martes, 3 de noviembre de 2020

Padres e hijos (1862), Turguéniev



      ―Y bien, hermano ―Le decía―. Exponme tu criterio sobre la vida. Porque se dice que en vosotros reside toda la fuerza y el porvenir de Rusia, que de vosotros arrancará una nueva época en la historia y que vosotros nos daréis la verdadera lengua y las leyes.

El mujik, o no respondía nada o balbucía palabras como:

     ―Nosotros pudemus… también, porque…, o sea, así lo hemos diterminado…

     ―Pero tú explícame qué significa vuestro mundo ―le interrumpió Basarov―. ¿De verdad es ese mismo mundo que descansa sobre tres peces?

     ―Es la tierra, padrecito, la que reposa sobre tres peces ―se explicaba el mujik con armonioso tono patriarcal y bondadoso―. Y frente a nuestro mundo, ya se sabe, está la voluntad de los señores, porque vosotros sois nuestros padres. Y cuanto más severo y exigente sea el señor, tanto mejor para el mujik.


    Un buen párrafo para iniciar una reseña de un libro que no tiene una temática tan definida como se pueda creer de antemano.

    Reza la crítica que se trata de la mejor obra de Turguéniev, aunque dicha afirmación puede ser puesta en tela de juicio, como toda apreciación subjetiva. A mi modo de ver Mi primer amor o Lluvias primaverales tienen una fuerza mucho mayor, contenido autobiográfico por doquier. También lo tiene la presente, pero en menor medida. De lo poco que he podido estudiar, colijo que esta obra generó una enorme polémica en la época por los temas tratados, lo cual suele ser un argumento de peso para la gestación de la opinión, y valga la aparente contradicción. Como ejemplo contrario a mi pasajera opinión la enorme consideración en que la tuvo Nabokov, que probablemente la estimó por eso mismo, por alejarse de sus obsesiones.

     Ello no es óbice para que nos enfrentemos a una novela muy recomendable, deliciosa, como casi todas las del maestro. Estoy seguro de que mi contradictoria opinión será el mejor acicate para su lectura.


     Hay un personaje que lo ocupa todo, el carismático Basárov. Nihilista, inteligente, una fuerza arrebatadora dirige cada uno de sus actos. Es médico, materialista, de temperamento mordaz y burlesco. A su lado el joven Arkadi, de temperamento flojo, pasivo; protagonista y mero espectador. Es Arkadi quien acoge en su casa a Basárov, que pronto choca con su padre y su tío, representantes de la vieja generación.

     Los conflictos se suceden. Entra en escena otra mujer de carácter, Odintsova, el contrapunto de Basárov. En contraposición su hermana Katia. Son estos rasgos los que definen a cada uno de los personajes, sus fuerzas, su capacidad para dominar a los demás.

     Supongo que la novela rusa explica el origen de la revolución mejor que cualquier manual. La desigualdad es el caldo perfecto en el que cuaja una nueva especie, la de los revolucionarios nihilistas que busca la destrucción de lo establecido para la creación de un nuevo orden, ¿necesariamente mejor? También se trata del cambio generacional que se puede observar en toda sociedad. Estamos hablando de las fechas alrededor de las cuales se suprimieron los derechos feudales que dan comienzo a una época caracterizada por los desequilibrios, una situación explosiva que da lugar a una literatura grandiosa.

     A mi modo de ver Turguéniev no se posiciona, y no lo hace porque la naturaleza del intelectual es precisamente esa, la de no posicionarse. El conocimiento conlleva el rechazo de los extremos. Por un lado comprende las ideas de Basárov, pero por otro lado también las de la tradición. Comprende que hay que erradicar las desigualdades, pero lo mismo que carga contra la ignorancia del aristócrata, carga también contra la del mujik. Entendemos el sarcasmo con el que Basárov critica la realidad social, y sin embargo está la sorpresa de que los mismos mujik se burlan a espaldas de Basárov cuando este pretende acercarse a ellos. A mi modo de ver, el pesimismo de Turguéniev está sobradamente justificado.

     El conflicto generacional se mezcla con la dinámica de las grandes haciendas de un país que cierra sus puertas a los cambios que se están gestando en la lejana Europa. El joven ruso pretende borrar de un plumazo todo lo que se ha construido sobre decenas de generaciones pasadas.

     Al final, por mucha que sea la altura de miras de cada uno de los personajes, su grandeza o agudeza, todos pasan por la criba de Turguéniev y van a parar al mismo saco. No sé si a todos los lectores les pasará como a mí, si es obra de Turguéniev o nada más que mi propia y particular lectura, pero no me decanto por ninguno de los personajes. Unos me causan más simpatía que otros, por afinidades personales, pero ninguno es demonizado, ni aplaudido, cada cual trata de encontrar el mejor camino, la mejor manera de sacar fruto a sus posibilidades en este mundo.

     Al final se impone ese dulce pesimismo de Turguéniev, que nos cae como esa manta que añadimos sobre la cama cuando se aproxima el invierno.

viernes, 1 de mayo de 2020

Obstinación (circa 1919), Hermann Hesse.


Una virtud hay que quiero mucho, una sola. Se llama obstinación. Todas las demás, sobre las que leemos en los libros y oímos hablar a los maestros, no me interesan tanto. En el fondo se podría englobar todo ese sinfín de virtudes que ha inventado el hombre en un solo nombre. Virtud es: obediencia. La cuestión es a quién se obedece. La obstinación también es obediencia. Todas las demás virtudes, tan apreciadas y ensalzadas, son obediencia a leyes dictadas por los hombres. Tan solo la obstinación no pregunta por esas leyes. El que es obstinado obedece a otra ley, a una sola, absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo, al «propio sentido».
¡Lástima que la obstinación sea tan poco apreciada! ¿Acaso goza de estima? ¡Oh, no! Incluso se la considera un vicio o al menos un lamentable desmán. Sólo se la designa por su hermoso nombre cuando molesta y suscita al odio. (Por cierto que las verdaderas virtudes siempre molestan y suscitan odio. Véase Sócrates, Jesús, Giordano Bruno y todos los demás obstinados).

Obstinación en alemán es «Eigensinn», palabra compuesta que literalmente significa «propio sentido». Dentro de la novela Obstinación no es en realidad más que un pequeño ensayo o artículo. Supongo que da nombre a este compendio de relatos y artículos porque define bien el espíritu individualista que anida en Hesse.

Es muy probable que el lector encuentre extraños muchos de los escritos de Hesse. A mí me parece un ejemplo de escritor honesto, comprometido con su arte y en continua búsqueda de sí mismo. Tanto es así que los cuatro primeros relatos de este volumen no son otra cosa que cuatro pequeñas autobiografías escritas en diferentes fechas, que harán las delicias del aficionado a Hesse. Otros relatos describen a la rara especie del genio, del poeta o del héroe. Jamás encontré mejores descripciones acerca de este tipo humano, vilipendiado en vida y agasajado con honores una vez muerto. Estos ejemplos son solo unos pocos, que tengo a mano después de la lectura:

Con el poeta sucedía lo mismo que con el héroe y con todos los personajes y ambiciones fuertes y hermosos, audaces y extraordinarios: en el pasado eran magníficos, en todos los libros de texto se cantaban sus excelencias, pero en el presente y en la realidad se les odiaba, y probablemente los profesores estaban empleados y formados precisamente para impedir en lo posible el desarrollo de seres admirables y libres y hechos grandes y magníficos.

Y lo más curioso es que aquellos pocos que han desdeñado esas leyes arbitrarias para seguir las suyas propias, las naturales, han sido siempre condenados y lapidados, aunque luego fuesen venerados, precisamente ellos, como héroes y libertadores La misma Humanidad que ensalza y exige de los vivos, como suprema virtud, la obediencia a sus leyes arbitrarias, esa misma Humanidad acoge en su eterno panteón a los que desafiaron aquellas órdenes y prefirieron perder la vida a ser infieles a su «propio sentido».

También hace una excelsa crítica del poeta actual, aquel que se ha adaptado a la sociedad. Hace cien años de la descripción. Hoy no se usa el término burgués, pero igualmente sirve:

En vez de vivir en buhardillas, comer cortezas de pan y escupir sobre las cabezas de los burgueses, los poetas nos habíamos convertido en señores agradables que casi podían aparecer en sociedad y que formulaban frases ingeniosas sobre las cuestiones del día, algún chiste y alguna leve y graciosa ironía.

Otros textos recogen reflexiones políticas sobre la situación de Alemania a lo largo del transcurso de las dos guerras mundiales. Hesse siempre se opuso a la guerra, lo cual le granjeó grandes enemigos en Alemania.
Algunos pequeños diarios le servían a Hesse para combatir los períodos de decadencia creativa. Aquí nos habla de la marcha de algunos de sus trabajos, como es el caso de Sidharta o el Juego de Abalorios. Encontramos aquí desahogos que nunca encontramos en sus novelas, someramente menciona a sus parientes, padres, hermanos, a sus mujeres e incluso a sus hijos.
Al final algunas bagatelas, sus palabras con motivo del banquete de la ceremonia del Premio Nobel, o con el motivo del Premio de la Paz concedido por los libreros alemanes (a tener en cuenta que aceptó tres premios, Premio Goethe, Premio Nobel y Premio de la Paz, pero no se sometió al ceremonial y no fue a recogerlos ni a Francfort ni a Estocolmo).
A decir verdad que yo prefiero las confesiones que lleva a cabo en la soledad de su cuarto.

Mis conocidos y los críticos de mis obras opinan casi todos que soy un hombre sin principios. Por algunas observaciones y pasajes ocasionales de mis libros deducen estas personas tan poco sagaces que llevo una vida intolerablemente libre, cómoda y desordenada. Porque por la mañana me gusta levantarme tarde, porque ante las dificultades de la vida me permito de vez en cuando una botella de vino, porque no recibo ni hago visitas y por menudencias semejantes deducen estos malos observadores que soy un hombre blando, cómodo, caótico, que cede a todos los caprichos, no emprende nada y lleva una vida inmoral y libertina. Pero sólo dicen estas cosas porque les irrita y les parece insolente que no reniegue de mis costumbres y vicios ni los oculte. Si yo fingiera ante el mundo, lo que sería fácil, una conducta ordenada, burguesa, si pegara una etiqueta de agua de colonia en la botella de vino, si en lugar de decir a mis visitas que me molestan, les mintiese pretendiendo que no estoy en casa, en una palabra, si engañara y mintiera, mi fama sería óptima y pronto me concederían el título de honoris causa.

La verdad sea dicha que no es este el lugar adecuado para empezar con Hesse, sino un punto más en el camino de aquellos que ya han descubierto al maestro. Los habrá que se hayan embarcado con Hesse a partir de El lobo estepario, y que se hayan echado atrás, pero el núcleo duro de Hesse está en la búsqueda de sí mismo, en aquellas pequeñas novelas que expresan la pugna de un muchacho preñado de ideas románticas que trata de conectar con la sociedad, el punto de partida para leer a Hesse está en Bajo las ruedas, Demian, Peter Camentzind o El último verano de Klingsor. ¡Disfruten!


sábado, 4 de abril de 2020

El juego de los abalorios (1943), Hermann Hesse.





Varias veces abordé esta novela sin éxito. Le falta el gancho de otros trabajos del maestro. Escrita durante la II Guerra Mundial, parece ser que Hesse se evade y crea un mundo a su medida.
Tras la pérdida de la hegemonía Europa se refugia en el espíritu, una nueva Institución destaca por encima de las demás, Castalia, dedicada por entero a un extraño juego indefinido, contemplativo, que mezcla música, matemáticas y otras disciplinas y que, de una manera extraña, participa y guía la sociedad.
Me costó darme cuenta de que estaba leyendo ciencia ficción, y es que por momentos la novela adquiere tintes de ensayo. Se estructura como una biografía, la de un líder del juego de los abalorios, José Knetch. Por un momento imaginamos que Hesse nos va a regalar con otro de sus bildungsroman, pero no, Knetch tiene poco que ver con los personajes que luchan al mismo tiempo por encajar y huir de la sociedad de los hombres. Diríase incluso que Knetch es un “iluminado”, un Buda, un hombre que ha “despertado”. De hecho, Knetch es un hombre con un talento especial para resultar agradable a los demás, para ser amado.

Entrar en la novela cuesta. Los primeros fragmentos son áridos al tiempo que definitorios. Nos hallamos en el año 2400, de forma satírica se nos presenta una Europa decadente en la que, sin embargo, surge el juego de los abalorios. La definición que se nos ofrece al principio es prácticamente la más completa a la que podemos aspirar:

Muy principal entre ellas fue la más joven de las ciencias: la historia de la música y de la estética musical; luego, el vuelo casi inmediato de las matemáticas; a él se agregó una gota de aceite de la sabiduría de los Peregrinos de Oriente.

El juego de los abalorios marca el fin de una época sensual que denomina “folletinesca” y el inicio de otra en la que predomina el cultivo del espíritu.
La trama es compleja, tenue. Obvio que es novela para los ya “iniciados” en Hesse. Con una lectura atenta reconoceremos muchas de las líneas que atraviesan toda su obra, la sátira social, la crítica de las profesiones liberales, de la enseñanza, la búsqueda de la perfección espiritual.
Sin embargo no todo es perfecto en la nueva sociedad. El juego de los abalorios es dirigido por una casta que vive alejada de la sociedad. Se convierte en una especie de religión. Por eso la novela se estructura como una biografía, la de José Knetch, un hombre que alcanza categoría de leyenda, al nivel de Jesús o Buda, y que viene a darle un giro radical a la trayectoria errática del juego de los abalorios.
José Knetch entonces me ha recordado las lecturas de Asimov y su conocida Fundación. El juego de los abalorios había alcanzado su punto culminante para entrar en decadencia, y José Knetch será el hombre clave, el visionario que, retomando las olvidadas ciencias históricas, trate de darle a la situación un giro crucial para así ayudar, de una manera extraña, diríase religiosa, a la humanidad.

No temáis al spoiler. No creo que los lectores que temen a una tan ridícula anticipación sean lectores de esta novela. Al contrario que Asimov, Hesse se regodea en plantear sus tesis. Y la verdad que si buscamos los escasos puntos fuertes de la novela están ahí, en la filosofía de Hesse, en su forma de entender la cultura y la sociedad. Por poner un ejemplo, tiene fragmentos maravillosos acerca de su ideal de enseñanza humanística:

Las autoridades conceden a estos individuos polifacéticos una libertad que linda con lo paradisíaco, con tal que no incurran en holgazanería: el estudioso puede ensayarse a su gusto en todas las ciencias que le atraigan, simultanear los campos de aplicación más diversos, enamorarse a la vez de seis u ocho materias, o limitarse desde el principio a una elección más reducida; fuera del respeto a las normas generales de vida vigentes en la “provincia” y en la Orden, no se le exige más que una memoria anual sobre las conferencias oídas, sobre lo que ha leído y sobre el trabajo realizado en los institutos.

Un Hesse difícil y extraño, muy reflexivo, muy profundo, árido. Hesse ha evolucionado, quizás se ha separado de los lectores y ya solo escribe para sí, pero seguimos reconociendo a ese Hesse que bucea en su interior para encontrarse, el talento que nos encandiló desde su Peter Camenzind.

Una forma semejante de realidad aumentada tiene mi “despertar” para mí, de ahí su nombre; en esas horas tengo la sensación de haber estado durante mucho tiempo durmiendo o medio dormido, pero de estar de pronto despierto, lúcido y receptivo como nunca antes.