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jueves, 14 de enero de 2021

Tres mujeres (1924), Robert Musil

 


Grigia, La portuguesa y Tonka, tres relatos con nombre de mujer, tres relatos cortos que se leen de un tirón aunque requieren pausa, porque la prosa es rica, un tanto almibarada; se dice mucho con pocas palabras.

Personajes femeninos que viven al lado de hombres que comparten el protagonismo de la historia, que enarbolan la fuerza, el dominio sobre la mujer. En el primer relato el protagonista es en realidad Homo, que emprende con otros socios un negocio minero en el norte de Italia y allí se enamora de una nativa, Grigia. La prosa es poética, agradable, mítica. Como ejemplo este pequeño relato dentro del relato:


«Muy al principio Homo escuchó un relato que le tuvo bastante preocupado. No hacía de ello mucho tiempo, quizá sucedió en los últimos quince años, un labrador que había estado fuera largo tiempo regresó de América y volvió a acostarse con su mujer. Durante algún tiempo se sintieron muy contentos por estar unidos otra vez y se dieron buena vida hasta que se gastaron el último dinero. Como entonces aún no habían llegado los nuevos ahorros que tenían que venir de América, el labrador se fue de casa a ganarse la vida haciendo de buhonero ―como todos los labradores de aquella región―, mientras la mujer volvía a ocuparse de la casa y del campo, que apenas daba ganancia. Pero él no volvió más. En cambio, pocos días después llegó de América el dueño de una finca muy apartada de la primera; le recordó a su mujer los días exactos que habían pasado desde que se había ido, le pidió la misma comida que ella le había preparado el día de la despedida, sabía aún todo lo referente a la vaca que hacía mucho ya no tenían, y logró arreglárselas bien con los hijos que le había deparado otro cielo del que él había visto mientras tanto. También este labrador, tras una temporada de holgura y buena vida, se fue con su buhonería y nunca más volvió. Esto pasó aún en la comarca una tercera y una cuarta vez, hasta que se descubrió que era un estafador que había estado trabajando allá con los maridos y les había sacado toda clase de información. Las autoridades de cierto lugar lo detuvieron y lo encarcelaron, y ninguna de las mujeres volvió a verle jamás.»


Los tres relatos son muy tristes, trágicos. Un halo de fatalidad lo recorre todo:


Algo le decía a Homo que moriría pronto, aunque no sabía ni cómo ni cuándo. Su vieja vida se había quedado sin fuerzas; se volvió como una mariposa que va debilitándose conforme se acerca el otoño.


En todo momento estamos esperando al advenimiento de la tragedia, de la fatalidad.


El segundo relato transcurre bajo un trasfondo medieval de guerras y banderas. Celos, engaños, encantamientos, un hombre y una mujer, y de nuevo un final trágico. Es el relato que más frío me ha dejado.


El tercer relato, Tonka, es el más largo, y quizás el más trágico durante todo su desarrollo. La concisión es tal que diríase minimalista. La prosa es, aparentemente, muy simple. Si no se lleva una lectura atenta, el lector se pierde. El párrafo que sigue es definitorio de la profundidad que esconde cada una de las palabras de Musil.


«Sí, es una chica muy sencilla que trabaja en una pañería», habían dicho. ¿Qué significa esto? Hay otras mujeres que tampoco saben nada, ni han estudiado. Este hecho quiere marcarles el vestido en la espalda, colocarles una marca donde no se la puedan quitar. Hace falta haber aprendido algo, hay que tener principios, una posición social, es decir, hay que tener un apoyo; el ser humano no merece confianza por sí solo.


A mi modo de ver prescindible. No entiendo yo que se trate de relatos feministas ni mucho menos, aunque mi lectura ha sido superficial. Quizás aquellos que prefieren el continente al contenido lo disfruten más que yo. Se puede degustar en una espera, en un viaje corto. Un buen aperitivo para abordar El hombre sin atributos, que todavía me resisto a adquirir.



lunes, 28 de noviembre de 2016

Las tribulaciones del estudiante Torless, de Robert Musil (1906).







Hace años esquivé la lectura de El hombre sin atributos y si no me equivoco di a parar con Tres mujeres, que me agradó. Ahora me ha vuelto a pasar, y la verdad que sigo sin energías para afrontar aquello que vine a hacer. No sé por qué pero temo, intuyo, que esa novela tan renombrada no va a tratarse precisamente de una lectura cómoda.
 
No encuentro en Musil tantos puntos de contacto como pude encontrar, por poner un ejemplo, en Herman Hesse. No alcanza, a mi modo de ver, Musil, la categoría de Hesse, no solo por su profundidad sino también por la sutileza de su prosa. Desde luego que está ahí, en ese estilo que, desde mi limitadísimo punto de vista, es característico de la primera mitad del siglo XX centroeuropeo. Hay mucha introspección, una afanada búsqueda de respuestas filosóficas que expliquen ese caos moderno que se da en llamar sociedad de masas. Me ha hecho gracia el primer contacto con Kant de nuestro protagonista. Aquí sí me he sentido identificado con él por completo:



Pero ya el día siguiente le trajo una gran decepción. Aquella mañana, Törless había comprado un ejemplar de la obra que había visto en casa del profesor y aprovechó el primer recreo largo para comenzar a leer. Pronto comprobó que no entendía palabra de lo que estaba encerrado entre paréntesis y de lo que decían las notas de pie de página, y por más que seguía concienzudamente con los ojos las oraciones, tenía la sensación de que una mano vieja huesuda le revolviera el cerebro y le introdujera en él un tornillo.

Cuando al cabo de una media hora, ya agotado, levantó la vista, no había pasado de la segunda página y el sudor perlaba su frente.



La trama es sencilla, el joven Törless entra en un prestigioso Instituto del Imperio Austrohúngaro y naturalmente que sufre una conmoción interior. No hay un desarrollo lineal de acontecimientos, nada que ver con el típico bildungsroman porque la novela se centra en narrar un período concreto, difuso, de la estancia de nuestro protagonista en el Instituto. El joven Törless sufre unas vivencias especialmente convulsas como consecuencia de las compañías que frecuenta. Dos muchachos, Beineberg y Reiting, eclipsan con su fuerte carácter al resto. Los tres forman un triángulo cerrado, tres caminos destinados a bifurcarse. El conflicto surge cuando otro muchacho es sorprendido en un robo. Beineberg y Reiting aprovecharán las debilidades del ladrón, Basini, para desatar en él toda la crueldad que llevan dentro. Los motivos que llevan al sadismo darían mucho de qué hablar, la homosexualidad late en cada uno de los muchachos. Nuestro protagonista se bate entre el deseo y la moralidad de sus actos. El poder que otorga el dominio sobre el otro es el móvil, el refugio las matemáticas:



¿No es acaso como un puente que sólo tiene pilares a una y a otra orilla, y que, a pesar de ello puede uno atravesar como si tuviera pilares en todo el recorrido? Operaciones de esa naturaleza me dan vértigo. Son como un trozo de camino que va sabe Dios adónde. Pero lo que me parece realmente inquietante es la fuerza que hay en esas operaciones y el hecho de que uno pueda llegar con seguridad al otro lado.



No hay mucho más que contar, los muchachos atraviesan llenos de dudas ese páramo rodeado de paisajes espléndidos en que consiste la adolescencia. Quizás no sea otro el núcleo de esta historia. Probablemente vosotros sacáis conclusiones diferentes a las mías.



Los muchachos muy jóvenes, una vez pasado el período en que quieren ser cocheros, jardineros o confiteros, suelen abrazar con la fantasía aquellas profesiones que parecen ofrecer a su ambición la mejor posibilidad de sobresalir y distinguirse. Cuando dicen que quieren ser médicos, ello significa que alguna vez vieron un bonito consultorio atestado de pacientes o una vitrina con curiosos instrumentos quirúrgicos, o cosa semejante. Si hablan de la carrera diplomática, piensan en el brillo y en la distinción de los salones internacionales. En suma, que eligen su profesión según el medio en que les gustaría verse y según la pose que más les agradaría adoptar.