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viernes, 30 de mayo de 2025

Máximas (1662), François de La Rochefoucauld.

 

Para un lector español el duque de La Rochefoucauld no es más que un nombre que suena muy bien y que firma una máxima.

Es autor de máximas tan ingeniosas que aún hoy, trescientos años después, tienen la misma vigencia, sostienen la capacidad de sorprender y escandalizar al lector más taimado. Y lo hacen desde una fría arrogancia, desde un desdén tan manifiesto, que solo pueden venir de un personaje como él. Porque detrás del nombre hay un hombre inquieto y soberbio, protagonista de su tiempo. Pertenece al siglo XVII francés, esa época que bascula entre Richelieu y Mazarino. Personaje de la más alta nobleza, protagoniza la rebelión de La Fronda contra el Rey, último coletazo de los Grandes ante el ascenso imparable del Absolutismo. De su puño y letra, escribe a Mazarino:

 

Puedo demostrar que desde hace trescientos años los reyes no han dejado de llamarnos parientes suyos.

 

En aquel entonces, no hay mejor escuela que las armas y la guerra, a la que se dedica como todo buen señor. Obvio que no descuida las letras. Estudiando al maestro estudiamos la Francia de Richelieu y las numerosas sediciones que se suceden contra Luis XIII.

Un mosquetazo entre ceja y ceja, y nunca mejor dicho, le alejará de tanta veleidad levantisca; pasa a ronronear cerca de la corte y en los salones mundanos. Es el momento de las damas, damas interesantes, dos viudas, una con el marido lejos, damas solitarias, sensibles, amigas de escribir.

Una de ellas, la marquesa de Sablé, catorce años mayor que el duque, apasionada por la literatura y por todo lo español, le dio a conocer el Oráculo manual y arte de la prudencia, de mi admirado Baltasar Gracián, autor muy leído en Francia y en Europa, actualmente y, desgraciadamente, más conocido en el extranjero que en nuestro propio país; nos sucede a los españoles que despreciamos lo nuestro, que hemos digerido la leyenda negra y le hemos dado credibilidad a lo inventado por nuestros enemigos.

En las reuniones en torno a madame Sablé surgió la moda de los aforismos, y la verdad que no se sabe muy bien la paternidad de la mayoría de ellos, algunos, qué duda cabe, de la propia madame.

La publicación se hace en el extranjero y de forma anónima, pues sus máximas eran escandalosas, y eso que tuvo cuidado de suprimir alusiones religiosas. El hombre del siglo XXI está curado de espanto, pero lo está porque no ve más allá de su nariz. Vivimos en la época del todo vale si da beneficio (dijo un CEO).

A fin de cuentas, la filosofía de La Rochefoucauld quería decir una sola cosa: todo es mentira, no hay virtud ni bondad ni altruismo, no hay nada, solo amor propio. 


Muchas máximas, al menos en su sustancia, proceden de Gracián, otras de Montaigne, otras se remontan a Séneca u otros autores clásicos, y otras se sabe a ciencia cierta que proceden de algunas de sus amigas, como madame de Sablé o de La Fayette. En todo caso, son un alarde de modernidad. Se anticipa al nihilismo de Nietzsche, que por cierto lo admiraba (Dijo preferir las Máximas a “todos los libros juntos de todos los filósofos alemanes”). No hay rastro de Dios en las Máximas, nada que ver con lo sobrenatural. El hombre es el ser implacable que lo ocupa todo, y se trata de un hombre desengañado que nada espera de este mundo ni del más allá.

No hay ninguna intención moralizante, ni deseo de enseñar o aconsejar. No hay lugar para el optimismo. La hipocresía, todas las debilidades humanas, son insuperables, solo queda leer las Máximas, convertirnos en espectadores del mal y de la bajeza moral del hombre. 


Se lee a pequeños bocados, a pequeños sorbos. En nuestra estantería, La Rochefoucauld se ubica al lado de Gracián.

 

El valor completo consiste en hacer sin testigos lo que uno sería capaz de hacer ante todo el mundo.

 

Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos.

 

Todos poseemos suficiente fortaleza para soportar la desdicha ajena.

 

Ponemos más interés en hacer creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo.

 

A veces es necesario hacerse el tonto para evitar ser engañado por los sujetos demasiado listos.

 

Es más necesario estudiar a los hombres que a los libros.

 

Cómo pretender que otro guarde tu secreto si tú mismo, al confiarlo, no lo has sabido guardar.

 

No solemos considerar como personas de buen sentido sino a los que participan de nuestras opiniones.


lunes, 24 de marzo de 2025

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann (1913), Marcel Proust.

 

Cuando sale a conversación este libro, raro es que no se mencione la famosa magdalena. Pues si te digo la verdad, se puede leer el libro y el asunto de la magdalena te puede pasar del todo desapercibido. Que no, porque estás atento y sale enseguida, que no al principio, pasadas unas docenas de páginas. Pero, son tantos los recursos narrativos de Proust para evocar el pasado, que el té con la magdalena no constituye sino una anécdota más.

Desde luego que no es un libro fácil de leer, la antítesis de lo que la gran mayoría de lectores persigue, eso que llaman literatura adictiva y que consiste en devorar página tras página hasta un forzoso y sorprendente final.

No, Proust pasa de la evocación de un recuerdo a otro sin solución de continuidad, sin poner un párrafo de por medio para aligerar la lectura. A veces enlaza con brillantez, en otras ocasiones el cambio es brusco, cambia de tema y allá el lector que le sigua en su verborrea poética.

Obviamente, es literatura de ricos, permitidme la expresión, diríase arte por el arte. Comparémoslo con London, por ejemplo, o Kafka. Se decantan estos por una prosa desnuda, se decantan por el mensaje, por el contenido, mientras que Proust se regodea en el continente. No quiero decir que sea una constante, ni siquiera una hipótesis; el escritor que acude a la literatura para ganarse la vida siente la necesidad de comunicar algo a los demás, aunque pase por el tamiz de sí mismo.

Proust tiene padres cultos y adinerados, no necesita trabajar. Coge fama de snob en el París de la época, sufre de homosexualidad, porque en la época es como una enfermedad, la misma que da con los huesos de Oscar Wilde en la cárcel, porque en la democrática Gran Bretaña no se le permite a uno ser homosexual. Aunque no lo parezca, se trata de la hipócrita Europa que se arma a toda pastilla para desangrarse en dos guerras mundiales.

Cierto que al final de su vida Proust se encierra y se entrega a la literatura, pero lo hace en unas condiciones que ya hubieran querido para sí muchos otros grandes escritores (sus necesidades vitales las cubren dos criados). E insisto, Proust se entrega a sí mismo y a un afán, a la literatura, pero no a nosotros. Se regodea en sus recuerdos, eso sí, como quizás nadie lo hizo, ni antes ni después. Ahí reside su mérito.

Cualquier escena de la vida cotidiana le sirve. Comienza con la espera en la noche, el niño que ansía el beso de buenas noches de su madre. Y luego, sin una solución lineal, nos dispara con impresiones diversas, aunque todas centradas en uno o varios períodos vacacionales en Combray, un pueblito no demasiado lejos de París. No puedo hacer un análisis exhaustivo, dejo a los críticos la labor de tener que leer varias veces esta novela tan centrada en la impresión del recuerdo, cual prolongación del arte pictórico impresionista.

A cada uno de nosotros nos llamará la atención un recuerdo u otro, aunque siempre que hablemos con lectores que han leído, o no, la novela, se mencionará la anécdota de la magdalena como detonante del recuerdo.

Sin embargo, cualquier asunto sirve a Proust como detonante de millares de reminiscencias, un paseo cerca de un castillo, un acercamiento al mar, un sendero multicolor de espinos. Supongo que el autor entremezcla esos recuerdos a su discreción, y trae a su gusto la lluvia o el estallido de la primavera. No puede ser de otra manera. Y como en una espiral sin fin evoca la naturaleza y la compara con una portada románica o los restos de un castillo.

Eso sí, no dejamos de asombrarnos de su capacidad poética, de su metafórico uso de cualquier comparación. Aquí nos describe las floridas capillas de una iglesia, acullá el comienzo de un campo de amapolas como si se tratara de las casas que anuncian el pueblo, o una barca que nos avisa del primer avistamiento del mar. En eso Proust no tiene parangón. 

El seto formaba como una serie de capillitas, casi cubiertas por montones de flores que se agrupaban, formando a modo de altarcitos de mayo; y abajo, el sol extendía por el suelo un cuadriculado de luz y sombra, somo si llegara a través de una vidriera; el olor difundíase tan untuosamente, tan delimitado en su forma, como si me encontrara delante del altar de la Virgen, y las flores así ataviadas sostenían, con distraído ademán, su brillante ramo de estambres, finas y radiantes molduras de estilo florido, como las que en la iglesia calaban la rampa del coro o los bastidores de las vidrieras, abriendo su blanca carne de flor de fresa.

 

Perseguía en el talud, que por detrás del seto sube casi vertical hacia el campo, a alguna amapola extraviada, a algún anciano rezagado, que decoraban la escarpa con sus flores como la orla de un tapiz donde aparece diseminado el tema rústico que luego triunfará en todo el paño; unas cuantas sólo, espaciadas como esas casas aisladas que ya anuncian la proximidad de un poblado, me anunciaban la vasta extensión donde estallan los trigos y se rizan las nubes, y una sola amapola, que izaba en lo alto de sus jarcias y entregaba al azote del viento su llama roja, por encima de su boya negra y grasa, me aceleraba el latir del corazón, como al viajero que al ver en un terreno bajo la primera barca varada que está arreglando un calafate, grita: «¡El mar!», antes de ver el agua. 

Y podríamos señalar mil fragmentos, porque si abriéramos una página al azar encontraríamos dos o tres símiles en una prosa poética sin fin.


No, no es un autor que me resulte atractivo, pero cualquiera reconocerá en Proust un estilo maravilloso e inimitable. Incluso tengo que reconocer que de alguna manera Proust se preocupa de no perder al lector, pues nos tiende alguna cuerda para que le sigamos y no nos perdamos entre tanto deslumbrante y aparente candor, de tal manera que, aunque a veces nos perdemos, no nos cuesta continuar, sin ser necesario retroceder, pues para qué, si no hay trama que perder.

En todo caso, Proust no tiene imitadores, y eso que hoy vivimos en Occidente los últimos estertores de una clase media que dispone a raudales del valor más precioso que tenemos, el tiempo, pero generalmente la gran mayoría de los lectores sigue prefiriendo, como ayer o mañana, lecturas adictivas que les aíslen del mundo y no que les conecten con él.

Y cuando uno menos se lo espera acaba la primera parte, Combray, y Proust da un giro que más bien parece una nueva novela. La segunda parte, Unos amores de Swann, ya no trata sobre los recuerdos de un niño, sino que se regodea en los amores, o los celos, del señor Swann con Odette, preludio y significado de una tercera parte, cortita, titulada Nombres de tierras: el nombre, y que trata someramente del amor del joven narrador hacia la hija de Swann y Odette, Gilberta.

Los recuerdos dan paso al reflejo de una sociedad rica, a veces aristocrática, a veces burguesa, las dos caras de una misma moneda. En realidad, dos novelas dentro de una. Insana curiosidad quizás me lleve a leer la segunda parte.

martes, 15 de noviembre de 2022

Tartufo (1664), Moliere

 

Había leído esta obrita hace muchos años y guardaba un buen recuerdo, aunque la segunda lectura me ha resultado demasiado ligera. No nos vayamos a engañar, no es otra cosa que una comedia. En todo caso, es probable que encontremos paralelismos en la realidad que, aunque seguro son más sutiles, admiten alguna jugosa comparación que puede adornar cualquier taller de lectura.

Si llevamos a cabo una lectura superficial se nos hará todo sumamente exagerado y obvio. El señor Orgón, el engañado, se nos hace un personaje excesivamente superficial. La obra suele llamarse Tartufo, el impostor, pero bien podría haberse llamado también Orgón, el idiota. El resto de los personajes también aparecen tratados de forma superficial, todos son buenas personas, digamos que normales, y todos trabajan juntos para tratar de desenmascarar al impostor, Tartufo. Sí, una estructura totalmente maniquea, que no da lugar a medias tintas, que no ofrece demasiadas explicaciones acerca de la conducta humana, siempre tan interesada.

El contenido moralizante se hace excesivo y, sin embargo, esta obra le creó a Moliere abundantes quebraderos de cabeza. Tartufo es un falso devoto, o sea un hombre que presume de fervor religioso, hasta el punto que se acerca a la santidad, y la crítica de Moliere a esta falsa devoción le granjeó feroces enemigos. Digamos que los cristianos devotos son reflejados como grandes hipócritas o imbéciles. Más que una sátira del hipócrita, se trata de una sátira de la religión, de la devoción.

Yo creo que este matiz, el conocimiento de este punto, es importante para entender la obra de manera más rica y provechosa. Al final de la trama el Rey simboliza la justicia, frente a los falsos devotos. De hecho será el mismo Rey el que levante las prohibiciones, en 1669, que impidieron la representación de la obra teatral durante cinco años.

ORGÓN. …¿Cómo están todos?

DORINA. Anteayer la señora estuvo con fiebre hasta la noche y con un dolor de cabeza irresistible.

ORGÓN. ¿Y Tartufo?

DORINA. ¿Tartufo? Se halla perfectamente. Gordo y saludable, con el cutis fresco y los labios bien rojos.

ORGÓN. ¡Pobre hombre!

DORINA. Por la noche continuó ella con las náuseas y no pudo probar bocado en la cena. ¡Tan fuerte era aún su dolor de cabeza!

ORGÓN. ¿Y Tartufo?

DORINA. Cenó solo delante de vuestra esposa, y engulló piadosamente dos perdices y la mitad de una pierna de carnero picada.

ORGÓN. ¡Pobre hombre!

DORINA. Ella pasó toda la noche sin poder cerrar los párpados. Le impedían dormir sus sofocos y hubimos de velarla hasta el amanecer.

ORGÓN. ¿Y Tartufo?

DORINA. Poseído de un piadoso sopor al levantarse de la mesa, se metió en seguida en su lecho bien calentito y durmió de un tirón hasta la mañana siguiente.

ORGÓN. ¡Pobre hombre!

DORINA. Al final, convencida vuestra esposa por nuestras razones, consintió en sufrir la sangría y experimentó un gran alivio.

ORGÓN. ¿Y Tartufo?

DORINA. Tartufo se tranquilizó, como es natural, y, para fortalecer su espíritu contra todos los males, se bebió en el almuerzo cuatro grandes tragos de vino, en compensación de la sangre perdida por la señora.

ORGÓN. ¡Pobre hombre!

DORINA. En fin: los dos están bien. Voy a adelantarme a anunciar a la señora el interés que os tomáis por ella en su convalecencia.

 

lunes, 27 de junio de 2022

La peste (1947), Albert Camus.

 

Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: «Esto no puede durar, es demasiado estúpido». Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo.

 

Este pequeño fragmento vale para el conflicto de Ucrania, y para tantos otros…

El coronavirus puso de moda la presente novela, que describe el nacimiento, evolución y erradicación de una epidemia de peste en Orán, la tierra del autor. La crítica se extiende con los simbolismos, como es la relación con la Francia ocupada, o las teorías del absurdo que más tarde desarrollará el maestro (la forma de actuar de la peste representa a lo absurdo). En principio se puede leer sin profundizar, de manera llana y simple, como el desarrollo de una peste cualquiera que aterriza en una sociedad que ve paralizada sus movimientos.

Según parece Orán sufrió varias epidemias durante el siglo XIX, aunque en el presente caso se traslada al siglo XX. El narrador se presenta como testigo, digamos que parecido en cierto modo a Defoe en su novela sobre la peste de Londres, pero con un tono menos periodístico y más reflexivo. Se podría decir que Camus profundiza más en los sentimientos de las personas; que si el abandono de Dios o el surgimiento de la solidaridad humana como resolución de los conflictos. Aunque, a decir verdad, que no por escribir sobre los sentimientos se consigue ahondar más en ellos.

Las diferencias con respecto a la novela de Defoe son enormes. La del inglés se trata de una novela más dinámica, con carácter histórico, con más anécdotas, referidas a la lucha contra la enfermedad propiamente dicha, mientras que Camus se detiene en los aspectos emocionales de una serie de personajes, Rieux, el médico protagonista (a su vez cronista de los hechos), el juez Tarrou, el cura Paneloux, el periodista Rambert, el funcionario Grand, y multitud de secundarios. No hay justicia, todo es puro azar. Sobrevuela un halo de desesperanza, de absurdo existencial. Solamente queda la esperanza en la solidaridad humana, en la pura honestidad individual.

Por otro lado, nada que ver Orán, una ciudad dinámica, sí, pero sin la trascendencia que tenía Londres en la segunda mitad del siglo XVII. Diríase que nadie se preocupa por Orán en el resto del mundo, sus habitantes abandonados a su propia suerte.

En líneas generales me quedo con la de Defoe. La de Camus se lee bien, aunque coincido con parte de la crítica, que se decanta por otras novelas del escritor francés (se trata de la primera novela que publica). Con todo, se obtienen interesantes reflexiones.

 

Así, durante semanas y semanas, los prisioneros de la peste se debatieron como pudieron. Y algunos de ellos, como Rambert, llegaron incluso a imaginar que seguían siendo hombres libres, que podían escoger.

 

Por razones evidentes, la peste se encarnizaba más con todos los que vivían en grupos: soldados, religiosos o presos. Pues, a pesar del aislamiento de ciertos detenidos, una prisión es una comunidad y lo prueba el hecho de que en nuestra cárcel municipal pagaron su tributo a la enfermedad los guardianes tanto como los presos. Desde el punto de vista superior de la peste, todo el mundo, desde el director hasta el último detenido, estaba condenado y, acaso por primera vez, reinaba en la cárcel una justicia absoluta.

 

martes, 24 de mayo de 2022

Suite Francesa (2004) Irène Némirovsky

 

Novela esta que ni mucho menos viene a colación de la guerra, dada la temática o los orígenes ucranianos de la autora.

La vida en sí de Irène es novelesca, pero también podríamos considerar que cualquier vida, por muy sencilla que esta pudiera parecernos, es susceptible de ofrecer una gran novela. Murió en Auschwitz y de ahí que la novela esté inacabada, pues era una historia ambiciosa en cuanto a tamaño y contenido. Da comienzo cuando los habitantes de París esperan, de un momento a otro, la invasión de París por parte de los alemanes después de su sorprendente blitzkrieg en junio de 1940.

Más que en una novela, Irène pensaba en una serie de novelas entrelazadas que retratara la vida de la sociedad francesa desde la invasión alemana. La primera de las novelas, Tempestad en junio, retrata la huida de París de cientos de miles de refugiados. La segunda, Dolce, puede considerarse una novela independiente, que narra la vida en un pequeño pueblo de provincias cercano a París. Irène proyectaba otras tres novelas, que no pudieron ser llevadas a efecto, aunque nos han llegado bocetos que son publicados a modo de apéndices.

La publicación tardía de esta novela se debió a ciertas confusiones, pero hay que decir que la autora perteneció a una familia burguesa muy acaudalada y que ya disfrutó del éxito antes de la llegada de la segunda guerra mundial.

La novela goza de un estilo pausado y sólido. La primera parte estructurada a modo de colmena, pues narra como media docena de historias intercaladas que no tienen que ver las unas con las otras, no al menos durante su transcurso. Es minuciosa en las descripciones, en busca del realismo, si bien abarca varias clases sociales, más bien se enfoca en la burguesía, y pese a lo que pudiera parecer, a mí me ha resultado entretenida.

 

No es que los pobres fueran más miedosos que los ricos, ni que le tuvieran más apego a la vida; pero sí eran más gregarios, se necesitaban unos a otros, necesitaban apoyarse mutuamente, gemir o reír juntos.

 

Quizás lo más logrado de la novela esté en el relato de esos primeros momentos de incertidumbre que suceden a la sorprendente derrota del ejército francés.

 

¿Quién pensaba en las desgracias de la Patria? Ellos, los que se marchaban esa noche, no. El pánico anulaba todo lo que no fuera instinto, movimiento animal y trémulo del cuerpo. Coger lo más valioso que se tuviera en este mundo y luego… Y esa noche sólo lo que vivía, respiraba, lloraba, amaba, tenía valor. Raro era el que lamentaba la pérdida de sus bienes; la gente cogía en brazos a una mujer o un niño y se olvidaba de lo demás. Lo demás podía ser pasto de las llamas.

 

La segunda novela trata sobre la vida de los habitantes de un pueblo francés que hace frente a la ocupación alemana. En principio, el comportamiento de los alemanes es mucho más moderado de lo esperado, aunque lo crudo de la guerra está por llegar; de hecho termina cuando la mayoría de los soldados se van camino del este cuando se abre el nuevo frente ruso.

Al parecer hay una película que se centra fundamentalmente en esta segunda parte, que da lugar a un drama amoroso entre una francés y un joven oficial alemán.

 

Némirovsky nos deja testimonio de una época histórica, de un acontecimiento histórico, de una manera especial, quizás más gráfica que un relato histórico propiamente dicho.

Termino con una muestra del oficio de la autora.

 

Te lo digo siempre; no le prestas suficiente atención a los secundarios. Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo. Mira a Proust y algunos otros que han sabido sacarle partido a los secundarios. Los utilizan para humillar, para empequeñecer a sus protagonistas. Nada más saludable en una novela que esa lección de humildad dada a los héroes.


miércoles, 18 de agosto de 2021

Ensayos, (XVI) Michel de Montaigne

 




La crítica conforma la opinión, siempre más poderosa que la razón. Muy pocos son los que gustan de formar, menos aún formular, su propia opinión, humanistas como Montaigne.

Echando un vistazo por la red no se encuentra otra cosa que críticas halagadoras. A mí personalmente me ha resultado una lectura interesante, que he llevado a cabo de forma pausada, al tiempo que intercalada con otras lecturas. Cierto que no creo que hoy haya muchos lectores capaces de disfrutar de Montaigne, todavía menos fuera de Francia. Personalmente me parece exagerado considerar los Ensayos como libro de cabecera. Cierto que yo he llevado a cabo una lectura más bien superficial, y que en una segunda lectura haría una importante selección. Pero más que por el contenido, yo destaco de los Ensayos el espíritu.

Esto se explica mejor en cualquier introducción a Montaigne que aquí, Humanismo y Renacimiento frente a la escolástica medieval. Los ensayos no son otra cosa que una expresión del yo, un “conócete a ti mismo”. En este sentido, no creo que haya sido Montaigne el creador de los ensayos, aunque supongo que se puede explorar al efecto. Desde luego que la forma moderna del ensayo tiene su origen en Montaigne.

El caso que Montaigne charla acerca de todo lo que le rodea, de aquello que le inquieta, y lo hace desde un punto de vista racional. Podremos observar que no siempre acierta, pero lo importante no es el resultado sino el punto de vista, el espíritu interrogativo, la reflexión.

 

Expongo aquí fantasías, informes e indecisas, como hacen aquellos que publican dudosas cuestiones a debatir en las escuelas; no para establecer la verdad sino para buscarla.

 

Observamos que su espíritu resulta incuestionable, pero no tanto cuando opina, como por ejemplo cuando ataca la traducción de la Biblia a lenguas diferentes del latín:

 

Creo también que la libertad de cada cual de dispersar palabra tan religiosa e importante en tantas clases de idiomas, encierra mayor peligro que utilidad. Los judíos, los mahometanos, y casi todos los demás reverencian y han esposado la lengua en la que se concibieron sus misterios originariamente, y prohíben alterarla o cambiarla no sin razón.

 

A mí, personalmente, me parece que la traducción de la Biblia, promovida por los disidentes del catolicismo, a las lenguas romances, es siempre positiva.

Lo mejor de Montaigne está en esa sinceridad con la que se dirige a sí mismo, o sea, a nosotros:

 

Hace varios años que soy yo el único objetivo de mis pensamientos, que no analizo ni estudio sino mi propia persona.

 

Los ensayos se muestran de forma progresiva, cada vez más deliciosamente autobiográficos. Difíciles de catalogar en su tiempo, hoy encuentran fácil acomodo en la categoría de ensayo.

Importante apuntar que Montaigne recibió una exquisita educación, en latín, y de su conocimiento de los clásicos viene la estructura de los ensayos. Constan todos ellos de una introducción, luego de la cita ejemplarizante de casos que se dieron en la antigüedad clásica, después ejemplos modernos, contemporáneos a Montaigne, que tienen lugar en Francia y su entorno europeo. A tener en cuenta que Montaigne ocupó un puesto importante en la sociedad francesa de la segunda mitad del XVI, alcalde de Burdeos y mediador en las guerras de religión.

Montaigne hace suyo el principio Socrático: “Conócete a ti mismo”. El espíritu general de los ensayos está en la línea del estoicismo, de Séneca y Marco Aurelio, en la búsqueda de la templanza y la autodisciplina. Montaigne fue gran admirador del griego Plutarco, el de las Vidas paralelas y también el de los Moralia, que precisamente se acercaban mucho a lo que hoy llamamos “ensayo”.

 

Vivir, conducirme convenientemente, esta es mi ciencia.

 

Poco más que decir. Yo sentí la necesidad de acudir a Montaigne por un asunto tan prosaico como una opinión suya acerca del ajedrez. La opinión mayoritaria ensalza el juego del ajedrez, mientras que Montaigne se sale, de forma atrevida, por la tangente:

 

¿Qué cuerda de la mente no toca y usa ese juego simple y pueril? Lo odio y rehúyo por no ser bastante juego, y por entretenernos demasiado seriamente, avergonzándome de prestarle una atención que convendría a alguna cosa buena.

 

Recomendaría leer una selección de ensayos, aunque obvio que no hay mejor selección que la propia. Sigamos el camino que sigamos terminaremos por conocer al maestro. No se arredre el lector ante el tamaño, pues no es necesario leerlo todo, ni tampoco seguir un orden estricto. Por poner un ejemplo, uno de los ensayos, “Apología de Raimundo de Sabunde”, ocupa al menos doscientas páginas y no es en absoluto imprescindible.