Grigia, La portuguesa y Tonka, tres relatos con nombre de mujer, tres relatos cortos que se leen de un tirón aunque requieren pausa, porque la prosa es rica, un tanto almibarada; se dice mucho con pocas palabras.
Personajes femeninos que viven al lado de hombres que comparten el protagonismo de la historia, que enarbolan la fuerza, el dominio sobre la mujer. En el primer relato el protagonista es en realidad Homo, que emprende con otros socios un negocio minero en el norte de Italia y allí se enamora de una nativa, Grigia. La prosa es poética, agradable, mítica. Como ejemplo este pequeño relato dentro del relato:
«Muy al principio Homo escuchó un relato que le tuvo bastante preocupado. No hacía de ello mucho tiempo, quizá sucedió en los últimos quince años, un labrador que había estado fuera largo tiempo regresó de América y volvió a acostarse con su mujer. Durante algún tiempo se sintieron muy contentos por estar unidos otra vez y se dieron buena vida hasta que se gastaron el último dinero. Como entonces aún no habían llegado los nuevos ahorros que tenían que venir de América, el labrador se fue de casa a ganarse la vida haciendo de buhonero ―como todos los labradores de aquella región―, mientras la mujer volvía a ocuparse de la casa y del campo, que apenas daba ganancia. Pero él no volvió más. En cambio, pocos días después llegó de América el dueño de una finca muy apartada de la primera; le recordó a su mujer los días exactos que habían pasado desde que se había ido, le pidió la misma comida que ella le había preparado el día de la despedida, sabía aún todo lo referente a la vaca que hacía mucho ya no tenían, y logró arreglárselas bien con los hijos que le había deparado otro cielo del que él había visto mientras tanto. También este labrador, tras una temporada de holgura y buena vida, se fue con su buhonería y nunca más volvió. Esto pasó aún en la comarca una tercera y una cuarta vez, hasta que se descubrió que era un estafador que había estado trabajando allá con los maridos y les había sacado toda clase de información. Las autoridades de cierto lugar lo detuvieron y lo encarcelaron, y ninguna de las mujeres volvió a verle jamás.»
Los tres relatos son muy tristes, trágicos. Un halo de fatalidad lo recorre todo:
Algo le decía a Homo que moriría pronto, aunque no sabía ni cómo ni cuándo. Su vieja vida se había quedado sin fuerzas; se volvió como una mariposa que va debilitándose conforme se acerca el otoño.
En todo momento estamos esperando al advenimiento de la tragedia, de la fatalidad.
El segundo relato transcurre bajo un trasfondo medieval de guerras y banderas. Celos, engaños, encantamientos, un hombre y una mujer, y de nuevo un final trágico. Es el relato que más frío me ha dejado.
El tercer relato, Tonka, es el más largo, y quizás el más trágico durante todo su desarrollo. La concisión es tal que diríase minimalista. La prosa es, aparentemente, muy simple. Si no se lleva una lectura atenta, el lector se pierde. El párrafo que sigue es definitorio de la profundidad que esconde cada una de las palabras de Musil.
«Sí, es una chica muy sencilla que trabaja en una pañería», habían dicho. ¿Qué significa esto? Hay otras mujeres que tampoco saben nada, ni han estudiado. Este hecho quiere marcarles el vestido en la espalda, colocarles una marca donde no se la puedan quitar. Hace falta haber aprendido algo, hay que tener principios, una posición social, es decir, hay que tener un apoyo; el ser humano no merece confianza por sí solo.
A mi modo de ver prescindible. No entiendo yo que se trate de relatos feministas ni mucho menos, aunque mi lectura ha sido superficial. Quizás aquellos que prefieren el continente al contenido lo disfruten más que yo. Se puede degustar en una espera, en un viaje corto. Un buen aperitivo para abordar El hombre sin atributos, que todavía me resisto a adquirir.