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martes, 16 de febrero de 2021

El pabellón número 6, (1892), Anton Chéjov



Otra gran novela corta de Chéjov. El propio maestro se refería a sus obras llamándolas unas veces relatos, otras novelas o, simplemente, «cosas».

Bien podría situarse esta novela corta entre las mejores que tienen como escenario un psiquiátrico, y nada que ver con aquellas como Los renglones torcidos de Dios, en las cuales la trama se deshace en intrigas más que en el esclarecimiento de la conducta humana. Chéjov va a lo suyo, nos muestra su análisis de la realidad, su visión de la conducta humana sin maniqueísmos, ofreciendo el mismo tratamiento al sano que al enfermo. En todo caso, la realidad que Chéjov nos muestra es siempre estremecedora por su mezquindad, lo cual a mi modo de ver resulta mucho más arrebatador que el más dinámico de los thriller. Para gustos los colores.

La trama es muy sencilla. Yo no creo que un buen lector se arredre ante el spoiler, pues una reseña de una obra de arte apenas sirve para azuzar al lector; en todo caso, dicho está. Andrei Efímich es el médico encargado de la gestión de un pequeño centro psiquiátrico. No nos extrañarán las pésimas condiciones en las que se encuentran los presos. Hay críticos que han visto en el psiquiátrico un símbolo de la Rusia Zarista, gobernada por unas elites indiferentes a la miseria y la corrupción. También decir que escribió este relato poco después de su visita a la isla-penal de Sajalín.

Chéjov, dada su condición de médico, conocía de primera mano la situación. Sabía que la terapia principal que recibían los enfermos era «el tratamiento del puño», personificada en el guardián Nikita. Su carácter no es necesario redondearlo.


Encima, siempre con la pipa entre los dientes, está tumbado Nikita, el guardián, un viejo soldado retirado, con galones descoloridos. Su rostro severo, de borracho, las cejas caídas y la nariz roja; bajo de estatura, parece a simple vista flaco y de carnes duras, pero su presencia impone y sus puños son demoledores. Nikita es de este tipo de individuos simples, prácticos, cumplidores y obtusos que lo que más aman en este mundo es el orden, y por eso están convencidos de que a ellos hay que pegarles. Y pega en la cara, en el pecho, en la espalda, donde caiga, con la certeza de que de otra manera aquí no habría orden.


Andrei Efímich es consciente de esta situación, pero no es capaz de cambiarlo. Su carácter se nos muestra redondeado, aunque este párrafo lo define a la perfección dada su propia indefinición:


Andrei Efímich sentía un amor profundo por la inteligencia y la honradez, pero le faltaban el carácter y el convencimiento de estar en su derecho para rodearse de esta vida inteligente y honrada. Positivamente no sabe ni ordenar, ni prohibir, ni insistir. Parece como si hubiera hecho la promesa de no levantar nunca la voz y no emplear el modo imperativo de los verbos. Le cuesta decir «dame» o «tráeme»; cuando quiere comer, tose indeciso y le dice a la cocinera: «no estaría mal un té» o «no me iría mal comer». Y decirle al celador que deje de robar, o despedirlo, deshacerse definitivamente de este servicio inútil y parásito, para él es algo absolutamente superior a sus fuerzas. Cuando le engañan, le adulan o le dan a firmar una cuenta clarísimamente falsa, enrojece como un cangrejo y se siente culpable, pero de todos modos firma la cuenta;


Podemos declarar culpable a Andrei Efímich del lamentable estado de los enfermos. Cierto que hizo tímidos intentos para mejorar la situación; tampoco sirve de excusa el recuerdo de un pasado mucho peor:


El predecesor de Andrei Efímich, que se dedicaba a la venta clandestina del alcohol del hospital y que se organizó todo un harén con las enfermeras y las enfermas. En la ciudad se conocía perfectamente todo este desbarajuste e incluso se exageraba, pero la gente se lo tomaba con tranquilidad; unos lo justificaban diciendo que al hospital sólo iba a parar la gente baja y los mujiks, y que no pueden estar descontentos, pues en sus casas viven mucho peor; ¡no van a comer perdices!


Ante semejante situación Andrei Efímich busca la justificación fácil y se decide por una vida indolente, cómoda e indiferente, que encaja con su carácter.


… algo tan repugnante como el pabellón número 6 es sólo concebible en todo caso a doscientas verstas del ferrocarril, en una pequeña ciudad donde el alcalde y los concejales son unos semianalfabetos que ven en el doctor al sacerdote en el que hay que creer sin crítica alguna, aunque echara plomo hirviendo en las bocas de sus enfermos.


«Sirvo una causa nociva, recibo un sueldo de una gente a la que engaño, no soy honrado. Pero si en realidad no soy nadie, no soy más que una partícula de un mal social inevitable: todos los funcionarios de provincias son nocivos y cobran por no hacer nada… O sea que de mi deshonestidad no soy culpable yo, sino el tiempo… Si hubiera nacido doscientos años después, sería otro.»


El caso que Andrei Efímich es un hombre realmente honrado, que vive humildemente y no se enriquece de su posición, y un buen día la situación da un giro cuando Andrei Efímich, por una casualidad, se acerca al pabellón número 6. La forma de narrar de Chéjov es siempre sorprendentemente moderna y libre; denota una confianza ilimitada en sus recursos.


Por cierto que, hace poco, por los pasillos del hospital ha corrido un rumor bastante extraño.

Se dice que, al parecer, el doctor ha empezado a visitar el pabellón número 6.


Andrei Efímich se sorprende al hallar entre los presos a Iván Dimítrich, un hombre enfermo que sufre de manía persecutoria pero que conserva incólume su preparación humanística. Entabla una pequeña discusión con el enfermo y se da cuenta de que es la única persona con la que puede hablar, usando de razonamientos, en toda la ciudad.


Las conversaciones entre el doctor y el loco no tienen desperdicio:


―Sí, estoy enfermo. Pero es que decenas, centenares de locos pasean en libertad porque la ignorancia de los médicos es incapaz de distinguirlos de los sanos. ¡Por qué entonces yo y estos desgraciados debemos estar aquí por todos, como chivos expiatorios? Usted, el practicante, el celador y toda su gentuza hospitalaria son incomparablemente inferiores en lo moral a cada uno de nosotros. ¿Por qué somos nosotros los encerrados y no usted? ¿Dónde está la lógica?


Con gran facilidad el loco Iván Dimítrich examina al médico poniendo en tela de juicio el modo de vida del doctor.

Al mismo tiempo el rumor de que el médico, Andrei Efímich, visita el pabellón para hablar con un enfermo, corre como la pólvora por toda la ciudad. Entonces asumen protagonismo Jeugueni Fedorovich Jobotov, un médico rural con el que la administración de la ciudad decidió reforzar la sanidad para evitarse tener que construir un nuevo hospital, así como Mijaíl Averianych, el único amigo del doctor, un antiguo terrateniente, ahora arruinado, que trabaja en la administración de correos.

Se le propone al doctor una dulce retirada, y finalmente Andrei Efímich transige y acepta emprender un viaje con su insistente amigo Mijaíl Averianych, para cambiar de aires.

De alguna manera el doctor sale progresivamente de su apatía, sufre como un despertar. Sin embargo no está preparado para la dureza del mundo. Pronto se vuelve insoportable la presencia de su amigo Mijaíl, un hombre normal, o sea lleno de defectos morales. El lance trascendental del viaje se da cuando, una noche, Mijaíl regresa de una excursión en solitario por Varsovia y le pide dinero al doctor para condonar una deuda de juego. El doctor ayuda a su amigo pero no tarda en perder los nervios días después y se enfada con su amigo Mijaíl, quien no dudará en confabularse junto con el médico rural Jabotov para internar al doctor en el Pabellón número 6. Ambos salen ganando, Jabotov se queda con la sinecura y el amigo Mijaíl pierde de vista al que condonó su deuda.


Así llegamos al triunfo de la mediocridad, del cinismo, de la cordura. Desgarrador. 

El puño del celador Nikita pondrá fin a esta tremenda historia.



martes, 9 de febrero de 2021

Mi vida, relato de un hombre de provincias (1896), Anton Chéjov

 

Primero de todo advertir al lector que no se trata de un cuento sino de una novela de aproximadamente ciento cincuenta páginas. Por otro lado se trata de una narración fabulosa, aun cuando se dice que Chéjov no se maneja bien en los parámetros de la novela. No creo que escribir novelas de larga extensión sea un imperativo. Tampoco entiendo muy bien por qué se suelen calificar sus relatos como “obras magistrales aparentemente intrascendentes”. Cierto que escribe mucho y que, por ende, la calidad de los mismos resulta irregular, pero en cuanto al contenido…, sus relatos se pueden definir de muchas maneras salvo como intrascendentes. Tratan sobre la conducta del hombre, y generalmente se centran en sus miserias.

Mi vida es un relato estremecedor. No dudaría en incluirlo en mi lista de novelas favoritas. ¿Qué no tiene grandes giros? Relata los años centrales de la vida de Misaíl Poloznev, un hombre lleno de principios que guarda semejanzas con Don Quijote, Lord Jim, Thoreau, y tantos otros personajes de difícil encaje social que pueblan la literatura universal.

Misaíl Poloznev no encaja en la clase social a la que pertenece porque se decanta por una vida consecuente, recta, digamos que ética en el entorno de la hipocresía reinante. A menudo las personas nos quejamos de la condición humana; quizás así justificamos nuestra conducta o nuestros propios actos. Misaíl Poloznev no.

Noble de origen, se muestra incapaz de llevar a cabo un oficio decente. Reniega de las obtusas recomendaciones de su padre, y termina ejerciendo los oficios más viles propios del proletariado, llevando en consecuencia una vida de escasez y miseria. Diríase que su actitud no es solo extraña sino mesiánica.

 

Y nadie me trataba con tanto desprecio como justamente aquellos que no hacía mucho habían sido gente sencilla que se ganaba el pan con duro trabajo. En los puestos del mercado, cuando pasaba junto a cierta tienda de hierros, me echaban como por descuido algo encima, y en una ocasión hasta me arrojaron un palo. El dueño de una pescadería, un viejo de pelo blanco, una vez me cerró el paso y soltó mirándome con rabia:

―¡No eres tú, idiota, quien me da lástima, sino tu padre!

 

Ante semejante decadencia, la actitud del padre es de reproche y abandono. Prácticamente rehúsa de su condición de padre. Por otro lado está la hermana de Misaíl, que se parece mucho a él pero que permanece, obediente, al lado del padre.

Un mísero trabajo en el ferrocarril le conduce a vivir en las afueras de San Petersburgo, rodeado de miseria. La trama para nada nos aburre. Entra en escena una peculiar mujer de la alta sociedad que se enamora de Misaíl. Los personajes son redondeados pese a la escasa extensión de la novela. El recorrido de esta mujer es extraordinario, desde la búsqueda de cierta virtud al regreso a la comodidad de la vida burguesa. La pareja se casa y compra una hacienda en los suburbios, pero las dificultades que asoman desde el principio ahondan en los prejuicios y terminan por descomponer de nuevo la situación.

Entonces entra en escena de nuevo la hermana de Misaíl, que cae en desgracia y provoca a su vez la reaparición del padre, que no duda en renunciar a sus propios hijos ahondando en la tragedia. La crueldad del padre reside en la no aceptación de sus hijos, lo cual me parece un motivo central de la novela.

Quizás me equivoque, pero para mí que aquí descuella sobre el resto un personaje crucial, la madre, que permanece durante toda la novela en la sombra y que apenas es mencionado al final. Intuimos que murió hace años, sabemos que los hijos heredaron su carácter. A mi modo de ver entramos en un tema recurrente en el género novelístico, el destino. ¿Acaso no es el padre quien escoge a la madre de sus hijos? ¿Cómo se puede renunciar a los hijos porque no son como uno se espera que vayan a ser? Quizás es solo mi propia lectura, pero es algo que me ha llamado poderosamente la atención y que estalla al final del relato.

 

¡Pobre madre! ―proseguí lleno de desesperación― ¡pobre hermana!...

 

No dispongo de grandes herramientas comparativas; no me obsesiono con las horas que dedico a la lectura. Me queda como una imagen vaga de los reproches que se le hacen a Chéjov, de la comparativa con Tolstoi. Fíjense que a mí me ha recordado en ocasiones a Gógol. Encontré en la web este comentario; la fuente es una sinopsis de la edición de Alianza:

 

"A menudo me echan en cara -apuntó Chéjov en una ocasión- que escribo sobre fruslerías, que no tengo héroes positivos, revolucionarios (...). He escrito mis obras para decir a la gente sólo una cosa: 'Miraos bien y fijaos en la vida inútil y triste que lleváis'. Lo más importante es que la gente se dé cuenta de esto. Y cuando lo entiendan seguro que construirán otra vida, una vida mejor."

 

El móvil de esta enorme novela es un héroe que no escoge, sino que sigue la línea que le marca su destino, un hombre que trata de encontrarse a sí mismo poniendo en valor su conducta y no su posición social. Obviamente tal postura acarrea miseria, rechazo social y maledicencia, privaciones y desgracia. Cierto que Chéjov expone también las miserias transparentes de los demás, la conducta irreflexiva de la gente normal, la ausencia de compasión, el egoísmo.

En vísperas de la Revolución, se ha erradicado la servidumbre y el capitalismo ha ocupado su lugar.

 

Desaparece el régimen de servidumbre; en cambio, cobra vigor el capitalismo. Y en pleno auge de las ideas emancipadoras, igual que en tiempos de los tártaros, una mayoría alimenta, viste y defiende a una minoría mientras sigue hambrienta, desnuda e indefensa. Este orden de cosas se adapta a la perfección a todo tipo de tendencias y corrientes, porque el arte de la opresión también se cultiva de modo paulatino. Ya no azotamos a nuestros lacayos en las caballerizas, pero damos a la esclavitud formas más refinadas; al menos sabemos cómo justificarla en cada caso aislado. En fin, que las ideas son muy buenas, pero si en nuestros días, a finales del siglo XIX, se pudiera descargar también sobre las espaldas de los trabajadores nuestras funciones fisiológicas más desagradables, pues lo haríamos, y luego, claro está, justificaríamos el hecho diciendo que si los mejores hombres, los pensadores y grandes científicos, gastaran su precioso tiempo en realizar esas funciones, el progreso podría verse amenazado por un serio peligro.

 

Fijaos en este genial fragmento. Además de tener riquezas, al rico todo le sale gratis.

 

Por alguna razón, el ingeniero recibía vinos y cigarros del extranjero sin pagar aduanas; el caviar y el lomo de esturión se los mandaba alguien sin cobrarle, no pagaba por el piso, ya que el dueño de la casa abastecía de petróleo el ferrocarril, y en general él su hija me producían la impresión de que todo lo mejor del mundo estaba a su disposición y de que todo eso lo recibían completamente gratis.

 

Casi me atrevo a decir que es la novela más pesimista y desesperanzadora que he leído jamás, una buena excusa para que muchos lectores no se acerquen a ella, o todo lo contrario. Es una novela sobre la condición humana, sobre la verdad y la opinión.

 

Cerca del final de la novela clama Misaíl:

 

¡En toda la ciudad no hay ni una sola persona honrada!

 

Y sin embargo, y fuera de toda expectativa, aunque no se puede hablar ni mucho menos de un final feliz, hay que decir que dejamos a Misaíl Poloznev establecido como un contratista respetado. Aquel hombre que daba tumbos a la deriva alcanza al fin la estabilidad, encuentra su lugar en el mundo. Eso sí, alrededor del héroe todo sigue igual.

 

lunes, 2 de septiembre de 2019

Paz, (421 a.C), Aristófanes






Tenía ganas de refrescar a Aristófanes porque me dejó un ácido recuerdo allá por la adolescencia. Todos aquellos que habéis leído algo de Aristófanes ya sabréis que me refiero a su tremendo descaro.
Tengo que reconocer que con la comedia me pasa un poco como con la poesía, que me cuesta; supongo que mi carácter se decanta por la tragedia.
Por otro lado todos sabemos que leer una obra de teatro lleva poco más de un par de horas. Cierto que antes o después tenemos que recurrir a la historia de la literatura porque en caso contrario la lectura se nos puede quedar coja. Paz , y prácticamente toda la obra de Aristófanes, transcurre durante las Guerras del Peloponeso entre Atenas y Esparta, probablemente uno de los períodos más feraces y fascinantes de la historia de la humanidad. Al parecer Paz es consecuencia de una tregua en aquel tan largo y convulso enfrentamiento que salpica por todo el Mediterráneo y más allá.
Entiendo que no es fácil entender el contexto y las circunstancias, tanto técnicas como humanas, que conforman el teatro griego. Por mi parte apenas me hago una idea; a mí me ha bastado con la lectura del prólogo de mi edición de Círculo de Lectores, y no es mi labor resumir aquello que ya está explicado en cualquier manual de literatura griega. Ojalá dispusiera del tiempo para estudiar, por mero placer, todo lo relativo a los griegos, una civilización que me fascina.

Unas pinceladas del prólogo me sirven para completar esta burda reseña. Para comenzar un párrafo para ponernos en situación, pues el teatro no tenía para los griegos el mismo significado que tiene hoy para nosotros:

Aunque se nos cuenta que la preparación usual de los espectadores consistía en desayunar y beber bien, nunca era demasiado temprano, ni la distancia demasiado lejana para impedir que llegaran puntuales al teatro. El poeta era uno más del pueblo, el teatro era un asunto que les concernía, y había alimento en abundancia para su diversión natural en cualquier tipo de agon. El teatro era la polis.

En ninguna época o lugar se atacaron y ridiculizaron públicamente, y por su nombre, a personas de todas las clases con tal libertad como ocurrió en la comedia antigua ática. La verdadera razón de ello, aparte de la magnanimidad y del sentido del humor inherentes al carácter ateniense, estriba en el hecho de que la comedia era un asunto interno del conjunto del pueblo soberano, y por lo tanto disfrutaba de una completa libertad de expresión o parresía.

Dos biografías anónimas de Aristófanes registran una historia muy reveladora: el tirano Dioniso quería saber todo acerca de la politeia de Atenas, es decir, sobre su gente y sus instituciones, y Platón le envió las obras de Aristófanes.

Sirva este fragmento como escueto resumen:

A diferencia de la tragedia, la comedia antigua no toma sus temas de la mitología heroica (aunque puede parodiar algunos motivos míticos, y lo hace con frecuencia para diversión de su público), sino que inventa sus argumentos un tanto disparatados. Es una farsa enormemente fantasiosa compuesta sobre un esquema formal bastante fijo, en el que se alternan los episodios de la trama cómica con los cantos del coro, que en algún momento central rompe la ilusión escénica para dirigirse al público. Es la famosa parábasis donde el comediógrafo mezcla su crítica social con alusiones a la realidad, ataca a sus competidores, y discursea sobre el presente y sus fantasmas. El personaje central de estas farsas es el héroe cómico, un héroe popular, ingenioso, que con sus astutos planes logra encontrar remedio a una angustiosa situación, yendo más allá de la penosa realidad. Ya sea emprendiendo un viaje a los cielos montando en un escarabajo pelotero gigante, como Trigeo en la Paz, o bien construyendo una utópica ciudad en medio de las nubes…

El humor escatológico no tiene desperdicio. En vez de un caballo alado como Pegaso, Trigeo se decanta por un “hipoescarabajo”, un gigantesco escarabajo pelotero que da pie al sarcasmo más hilarante.

Como colofón esta bella estrofa del coro, de tono antibelicista:

CORO
¡Qué bien, qué bien!,
ya estoy libre del casco,
del queso y las cebollas.
Yo no amo las batallas, sólo beber
con los amigos
al fuego, leños
prendiendo secos,
raíces cogidas
en el verano;
y torrar los garbanzos
y tostar las bellotas
y besar a la tracia
si mi mujer se baña.

        A mí me parece que Aristófanes siempre estará de actualidad.

lunes, 4 de marzo de 2019

Lolita (1955), de Vladimir Nabokov






Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

Varias ideas clave me han rondado durante la emocionante lectura de esta obra maestra. La primera obvia, la identificación entre Nabokov y el personaje protagonista, Humbert, que no Lolita, porque Humbert escribe en modo autobiográfico y es su vida la que ocupa toda la novela. Lolita es tan solo su idealizada “nínfula”, Humbert su esclavo. Para los que lean esta novela y piensen que para escribirla se tiene que ser necesariamente pederasta, tendrán también que considerar que para escribir La defensa se tiene que ser necesariamente un genio del ajedrez, y Nabokov no pasa de ser un gran aficionado. Por si no lo saben, La defensa es la mejor novela que he leído (y dudo que leeré algo que se le arrime) sobre el fabuloso juego del ajedrez.
En mi cuidada edición de Círculo de Lectores, Biblioteca de Plata, hay unos apéndices que no tienen desperdicio para entender la construcción interna de la novela. Al parecer (20 años antes) Nabokov hizo un esbozo de la novela ambientado en Europa.

La segunda idea clave, agarrar una obsesión y llevarla hasta sus últimas consecuencias. El tratamiento de la pederastia no se queda ni mucho menos en la superficie; muy al contrario, a lo largo de sus páginas se ve analizado en toda su extensión y profundidad.

Las hembras humanas que me era permitido utilizar no servían sino como agentes paliativos. Estoy dispuesto a creer que las sensaciones provocadas en mí por la fornicación natural eran muy semejantes a las conocidas por los grandes machos normales ayuntados con sus grandes cónyuges normales en ese ritmo que sacude el mundo. Lo malo era que esos caballeros no habían tenido vislumbres de un deleite incomparablemente más punzante, y yo sí… La más turbia de mis poluciones era mil veces más deslumbrante que todo el adulterio imaginado por el escritor de genio más viril o por el impotente más talentoso. Mi mundo estaba escindido. Yo percibía dos sexos, y no uno; y ninguno de los dos era mío.
 
En nuestra era de las luces no estamos rodeados de pequeñas bellezas esclavas que pueden recogerse al azar, entre los negocios y el baño, como solía hacerse en días de los romanos. Y no usamos, como los orientales en tiempos más lujosos, a menudas anfitrionas antes, después y entre el cordero y el sorbete de rosas. Lo esencial es que el antiguo vínculo entre el mundo adulto y el mundo infantil ha sido escindido en nuestros días por nuevas costumbres y nuevas leyes.

El protagonista nos puede parecer un demonio. El mismo Humbert trata de justificarse; incluso hay un tratamiento de su mal considerado como manifiesta locura. No sé, pueden ustedes comparar con aquellos que hoy en día están siendo descubiertos bajo el traje del santo magisterio de la Iglesia. A mí personalmente Humbert no me ha causado repulsión.

¡No somos demonios sexuales! ¡No violamos como los buenos soldados! Somos caballeros tristes, suaves, con ojos de perro, lo suficientemente bien integrados como para controlar nuestra ansiedad en presencia de adultos, pero dispuestos a dar años y años de vida por una ola oportunidad de tocar una nínfula. Hay que remarcarlo: no somos asesinos. Los poetas nunca matan.

Y por último, como tercera idea clave, está la diferenciación entre continente y contenido. Yo siempre priorizo el contenido sobre el continente. Me interesa más lo que hay en el interior del frasco que el frasco propiamente dicho, pero en el caso de Nabokov destacan ambos por igual. Doy por descontado que os habéis dado cuenta de qué Nabokov tiene algo que decir. Al mismo tiempo su lenguaje es elegante, sutil hasta el extremo, barroco. Hay que tener en cuenta que Nabokov disfrutó en su infancia y juventud de las envidiables condiciones que significaban pertenecer a la aristocracia rusa, en su caso niñeras y maestros que le regalaron el dominio de varias lenguas, inglés incluido. En 1917 llega el exilio y las estancias en diversos países europeos hasta llegar a los Estados Unidos de América. El mismo Nabokov nos lo cuenta:

Mi tragedia privada, que no puede ni debe, en verdad, interesar a nadie, es que he debido abandonar mi idioma natural, mi libre, rica, infinitamente libre lengua rusa, por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos aparatos ―el espejo falaz, el telón de terciopelo negro, las asociaciones y transiciones implícitas― que el ilusionista nativo, agitando las colas de su frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia común.

No me cabe duda de que próximas relecturas me ofrecerán caminos inexplorados. Críticos hay que han puesto el acento en la descripción de los Estados Unidos, y no les falta razón. La segunda parte de la novela comienza con una estremecedora descripción del viaje de Humbert con su nínfula a través del enrevesado complejo de moteles, gasolineras y atracciones locales de un país sin historia ni complejos. Ciertamente Lolita admite otras lecturas. Cada lector hará la suya si es que logra introducirse y disfrutar de tan exuberante propuesta. No puedo cerrar este breve comentario sin dar por sentado que Nabokov envejecerá bien.