El subtítulo de este libro es ilustrativo del contexto y las intenciones con que se escribe, “Memorias de un europeo”, que no son otras que el deseo de paz y entendimiento entre dos guerras mundiales.
No son unas memorias en las que nos cuente asuntos personales, familiares, sino que más bien nos habla de la sociedad y cultura en el entorno del extinto Imperio Austrohúngaro, alemán y en general europeo, desde su particular punto de vista. Imprescindible para los que disfrutamos de Kafka, Roth, Márai…
Stefan Zweig proviene de una familia judía acomodada y abierta. A mi manera de ver esto le presenta un camino trillado y un éxito temprano, lo cual siento la necesidad de subrayar, sin restarle mérito al maestro. Confío en la honestidad del escritor, la cual muchas otras veces puedo poner en entredicho, pero no hay que olvidar, mientras leemos, que tenemos entre manos una autobiografía.
Si por algo se caracterizará nuestro protagonista total será por las relaciones sociales. A lo largo del texto personalidades de todas las artes nos acompañan, unas archiconocidas como Freud, Rodin o Richard Strauss, y otras no tanto, al menos para mí, como Romain Rolland o el poeta belga Verhaeren, que en vida sí que protagonizaron los círculos intelectuales. También políticos como Rathenau o Theodor Herlz, este último presentado a raíz del caso Dreyfus como figura central del sionismo judío, que me ha llamado especialmente la atención porque al mismo tiempo estoy leyendo el Antiguo Testamento y es curioso ver cómo nos ilustra su lectura en todos los contextos.
Stefan Zweig digamos que es un privilegiado, un intelectual que disfruta del éxito y que dedica su vida íntegra al placer de la cultura. Esto le da un particular punto de vista político y social, a veces un tanto almibarado porque no conoció la necesidad. En una época desatada de progreso científico y cambios sociopolíticos jamás antes vistos no se puede entender que reine la estabilidad. De aquí se puede observar que Zweig se mueve desde una profunda fe en el progreso humano hasta el más completo escepticismo.
En todo caso, nada que reprochar a la espléndida mirada de un humanista que vive el ascenso del nazismo y el militarismo como la terrible amenaza que significa para la estabilidad del mundo entero.
Comienza esta autobiografía de forma pausada. El escritor sabe engatusar al lector, escribe con ritmo, de hecho incluso hay un momento en el cual nos explica su forma de escribir eliminando todo lo superfluo. Nos describe el ambiente educativo de la clase privilegiada, o asuntos tan importantes como la hipocresía de la moral sexual y la prostitución. Luego que comienza la guerra de trincheras toma una actitud más crítica, pacifista, antimilitarista, y se desata ya en la descripción de personalidades de la cultura europea.
Desde un principio se puede observar el talante humanista de Zweig:
Incontables veces he visto confirmado en la vida práctica el hecho de que libreros de viejo suelen conocer mejor los libros que los mismísimos catedráticos; que los tratantes en arte entienden más que los eruditos, que una buena parte de las iniciativas y los descubrimientos en todos los campos provienen de fuera de la universidad. Por muy práctica, útil y provechosa que pueda ser la actividad académica para los talentos medianos, yo la encuentro superflua para los espíritus creadores, en los que puede incluso tener un efecto contraproducente.

A Zweig le inquieta un asunto por encima de los demás, el proceso de la creación artística, ese momento de enajenación mental tan difícil de explicar, el momento supremo de la mágica inspiración. Cualquier que haya leído alguna biografía de Zweig sobre cualquier artista sabrá a lo que me refiero. No solo trata de describirlo, sino que es un inveterado coleccionista de manuscritos que reflejan dicho proceso, partituras, pequeños instrumentos o herramientas, incluso los muebles que rodearon a los artistas en el mismo momento de la creación. A su decir acumuló, y luego naturalmente perdió con las guerras, la mejor colección habida y por haber sobre la materia, de un valor incalculable.
Aquí, para terminar, un párrafo magistral, digno de una de sus mejores novelas, en el instante preciso en que capta un momento de inspiración de Rodin.
Transcurrió un cuarto de hora, media hora, no sé cuánto rato. Los grandes momentos se hallan siempre más allá del tiempo. Rodin estaba tan absorto, tan sumido en el trabajo, que ni siquiera un trueno lo habría despertado. Sus movimientos eran cada vez más vehementes, casi furiosos; una especie de ferocidad o embriaguez se había apoderado de él, trabajaba cada vez más y más deprisa. Luego sus manos se volvieron más vacilantes. Parecía como si se hubieran dado cuenta de que ya no tenían nada más que hacer. Una, dos, tres veces retrocedió sin haber cambiado nada. Después masculló algo entre dientes y colocó de nuevo los trapos alrededor de la figura con la misma ternura con que un hombre cubre con un chal los hombros de su amada. Suspiró profunda y relajadamente. Su cuerpo parecía de nuevo más pesado. El fuego se había consumido. Y a continuación sucedió algo para mí incomprensible, la lección magistral: se quitó la bata, se puso el batín y se dio la vuelta para salir. Se había olvidado de mí por completo en aquellos momentos de máxima concentración. No se acordaba de que un joven al que él mismo había invitado al estudio para mostrarle sus obras había permanecido todo el tiempo detrás de él, desconcertado, sin aliento e inmóvil como una de sus estatuas.