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lunes, 19 de mayo de 2025

La biblia en España (1842), George Borrow.

 

George Borrow, hijo de un humilde soldado británico, vivió una vida bastante errática hasta que entró al servicio de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera. Era esta una organización en la que George podía utilizar su principal talento, el conocimiento de los idiomas. Sin salir de Gran Bretaña ya conocía varios idiomas, y luego aumentó sus conocimientos en varios viajes. Como curiosidad, conocía el caló, lenguaje de los gitanos, pues tenía un amigo gitano y sentía gran predilección por sus costumbres. Sus encuentros en España con los gitanos, que lo reconocen como su hermano por el dominio de su lengua y costumbres, será clave durante toda la novela.

La Sociedad Bíblica no pretendía propagar una confesión cristiana determinada, sino difundir la Biblia, poner al alcance del mayor número de personas el texto genuino de las Sagradas Escrituras. En opinión de los Protestantes, la Iglesia Católica contradice a la Biblia, así que basta la lectura de los textos auténticos para minar las bases de la dominación papista y católica.

En estas tareas realizó algunos viajes, entre ellos a Rusia y Portugal, pero será su viaje de trabajo por España el que le da un lugar en la posteridad. Aunque parezca increíble, alrededor de 1836, que es cuando inicia el viaje por España, y desde la ya lejana invención de la imprenta, no se había impreso en España ninguna traducción de la Biblia descargada de notas y comentarios, y que fuese, por tanto, de tamaño manual y precio reducido, accesible para todos. Las últimas traducciones tenían nueve y diez volúmenes.

Primero había que vencer las trabas burocráticas para imprimir una Biblia sin notas. Luego obtuvo el permiso para repartir en persona la obra por los pueblos. Tras un largo viaje de casi un año, volvió a Madrid, donde imprimió dos nuevas traducciones parciales, una al caló, hecha por él, y otra al vascuence. La publicación en caló, algunos métodos de los que empleó para llamar la atención del público y también ciertas imprudencias de otro agente, como él, de la Sociedad Bíblica Británica, provocaron la intervención de las autoridades y el fin de la acción propagandística de Borrow en España.

Ya en Inglaterra iba a publicar un libro sobre la historia y costumbres de los gitanos en diversos países, pero la llegada a la celebridad le llegó de la mano de la presente obra. Digamos que está compuesta de tres elementos fundamentales: la difusión del Evangelio, preñada de antipapismo, Don Jorge el inglés y España. La difusión del Evangelio es el armazón y móvil del libro. Hombres y tierras de España son el decorado en el cual se mueve el propio autor, Borrow, un poco enaltecido por él mismo. Destaca el contenido autobiográfico, pues todo se mueve a través de sus peripecias. Eso sí, no oímos confesiones ni nada parecido del autor, él deja hablar a las personas con las que trata, nos pinta el efecto que su persona extranjera causa entre los demás. Cierto que él es como un héroe. Es adorado por los gitanos, los pícaros le temen, era bueno con los humildes, pero a los ricos los trataba de igual a igual, era razonable y sereno, sin perder nunca la calma. 


En España ha desatado abundantes críticas, en Europa fue un best seller, dada la pervivencia de la reputación de España como antiguo gran imperio. Se trata de una novela, una obra literaria, aunque para algunos es un libro de viajes. El contexto es la Primera Guerra Carlista, una España dividida, sumida en crisis.

jueves, 19 de octubre de 2023

El rey Lear de la estepa (1870), Turguéniev

Supongo que se puede hablar de adaptación en prosa de la obra de teatro de Shakespeare. De hecho la obra comienza con una reunión de amigos que lo confirma:

 

Nos enzarzamos a hablar de Shakespeare, de sus tipos, de la profundidad y fidelidad con que fueron arrancados de las entrañas de la humana naturaleza. Admirábamos, sobre todo, su autenticidad y la frecuencia con que se encuentran en la vida, y citábamos a los Hamlet, a los Otelo, a los Falstaff e incluso a los Ricardo III y a los Macbeth (claro que estos últimos solo en potencia) que habíamos tenido ocasión de conocer.

―¡Yo, señores, he conocido a un rey Lear! ―exclamó nuestro anfitrión, hombre ya entrado en años.

―¿Es posible?

―Así es. ¿Se lo cuento?

 

En el lugar del rey Lear Turguéniev nos presenta a un hombre de proporciones gigantescas que tiene dos hijas, y no tres. Diríase que el drama de Shakespeare es más escueto; no en vano se trata de una obra de teatro de duración determinada mientras que la novela es más flexible. Por otro lado la diferencia entre los habitantes de Inglaterra y la estepa rusa no parece ser tanta.

 

El buen gigante, Martin Petrovich Jarlov, es un pequeño propietario rural, un hombre peculiar, temido por todos por su fuerza y carácter pero de costumbres recias y humildes. Sufre un sueño premonitorio sobre su muerte y decide dividir su patrimonio entre sus dos hijas. En el caso de la novela de Turgueniev no habrá una hija buena, pero el sentido del texto es el mismo. Una vez que reparte la herencia ya imagina uno lo que va a pasar, aunque el desenlace no deja de ser sorprendente.


Quizá más relato que novela, nouvelle que se suele decir. A mí Turgueniev nunca me defrauda, pero hay opiniones para todos los gustos. Algunos críticos aducen que el escritor abusa de los personajes planos, aunque también suelen decir los críticos a menudo que con unas pocas pinceladas nos encontramos rodeados de personas humanas. A mí leer a Turguéniev me resulta delicioso, como un pequeño dulce después de una copiosa comida.

 


martes, 28 de marzo de 2023

La feria de las vanidades (1848), William Thackeray

 

Novela publicada por entregas (en 20 mensualidades), lo cual se hace notar. Está el estilo del narrador, que constantemente se dirige a nosotros mostrándonos que el mundo es una feria de vanidades, y está la profusión de detalles en lo que respecta a vestimentas, viviendas, diálogos y vida en sociedad.

 

…en la feria de las vanidades, un título y un coche tirado por cuatro caballos son juguetes mucho más apreciados que la felicidad.

 

Al principio nos choca la multiplicidad de personajes que nos son presentados, pero luego nos vamos a haciendo con todos ellos.

A Thackeray se le considera un misógino empedernido, pero hay que tener en cuenta que se trata del siglo XVIII, y más aún que se trata de una historia protagonizada por mujeres. La indiscutible estrella de la novela es una mujer, la inolvidable Becky Sharp, aunque reza el subtítulo de la novela: “una novela sin héroe”. Por sí sola, Becky Sharp bien merece una lectura, pues es uno de esos personajes mencionados continuamente en la historia de la literatura universal. Es un ser perverso, inmoral, carente de escrúpulos, pero al mismo tiempo inteligente, sutil, seductora, de tal manera que no podemos evitar dejarnos arrastrar por su influjo. Todo apunta a un final moral al más puro estilo dickensiano, pero no cae Thackeray en tanto maniqueísmo.

Al lado de Becky Sharp, la otra estrella, Amelia Sedley, palidece; es su antítesis, una mujer inocente y tímida. Diríase que estamos ante una novela picaresca, Becky Sharp en el lugar de Barry Lyndon. Los maridos son tímidos coprotagonistas de la novela, casi comparsas. Si el comportamiento de la mujer se trata de forma sarcástica, no menos le sucede al comportamiento del hombre; Thackeray pone al hombre y a la mujer al mismo nivel de condenación. Estamos ante una novela dinámica y alegre, pero de un escepticismo desgarrador. La sociedad en su conjunto es hipócrita, e incluso los personajes bondadosos tienen sus puntos oscuros, como son los casos de Amelia Sedley o el buen capitán Dobbin.

 

Algún francés un tanto burlón dijo una vez que en todo asunto amoroso intervienen dos partes: una que ama y otra que se digna ser amada. Puede ocurrir que el amor parta unas veces del hombre y otras de la mujer.

 

¿No es cierto que las mujeres siempre prefieren un calavera a un afeminado?

 

Las mejores de entre todas las mujeres (le había oído yo decir a mi abuela), son hipócritas. Lo que ignoramos es la cantidad de cosas que ocultan, el grado de vigilancia que están ejerciendo cuando más despreocupadas nos parecen, la frecuencia con que convierten sus francas sonrisas en trampas destinadas a seducir o desarmar, o la intensidad de sus reiteradas expresiones apasionadas. Y no me estoy refiriendo a las simples coquetas, sino a las que suelen considerarse como modelos de buenas esposas y dechados de virtudes femeninas. ¿Quién no ha tenido ocasión de ver a una mujer disimular la falta de ingenio de un marido estúpido, o aplacar las furias de un esposo en exceso violento? Nosotros aceptamos esta bondadosa esclavitud, y elogiamos por ella a la mujer, llamando autenticidad a esta especie de agradable simulación. Una buena ama de casa ha de ser un tanto embaucadora.

 

Pronto olvidamos que se trata de una obra sarcástica. Yo creo que el sarcasmo nos inunda de tal manera, desde el minuto uno, que nos satura. Sucede que se naturaliza la hipocresía, el interés que mueve la conducta humana. Bueno, como en la vida misma.

Como síntesis de la lectura, decir que se me ha hecho un tanto espesa (Barry Lyndon me resultó mucho más divertida). Me pensé en un principio el abandonarla, por lo voluminoso y repetitivo, pero llevé a cabo una lectura atenta, quizás por pundonor. El blog ayuda. Cierto que sus personajes son más creíbles y realistas que los de Dickens, aunque carece de chispa y del efecto sorpresa.

Al final es inevitable cierto poso moral, aunque se aprecia el respeto por la picardía de Becky Sharp, lo cual yo creo que nos place, pues la simpatía que se desprende del escritor por su personaje es contagiosa.

Pese a los peros, me quedan las ganas de conocer algunas de las obras menos conocidas de Thackeray, por eso de contrariar a la crítica, ese tan sano ejercicio.

 

Este empeño por tener siempre razón, sin dudar ni vacilar un solo segundo, ¿no es acaso una de las grandes cualidades con las que la falta de inteligencia gobierna el mundo?

 

viernes, 21 de octubre de 2022

Jane Eyre (1847), Charlotte Bronte

 

Se le hizo extraño a una amiga verme con este libro. No es la primera vez que me sucede. No sé por qué, si a mi me gusta leer. Una vez recuerdo, en twitter, que descalificaron mi lectura de El prisionero de Zenda por ser juvenil, y yo que solo pretendía conocer esa novela que tanto alaba Pérez Reverte.

Y sí, la presente novela se me ha hecho un tanto floja, así que aquellos que consideran Jane Eyre como una absoluta obra maestra, mejor dejen de leer, no vaya a ser que les salga una hernia y me hagan culpable de todos sus males, pues yo aquí no hago otra cosa que poner en valor mi propia lectura.

Llegué a esta lectura de la mano de la hermana de Charlotte, Emily Bronte, la autora de Cumbres Borrascosas, una novela que he leído varias veces y que siempre recomiendo a aquellos que quieren acercarse a los clásicos.

Comienza la novela muy bien. Charlotte conoce los entresijos de la escritura y sabe atrapar al lector. Nos presenta a una niña desamparada, ella es buena y todo su alrededor representa la maldad. Esto, en realidad, no es tan raro, sucede cada vez que una persona presenta debilidad; es un motivo muy literario la injusticia.

 

Toda la tiranía violenta de John Reed, toda la altiva indiferencia de sus hermanas, toda la aversión de su madre, toda la parcialidad de las criadas vinieron a mi mente turbada como el sedimento oscuro de un pozo turbio. ¿Por qué siempre sufría, siempre era intimidada, acusada y condenada? ¿Por qué eran inútiles mis intentos de granjearme el favor de nadie?

 

Luego la novela está preñada de sorpresas, de giros espectaculares aunque previsibles, conoce a un hombre rico, aparece el amor, una boda interrumpida, herencias... Cierto que ahora las dificultades que siguen provocando situaciones injustas son más forzadas, ya no persiste la naturalidad con la que la novela se abre. Hay saltos temporales, quizás demasiadas descripciones para mí gusto, a veces necesarias para describir nuevos ambientes, nuevos grupos humanos. Las situaciones sorprendentes me han recordado a esos maravillosos encuentros que se daban en las posadas que visitaba nuestro querido Quijote; son del gusto del lector de la época.

Pese a que Charlotte describe un mundo cruel, al final triunfa el bien. Es extraño. A veces parece que la dulzura se impone a la dureza del carácter del hombre.

 

Era muy agradable: no existe felicidad parecida a la de ser querido por tus semejantes y a la sensación de que tu presencia les ayuda a sentirse bien.

 

El lenguaje es en todo momento sencillo, lo que ayuda a la consecución de una lectura adictiva y salteada. Las metáforas son escasas, en ocasiones aparecen para abrir capítulos de ruptura.

 

Un espléndido verano brillaba sobre Inglaterra: un cielo tan despejado y un sol tan luminoso como disfrutamos entonces rara vez agracian nuestra tierra batida por las olas. Era como si hubiera llegado del sur una tropa de días italianos, como una bandada de maravillosos pájaros migratorios, que se posaron a descansar en los acantilados de Albión.

 

No es que Charlotte busque alcanzar la verdad. Los personajes no parecen de carne y hueso, simplemente representan defectos o virtudes humanas. Sí, maniqueísmo.

Por otro lado, también hay que decir que la novela tiene sus puntos fuertes, que otros lectores encontrarán por doquier. La protagonista es una mujer singular, fuerte, valiente, llena de convicciones, una precursora del feminismo en el siglo XIX. Sin duda un libro que puede enriquecer cualquier taller de lectura.

 

viernes, 7 de mayo de 2021

Jude el Oscuro (1895), Thomas Hardy

 

Hardy es un autor que me agrada, por eso de que ilustra al tiempo que entretiene. Además, presentaba esta novela un atractivo especial en cuanto a que fue la causante de que el maestro dejara de narrar para dedicarse por completo a la poesía.


Hay que dejar claro que Hardy obtuvo éxito en vida, si bien no son de extrañar las críticas recibidas. Como humanista que era, Hardy reflexionaba acerca de la sociedad y sus normas, y el tema nuclear de esta novela es el matrimonio. Sus ideas, obviamente para la época, son revolucionarias, pero incluso hoy en día nos chocarán algunos de los conceptos manejados. Si a esto unimos su ya conocido pesimismo, que en esta novela alcanza las más altas cotas que podamos imaginar, pues da como resultado una novela realmente extraña.

 

El prefacio del autor a su propia obra no tiene desperdicio:

 

Ese fue el desdichado principio de la carrera de Jude como novela. Tras estos veredictos de la prensa, su siguiente desventura fue el ser quemada por un obispo… seguramente en un arrebato de desesperación, al no poder quemarme a mí.

 

El epígrafe es todavía más elocuente:

 

La letra mata.

 

No me cabe duda de que a muchos lectores les defraudará esta novela; quizás a muchos incluso les resulte incomprensible, mínimo incongruente. Algunos lectores pensarán que los personajes son estúpidos, seres débiles, amedrentados por las circunstancias de la vida. Todos los protagonistas de esta novela son seres sensibles, extremadamente educados, que se guían por principios, y por eso mismo, incapacitados para el egoísmo, terminan atrayendo sobre sí la desgracia.

 

―Porque hay una nube que se cierne sobre nosotros; «¡aunque no hemos ofendido a ningún hombre, ni hemos corrompido a ningún hombre, ni hemos engañado a ningún hombre!». Sino que hemos «hecho lo que era justo a nuestros propios ojos».

 

Este es, a mi manera de ver, el germen del pesimismo tan característico de Hardy. Las leyes no escritas de los hombres premian con mucho la sociabilidad de las personas, castigando la introversión, la insociabilidad. No hay, desde luego, premio para el justo.

 

En definitiva, a mí me ha gustado mucho la novela, en cuanto que azuza la reflexión. Cierto que la encuentro diferente en el conjunto de la obra de Hardy, al menos en la parte que yo conozco. Contiene altibajos, un buen comienzo, excesos melodramáticos mediada la trama, un final escalonado, cuesta abajo por supuesto, terrible.

El protagonista absoluto es Jude, huérfano, de clase social humilde, un hombre por completo fuera de lo común que gusta de leer y estudiar, que se plantea como meta ser un erudito, de manera autodidacta, para poder dedicarse a las letras en la ciudad de sus sueños, Christminster, que no es otra que Oxford. Un tema que encantará a aquellos lectores que se hayan iniciado en el mundo de las letras como el propio Jude, de manera ocasional o accidental, guiados por el destino.

Obviamente que el lector simpatiza con Jude, y ya no puede dejar de leer, acompañándole a través de una vida sembrada de desgracias. Primero de todo se ve seducido por una mujer corriente, encadenado a un matrimonio condenado al fracaso desde su misma consumación. La pareja se separa pero sin llegar a efectuar el trámite administrativo del divorcio, problema que más adelante se hace patente cuando Jude conoce a otra mujer, Sue, su alma gemela, que complica la trama nada más entrar en escena porque comparte protagonismo con el propio Jude. Quién sabe, quizás incluso se podría hablar de una anticipación del movimiento feminista a través de este personaje femenino.

Cuando parece que se aproxima la felicidad, la pluma de Hardy y, cómo no, la intervención del destino más trágico que podamos imaginar, entran en escena. La actitud de los personajes nos podrá parecer sorprendente, estúpida incluso bajo nuestra óptica actual, bajo la de aquellos tiempos también, si me apuras. La maledicencia se abre camino como cuchillo en mantequilla, convirtiéndose en otro de los temas centrales de la novela. El pesimismo de Hardy alcanza por momentos un paroxismo febril. Las críticas hacia la institución del matrimonio resultan terribles, y por extensión alcanzan a toda la sociedad, la ley civil contra la ley natural, el prejuicio contra toda lógica, el egoísmo y la insolidaridad, la pugna perpetua entre los hombres. No es de extrañar el escándalo consecuente.

 

En definitiva, una novela tan deprimente como recomendable. Yo entiendo que la mayoría de los lectores solamente buscan la evasión en sus lecturas. Luego hay otros, una minoría, que buscan algo más, algo sin duda indefinible pero que va más allá del simple escapismo. El mismo Homero contribuyó a estabilizar, ni más ni menos, que la religión de los griegos, al tiempo que animaba las noches al calor del fuego.

lunes, 1 de marzo de 2021

Tres cuentos (1877), Flaubert

      Tres relatos sencillos, con mayor o menor fortuna. El último es el único que no puedo recomendar, que me ha costado leerlo. En cambio los otros dos me parecen buenos relatos, ágiles e interesantes. Si hay que buscar un elemento común entre ellos es la muerte, pues con ella termina cada uno de los relatos.

La crítica relaciona cada uno de los relatos con una de sus novelas.

Un corazón Sencillo está ambientado en el tiempo presente de Flaubert y se asocia con Madame Bovary, aunque no tienen nada que ver. He tenido que buscar las diferencias entre realismo y naturalismo, que al parecer marcan la época, pero en realidad el relato encaja perfectamente en los principios de cualquiera de las dos corrientes. Es este un relato delicioso, triste. Narra la vida de Felicidad, una niña huérfana que es separada de sus hermanos a una edad temprana. Felicidad es una muchacha tierna e inocente, quizás por eso poco favorecida por la fortuna. Bien joven encuentra acomodo como humilde sirviente de una familia burguesa venida a menos. Sin familia propia, se entrega por completo a su señora y sus hijos. Obvio que su amor no es correspondido salvo un repentino momento que sirve para una vida entera.

 

Encontraron un sombrerito de felpa peluda, color marrón; pero estaba todo comido de bichos. Felicidad lo reclamó para ella. Se miraron una a otra, y los ojos se les llenaron de lágrimas. Por fin el ama abrió los brazos, y la criada se arrojó en ellos, y se estrecharon dando suelta a su dolor en un beso que las igualaba.

Era la primera vez en su vida, porque la señora Aubain no había sido nunca de natural expansivo. Felicidad se lo agradeció como si fuera un beneficio, y desde entonces la quiso con abnegación brutal y veneración religiosa.

 

Una vida anodina que termina en la más absoluta de las resignaciones, un final realmente sarcástico y desgarrador.

 

La leyenda de San Julián el Hospitalario es asociada con Las tentaciones de San Antonio. Viene a ser un cuento fantástico de temática cristiana y asuntos milagrosos, que de todas maneras hechiza y satisface, fácil de leer. Julián es un muchacho afortunado que lo tiene todo, pero su pasión por la sangre y la caza llegan a ser tan compulsivas que echan su vida a perder. Recibe una maldición de una de sus víctimas, un enorme ciervo. La premonición apunta a un parricidio. Como forma de redención lo da todo por los demás.

 

En cuanto al último, Herodías, me ha costado entrar en él, quizás el cansancio o el buen número de personajes que vienen y van. Se asocia, dada su temática histórica, con Salambó.

 

 

lunes, 22 de febrero de 2021

Oliver Twist (1838), Charles Dickens.

Probablemente sea Dickens el autor de lengua inglesa más conocido después de Shakespeare. Esto dice mucho acerca de los clásicos y su génesis, pues no podemos comparar la profundidad, la calidad literaria del uno con la del otro.

También, mientras leía, no podía sino comparar con otras novelas, y se me vino a la memoria una que tengo recién releída, El rojo y el negro, de Stendhal. A mi modo de ver, la profundidad de Stendhal, su calidad literaria, es infinitamente superior, pero Stendhal murió sin reconocimiento mientras que un clamor popular provocó el entierro de Dickens en Westminster.

Dickens publicaba sus novelas por entregas en periódicos, lo cual sirve para justificar repeticiones, errores, el recurso constante a la exageración o al melodrama, todo con tal de conseguir el favor del público lector. Mínima intención en Dickens de representar la realidad; cierto que entresaca de ella lo que le interesa resaltar para inventar, para novelar. Digamos que no está en la línea de Flaubert, o de tantos otros autores que abrazarán la causa realista de la novela.


Oliver Twist es víctima del destino desde la cuna, pues muere su madre al nacer y él queda condenado a la mísera vida de un asilo. Con ironía y sarcasmo nos cuenta Dickens la sociedad que convive con la miseria de los más desfavorecidos. Aquí radica la vena humanitaria del maestro, que arranca fácil el llanto. De alguna manera este humanitarismo, su posición política progresista para mitigar el sufrimiento de los pobres, es su más interesante legado.


¡Qué excelente ejemplo constituía el pequeño Oliver Twist del poder del vestido! Envuelto en la manta que hasta entonces había sido su único abrigo podría haber pasado por el hijo de un noble o de un mendigo; al más altivo desconocido le habría sido difícil determinar su categoría social. Pero ahora, envuelto en las viejas ropas de percal, amarillas ya de hacer el mismo servicio, y marcado y etiquetado, encajaba perfectamente en su lugar: un niño de la parroquia… huérfano de hospicio… humilde esclavo muerto de hambre… carne de bofetadas y golpes dondequiera fuere… desprecio de todos y lástima de ninguno.


Desde el primer momento se nos presenta a Oliver como un muchacho tímido, obediente, trabajador, confiado, en resumidas cuentas, bueno. De aquí en adelante y hasta el final de la novela, un muchacho que se tiene que enfrentar a las miserias del mundo, no sufre ninguna evolución en su carácter. Pasa hambre constantemente, recibe golpes, insultos, es obligado a trabajar y robar para beneficio de los demás, y sin embargo, lejos de moldearse su carácter en el caldo en que se cuece, se muestra éste imperturbable. A mi modo de ver, un niño que se cría en la calle, cultiva los mecanismos de defensa propios del medio. Tenemos ejemplos más dignos en la novela picaresca española. Digamos que sucede lo mismo, a grandes rasgos, con los demás personajes, que no presentan evolución, son buenos o malos desde la cuna, como el malvado Fagin. Es Dickens.

A veces muestra amagos de complejidad, pero no son lo más destacado. En este ejemplo Noah nos da unas pinceladas. Noah, por cierto, otro de los personajes desfavorecidos que va y viene según la necesidad de la pluma de Dickens, de la novela por entregas.



Noah era un acogido, no un huérfano de hospicio. No era hijo del azar, pues podía rastrear toda su genealogía hasta sus padres, que vivían cerquita, la madre lavandera y el padre un soldado borracho, dado de baja con una pata de palo y una pensión diaria de dos peniques y medio más un pico inapreciable. Los mozuelos de las tiendas del vecindario solían desde hacía tiempo tildar a Noah en la vía pública con los ignominiosos epítetos de “cueros”, “acogío” y otros por el estilo, y Noah lo aguantaba sin replicar. Pero ahora que la fortuna le ponía en su camino a un huérfano sin nombre a quien incluso los más humildes podían señalar con el dedo del menosprecio, se resarcía con él con creces. Esto ofrece un exquisito manjar para la reflexión. Nos muestra lo hermosa que puede llegar a hacerse la naturaleza humana y cuán imparcialmente se desarrollan las mismas amables cualidades en el señor más refinado y en el más sucio muchacho acogido a la beneficiencia pública.


Pero esta complejidad psicológica es la máxima que logrará Dickens en esta novela. Y sí, Dickens es un virtuoso de la imaginación, de la técnica narrativa en cuanto a lo que se refiere a giros maravillosos y sorprendentes. Es capaz de zarandear al lector a través de cada una de sus aventuras hasta un final todavía más fantástico en el cual felizmente se resuelven todos los entuertos, de una manera exageradamente melodramática.

Se nos describe una sociedad injusta y cruel, desde el pobre que mendiga al deshollinador, desde el que está al frente del asilo al que preside el Ayuntamiento. Entremedias nos encontramos con gente honrada, los que sostienen la sociedad de la Inglaterra Victoriana.

Y pese a todos sus defectos, recordamos la Inglaterra victoriana a partir de la imagen poética que Dickens nos transmite. Probablemente será su imagen de Londres la única que nos queda en la memoria, la niebla de Londres, el oscuro Támesis, la suciedad en las tabernas, la humedad en las casas.

En fin, es la época de Dumas o Dickens, incluso Dostoievski escribe por entregas. Probablemente es resultado de esa primera época en la que el analfabetismo lector se está erradicando. Resulta paradigmático cuando leemos que uno de los personajes de Dickens se entretiene en una sucia taberna leyendo un periódico ennegrecido o atrasado, o las dificultades con las que se enfrenta el traductor a la hora de reflejar la jerga del pueblo llano, para el cual se escribe.


Este último caballero tenía un bastón grande, una cabeza grande, grandes facciones y grandes botas altas, y parecía como si hubiera estado tomando una ración de cerveza en igual proporción…, y no sólo lo parecía.


A mi modo de ver hay que situar el triunfo de Dickens en el gusto lector de la época, que se embelesa en su humanitarismo sentimental, en su sentido del humor, en su imaginación. Un buen inicio para los jóvenes que se ven obligados a enfrentarse con los temidos clásicos. Para mí lo fue, aunque ahora se me queda corto.



martes, 16 de febrero de 2021

El pabellón número 6, (1892), Anton Chéjov



Otra gran novela corta de Chéjov. El propio maestro se refería a sus obras llamándolas unas veces relatos, otras novelas o, simplemente, «cosas».

Bien podría situarse esta novela corta entre las mejores que tienen como escenario un psiquiátrico, y nada que ver con aquellas como Los renglones torcidos de Dios, en las cuales la trama se deshace en intrigas más que en el esclarecimiento de la conducta humana. Chéjov va a lo suyo, nos muestra su análisis de la realidad, su visión de la conducta humana sin maniqueísmos, ofreciendo el mismo tratamiento al sano que al enfermo. En todo caso, la realidad que Chéjov nos muestra es siempre estremecedora por su mezquindad, lo cual a mi modo de ver resulta mucho más arrebatador que el más dinámico de los thriller. Para gustos los colores.

La trama es muy sencilla. Yo no creo que un buen lector se arredre ante el spoiler, pues una reseña de una obra de arte apenas sirve para azuzar al lector; en todo caso, dicho está. Andrei Efímich es el médico encargado de la gestión de un pequeño centro psiquiátrico. No nos extrañarán las pésimas condiciones en las que se encuentran los presos. Hay críticos que han visto en el psiquiátrico un símbolo de la Rusia Zarista, gobernada por unas elites indiferentes a la miseria y la corrupción. También decir que escribió este relato poco después de su visita a la isla-penal de Sajalín.

Chéjov, dada su condición de médico, conocía de primera mano la situación. Sabía que la terapia principal que recibían los enfermos era «el tratamiento del puño», personificada en el guardián Nikita. Su carácter no es necesario redondearlo.


Encima, siempre con la pipa entre los dientes, está tumbado Nikita, el guardián, un viejo soldado retirado, con galones descoloridos. Su rostro severo, de borracho, las cejas caídas y la nariz roja; bajo de estatura, parece a simple vista flaco y de carnes duras, pero su presencia impone y sus puños son demoledores. Nikita es de este tipo de individuos simples, prácticos, cumplidores y obtusos que lo que más aman en este mundo es el orden, y por eso están convencidos de que a ellos hay que pegarles. Y pega en la cara, en el pecho, en la espalda, donde caiga, con la certeza de que de otra manera aquí no habría orden.


Andrei Efímich es consciente de esta situación, pero no es capaz de cambiarlo. Su carácter se nos muestra redondeado, aunque este párrafo lo define a la perfección dada su propia indefinición:


Andrei Efímich sentía un amor profundo por la inteligencia y la honradez, pero le faltaban el carácter y el convencimiento de estar en su derecho para rodearse de esta vida inteligente y honrada. Positivamente no sabe ni ordenar, ni prohibir, ni insistir. Parece como si hubiera hecho la promesa de no levantar nunca la voz y no emplear el modo imperativo de los verbos. Le cuesta decir «dame» o «tráeme»; cuando quiere comer, tose indeciso y le dice a la cocinera: «no estaría mal un té» o «no me iría mal comer». Y decirle al celador que deje de robar, o despedirlo, deshacerse definitivamente de este servicio inútil y parásito, para él es algo absolutamente superior a sus fuerzas. Cuando le engañan, le adulan o le dan a firmar una cuenta clarísimamente falsa, enrojece como un cangrejo y se siente culpable, pero de todos modos firma la cuenta;


Podemos declarar culpable a Andrei Efímich del lamentable estado de los enfermos. Cierto que hizo tímidos intentos para mejorar la situación; tampoco sirve de excusa el recuerdo de un pasado mucho peor:


El predecesor de Andrei Efímich, que se dedicaba a la venta clandestina del alcohol del hospital y que se organizó todo un harén con las enfermeras y las enfermas. En la ciudad se conocía perfectamente todo este desbarajuste e incluso se exageraba, pero la gente se lo tomaba con tranquilidad; unos lo justificaban diciendo que al hospital sólo iba a parar la gente baja y los mujiks, y que no pueden estar descontentos, pues en sus casas viven mucho peor; ¡no van a comer perdices!


Ante semejante situación Andrei Efímich busca la justificación fácil y se decide por una vida indolente, cómoda e indiferente, que encaja con su carácter.


… algo tan repugnante como el pabellón número 6 es sólo concebible en todo caso a doscientas verstas del ferrocarril, en una pequeña ciudad donde el alcalde y los concejales son unos semianalfabetos que ven en el doctor al sacerdote en el que hay que creer sin crítica alguna, aunque echara plomo hirviendo en las bocas de sus enfermos.


«Sirvo una causa nociva, recibo un sueldo de una gente a la que engaño, no soy honrado. Pero si en realidad no soy nadie, no soy más que una partícula de un mal social inevitable: todos los funcionarios de provincias son nocivos y cobran por no hacer nada… O sea que de mi deshonestidad no soy culpable yo, sino el tiempo… Si hubiera nacido doscientos años después, sería otro.»


El caso que Andrei Efímich es un hombre realmente honrado, que vive humildemente y no se enriquece de su posición, y un buen día la situación da un giro cuando Andrei Efímich, por una casualidad, se acerca al pabellón número 6. La forma de narrar de Chéjov es siempre sorprendentemente moderna y libre; denota una confianza ilimitada en sus recursos.


Por cierto que, hace poco, por los pasillos del hospital ha corrido un rumor bastante extraño.

Se dice que, al parecer, el doctor ha empezado a visitar el pabellón número 6.


Andrei Efímich se sorprende al hallar entre los presos a Iván Dimítrich, un hombre enfermo que sufre de manía persecutoria pero que conserva incólume su preparación humanística. Entabla una pequeña discusión con el enfermo y se da cuenta de que es la única persona con la que puede hablar, usando de razonamientos, en toda la ciudad.


Las conversaciones entre el doctor y el loco no tienen desperdicio:


―Sí, estoy enfermo. Pero es que decenas, centenares de locos pasean en libertad porque la ignorancia de los médicos es incapaz de distinguirlos de los sanos. ¡Por qué entonces yo y estos desgraciados debemos estar aquí por todos, como chivos expiatorios? Usted, el practicante, el celador y toda su gentuza hospitalaria son incomparablemente inferiores en lo moral a cada uno de nosotros. ¿Por qué somos nosotros los encerrados y no usted? ¿Dónde está la lógica?


Con gran facilidad el loco Iván Dimítrich examina al médico poniendo en tela de juicio el modo de vida del doctor.

Al mismo tiempo el rumor de que el médico, Andrei Efímich, visita el pabellón para hablar con un enfermo, corre como la pólvora por toda la ciudad. Entonces asumen protagonismo Jeugueni Fedorovich Jobotov, un médico rural con el que la administración de la ciudad decidió reforzar la sanidad para evitarse tener que construir un nuevo hospital, así como Mijaíl Averianych, el único amigo del doctor, un antiguo terrateniente, ahora arruinado, que trabaja en la administración de correos.

Se le propone al doctor una dulce retirada, y finalmente Andrei Efímich transige y acepta emprender un viaje con su insistente amigo Mijaíl Averianych, para cambiar de aires.

De alguna manera el doctor sale progresivamente de su apatía, sufre como un despertar. Sin embargo no está preparado para la dureza del mundo. Pronto se vuelve insoportable la presencia de su amigo Mijaíl, un hombre normal, o sea lleno de defectos morales. El lance trascendental del viaje se da cuando, una noche, Mijaíl regresa de una excursión en solitario por Varsovia y le pide dinero al doctor para condonar una deuda de juego. El doctor ayuda a su amigo pero no tarda en perder los nervios días después y se enfada con su amigo Mijaíl, quien no dudará en confabularse junto con el médico rural Jabotov para internar al doctor en el Pabellón número 6. Ambos salen ganando, Jabotov se queda con la sinecura y el amigo Mijaíl pierde de vista al que condonó su deuda.


Así llegamos al triunfo de la mediocridad, del cinismo, de la cordura. Desgarrador. 

El puño del celador Nikita pondrá fin a esta tremenda historia.



martes, 9 de febrero de 2021

Mi vida, relato de un hombre de provincias (1896), Anton Chéjov

 

Primero de todo advertir al lector que no se trata de un cuento sino de una novela de aproximadamente ciento cincuenta páginas. Por otro lado se trata de una narración fabulosa, aun cuando se dice que Chéjov no se maneja bien en los parámetros de la novela. No creo que escribir novelas de larga extensión sea un imperativo. Tampoco entiendo muy bien por qué se suelen calificar sus relatos como “obras magistrales aparentemente intrascendentes”. Cierto que escribe mucho y que, por ende, la calidad de los mismos resulta irregular, pero en cuanto al contenido…, sus relatos se pueden definir de muchas maneras salvo como intrascendentes. Tratan sobre la conducta del hombre, y generalmente se centran en sus miserias.

Mi vida es un relato estremecedor. No dudaría en incluirlo en mi lista de novelas favoritas. ¿Qué no tiene grandes giros? Relata los años centrales de la vida de Misaíl Poloznev, un hombre lleno de principios que guarda semejanzas con Don Quijote, Lord Jim, Thoreau, y tantos otros personajes de difícil encaje social que pueblan la literatura universal.

Misaíl Poloznev no encaja en la clase social a la que pertenece porque se decanta por una vida consecuente, recta, digamos que ética en el entorno de la hipocresía reinante. A menudo las personas nos quejamos de la condición humana; quizás así justificamos nuestra conducta o nuestros propios actos. Misaíl Poloznev no.

Noble de origen, se muestra incapaz de llevar a cabo un oficio decente. Reniega de las obtusas recomendaciones de su padre, y termina ejerciendo los oficios más viles propios del proletariado, llevando en consecuencia una vida de escasez y miseria. Diríase que su actitud no es solo extraña sino mesiánica.

 

Y nadie me trataba con tanto desprecio como justamente aquellos que no hacía mucho habían sido gente sencilla que se ganaba el pan con duro trabajo. En los puestos del mercado, cuando pasaba junto a cierta tienda de hierros, me echaban como por descuido algo encima, y en una ocasión hasta me arrojaron un palo. El dueño de una pescadería, un viejo de pelo blanco, una vez me cerró el paso y soltó mirándome con rabia:

―¡No eres tú, idiota, quien me da lástima, sino tu padre!

 

Ante semejante decadencia, la actitud del padre es de reproche y abandono. Prácticamente rehúsa de su condición de padre. Por otro lado está la hermana de Misaíl, que se parece mucho a él pero que permanece, obediente, al lado del padre.

Un mísero trabajo en el ferrocarril le conduce a vivir en las afueras de San Petersburgo, rodeado de miseria. La trama para nada nos aburre. Entra en escena una peculiar mujer de la alta sociedad que se enamora de Misaíl. Los personajes son redondeados pese a la escasa extensión de la novela. El recorrido de esta mujer es extraordinario, desde la búsqueda de cierta virtud al regreso a la comodidad de la vida burguesa. La pareja se casa y compra una hacienda en los suburbios, pero las dificultades que asoman desde el principio ahondan en los prejuicios y terminan por descomponer de nuevo la situación.

Entonces entra en escena de nuevo la hermana de Misaíl, que cae en desgracia y provoca a su vez la reaparición del padre, que no duda en renunciar a sus propios hijos ahondando en la tragedia. La crueldad del padre reside en la no aceptación de sus hijos, lo cual me parece un motivo central de la novela.

Quizás me equivoque, pero para mí que aquí descuella sobre el resto un personaje crucial, la madre, que permanece durante toda la novela en la sombra y que apenas es mencionado al final. Intuimos que murió hace años, sabemos que los hijos heredaron su carácter. A mi modo de ver entramos en un tema recurrente en el género novelístico, el destino. ¿Acaso no es el padre quien escoge a la madre de sus hijos? ¿Cómo se puede renunciar a los hijos porque no son como uno se espera que vayan a ser? Quizás es solo mi propia lectura, pero es algo que me ha llamado poderosamente la atención y que estalla al final del relato.

 

¡Pobre madre! ―proseguí lleno de desesperación― ¡pobre hermana!...

 

No dispongo de grandes herramientas comparativas; no me obsesiono con las horas que dedico a la lectura. Me queda como una imagen vaga de los reproches que se le hacen a Chéjov, de la comparativa con Tolstoi. Fíjense que a mí me ha recordado en ocasiones a Gógol. Encontré en la web este comentario; la fuente es una sinopsis de la edición de Alianza:

 

"A menudo me echan en cara -apuntó Chéjov en una ocasión- que escribo sobre fruslerías, que no tengo héroes positivos, revolucionarios (...). He escrito mis obras para decir a la gente sólo una cosa: 'Miraos bien y fijaos en la vida inútil y triste que lleváis'. Lo más importante es que la gente se dé cuenta de esto. Y cuando lo entiendan seguro que construirán otra vida, una vida mejor."

 

El móvil de esta enorme novela es un héroe que no escoge, sino que sigue la línea que le marca su destino, un hombre que trata de encontrarse a sí mismo poniendo en valor su conducta y no su posición social. Obviamente tal postura acarrea miseria, rechazo social y maledicencia, privaciones y desgracia. Cierto que Chéjov expone también las miserias transparentes de los demás, la conducta irreflexiva de la gente normal, la ausencia de compasión, el egoísmo.

En vísperas de la Revolución, se ha erradicado la servidumbre y el capitalismo ha ocupado su lugar.

 

Desaparece el régimen de servidumbre; en cambio, cobra vigor el capitalismo. Y en pleno auge de las ideas emancipadoras, igual que en tiempos de los tártaros, una mayoría alimenta, viste y defiende a una minoría mientras sigue hambrienta, desnuda e indefensa. Este orden de cosas se adapta a la perfección a todo tipo de tendencias y corrientes, porque el arte de la opresión también se cultiva de modo paulatino. Ya no azotamos a nuestros lacayos en las caballerizas, pero damos a la esclavitud formas más refinadas; al menos sabemos cómo justificarla en cada caso aislado. En fin, que las ideas son muy buenas, pero si en nuestros días, a finales del siglo XIX, se pudiera descargar también sobre las espaldas de los trabajadores nuestras funciones fisiológicas más desagradables, pues lo haríamos, y luego, claro está, justificaríamos el hecho diciendo que si los mejores hombres, los pensadores y grandes científicos, gastaran su precioso tiempo en realizar esas funciones, el progreso podría verse amenazado por un serio peligro.

 

Fijaos en este genial fragmento. Además de tener riquezas, al rico todo le sale gratis.

 

Por alguna razón, el ingeniero recibía vinos y cigarros del extranjero sin pagar aduanas; el caviar y el lomo de esturión se los mandaba alguien sin cobrarle, no pagaba por el piso, ya que el dueño de la casa abastecía de petróleo el ferrocarril, y en general él su hija me producían la impresión de que todo lo mejor del mundo estaba a su disposición y de que todo eso lo recibían completamente gratis.

 

Casi me atrevo a decir que es la novela más pesimista y desesperanzadora que he leído jamás, una buena excusa para que muchos lectores no se acerquen a ella, o todo lo contrario. Es una novela sobre la condición humana, sobre la verdad y la opinión.

 

Cerca del final de la novela clama Misaíl:

 

¡En toda la ciudad no hay ni una sola persona honrada!

 

Y sin embargo, y fuera de toda expectativa, aunque no se puede hablar ni mucho menos de un final feliz, hay que decir que dejamos a Misaíl Poloznev establecido como un contratista respetado. Aquel hombre que daba tumbos a la deriva alcanza al fin la estabilidad, encuentra su lugar en el mundo. Eso sí, alrededor del héroe todo sigue igual.