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domingo, 30 de marzo de 2025

El marino que perdió la gracia del mar (1963), Yukio Mishima

 


Mishima cumple con las condiciones que yo suelo pedir a una novela, entretenimiento y profundidad. Mishima nos ofrece una novela corta, contundente e intensa. Alguien diría que abunda en las descripciones, pero siempre sirven al contexto, al ambiente misterioso, a la trama psicológica. Las digresiones son justas, concisas, exactas, y sirven a la intención de crear un clima asfixiante, que conduce hacia un final apabullante.

Una vez concluida la novela, uno puede reunir las piezas e imaginar por qué Mishima no llevó a cabo un relato más lineal. Es como si el autor hubiera construido la historia con anterioridad, y no satisfecho la hubiera roto en pedazos para volver a unir estos de diferente manera. Así, comienza la novela presentándonos al mismo tiempo a los tres personajes que llenan toda la trama. Aunque nos pueda parecer que el marino, Ryuji, es el protagonista principal, la declaración de intenciones del autor es clara, es un triángulo.

Al tiempo que se narra la vida en el mar de Ryuji, su agrio carácter, también se nos describe a la bella Fusako, viuda, y su hijo, Noburu. Es una historia de amor, un encuentro de dos almas que se necesitan. En medio Fusako, un joven adolescente que trata de asimilar al marino que se interpone en la relación con su madre.

Luego aparece la exclusiva moral, o mejor diríase falta de moral, de Mishima. Si ya hemos leído algo más del autor, sabremos algo de su extraordinaria biografía. A mí me parece fundamental conocer unas pinceladas sobre el autor y la época que le tocó vivir, pues somos parte de nuestro entorno. En este caso más si cabe. Basta con acudir a la Wikipedia. 


No tengo mucho más que decir, cuesta menos leerla. Una novela corta, una buena piedra de toque para introducirse en el autor y en la cultura japonesa, de la mano de un autor que despreció la cultura occidental al mismo tiempo que se formaba en ella. Estamos ante una fábula sin moral, de clima opresivo y pesado, como la humedad del mar. Una novela que no deja a nadie indiferente.

Ya es la segunda novela que leo del autor, y no dudaré en leer todas las que caigan en mis manos.

 

lunes, 23 de enero de 2023

Curso de literatura europea (1980?), Nabokov

 

No sé cuándo ni cómo fue publicado este libro, pues en realidad no es otra cosa que una recopilación, o reconstrucción, de los apuntes de que se servía el maestro como apoyo en sus clases de la Universidad donde se ganaba la vida antes de llegar al estrellato. Casi que mejor no saberlo porque seguro que entra el dinero en escena.

Haciendo a un lado el mito (hercúlea tarea entre personas civilizadas), me atrevo a decir que el Nabokov profesor tuvo que ser un hombre tan apasionado como difícil. Me pongo en la piel de unos muchachos de más o menos 20 años, a los cuales seguro les gustaba leer, por lo menos a unos cuantos. Tampoco pongo en duda que Nabokov fuera capaz de contagiar su entusiasmo. Sin embargo, y visto el tipo de análisis que hace Nabokov de las novelas que escoge, entiendo que debió de ser muy complicado seguirle la pista. Yo no lo he conseguido, y eso que analiza algunas novelas que ya he leído, algunas de ellas más de una vez.

El prefacio escogido es relevante.

 

Mi curso es, entre otras cosas, una especie de investigación detectivesca en torno al misterio de las estructuras literarias.

 

Luego comienza el curso con un breve ensayo titulado “Buenos lectores y buenos escritores”, que comienza tal que así:

 

«Cómo ser un buen lector», o «Amabilidad para con los autores».

 

Y casi a continuación:

 

Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos.

 

Y sigue así, línea tras línea, soltando perlas en un ensayo que mi edición de bruguera completa en 10 páginas. Poco texto pero denso. No se lee, de degusta.

 

… el buen lector es aquel que tiene imaginación, memoria, un diccionario y cierto sentido artístico…

 

… los libros no se deben leer: se deben releer. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un «relector». Y os diré por qué. Cuando leemos un libro por primera vez, la operación de mover laboriosamente los ojos de izquierda a derecha, línea tras línea, página tras página, actividad que supone un complicado trabajo físico con el libro, el proceso mismo de averiguar en el espacio y en el tiempo de qué trata, todo esto se interpone entre nosotros y la apreciación artística. Cuando miramos un cuadro, no movemos los ojos de manera especial; ni siquiera cuando, como en el caso del libro, el cuadro contiene ciertos elementos de profundidad y desarrollo. El factor tiempo no interviene realmente en un primer contacto con el cuadro. Al leer un libro, en cambio, necesitamos tiempo para familiarizarnos con él. No poseemos ningún órgano físico (como los ojos respecto a la pintura) que abarque el conjunto entero y pueda apreciar luego los detalles. Pero en una segunda, o tercera, o cuarta lectura, nos comportamos con respecto al libro, en cierto modo, de la misma manera que ante un cuadro. Sin embargo, no debemos confundir el ojo físico, esa prodigiosa obra maestra de la evolución, con la mente, consecución más prodigiosa aún….

 

Me ha recordado al insuperable análisis de la lectura de C. S. Lewis, que también compara el arte de la lectura con las otras artes.

Continúa:

 

La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza.

 

Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro, y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor.

 

El grueso del curso está dedicado a 7 novelas: Mansfield Park, de Jane Austen; Casa desolada, de Charles Dickens; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson; Por el camino de Swan, de Marcel Proust; La metamorfosis, de Franz Kafka; Ulises, de James Joyce.

No he leído tres de estas novelas, a lo cual no tardaré en poner remedio.

Se trata de un análisis poco ortodoxo de los clásicos, aunque pudiera parecer aquí pecaminoso mencionar la palabra ortodoxia.

Por último, finaliza el curso otro pequeño ensayo, igual de imprescindible que el introductorio, El arte de la literatura y el sentido común, que no es otra cosa que un alegato contra el sentido común en literatura.

Todos esos lectores que disponen hoy de tanto tiempo como para atreverse a escribir sus propias novelas, harían bien en detenerse, regodearse, degustar con calma, placentero paréntesis, las teorías que Nabokov nos brinda sobre la lectura y la escritura.

 

De modo que ahora está preparado para escribirla. Se encuentra completamente equipado. Tiene la estilográfica llena, la casa está tranquila, el tabaco y las cerillas a un lado, la noche es joven… y nosotros le dejamos en su grata ocupación, salimos furtivamente, cerramos la puerta, y al marcharnos, echamos de la casa al monstruo ceñudo del sentido común que subía pesadamente a gimotear que el libro no es para el público en general, que el libro nunca nunca se… Y entonces, antes de que ese falso sentido común profiera la palabra v-e-n-d-e-r-á, tendremos que pegarle un tiro.

 

 

 

miércoles, 22 de julio de 2020

Ehrengard, (1952), Isak Dinesen


     Difícilmente me hubiera visto tentado por la autora de Memorias de África de no ser por una escueta mención que le dedica Salinger en El guardián entre el centeno. Nada más que era la lectura que tenía el protagonista entre manos, y la mención venía a ser “no está mal”. Así pasa.
     Tampoco es que el relato en sí me haya entusiasmado, pero tengo que reconocer que esconde una enorme calidad, además de guardar párrafos para el recuerdo. Empieza ni más ni menos que así:

     Hace ciento veinte años ―empezó―, mi historia se contó sola, empleando en ello más tiempo del que ni vosotros ni yo podemos concederle, y con multitud de detalles y pormenores que nosotros no podemos abrigar la esperanza de conocer jamás. Los hombres y mujeres que entonces la forjaron gradualmente, y para quienes fue un asunto de vida o muerte, hace muchos que todos han desaparecido. Puede que ahora, y ante el trono del Cordero, se crucen de vez en cuando una sonrisa y un comentario: «¡Oh, sí! ¿Y te acuerdas…?» Los caminos y sendas porque discurrió están cubiertos de hierba, o ya no se ven.

     Al parecer se publicó después de la muerte de la autora, de forma póstuma. Queda claro que la baronesa Blixen era una consumada cuentista. Ella veía clara la diferencia entre cuento y novela:

     «Uno puede contar Alí Babá y los cuarenta ladrones, pero no podría contar Anna Karenina».

     Ella pensaba que los nativos todavía tenían oído para los cuentos. Les contaba todo tipo de disparates: 

     «Había una vez un hombre que tenía un elefante de dos cabezas… y al instante estaban deseosos de saber más. ¿Oh? Sí, pero, Mem-Sahib, ¿cómo lo encontró? ¿y cómo se las arreglaba para darle de comer?, o lo que fuese. Les encantaba semejante invención».

     No creáis que el cuento que presento es tan fantasioso. Ni mucho menos. Ambiente europeo de alta alcurnia, casamientos, embarazos y alguna que otra sorpresa. Los personajes se van sucediendo y alternando en su protagonismo de manera magistral. Quizás parece superficial, pero a su vera discurren los hombres adornados de sus virtudes y defectos más frecuentes, más presente la hipocresía de lo que en un principio parece. Estilo y estructura impolutas, complejos, lo mismo usa del narrador omnisciente que del relato epistolar. Hará las delicias de aquellos que se entusiasman por las formas.
     Como curiosidad, aunque estuvo cerca de conseguirlo, no recibió el premio nobel, y cuando Hemingway lo ganó declaró que otros, como Blixen, merecían el premio más que él. Quizás falsa modestia, pero, palabra de cuentista.
     De no ser por la contribución del cine, es muy probable que no hubiera conocido para nada la vida de esta asombrosa mujer.

lunes, 18 de junio de 2018

Ciberíada (1967), de Stanislaw Lem



Trurl y Clapaucio son dos robots capacitados para construir casi cualquier artilugio que quepa en vuestra imaginación. Ciertamente que su condición robótica es tan humana que se podrían leer los cuentos confundiendo perfectamente a los protagonistas con personas de carne y hueso.
Digamos que nuestros dos protagonistas son famosos por todo el espacio, o que progresivamente alcanzan dicha fama gracias a sus construcciones. Lo mismo manipulan las estrellas que diseñan pequeños artilugios, pero su poder es evidentemente inmenso. Viajan por planetas fantásticos prestando ayuda a quien la necesita o simplemente cobrando elevadas sumas por sus servicios.
Lem nos pinta un futuro extravagante, con reinos que regresan a la edad media aunque posean una tecnología muy superior. El hombre en sí no ha cambiado un ápice en cuanto a sus aspiraciones o decepciones, en cuanto a sus defectos y virtudes.
La obra se divide en expediciones. La expedición primera o Receta de Garganciano sirve para que dos planetas belicosos terminen unidos en la mayor fraternidad.
La expedición segunda o El electrobardo de Trurl relata la construcción de un enorme electrobardo poeta. El proyecto es tan absurdo como alegórico, y le sirve a Lem para sacar a relucir su aguzada sátira.
La expedición tercera o Los dragones de la probabilidad.
La expedición cuarta o Cómo Trurl se sirvió de un mujerotrón para liberar al príncipe Pantárctico de las torturas del amor, y cómo luego tuvo que usarse un lanzaniños.
La expedición quinta o Las travesuras del Rey Balerión.
Y sigue así la procesión de extravagantes expediciones, parodias de los cuentos de hadas, de la futilidad de la ambición, de las dificultades que encuentran las comunidades humanas para fijar un objetivo cuerdo en su dinámica evolutiva.
No hay sociedad ideal. La filosofía y la ciencia se entremezclan con el humor más desconcertante.

Como aquí estoy para opinar, tengo que decir que podéis prescindir perfectamente de estos relatos. Lem se divierte, juega con sus robots y fabula a su antojo, pero en ningún momento ha captado mi atención. Nada que ver, ni por asomo, con las dos grandes obras que he leído, hasta el momento, de Lem, las geniales Solaris o El hospital de la transfiguración.

martes, 13 de marzo de 2018

Del asesinato considerado como una de las bellas artes (1827-1854), de Thomas de Quincey.




Dos artículos periodísticos, escritos en 1827 y 1829, y un post scriptum de 1854 componen este magnífico clásico. Hay quien habla de ensayo pero yo no veo más que una sátira, y la forma se me hace novelesca, sin explorar más allá.
El primer artículo se presenta como una conferencia sobre el tema leído ante la Sociedad de Conocedores del Asesinato; el segundo, como las actas de una cena conmemorativa del club; el Post scriptum es el relato de tres crímenes. Los dos artículos iniciales son magníficos, una pieza ya clásica del humor inglés, de la sátira más universal. El último capítulo, en comparación, rudimentario.
Más de una vez me rondó la imaginación (y me consta que no he sido el único) la semejanza entre la obsesión por las novelas de Caballerías que lleva a la locura a Don Quijote y la extremada prodigalidad con la que hoy se escribe novela negra. Pues bien, ya en la primera mitad del siglo XIX el maestro De Quincey abordó la materia, supongo que atraído por el morbo y la riada de artículos que provocaba en el ámbito periodístico. Por ende, si algún valiente pretende alguna vez escribir a la manera de Cervantes, dispone ya de un buen punto de partida con esta pequeña joya de la sátira, que como toda buena obra de arte admite diversas y flexibles interpretaciones.

Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse.

Insisto. Hay dos partes bien diferenciadas. A mí me ha entusiasmado la primera, quizás por su acercamiento al ensayo, que viene a ser el propio ensalzamiento del asesinato como obra de arte. En cambio la segunda parte, escrita como veinticinco años después, es interesante por la flexibilidad y multiplicidad de significados pero no es otra cosa que una crónica o descripción de los famosos asesinatos de Williams y M’Kean. No alcanzo a saber si están o no basados en hechos reales, pero para el caso como si lo fueran.

He encontrado multitud de párrafos memorables. No, no es una obra cualquiera. Se puede leer como pasatiempo y al mismo tiempo nos daremos cuenta de que admite otras lecturas. Os aseguro que en mi caso se convierte en uno de esos clásicos inolvidables que hay que volver a leer.
Cualquier párrafo sirve para mostrar la magnífica prosa de De Quincey y su hábil manejo del sarcasmo, porque desde luego que si hablo de ironía me quedo corto.

Antes de comenzar, permítanme dirigir una o dos palabras a ciertos hipócritas que pretenden hablar de nuestra sociedad como si su orientación tuviese algo de inmoral. ¡Inmoral! ¡Júpiter nos asista, caballeros! ¿Qué pretende esta gente? Estoy y estaré siempre en favor de la moralidad, la virtud y todas esas cosas; afirmo y afirmaré siempre (cualesquiera sean las consecuencias) que el asesinato es una manera incorrecta de comportarse, y hasta muy incorrecta; más aún, no tengo empacho en afirmar que toda persona que se dedique al asesinato razona equivocadamente y debe seguir los principios muy inexactos de modo que, lejos de protegerlo y ayudarlo señalándole el lugar en que se esconde su víctima, lo cual es el deber de toda persona bien intencionada…

De Quincey sortea ágilmente el prejuicio, a través de una velada crítica a la sociedad de su tiempo, que vale igualmente para la de hoy:

En este mundo todo tiene dos lados. El asesinato, por ejemplo, puede tomarse por su lado moral (como suele hacerse en el púlpito y en el Old Bailey) y, lo confieso, ése es su lado malo, o bien cabe tratarlo estéticamente ―como dicen los alemanes―, o sea en relación con el buen gusto.

Para “demostrar” sus palabras, su teoría del asesinato como un arte, parte de las reflexiones de eminentes personajes, Aristóteles o Coleridge, pero también hace un repaso de la historia desde Caín hasta los tiempos modernos. ¿Acaso no se puede comparar la reacción humana ante un asesinato con la que nos arrebata ante la magnificencia de un incendio?, ¡o una ulcera!

…el señor Howship, en su libro sobre la Indigestión, no tiene escrúpulos en hablar con admiración de cierta úlcera que había visto y que califica de “una hermosa úlcera”.

…son, en verdad, imperfecciones, pero como su esencia es ser imperfectos, la grandeza misma de su imperfección se vuelve una perfección.

A través del estudio del crimen en su recorrido histórico, De Quincey consigue un mayor alcance e imprevisibles ramificaciones:

Que la Sociedad de Caballeros Aficionados lo tengan presente; me permito señalar a su atención, de manera especial, la última frase, de tanto peso, que intentaré traducir así: «Ahora bien, si sólo por hallarse presente en un asesinato se adquiere la calidad de cómplice, si basta ser espectador para compartir la culpa de quien perpetra el crimen, resulta innegable que, en los crímenes del anfiteatro, la mano que descarga el golpe mortal no está más empapada de sangre que la de quien contempla el espectáculo, ni tampoco está exento de la sangre quien permite que se derrame, y quien aplaude al asesino y para él solicita premios, participa en el asesinato».

Casi 200 años después no estaría de más que leyeran este pequeño compendio satírico acerca del asesinato los miles (o cientos de miles) de escritores (que no me detengo a enumerar los lectores por dudas acerca de los ceros a utilizar) que buscan el éxito a través de la novela más negra y cerril. Tanto abecedario de la muerte, tanta trilogía y tanta novela prescindible, no valen ni todas juntas lo que esta joya inmortal de De Quincey que parece que se anticipa dos siglos a tanta decadencia.
Valgan, a modo de ejemplo y colofón, unas pocas reglas para el asesinato de buen gusto:

En cuanto a la persona, supongo que debe ser un buen hombre, pues de otro modo él mismo podría estar pensando en la posibilidad de cometer un asesinato;…
También es claro que la elección no debe caer en un personaje público…
Tercero. El sujeto elegido debe gozar de buena salud; es absolutamente bárbaro asesinar a una persona enferma, que por lo general no está en condiciones de soportarlo.
Un amigo de aficiones filosóficas, muy conocido por su bondad y filantropía, sugiere que el sujeto elegido debe también tener hijos pequeños que dependan enteramente de su trabajo, para ahondar así el patetismo. Sin duda tal precaución sería juiciosa, pero no es una condición en la que yo insistiría demasiado. No niego que el gusto más estricto la requiera, más a pesar de ello, si el hombre es inobjetable en cuanto a moral y buena salud, no impondría con tan exquisito rigor una limitación que puede tener por consecuencia reducir el campo de acción del artista.
Esto por lo que se refiere a la persona. En cuanto al momento, al lugar y los instrumentos, tendría mucho que añadir pero no dispongo de tiempo suficiente. El sentido común del ejecutante suele orientarlo hacia la noche y la discreción. Sin embargo, no faltan ejemplos en que se ha violado esta norma con resultados muy felices.

Una de sus máximas parece haber sido que la mejor persona que puede asesinarse es un amigo y a falta de un amigo ―artículo del que no siempre se dispone― un conocido: de esta manera el sujeto no sentirá ninguna sospecha al llegar el momento, mientras que un desconocido puede alarmarse y leer en la cara de su asesino electo un aviso que lo ponga en guardia. En esta oportunidad su futura víctima unía las dos condiciones: había sido su amigo y luego, no sin buenas razones, se volvió enemigo suyo. O lo que es aún más probable, como dijeron otros, todo sentimiento había languidecido de modo que la relación ya no era de amistad ni de enemistad.