
Estos
cinco relatos me sirven para ilustrar mi disgusto cada vez que oigo hablar del
“pánico al papel en blanco” que acosa a los escritores de hoy en día. Supongo
que yo también puedo llamarme escritor porque he escrito, más o menos afortunadamente,
varias novelas y relatos. Tampoco creo que para ser considerado escritor sea
necesario escribir mucho; al igual que ocurre con la lectura, leer mucho no es
sinónimo de leer bien. El caso que de alguna manera hay que llamar a las cosas,
pero el denominado “pánico al papel en blanco” no es sino el intento de escribir
cuando no se tiene nada que decir. Supongo que esto les podía pasar a
escritores como Baroja o Galdós, que necesitaban publicar a cada poco para
poder dedicarse en exclusiva al oficio. No es fácil explicarse en unos pocos
renglones, pero no me cabe duda de que cuando uno siente de verdad la llamada
de la escritura, se pone a ello con todo y se deja llevar. No, no es obligatorio
ponerse a escribir. Si utilizo el caso de Gógol como ejemplo es porque me
parece ver en sus relatos una necesidad de expresar (lo que él considera) lo
más abyecto de la sociedad que le rodea, y prácticamente no encuentra
impedimentos en su camino. Se le nota pleno de confianza y agarra a su paso
todo lo que encuentra sin pararse en mientes, rompiendo, sin pretenderlo, los
límites de la narrativa que conoce, hasta alcanzar las más altas cotas de
genialidad. Nikolái Gógol, sin él pretenderlo, insisto, nos muestra los caminos
infinitos de la narrativa. Solamente necesitas, escritor, un tema que te
obsesione, y dejarlo fluir.
Apuntes
de un loco es el ejemplo perfecto. Se trata de una de las narraciones más
conocidas del maestro. Un modesto funcionario se enamora de la hija de su
director. No sabemos si se vuelve loco porque sí o por sus ansias de casarse
con ella y así obtener una buena posición. Su locura se intensifica, síntomas
de manía persecutoria, escucha hablar a los perros y termina en un manicomio
creyéndose el mismísimo Rey de España. ¿Cuál es la temática? ¿Podemos suponer
que nuestro protagonista es un loco porque no acepta la realidad, la sociedad
tal cual es, cerrada e inmovilista, jerárquica? ¿o es todo una excusa para
retratar a la sociedad?
¿Qué
importa que sea gentilhombre de cámara? Eso no es más que una dignidad. No se
trata de una cosa visible que se pueda palpar con las manos. Por muy
gentilhombre de cámara que sea, no le va a salir otro ojo en la frente. Ni
tampoco tiene la nariz de oro, sino que es como la mía y la de cualquiera. Le
sirve para oler y no para comer; para estornudar y no para toser. Varias veces
he tratado de averiguar de dónde provienen todas esas diferencias. ¿Por qué y a
son de qué he de ser yo consejero titular? ¿No podría ocurrir que yo fuera un
conde o un general y sólo aparentara ser consejero titular? ¿Y si no supiera ni
yo mismo lo que soy? Ejemplos de esos los hay a montones en la historia: un
hombre corriente ―no ya un noble, sino simplemente un burgués o
incluso un campesino― vive tan campante, y de pronto se descubre que es un
dignatario y, a veces, hasta un monarca. Y si en ocasiones ocurre que un mujik
se convierte en un personaje, ¿a qué no podrá llegar un hidalgo?

Me
gustaría hacerme general. Y no sólo para obtener su mano y demás, no. Quisiera
ser general sólo para ver cómo me hacían la rosca con todas sus reverencias y
sus equívocos de la corte y decirles luego que les escupo en la jeta a los dos.
¡Valiente
cosa! ¿Se va a considerar un personaje porque le ha puesto cadena de oro al
reloj y se encarga botas a la medida de treinta rublos el par? Y yo, ¡qué
demonios! ¿Soy acaso hijo de un plebeyo, de un sastre o un suboficial
cualquiera? Yo pertenezco a la nobleza. También yo puedo alcanzar un alto
rango. Tengo cuarenta y dos años, justo la edad en que empieza verdaderamente
la carrera de un hombre. Espera, amigo, que también yo llegaré a coronel, y es
posible que incluso más alto, con la ayuda de Dios. Y tendré una posición quizá
superior a la tuya.
Sátira,
humor, compasión, maestría en los detalles al mismo tiempo que definición de lo
general, Nikolái Gógol maneja como quiere al lector. No sólo la literatura rusa
queda bajo “El capote” de Gógol. Desde Kafka o Melville al realismo mágico de
Latinoamérica se puede rastrear su impronta.