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sábado, 2 de agosto de 2025

La Europa del siglo XVIII (1990), Jeremy Black.

 


Probablemente leo más historia que novela, pero no me considero ningún experto a la hora de analizar o valorar la calidad de las obras; me limito a dar algunos apuntes o valoraciones personales.

No es necesario explayarse mucho sobre el desprecio que la sociedad muestra por todo lo relativo a la disciplina de la historia. Dicho desprecio se extiende a las clases dominantes, salvo cuando necesitan usarla en su propio beneficio, para asentar su poder.

No obstante, nuestros chavales estudian someramente la historia hasta el Bachillerato. Se trata de una asignatura obligatoria, en general poco apreciada, mal considerada como de empollar. Gran parte de la culpa es del currículo, pero no vamos a entrar en semejante berenjenal. Lo único que aquí me importa es aludir a la imagen que les queda a esos pocos, los estudiantes de bachillerato, que han estudiado algo de historia, una imagen reducida, por no decir esquemática y ridícula, de lo que significa la historia a partir de la síntesis de un más o menos logrado libro de texto. Y digo esto porque me ha tocado unas cuantas veces escuchar cómo se reduce la historia del fascismo, el imperialismo o el capitalismo a unos pocos puntos, características, causas y consecuencias, y poco más.

Y aquí, tras largo rodeo, llegamos al presente libro de Jeremy Black, uno de los historiadores más prolíficos de la historia, con más de 180 libros en su haber. No es un libro fácil de leer. Tampoco es que me haya parecido una maravilla. Supongo que hubiera disfrutado más de un libro que narrara los acontecimientos políticos más relevantes del siglo XVIII, la guerra de Sucesión Española, la guerra de los siete años la desintegración de Polonia o el auge de Inglaterra, Prusia o Rusia, y sin embargo me he encontrado con un libro un tanto árido que ofrece un estudio temático con la siguiente división: demografía, economía, comercio, sociedad, creencias religiosas, ilustración, arte y cultura, ciencia, relaciones internacionales, el ejército y el arte de la guerra, el gobierno y la administración y, por último, ideología, política y reforma.

Lógicamente, resulta imposible resumir en un volumen, ni en veinte, la historia del continente europeo durante un siglo completo. La sensación que te queda después de la lectura es de lo inaprensible que resulta la historia global de un continente como Europa, tan compartimentado, tan diferente no solo en cuanto a países sino incluso también en cuanto a regiones menores. Son más las diferencias que las semejanzas de lo que ocurre en Portugal al mismo tiempo que en Rusia, Noruega o el Piamonte. De ahí que, si uno espera, terminar con cuatro ideas claras, mejor que no agarre este manual, que tiene la intención contraria, dar una imagen de la gran variedad de situaciones que se viven en el contexto europeo.

Cierto que el siglo XVIII es complejo, prolegómeno de la Revolución Industrial y burguesa, pero nos queda la sensación de que dicha complejidad puede aplicarse a cualquier siglo.

Un libro que se deshace en detalles de ciudades de cualquier parte de Europa, que nos lleva de una remota región de Rusia a Transilvania, Escocia, Suecia o Polonia, llevando a cabo una diversificada descripción de la Europa del Antiguo Régimen en vísperas de un nuevo orden. 


En definitiva, un trabajo arduo, arriesgado y peculiar, que ofrece un sinfín de detalles sobre diferentes regiones europeas. Más que aclarar conceptos, nos incita a ampliar nuestro estudio. Nada recomendable si lo que buscas es sencillas conclusiones.

sábado, 6 de enero de 2024

El lago español (1979), O. H. K. Spate

 

Cayó en mis manos este peculiar trabajo, una reedición de 2004. Y digo peculiar porque se trata de un enfoque diferente, ni español ni europeo, sino que procede de la zona Asia-Pacífico, precisamente una de las regiones del planeta que presenta un mayor dinamismo.

Una pena que los españoles apenas recordemos nuestra historia, tan llena de gestas y hazañas, una de las cuales es la apertura de un Pacífico que ni siquiera aparecía en los mapas, una hazaña que sólo supera la primera diáspora humana que colonizó aquellas remotas islas con todavía menos medios.

Hoy se muestra una gran preocupación porque no haya muertos en la exploración espacial. Se considera una tragedia si una nave estalla llevando 4 o 5 tripulantes a bordo. Es cuestión de marketing, estrategia económica, prime time. Sin embargo, aquestos viajes, tuvieron un cariz diferente. Salían tripulaciones para explorar tierras ignotas compuestas de cien o doscientos hombres que daban por hecho que sus probabilidades de supervivencia no llegaban al 50 por ciento; les movía el nada despreciable afán por la fama y los dineros.

Comienza Spate explicando someramente cómo era el mundo sin el Pacífico, antes de Magallanes. Para los que somos simples aficionados en esto de la historia, nos viene bien un repaso primero de las gestas portuguesas, y después de esos viajes tan relevantes y tan poco conocidos que se dieron entre el primer viaje de Colón y el de Magallanes. Se trata del descubrimiento de Tierra Firme y de los denominados Mares del Sur. Balboa antes de comenzar con Magallanes y las Molucas de las especias. Someramente también nos cuenta las conquistas de los imperios Azteca e Inca, con un enfoque tendente a explicar la progresiva apertura del océano Pacífico. De Loaysa a Urdaneta, sin pasar por alto el trascendental descubrimiento del tornaviaje. Al tiempo que se nos explica el dominio de aquellas tierras por portugueses y españoles, conocemos los imperios asiáticos, China y Japón. Se establece una delgada pero poderosa línea entre Sevilla y oriente, una línea trazada y mantenida por la plata americana. En medio de la ruta Nueva España y Perú crecen, participan y adquieren personalidad propia. Y finalmente llegan los primeros problemas para mantener la línea, los ataques corsarios de ingleses, franceses y holandeses.

Dado el especial enfoque de este libro, se le dan especial importancia también a otros viajes increíbles realizados por España buscando la denominada Terra Australis, tierras ignotas que figuraban en los mapas a partir del siglo XV, en el lugar que ocupa la Antártida pero de mayor extensión. En este contexto Álvaro de Mendaña llevó a cabo dos expediciones por el Pacífico sur en los que descubrió las islas Salomón y las Marquesas, acercándose a Australia. También se tienen en cuenta las hazañas de Sarmiento. Había afán de colonización, de cruzada, y de búsqueda de oro. Obvio que los relatos de estos viajes alcanzan cierto parecido a un viaje a los infiernos. Hoy en día a estos viajes se les da más importancia en Asia que en España, por tratarse de los primeros pasos europeos en la zona. Cada uno de ellos es digno de tratamiento aparte.

Y poco más que decir, me dejo muchos nombres en el tintero. No debería tener que agradecer la postura neutral del historiador, pero así es. No en vano la historia es tan importante que los poderes la deforman a su antojo e interés. A menudo el historiador engloba a España dentro de un término más amplio, Europa, y el término europeo se usa para referirse a portugueses o españoles, y eso es bueno.

 

jueves, 9 de noviembre de 2023

De Pavía a Rocroi. Los tercios españoles, (1999) Julio Albi de la Cuesta.

 


Es probable que en unos meses se inaugure en Madrid una estatua conmemorativa de los Tercios, los cuerpos de combate más importantes de toda la historia de España. La foto que figura abajo es una simulación. Resulta triste que apenas haya monumentos referidos a la gloriosa historia de España. No soy ni mucho menos nacionalista ni pretendo cantar las glorias de mi país, pero es esto algo que se da en cualquier otro país de nuestro entorno, desde Suecia a Portugal. Recorres cualquier pueblecito de Francia y ves por doquier monumentos a los caídos durante la Primera Guerra Mundial, mientras que en Inglaterra hay infinidad de estatuas a héroes como Nelson o Wellington. En cambio en España cuesta encontrar personas que conozcan el significado del Gran Capitán, y me atrevo a decir que una mínima parte de los españoles saben del Duque de Alba, mucho menos de Blas de Lezo o Bernardo de Gálvez. Nuestra historia es magnífica, y sirva esta reseña como granito de arena; diríase mejor para poner una pica en Flandes.

Cuando me llegan muchachos jóvenes a la librería buscando historia bélica, yo les recomiendo libros como éste. No es necesario acudir a combatir la inveterada baja autoestima de los españoles, pues ya de por sí los tercios ofrecen suficiente atractivo. Resulta increíble que una tropa que consiguió tantas victorias y tanta reputación durante dos siglos, ahora esté prácticamente olvidada incluso en su propio país.

Los tercios dominaron el escenario bélico europeo durante los siglos XVI y XVII. Ya no se discute que después de Rocroi los Tercios siguieron siendo durante décadas una temible fuerza de combate. Desde la baja edad media la guerra experimentó una significativa evolución que sitúa a la infantería como dueña y señora del campo de batalla. Las picas, los arcabuces y los mosquetes, despejan del cambo de batalla a los arqueros y la caballería, y en dicha evolución los tercios españoles tienen el protagonismo más absoluto.

 

Has de saber, hermana, que está en opiniones, entre los que siguen la guerra, cuál es mejor, la caballería o la infantería, y hase averiguado que la infantería española lleva la gala a todas las naciones.

Miguel de Cervantes.

 

En lo que a mí respecta, venía escuchando podcast variados sobre el tema, pero necesitaba tener un libro entre mis manos.

Me salgo un poco del tema de los clásicos literarios, como ya viene siendo habitual últimamente; se trata de dar rienda suelta a mis más que variados intereses. El tema bélico siempre me ha atraído. No debería necesitar decir, aunque resulta inevitable, que la guerra en sí me resulta despreciable. La historia bélica es tratada desde la antigüedad, por Tucídides de forma magistral por poner un ejemplo, y siempre deben entenderse los conflictos bélicos en su contexto político, económico y social. Viene al caso la famosa frase de Karl Von Clausewitz:

 

«La guerra es la continuación de la política por otros medios»

 

Se trataba el español prácticamente del único ejército permanente de Europa, y fue el primero en incorporar las innovaciones de las armas de fuego; de hecho lo hizo con verdadero entusiasmo. Al igual que otros ejércitos, dependía también de mercenarios, pero los Tercios eran el núcleo duro del ejército, y su carácter era único. Durante su existencia los Tercios apenas tuvieron oposición. Sus derrotas se magnifican por su escaso número, pero como luego le sucedió a Francia, o Alemania, la lucha en multitud de frentes, la ambición de sus objetivos, terminan por agotar a un Estado español incapaz de financiar una política que estaba por encima de sus posibilidades.

 

Obediencia difícilmente compatible con orgullos casi enfermizos y con valores ciegos, y por tanto doblemente necesaria. Por ejemplo, el tercio ha debido de ser una de las pocas unidades en las que se temía la desorganización que los soldados introducían al forcejar por los puestos de primera línea en combate, o en las que se castigaba a un hombre mandándole a retaguardia en día de batalla. O donde con el fin de estimular a los hombres para que se armasen bien, se les recordaba que las primeras hileras estaban reservadas a los mejor equipados. O donde se condenaran expresamente los ataques sin órdenes, por ser tan frecuentes y se intentaba evitar que se desafiase a los enemigos a singular combate con la inapelable sentencia de que hacerlo es cosa de “bisoño”.

Obediencia que únicamente se podía romper cuando el oficial daba instrucciones de abandonar un punto que todavía podía defenderse.

Obediencia, en fin, orientada a evitar el exceso de coraje, disciplinándolo y obteniendo de él el máximo rendimiento que incluía, como algo evidente en sí mismo, la lucha hasta el último hombre, aunque solo cuando fuese preciso, pero siempre que lo fuere.

Junto a ella, una aplastante confianza en la propia superioridad, frente a cualquier enemigo y en cualquier circunstancia, forjada en un palmarés único de victorias, y un quebradizo sentido del honor de una fuerza que, hombre por hombre, no admitía superiores. Incluso había soldados que desdeñaban servir a las órdenes de un oficial por no considerarle lo bastante hidalgo. Ciertamente, era una tropa espléndida, pero casi imposible de mandar.

 

Podrían apuntarse mil anécdotas o fragmentos. Este libro no es un acercamiento a los tercios, sino que se trata de un completo manual. Se puede dejar de lado algún capítulo que no nos interese, hacer hincapié en otros, llevar a cabo una lectura de lo más amena e interesante.

 

España mi natura, Italia mi ventura, Flandes mi sepultura.

 

Los griegos tuvieron sus falanges, Roma sus legiones, y España sus tercios. Siempre mal pagados, siempre blasfemando bajo los coletos atravesados por una cruz roja…

 

En sus filas formaban desde grandes de España a Lazarillos de Tormes, desde capitanes surcados de cicatrices a mochileros adolescentes componiendo un vasto patio de Monipodio presidido por un fanático sentido del honor, que les permitiría sufrir todo, menos que les hablaran alto.


martes, 24 de octubre de 2023

Los comuneros (1989), Joseph Pérez

 

Me ha parecido que este trabajo está dotado de un enorme potencial didáctico, y de ahí esta burda reseña. Quizás no sea más que una impresión personal. Además de tratarse de una exposición no demasiado extensa, está muy bien estructurada y dispone de un capítulo final que dice: “significado histórico de las comunidades”. En este capítulo se relata el uso práctico que se le ha dado al movimiento comunero a lo largo de la historia, pues no podemos pasar por alto que los diferentes relatos que se hacen de los mismos acontecimientos son debidos al uso que de ellos hacen los hombres en beneficio propio. Vienen muy al caso los dos conflictos calientes que tenemos a un lado, Ucrania y Palestina, y cómo los medios de comunicación tratan de manera tan diferente el uno y el otro. A veces, como es el caso que nos ocupa, pasan cinco siglos hasta que disponemos de una visión global y coherente de un conflicto. Algunos, que hablan y hablan de política sin haber leído jamás un libro de historia, deberían hacérselo mirar.

Durante los siglos XVI y XVII todos los cronistas condenan la revuelta contra el Rey legítimo como algo inadmisible, un levantamiento, un accidente lamentable de la plebe contra el orden social establecido. El término comunero pasa a ser utilizado como sinónimo de rebeldía o sedición popular, en cierto modo con sentido despectivo o peyorativo. A decir de Quevedo fue Lucifer el primer comunero. Don Quijote llama la atención de Sancho Panza para que abandone su costumbre de soltar refranes cuando sea gobernador de la isla Barataria porque «Te han de quitar el gobierno tus vasallos o ha de haber entre ellos comunidades».

Sin embargo, desde finales del siglo XVIII, sorprendentemente, el movimiento comunero es rehabilitado. Los hasta ahora desacreditados y olvidados, son ahora convertidos en mártires de la libertad, en símbolos de la lucha contra el despotismo. Las comunidades son rehabilitadas y pasan de ser un acontecimiento de poco calado, una simple revuelta popular, a un momento clave de la historia de España. Ahora se denuncia a Carlos V y sus ministros flamencos, mientras que Padilla, Bravo y Maldonado son los héroes de la libertad ¿Cómo lo veis? Las Comunidades son entendidas como una reacción popular contra el absolutismo y el gobierno de los extranjeros.

Obviamente tanto la antigua como la nueva interpretación son políticas, como lo son la interpretación de los conflictos actuales, por supuesto.

El siguiente paso en la historiografía del asunto lo dejo en palabras de Joseph Pérez:

 

“La revisión no la hacen los historiadores sino, una vez más, los escritores comprometidos”.

 

Ideas nuevas vienen del revisionismo propio de la denominada Generación del 98, pero habrá que esperar hasta la segunda mitad del siglo XX para encontrarnos con la revisión más seria, la de Maravall, que sitúa el movimiento comunero en el marco de los movimientos revolucionarios de la Europa moderna. A grandes rasgos, se trata de una revolución política que trata de aupar a las clases medias, a una todavía incipiente burguesía, y que busca la organización de un gobierno representativo a la manera de una monarquía parlamentaria. No se puede pasar por alto que la motivación económica que guiaba a los comuneros pretendía remediar las desventajas que tenía Castilla como productora de materias primas, de lana. Promocionar las manufacturas propias llevó a la división del propio movimiento con la defección de los acaudalados especuladores de Burgos, que se situaron a la vera del Rey para conservar sus privilegios.

Quizás sea éste el germen de la sempiterna crisis española. El fracaso de la burguesía, que todavía era demasiado débil para imponerse, comprometió sus posibilidades de crecimiento a medio y largo plazo. La burguesía castellana fue la que pagó los gastos de la guerra. La nación independiente y moderna que gestaron los Reyes Católicos adquirió un nuevo cariz con la llegada de Carlos V.

Merecerá la pena esta simple reseña si sirve a alguien de acicate para la lectura de nuestra historia, que seguro que sí.

 

martes, 10 de enero de 2023

La gran aventura de los cowboys (1970), H. J. Stammel

 

No se puede entender el carácter americano sin conocer el encuentro que se dio entre una nación joven y el Far West, que disponía de una naturaleza totalmente intacta, diríase incluso prehistórica. Al decir del autor, esos hombres, los cowboys, tuvieron que adaptarse a las condiciones de un auténtico desierto, y en el proceso, durante el retorno a la vida salvaje, de alguna manera sufrieron el olvido de las tradiciones culturales europeas.

No se trata de una tesis, sino de un simple relato de acontecimientos históricos, se trata de desmitificar la figura del cowboy que nos han dejado las películas del oeste.

Aunque está articulado en una serie de capítulos, yo me he encontrado cómodo entre cierto desorden, en el continuo ir y venir de nombres de personas, herramientas, ríos, ciudades… Hay un sinfín de fragmentos de novelas, cartas, testimonios de personas francamente fabulosos, una oportunidad que me viene que ni pintiparada para esa expresión tan socorrida, la realidad supera a la ficción.

El cowboy era un ser extrañamente civilizado, tan diferente del indio de las praderas como del yanqui del este. De costumbres sencillas, mostraba una total falta de respeto por el rango y la riqueza, y se negaba a realizar cualquier trabajo que no se pudiera cumplir montado a caballo. Fijaos en esta inscripción sobre la tapa de un ataúd:

 Aquí yace

Jim

Pequeño diablo descarado

Nacido en 1886, en Madison County, Texas,

Muerto el 16 de julio de 1892.

Tenía el cuerpo de caballo,

el corazón de un caballero y el afecto

del que le ha elevado este monumento.

 

La fama de violento del cowboy y su manera de resolver los conflictos ocupa muchas páginas repletas de nombres propios, pero en realidad fenómenos como el de Billy el niño no fueron sino excepciones, de tal manera que encontramos por doquier fragmentos como este, que lo desmitifican:

 

«Sólo ante la idea del caos que los cowboys podían provocar en la ciudad, a los responsables se les ponía el cabello de punta. Se había previsto triplicar los efectivos de la policía, adscribirles tiradores de primera, construir una gran prisión, etc. Pero todo esto ya se había hecho en las otras ciudades. Un ranchero de Texas me dijo entonces que bastaba con dejar en paz a aquellos jóvenes del Sur, que eran muy diferentes de nosotros, pero muy pacíficos, amables y únicamente deseosos de gastar su dinero para divertirse. Entonces se hizo la prueba. Y fíjense lo que ha pasado: los cowboys son seguramente las personas más ruidosas de la ciudad; pero también las más manejables. Una palabra amistosa y eso basta para que hagan de buen grado lo que se les pide. Son tan educados, tan corteses con nuestras mujeres, que no se siente un poco envidioso, hasta avergonzado. No hay que equivocarse, estos jinetes se parecen a caballos salvajes; pero están llenos de ingenuidad, de frescor y de bonachonería, son especialmente tan honrados, tan fieles a su palabra, que es magnífico tener negocios con ellos.»

 

En esta historia también hay un pedacito de España, y de Nueva España, pues fueron españoles los pioneros, incluso los que desembarcaron en América las vacas y toros que coprotagonizan esta historia. Se habla del exterminio de los bisontes y de su sustitución por decenas de millones de cabezas de ganado vacuno, de la posterior competencia con el ganado lanar, de los grandes treks, del crecimiento de las ciudades ganaderas como Dodge City, Gomorra de las fronteras, de los duelos de pistoleros, de los famosos scheriff, de la guerra de los cercados y los ranchos. La historia de los cowboys, los conductores de ganado, sirve de excusa para conocer los inicios de la expansión americana, de la convivencia con mexicanos e indios y del exterminio de estos últimos, en fin, de uno de esos episodios francamente interesantes de la historia de la humanidad que conocemos tergiversados por la influencia de Hollywood.

Esta reseña no es otra cosa que un recuerdo, incentivación para su lectura, porque yo sé de buena tinta que a muchos lectores la historia no les va, cuando hoy proliferan los libros de divulgación, que son verdaderamente apasionantes.

El libro roza en ocasiones el mito.

 

Lo que sólo ayer parecía imposible, se había vuelto trivial. Paralelamente a las primeras travesías de los rebaños, modernos argonautas lanzados a los océanos herbosos, crearon, al este y al oeste de Texas y de Nuevo México, dominios inmensos sobre los cuales reinaban hombres que representaban un nuevo tipo específicamente americano, el de los reyes del ganado, cuyas hazañas eran contadas por sus súbditos alrededor de los fuegos de campamento.

 

Fijaos, si no, en esta protesta de Nube Roja, el indio orgulloso que se ganó el afecto de los americanos.

 

«He nacido y he vivido en el país donde el sol se levanta, y ahora vengo del país donde el sol se pone. ¿Cuál fue la primera voz que sonó en este país? La del hombre rojo que no tenía más que un arco y flechas. El Gran Padre dice que es bueno para nosotros. Yo no lo creo. Yo soy bueno para su pueblo blanco. Mi rostro es rojo, el vuestro es blanco. El Gran Espíritu nos ha hecho leer y escribir a vosotros, pero no a mí. Yo no he aprendido. Cuando nosotros poseíamos antes este país, éramos fuertes; ahora nos fundimos como la nieve en la ladera de una montaña, mientras que vosotros habéis crecido como la hierba de la primavera… Cuando el hombre blanco viene a mí país, deja atrás de él un reguero de sangre. Di al Gran Padre que quite el fuerte Fetterman y nosotros no sufriremos más miserias…»

 

Las implicaciones de la conquista del oeste son tantas que nos ayudan a entender el american way of life, incluso la propia democracia, la marca de la edad contemporánea:

 

«La democracia americana no ha surgido del sueño de un teórico, ni ha sido importada por la Sarah Constant en Virginia, ni por el Mayflower en Plymouth. Ha nacido en las selvas vírgenes del país, renovando sus fuerzas cada vez que había franqueado las viejas barreras y encontraba otras nuevas. No fueron las leyes constitucionales escritas, sino las tierras libres y una superabundancia de recursos naturales, accesibles a todos, lo que permitió, en menos de tres siglos, el florecimiento sin trabas de una humanidad libre, la formación de ese tipo de sociedad democrática que posee hoy América.»

 

Es digno de estudio el carácter de los primeros millonarios que crea la ganadería, la denominada aristocracia de las praderas. En definitiva, son europeos pero liberados de sus costumbres ancestrales.

 

Estos reyes del ganado eran una extraña mezcla de aventureros y de hombres de negocios. Se diferenciaban casi totalmente, de los caballeros de industria cuya caída, en aquella época, era casi tan rápida como su ascensión: su capacidad de economistas, la duración de sus éxitos y la importancia de su personalidad justificaba la comparación con los señores feudales más que las mansiones magníficamente ostentosas y una suntuosa hospitalidad. Sin embargo, encarnaba un género de aristócrata típicamente americano. Ni el menor ceremonial en su vida de sociedad; trabajaban en las mismas condiciones que sus cowboys y se divertían de la misma manera.

 

Sin duda, un libro fabuloso que nos servirá para contrarrestar la influencia del western en nuestra imagen de la conquista del Far West.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Historia de la Guerra del Peloponeso (1997), Tucídides

 


No hace mucho escuché una frase que más o menos venía a decir: “no es que la historia se repita, ¡es que rima!”. Cierto que cada guerra tiene sus peculiaridades, pero mucho mayores son sus semejanzas. Cierto también que se necesita un tiempo para apreciar el conflicto en toda su perspectiva; es muy pronto todavía para analizar la guerra de Ucrania en su conjunto. Y, sin embargo, es perfectamente visible la ignorancia del ciudadano de a pie (ese al cual la historia le importa un pimiento), las implicaciones económicas, la presión de los intereses, la forma en que actúa la propaganda en pro de uno u otro bando, la manipulación del casus belli, en fin, los modos humanos de hacer la guerra.

Viene al pelo para concluir esta pequeña introducción esa otra frase que últimamente he oído en varias ocasiones, y también sin saber cuál es la fuente: “la primera víctima de toda guerra es la verdad”. Sobran los comentarios.

Y no sucede con las ciencias humanas como con las otras ciencias, esas que evolucionan, que progresan, pasito a paso, a través de hipótesis, teorías y paradigmas. Las ciencias humanas no conocen el progreso, de tal manera que leemos los análisis de Tucídides y nos servimos de ellos para analizar nuestra propia realidad. Bien sabido es que muchos hombres ilustres tuvieron, y tienen, la presente obra en su mesita de noche.

Hay quien sitúa el núcleo de la obra de Tucídides en su libro V, en el diálogo de Melos. Se trata de un asunto aparentemente sin importancia, la incorporación de Melos a la órbita imperial ateniense. Se enfrentan siempre la corriente liberal y la autocrática, pero en realidad define la filosofía de Tucídides y, en definitiva, el móvil básico que mueve a la naturaleza humana, el poder, la fuerza. Maquiavelo, Hobbes o Nietzsche beberán de la misma fuente.

Otros, simplemente, destacan pasajes de la historia por su belleza, como por ejemplo la retirada de los atenienses de la ciudad de Siracusa, del que dicen ser uno de los pasajes más hermosos que jamás se hayan escrito por su intensidad y patetismo. Nada hay que supere a la realidad. Yo, particularmente, no he disfrutado nunca leyendo novelas de aventuras como lo he hecho leyendo la historia de la humanidad.

Qué más decir que mil veces no se haya dicho ya. Entresaco del texto estas frases, si es que alguien todavía necesita ser incitado a la lectura, o relectura, de esta obra maestra. Habla Tucídides, testigo y participante de esta guerra:

 

Así fueron, pues, según mi investigación, los tiempos antiguos, materia complicada por la dificultad de dar crédito a todos los indicios tal se presentan, pues los hombres reciben unos de otros las tradiciones del pasado sin comprobarlas, aunque se trate de las de su propio país…

…Hay muchos otros hechos, incluso contemporáneos y no olvidados por el tiempo, sobre los cuales los demás griegos tienen ideas inexactas, como la creencia de que los reyes de los lacedemonios dan, cada uno, no un solo voto sino dos, y la de que tienen una compañía de Pitana, la cual no ha existido jamás. ¡Tan poco importa a la mayoría la búsqueda de la verdad y cuanto más se inclinan por lo primero que encuentran!

 

Y esta guerra de ahora, aunque los hombres siempre suelen creer que aquella en la que se encuentran ellos combatiendo es la mayor y, una vez acabada, admiran más las antiguas, esta guerra, sin embargo, demostrará a quien la estudie atendiendo exclusivamente a los hechos que ha sido más importante que las precedentes.

 

La investigación ha sido laboriosa porque los testigos no han dado las mismas versiones de los mismos hechos, sino según las simpatías por unos o por otros o según la memoria de cada uno. Tal vez la falta del elemento mítico en la narración de estos hechos restará encanto a mi obra ante un auditorio, pero si cuantos quieren tener un conocimiento exacto de los hechos del pasado y de los que en el futuro serán iguales o semejantes, de acuerdo con las leyes de la naturaleza humana, si éstos la consideran útil, será suficiente. En resumen, mi obra ha sido compuesta como una adquisición para siempre más que como una pieza de concurso para escuchar un momento.