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lunes, 9 de octubre de 2017

Camino de perfección (1902), de Pío Baroja




Fernando Ossorio es un personaje atormentado. Busca un remedio a lo que puede ser algún tipo de neurosis que le impide dormir, llevar a cabo las tareas ordinarias, disfrutar del día a día. La novedosa, en su día, técnica barojiana se nos revela en todo su esplendor para describirnos a Ossorio a través de diálogos, encuentros con otros personajes.



Un día que encontró a un antiguo condiscípulo suyo, le explicó lo que tenía y le preguntó después:

¿Qué haría yo?

―Sal de Madrid.

―¿Adónde?

―A cualquier parte. Por los caminos, a pie, por donde tengas que sufrir incomodidades, molestias, dolores…

Fernando pensó durante dos o tres días en el consejo de su amigo, y viendo que la intranquilidad y el dolor crecían por momentos, se decidió. Pidió dinero a su administrador, cosió unos cuantos billetes en el forro de su americana, se vistió con su peor traje, compró un revólver y una boina, y una noche, sin despedirse de nadie, salió de casa con intención de marcharse de Madrid.



Lo fundamental, la filosofía de los personajes, el sentido de la vida e incluso sus actitudes políticas, todo se nos presenta en forma de diálogos. A mi modo de ver, la filosofía de Baroja se entrevé en la indefinición, en la relatividad:



―¿Y qué ideal es ese tuyo tan grande?

―¡Qué sé yo! Se habla siempre con énfasis y exagera uno sin querer. No me creas; yo no tengo ideal ninguno, ¿sabes? Lo que sí creo es que el arte, eso que nosotros llamamos así con cierta veneración, no es conjunto de reglas, ni nada; sino que es la vida: el espíritu de las cosas reflejado en el espíritu del hombre. Lo demás, eso de la técnica y el estudio, todo es m…



Hay quien ve en esta novela una sátira del mismo título de Santa Teresa, del siglo XVI. Lo dejo para los académicos. Lo que sí observo es un viaje espiritual, algo comparable a lo que hoy significa el Camino de Santiago. De hecho la novela está subtitulada como “Pasión Mística”, y cierto que hay un progreso a lo largo de la novela, un progreso con múltiples y bruscos altibajos.

En todo momento Baroja busca un sentido poético, a veces logrado, otras veces no tanto, pero desde luego que a través de un estilo muy personal:



¡Qué hermoso poema el del cadáver del obispo en aquel campo tranquilo! Estaría allá abajo con su mitra y sus ornamentos y su báculo, arrullado por el murmullo de la fuente. Primero, cuando lo enterraran, empezaría a pudrirse poco a poco: hoy se le nublaría un ojo, y empezarían a nadar los gusanos por los jugos vítreos; luego el cerebro se le iría reblandeciendo, los humores correrían de una parte del cuerpo a otra y los gases harían reventar en llagas la piel: y en aquellas carnes podridas y deshechas correrían las larvas alegremente…

Un día comenzaría a filtrarse la lluvia y a llevar con ella substancia orgánica, y al pasar por la tierra aquella substancia se limpiaría, se purificaría, nacerían junto a la tumba hierbas verdes, frescas y el pus de las úlceras brillaría en las blancas corolas de las flores.

 

En todo momento Baroja, a su manera, ensalza la vida del campo enfrentándola a la de la ciudad:



La gente tornaba de pasear, de divertirse, de creer, por lo menos que se había divertido, pasando la tarde aprisionado en un traje de domingo, bailando al compás de las notas chillonas de un organillo.

En los tranvías, hombres, mujeres y chicos, sudorosos, llenos de polvo, luchaban a empujones a brazo partido, para entrar y ocupar el interior o las plataformas de los coches, y cuando éstos se ponían en movimiento, rebosantes de carne, se perdían de vista pronto en la gasa de calor y de polvo que llenaba el aire.



Las temáticas son múltiples, tantas como las reflexiones de los personajes. Hay alusiones antirreligiosas, otras, en cambio, místicas, espirituales. El paisaje duro, de extremos, de la meseta castellana sirve de marco perfecto para mostrar la brutalidad del pueblo castellano:



Él no había podido sustraerse a las ideas tradicionales de un pueblo tan hipócrita como bestial. Había conseguido a la muchacha en un momento de abandono; no se paró a pensar si en ella estaría su dicha; se contentó con oír las felicitaciones de sus amigos y con esconderse al saber que el padre de la Ascensión le andaba buscando.



La mejor prosa barojiana sirve para definir al pueblo español de la época. Se trata de sortear prejuicios ahondando en las causas de la decadencia moral hispana, buscando posibles caminos contra la indolencia. Sierra de Madrid, Segovia, Toledo y finalmente el contrapunto en Alicante. Fernando Ossorio critica duramente a los habitantes de la meseta castellana al tiempo que se analiza a sí mismo con la misma franqueza; el protagonista no trabaja, vive de las rentas y otras herencias. Es en este autoanálisis donde se acerca Baroja a su mejor versión de El árbol de la ciencia, por lo cual me atrevo a recomendar esta novela para conocer a uno de los mejores entre los nuestros.

martes, 11 de febrero de 2014

El árbol de la ciencia - Pío Baroja

            Leí por primera vez a Baroja a raíz de una de esas lecturas obligatorias del Bachillerato. Tampoco es casualidad que sea una de las preferidas durante los exámenes de Selectividad, pues probablemente define bien a esa maldita Generación del 98 que presuntamente pretendía la regeneración de España.
            No voy a gastar ni una sola línea contándoos el argumento de la novela. Tampoco creo que sea de interés. El árbol de la ciencia refleja la lucha de un hombre, Andrés Hurtado, por salir adelante en una sociedad que le repugna. De no ser porque la novela comienza cuando el protagonista roza la mayoría de edad, tal vez podríamos hablar de un bildungsroman, que viene a ser el término alemán para definir a la novela de iniciación o desarrollo de un personaje desde la niñez a la edad adulta.
            La primera vez que leí la novela lo hice en un arrebato, de un tirón, y luego he recurrido a ella en variadas circunstancias, como por ejemplo en el último Taller de Lectura que impartí. Viene al caso la experiencia porque la novela pasó sin pena ni gloria, y por lo tanto presupongo que más aprendí yo con ella que los demás miembros del Taller. Que para mi el estilo de Baroja sea sencillo y ágil no quiere decir que le suceda igual al resto de los mortales, sino más bien todo lo contrario, pues así sucedió que Baroja se les hizo árido y complicado. Cierto es que entra en intrincados paradigmas filosóficos, pero cierto también que se puede leer la novela obviándolos por completo. Y cierto también que es importante la cuestión de si nos identificamos o no con el protagonista, con su angustia vital, con la melancolía y el hastío que transmite a partir de cada uno de sus actos.
            Poco más que decir que no encontréis en wikipedia o en cualquier manual al uso de literatura. Solamente decir que os podéis fijar en la estructura de los capítulos, en la prosa sencilla sin mácula, en el desprecio de las digresiones. No me digáis por qué, pero ya he perdido la cuenta de las veces que he releído la novela. Constituye para mi un ejemplo que trato de emular en mi escritura, prosa visceral que da en el clavo, una de las obras maestras de la literatura española que, para mi pensar, aún está de actualidad.
Probablemente hay libros de Baroja de más acción y aventura, más dinámicos, y sin embargo ninguno de ellos ha logrado entretenerme como este.

Solamente me queda recomendaros la compra de este libro (no lo he encontrado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes), porque es uno de esos imprescindibles que debemos conservar en casa, un libro para releer, pero que además servirá a nuestros hijos. De la misma manera que tenemos El Quijote o La Regenta, entre ellos debería estar El árbol de la ciencia, con más razón porque es entretenido y fácil de leer.

He escogido un pequeño fragmento que, a mi modo de ver y dada la situación por la que atraviesa España, viene al caso:
La acción de la cultura europea en España era realmente restringida, y localizada a
cuestiones técnicas, los periódicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia
general era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella y al
contrario, por una especie de mala fe internacional. Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes hombres que producían la envidia de otros países: Castelar, Cánovas, Echegaray... España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente de optimismo absurdo. Todo lo español era lo mejor.