Después
de Homero, el más antiguo de los poetas helénicos. Podríamos decir que Homero
es el poeta de la guerra y Hesíodo el de la paz, pero mejor no entrar en
valoraciones insustanciales porque todos nos decantamos por la grandiosidad de La
Odisea y La Ilíada que, aún hoy en día, podemos leerlas con fruición. Preciso
apuntar aquí que en la antigüedad se admiraba tanto al uno como al otro.
Tampoco
voy a entrar en estudios más hondos, que para eso está la introducción de
Aurelio Pérez Jiménez correspondiente a la magnífica colección de clásicos
griegos y latinos de bajo coste que publicó Planeta DeAgostini.
En
este tipo de trabajos me suele suceder que disfruto más con las extensas
introducciones críticas que con los textos propiamente dichos. Cierto que
conozco los entresijos de la historia y no me pierdo en este terreno para otros
movedizo.
La
Teogonía viene a ser una genealogía de los dioses griegos, mitología
propiamente dicha. Zeus personifica la justicia, desde el caos inicial hasta
que su poderoso brazo viene a poner orden en el mundo venciendo a los Titanes
en la denominada Titanomaquia. La mayoría de ellos terminan encerrados en el
Tártaro, la región más profunda del inframundo. Se trata de una historia que
todos hemos oído alguna que otra vez y aquí está el relato original.

…pues
nada mejor le depara la suerte al hombre que la buena esposa y, por el
contrario, nada más terrible que la mala, siempre pegada a la mesa y que, por
muy fuerte que sea su marido, le va requemando sin antorcha y le entrega a una
vejez prematura.
Es
más dudosa la atribución de Escudo a Hesíodo. Como el resto de su obra, obtuvo
una enorme repercusión en la cultura grecolatina, y con eso nos basta para
zambullirnos en sus páginas y saciar nuestra curiosidad. Zeus, Anfitrión,
Ificles, Heracles o Ares son los protagonistas de una historia difícil de
atrapar de no ser por las notas al pie. La descripción del escudo se lleva el
protagonismo del relato:
Tomó
con sus manos el resplandeciente escudo. Nadie lo consiguió rasgar, haciendo
blanco en él, ni lo abolló, maravilla verlo. Todo él, en círculo, por el yeso,
el blanco marfil y el ámbar, era reluciente…
Allí
había doce cabezas de terribles serpientes, indecibles, que infundían terror a
las tribus de hombres que habitan sobre la tierra…
Allí
había manadas de jabalíes y de leones que se miraban fijamente, furiosos y
dispuestos al ataque…
Allí
estaba el combate de los lanceros Lapitas en torno a su rey Ceneo, a Driante, a
Pirítoo, a Hopleo…
Si
no somos capaces de disfrutar de las figuras literarias al estilo de Electriona,
la de bellos tobillos, Anfitrión incitador de ejércitos, Ares insaciable de
guerra, Atenea de ojos glaucos o Zeus el portador de la égida, mejor a otra
cosa, porque a veces tenemos que enfrentar a los clásicos grecolatinos con
lentitud y como pasatiempo.