
Una y otra vez podemos insistir en la incertidumbre que nos provoca el
término “clásico” cada vez que hablamos de literatura. También podemos llegar a
un acuerdo tácito mediante el cual todos estemos de acuerdo en que es un
término subjetivo. Al final prácticamente todos coincidimos en la mayoría de
esos tan
amados “clásicos”.
Pero, si saco a colación la definición de clásico es porque ahora me
encuentro con uno de esos que podríamos calificar de “dudosos”. En este caso la
duda reside fundamentalmente en su modernidad. Difícilmente sabremos que una
novela alcanza la categoría de clásico si no ha pasado el tiempo suficiente
como para valorar su supervivencia. En el caso que nos ocupa, El talento de Mr.
Ripley data de 1955 y goza de espléndida salud entre los lectores modernos.

Para mi Patricia Highsmith significaba una de tantas entre los escritores
de best-sellers contemporáneos, y llegué a su lectura de casualidad, por
diversas recomendaciones de escritores que considero serios, como es el caso de
Graham Green, que dijo de ella: “Uno no cesa de releerla. Ha creado un mundo
original, cerrado, irracional, opresivo, donde no penetramos sino con un
sentimiento personal de peligro y casi a nuestro pesar, pues tenemos enfrente
un placer mezclado con escalofrío”. Ciertamente que me he dado de bruces con
una tremenda sorpresa. No es una novela corta precisamente, y sin embargo su
lectura no me ha llevado más de 4 días. La intriga se gana al lector desde el
primer instante. La profundidad psicológica de los personajes crece sin pausa,
hasta la última página. El personaje protagonista, Mr. Ripley, es tan complejo
que incluso cuando la novela termina aún está por ver su desarrollo posterior,
aún nos queda la incógnita de cómo evolucionará su personalidad. De hecho he
descubierto que hay 4 novelas más que continúan abordando a Mr. Ripley. En
cuanto a los personajes secundarios, el desarrollo es moderado pero bien
interesante.
Sin embargo, y huyendo de la norma y el academicismo, me gusta valorar el
empaque de una novela por la calidad de su prosa, término también completamente
subjetivo y que permite a cada cual llegar a sus propias conclusiones.
Valga aquí como comparación otra novela, Cumbres Borrascosas. No me
pareció esta novela británica un dechado de perfección técnica, y sin embargo transmite
tanto y con tanta pasión que no dudo ni tan siquiera un instante de ponerle la
etiqueta de clásico. Algo así, supongo, me ocurre con Patricia Highsmith.
No tengo ningún reparo en defender el uso de la prosa que hace Patricia
Highsmith en El talento de Mr. Ripley, aunque a decir verdad que necesitaría de
una lectura más a fondo de la novela, y a ser posible de otras obras de la
autora, para llegar a semejante conclusión, pero esto es un blog y me puedo
permitir y me permito afirmaciones a la ligera. La prosa es sencilla, sin
artificio alguno, atrevida y moderna en el uso de las técnicas de
introspección, que son las más utilizadas. No usa comillas ni nada semejante
para hacernos ver el pensamiento de Mr. Ripley, pero el lector no necesita en
absoluto de técnica alguna para hacerse una idea en todo momento de cuál es su estado
anímico. Igualmente sucede con el diálogo, que está presente en toda la novela
con una sencillez abrumadora, que no simpleza. Sospecho que los guionistas que
han adaptado las novelas de Highsmith para la gran pantalla no han tenido gran
problema en ello, si acaso a la hora de cortar aquí o allá para que no sucedan
tantas cosas como suceden en la novela.

Por último también destaca, a mi modo de ver, en la descripción de las
acciones. Hay una serie de momentos clave que marcan toda la trama, y que están
trazados de forma sencilla y ágil, con un correcto uso del adjetivo y el verbo,
sin excesos ni alambicamientos. También me ha gustado la descripción que hace
de los paisajes, concisa pero correcta. En ningún momento se hacen digresiones
que no sirvan al fin último y esencial, que no es otro que atrapar al lector en
la intriga. Sucede que Patricia Highsmith se esfuerza en atrapar al lector
entre sus redes, y que no se arriesga por nada del mundo a darle siquiera una
pequeña tregua.
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Patricia Highsmith, siempre en el centro de la polémica. |
En definitiva, y sin ir más allá de este somero análisis, considero que Patricia
Highsmith ha entrado de lleno entre mis favoritos. Me es de gran ayuda para
progresar en mi escritura, y en lo que resta de año volveré a ella para repasar
alguna de sus obras más afamadas, y así tendré la oportunidad de corregir o
afirmar mi decisión de incluirla entre los “clásicos”.
Un fragmento:
Clavó su mirada en los párpados de Dickie, sintiendo que en su interior hervía una mezcla de odio, afecto, impaciencia y frustración, impidiéndole respirar libremente. Sintió deseos de matar a Dickie. No era la primera vez que pensaba en ello. Antes, una o dos veces, lo había pensado impulsivamente, dejándose llevar por la ira o por algún chasco, pero luego, a los pocos instantes, el impulso desaparecía dejándole avergonzado. Pero ahora pensó en ello durante todo un minuto, dos minutos ya que, de todas formas, iba a alejarse de Dickie y no tenía por qué seguir avergonzándose. Había fracasado con Dickie, en todos los sentidos. Odiaba a Dickie, y le odiaba proque, como quiera que mirase lo sucedido, el fracaso no era culpa suya, ni se debía a ninguno de sus actos, sino a la inhumana terquedad de Dickie, a sus escandalosas groserías. A Dickie le había ofrecido amistad, compañía y respeto, todo lo que podía ofrecer, y Dickie se la había pagado con ingratitud primero, ahora con hostilidad. Dickie, sencillamente, le estaba echando a empujones. Tom se dijo que si le mataba durante aquel viaje, le bastaría con decir que había sido víctima de un accidente.