Llamadme
atrevido, pedante dirán algunos, pero me gusta hacer mi propia valoración acerca de esos libros que
aún no han adquirido la pátina que solo el tiempo otorga. Tampoco esperéis un
veredicto porque no lo encontraréis, pues opino como Ramón de Campoamor, que “En
este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color, del
cristal con que se mira”.
Se
trata de mi primer encuentro con Duras, que no el último, aunque he de decir
que sus temas esenciales no me han tocado de lleno. No es un pero, sino un pro
para aquel que sea tocado por la varita mágica de Duras. Tened en cuenta que si
lo reseño es porque no he querido dejarlo pasar…
Me
quedo con la ejecución de la trama, pues se estructura a partir de sensaciones,
sin necesitar del sostén de una línea argumental ordenada.
La
verdad que me sorprende que esta novela tenga tantos lectores, porque no se
trata de una lectura fácil para aquellos que gustan del best-seller, pero así
pasa…
Se
trata, en definitiva, de la descripción de una pasión amorosa peculiar, entre
una adolescente de quince años que pretende, con ello, ayudar a su familia, y
un rico comerciante chino de veintiséis. Valiente zozobra la de la protagonista
y escritora, en lucha consigo misma por culpa del prejuicio.
No estaba enferma de su
locura, la vivía como la salud.
Pero
hay más, mucho más entre líneas. La visión del choque cultural es
sencillamente genial, a la vez que escueta. Duras deja mucho espacio al lector, lo hace reflexionar, lo cual me agrada sobremanera.
Existe la diferencia
racial, no es blanco, debe superarla, por eso tiembla.
Eso ocurre porque es
chino, porque no es blanco.
Poco
más que decir, acercaos a Marguerite Duras y a su fascinante prosa. Es una
novelita corta que se lee de un tirón, aunque también apetece pararse a la
orilla del Mekong a paladear las sensaciones que destila.
El río fluye
sordamente, no hace ningún ruido, la sangre en el cuerpo.
Yo desde luego que me quedo con unas ganas tremendas de ver la película del siempre sorprendente Jean-Jacques Annaud.