martes, 17 de marzo de 2026

Mansfield Park (siglo XIX), Jane Austen.

 


Activo o no, este blog viene recibiendo desde su creación entre 50 y 100 visitas al día. Desde hace un tiempo, ni tan siquiera un año, dicho número de visitas se ha venido aumentando entre un 200 ó 300 por ciento, y subiendo. Todo hace indicar que la culpa es de la inteligencia artificial. Desde las estadísticas surgen extraños, como la procedencia, por países, de dichas visitas.

Como bien os podéis imaginar, si algún interés habéis puesto en mis reseñas, hay veces que poco o nada tienen que ver con la literatura, y sin embargo sí, y mucho, con el espíritu, con la personalidad, con mi forma de entender el mundo y el hombre. Se observa, cómo no, un aprendizaje, una evolución.

La verdad sea dicha que me intereso más por el ensayo que por la literatura, pues sufro del afán por aprender, y cuando leo literatura busco en ella al hombre y su talante más que un ligero pasatiempo (me hallo en las antípodas de la pretenciosidad, no hay una cosa mejor que la otra, puro relativismo). Por ello a menudo critico a los mismos dioses, que en este yermo páramo no son otros que los clásicos de la literatura. El lector común cree que a los dioses no se les puede poner tacha, y digo yo que no se le puede hacer mejor homenaje a un maestro que el leerlo con intensidad. Entiéndalo cada cual como quiera. Los escritores gustamos de los buenos lectores, que escondidos andarán si es que usan de la razón.

El caso que no me arredro a la hora de sacar punta a los clásicos, como es el caso de la presente novela; en este caso ni le saco punta, solamente vierto una impresión negativa. Hace tiempo que leí con entusiasmo Emma, de la maestra Austen, y ahora he chocado con Mansfield Park, una novela que varias veces estuve a punto de abandonar pero que terminé con pundonor para dejar huella de su lectura en este apartado blog. Nada que ver una novela con la otra, o esas son las sensaciones que he sacado de una primera lectura; segunda lectura os aseguro que no habrá.

La protagonista, Fanny Price, es acogida como un favor por sus parientes ricos, que ocupan la mansión de Mansfield Park. Ni qué decir que Fanny es el resultado de ir añadiendo todos los atributos de lo que puede ser considerado como el bien, o sea, un personaje por completo alejado de la realidad.

Otros personajes son tratados con mejor fortuna, pero en líneas generales me ha parecido una novela previsible y prescindible, y no considero necesario hacer más análisis porque otros lo harán mejor que yo. Se ambienta en los años de las guerras napoleónicas pero apenas se mencionan estas, aunque esto sucede en toda la novelística de Austen y ello no le impide escribir grandes novelas. Tampoco se menciona la Revolución industrial, que está transformando el mundo, ni el esclavismo, que, a tenor de la crítica, está en el origen de la riqueza de la familia que habita las páginas de la novela.

En definitiva, creo que mi trayectoria por Jane Austen está siendo un tanto errática, de manera que he pasado de una buena novela a otra irregular (por no decir mala). Y esto me ayuda a enlazar con la introducción y el motivo de mi reseña, la inteligencia artificial.

¿Qué es la inteligencia artificial? Debe ser una gran pregunta porque las respuestas son variopintas. Viene a ser el manejo de algoritmos y de grandes bases de datos para realizar tareas que se asemejan a la inteligencia humana; de ahí a aprender por sí misma y adquirir capacidad crítica, es un paso que por el momento dudo que lo tengan muchos humanos, incapaces siquiera de discernir la verdad de la mentira de aquello que les transmite la aviesa televisión.

Así que, cuando le preguntas a la inteligencia artificial por Mansfield Park, que lo he hecho, te habla de sus pros y sus contras de forma muy sencilla y esquematizada, resumiendo lo que ya ha dictado, de forma acertada o no, la crítica literaria. Ya te sirve lector, más que esta reseña vacía. Pero yo no pierdo el hilo, y me sigo preguntando por las visitas que recibe el blog de parte de la inteligencia artificial, que, a mi humilde manera de ver, tiene poco de inteligente.

Supongo también que el algoritmo hará limpieza y se quedará con los mejores números, o sea con las páginas más visitadas, más prestigiosas, más fuertes en definitiva, que no más fiables. Se desechará lo particular o “raro”, como este blog, y la opinión más generalizada se llevará el gato al agua, que no tiene por qué constituir el equivalente a la razón.

Así que, no me hagáis mucho caso, probablemente me equivoque en todo, porque según la inteligencia artificial:

 Mansfield Park (1814) es una de las novelas más complejas y menos “ligeras” de Jane Austen. A diferencia de obras más populares como Orgullo y prejuicio, aquí el tono es más serio y moral, con una protagonista introspectiva y una crítica social más sutil…

 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

El collar de la paloma (siglo XI), Ibn Hazm.

 

Dicen que esta es la obra que mejor trata sobre el amor en el amplio entorno de la civilización musulmana. Obvio que civilización europea y musulmana van de la mano en la edad media, y que autores como el Arcipreste de Hita han bebido de estas fuentes. ¿Cuál sería la influencia de la poesía árabe sobre la poesía trovadoresca?

Lo curioso en este caso, y sigo el valioso prólogo de Ortega y Gasset (necesariamente irónico), es que haya sido traducida a otras lenguas antes que al español, y que tenga tan poca consideración en nuestro país, que no se estudie en las escuelas, por ejemplo.

Permítanme el recurso a la autoridad de Ortega, para reforzar la poca mía:

 

Sin que yo pretenda estorbar que los demás hagan lo que les plazca, no estoy dispuesto, por mi parte, a correr la aventura de llamar en serio «español» a cualquiera que nace en territorio peninsular, aunque sea de sangre «indígena» y aunque haya vivido aquí toda su vida.

 

Yo entiendo que en el siglo XI no se podía considerar español a cualquiera que naciese, y cuya vida transcurriese, en la península. ¡España no existía! Había un estado andalusí, que por el tiempo en que Ibn Hazm escribía, se rompía en multitud de taifas, y había varios estados cristianos que vivían a su sombra. Cierto también que la sociedad árabe poco o nada tenía que ver con la cristiana, más o menos igual de poco que la visigoda con la hispano-romana en el siglo V. Sigue Ortega:

 

Pero esto no quita, como he dicho, que nuestra relación con los árabes de Al-Andalus, o «españoles», no implique para nosotros ciertos deberes respecto a su memoria; deberes que últimamente se fundan en la ventaja que nos proporciona cumplirlos, ya que con ello nutrimos nuestra propia sustancia, enriqueciendo y precisando nuestra españolía. Porque nuestra sociedad ha convivido durante siglos con esa sociedad andaluza, piel contra piel, en roce continuo de beso y lanzada, de toma y daca, de influjo y recepción.

 

Este libro se ocupa del amor, y el amor es cosa de hombres, por muchas diferencias culturales que pretendamos endosarle. El amor no es fácil de definir, pero qué hay más apreciable que la duda.

 

Te amo con un amor inalterable,

mientras tantos amores humanos no son más que espejismos.

Te consagro un amor puro y sin mácula:

en mis entrañas está visiblemente grabado y escrito tu cariño.

Si en mi espíritu hubiese otra cosa que tú,

la arrancaría y desgarraría con mis propias manos.

No quiero de ti otra cosa que amor;

fuera de él no te pido nada.

Si lo consigo, la Tierra entera y la Humanidad

serán para mí como motas de polvo, y los habitantes del país, insectos.

 

A continuación de este poema, os regalo la inapreciable cita que le sigue de Ortega.

 

El lector irresponsable, que es el más sólito, patina con los ojos por estas líneas, y cree que se ha enterado, porque no contienen abstrusos signos matemáticos. Pero el buen lector es el que tiene casi constantemente la impresión de que no se ha enterado bien. En efecto, no entendemos suficientemente estos versos porque no sabemos qué quiere decir el autor con la palabra «amor».

 

Ibn Hazm trata sobre el amor y todos sus accidentes de manera amplia y prodigiosa, desde las formas de enamorarse a las señales que nos da el ser amado, desde el cortejo a la culminación, sobre la separación o la ausencia, sobre la mirada, el secreto, el adulterio. Todo lo explica con una prosa precisa, y luego lo acompaña de versos, los más suyos.

Pero, aparte el amor, el maestro fue protagonista de una época histórica especialmente interesante en la España medieval, la desintegración del Califato de Córdoba. Seguir la vida de Ibn Hazm es una buena manera de hacernos una idea del período, el mejor complemento para cualquier manual de historia. Son abundantes las referencias autobiográficas; su padre fue visir de Almanzor.

El maestro fue poeta en la juventud, por encima de todo intelectual, rara avis que solamente nace en civilizaciones ricas, filósofo, teólogo, Quijote de su tiempo que pone en peligro su propia vida en defensa de sus convicciones. 

 

Todavía no me ha quedado claro el significado del sugerente título. Parece ser que existía la costumbre entre los poetas neoplatónicos de vincular a la paloma con el alma afirmando que la paloma es el alma caída y, según el Corán, el collar es la suerte que Dios anuda a cada persona.

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

La edad de hierro (1990), J. M. Coetzee.


 Coetzee es un escritor de tesis, de obsesiones personales, de los buenos. Te pueden gustar o no sus novelas, pero con que una de ellas te afecte es más que suficiente.

El apartheid es la excusa, el motivo con el que las editoriales llenan solapas y contraportadas. Y sí, aquí o allá aparece la violencia organizada, muertos con un tiro en la cabeza, niños portando armas, policías corruptos. Pero el verdadero motivo de la novela es más hondo, más humano, más personal. Una mujer enferma, que mira la muerte de frente, escribe una especie de carta de despedida para su hija en la que cuenta sus últimos días o reflexiones. Su hija vive en Estados Unidos, lejos de la barbarie que reina en Sudáfrica. La simple trama se desencadena cuando la mujer se entera de su enfermedad y a su regreso a casa se encuentra un vagabundo negro, borracho, refugiado en su cobertizo. Se desarrolla una relación entre ellos, ambigua, extraña, humana, que sirve bien para expresar la insignificancia de la vida. Se pueden hacer múltiples lecturas, entresacar reflexiones por doquier.

 Los alemanes tenían camaradería, y los japoneses, y los espartanos. Y las hordas zulúes de Shaka también, estoy segura. La camaradería no es más que una mística de la muerte, de matar y morir, disfrazada de eso que usted llama un vínculo (¿un vínculo de qué?, ¿de amor? Lo dudo). No siento simpatía por esa camaradería. Se equivocan, usted y Florence y todos los demás, al dejarse llevar por todo eso y, peor todavía, al promoverlo en los niños. No es más que otra de esas construcciones masculinas gélidas, excluyentes y orientadas a la muerte.

 Hay lectores que no se acercan a Coetzee porque piensan que es muy duro, deprimente dicen. A mí esos aspectos me resultan irrelevantes. Para deprimirse basta con enchufar la televisión pública o ver el telediario, y no lo digo por las desgracias que se refieren sino por la hipocresía, la ignorancia. Claro que leer a Coetzee equivale a emprender una lectura reflexiva. No es que Coetzee sea aburrido, de hecho se esfuerza en crear una trama entretenida. En todo caso no esperamos una lectura adictiva, pasar ágilmente de página en página hasta el sorprendente final. En esta novela no sentimos angustia por conocer el final, que ya sabemos va a ser la muerte.

Nuestra protagonista evita la soledad de la manera que mejor puede. Se prepara para el final. Personajes y pensamientos quedan relativizados por tal situación. No hay malos ni buenos, solo personas zarandeadas por el destino. De hecho, el personaje que acompaña a la protagonista hasta el final es un vulgar vagabundo alcoholizado.

 Resulta algo degradante la forma en que todo termina: no solamente nos degradamos nosotros, sino que también se degrada la idea que tenemos de nosotros mismos, de la humanidad. Gente tumbada en dormitorios a oscuras, en medio de su propia suciedad, impotentes. Gente tirada en los setos bajo la lluvia. Pero tú no entenderás esto. Vercueil sí.

No es la mejor novela de Coetzee, pero sí un buen ejemplo de su potente narrativa, de lo hondo de su mensaje. La extraña relación entre una mujer enferma de cáncer y un borracho que parece no aportar nada nos dice mucho acerca de la maestría de Coetzee. Pocas veces encontrarás un relato tan vivo sobre la soledad ante el final, sobre la indiferencia.

Niños de hierro, he pensado. Florence también es un poco de hierro. Es la edad de hierro. Después de la cual viene la edad de bronce. ¿Cuánto falta para que les llegue el turno de regresar a las edades más amables, la edad de arcilla y la edad de tierra?