martes, 17 de abril de 2018

La leyenda del santo bebedor (1939), de Joseph Roth




Relato, estructurado en capítulos tan cortitos que se lee de un tirón. Ni qué decir que contribuye a ello el elaborado, y a la vez conciso, estilo de Roth, que no sé qué demonios tiene porque, aunque no me enamora, me atrae a su vereda una y otra vez. Será ese aire de desgracia que atribula a sus personajes, ¡y los milagros! Joseph Roth juega con el lector a base de golpes de efecto dispuestos de forma concatenada para que no nos tiente en ningún momento la posibilidad de abandonarlo.
Nuestro protagonista es un vagabundo borracho que habita bajo los puentes de París. No sabemos gran cosa de él salvo eso, que bebe y vagabundea. Un golpe de suerte, en forma de dinero, vuelve a traer al santo bebedor a la realidad. Dicho milagro comienza a traerle al recuerdo la vida real, su nombre inclusive. El milagro tiene la misma duración que el dinero. Sin embargo al primer milagro sucede un segundo, y un tercero, y un cuarto, milagros en forma de dinero sobrevenido a nuestro santo bebedor, y digo santo porque es borracho pero honrado.
Los milagros le conducen irreversiblemente a un final, más o menos previsible, más o menos feliz; es lo de menos porque lo único que parece importar a Roth es la presentación de un hombre desarraigado golpeado por el destino, un hombre que no encuentra otro refugio a la desgracia, otro camino para olvidar, que la bebida.
Hay mezcla de realidad y ficción. Su mujer padeció esquizofrenia y fue internada en diversas instituciones mentales desde 1929, golpe del cual no pudo reponerse. Desde 1933 huye del régimen nazi vagabundeando por varios países europeos, escribiendo en mesas de café, malviviendo de los derechos de autor. A su mujer le serán aplicadas las leyes eugenésicas alemanas para la eliminación de los enfermos mentales y pierde a su familia en los campos de concentración. Esta es su última obra. Roth muere en 1939, víctima del delirium tremens.
A modo de epílogo, nos cuenta Hermann Kesten:

La leyenda del Santo Bebedor, que acababa de terminar; me la contó como suele hacerse entre escritores, hablando más de la técnica que del contenido, más de las referencias y de los artificios que de los «fragmentos más hermosos».

El objetivo final de este relato solamente Roth lo sabe. Desde luego que refleja la caída de un hombre en lo más hondo de la depravación alcohólica, pero ello no es óbice para el mantenimiento de la moral más excelsa, de la más extravagante honradez. El alcohol no aparece como enemigo sino como cálido refugio.


El prólogo de Carlos Barral (editorial Anagrama, Barcelona 1981) me ha sorprendido por su gran nivel; estemos o no de acuerdo con lo que dice, cuando menos se explica con arrojo y ataca de frente, y duro, contra los abstemios:

Los que no han bebido nunca no podrán saber jamás come è fatto il sapere, al decir de Leopardi, ni qué clase de animal de artificio somos los hombres desde aquel remoto viaje del dios Dionisos a las lejanísimas tierras del Indo. Hay abstemios de nación, pobre gente, que pasarán por este mundo, por larga y atenta que sea su vida, sin comprender que el vino es uno de los elementos principales que nos separa de la zoología y que ha dotado de noble extravagancia a unas tradiciones de conducta que, sin la intervención de Baco, serían aún más esclavas de la humillante tiranía de la lógica. Son, en general, gentes dignas de lástima, a menudo enfermas de alergia. He conocido quien enrojecía, ganado por un violento sarpullido, al contacto de unas gotas de champaña brotadas de un descorche. Son como la gente que enferma al sol y seguramente están mutilados de toda sensibilidad religiosa. Pero deben ser conscientes de que padecen una enfermedad y generalmente no practican el apostolado antialcohólico. Los apóstoles del antialcoholismo no son analcohólicos de nación, sino siniestros conversos. Cínicos frustrados que vociferan que el mundo sin alcohol es más hermoso, la bondad más fácil de practicar, la letra más fácil de entender, la belleza y la verdad más asequibles. Con frecuencia son borrachos vergonzantes, clandestinos y nocturnos, masoquistas que beben en secreto para sentir las angustias y dolores de la evaporación del alcohol y le niegan, en cambio, su hermosa capacidad de dispensar milagros.


miércoles, 11 de abril de 2018

Pantagruel (1535), de François Rabelais




No me queda otra que acudir a aquella anécdota de Sócrates, inventada o no, en la cual es interrogado acerca de por qué estudiar una canción con la cítara cuando espera la muerte. Porque me agrada hacerlo, responde Sócrates ante la sorpresa general, como si el simple hecho de aprender no fuera lícito sin contraprestación a cambio.
Quizás por eso mismo he disfrutado leyendo a Rabelais, sin que la obligación me empujara, sin necesidad de llevar a cabo una lectura, ni mucho menos, intensa; sino más bien como una cata de aquellos fragmentos más interesantes o llamativos, como cuando se trabaja la bibliografía sobre cualquier tema humanístico, con el gusto que produce el dominio sobre un asunto.

«Rabelais es difícil y enigmático porque representa un mundo muy diferente del nuestro. Su obra está plagada de alusiones, a veces serias, las más veces jocosas, a una cultura muy alejada de nosotros. Carecemos de la profunda familiaridad con los textos bíblicos, con la escolástica tardía o con las interpretaciones de la Sagrada Escritura que tenía un monje de la primera mitad del siglo XVI».

Así reza el prólogo de esta mi confiable edición de Cátedra.
No tardamos en estar de acuerdo, porque prácticamente al comienzo se nos presenta un narrador que corrobora lo dicho; y nos queda clara la liberación de prejuicios y el tono satírico y extravagante que desborda la obra de cabo a rabo:

También, a fin de poner fin a este prólogo, me entrego en cuerpo y alma, tripas e intestinos, a cien mil cestadas de hermosos diablos, caso de decir una sola palabra mentirosa en toda esta historia. Igualmente que el fuego de San Antón os abrase, que el mal de tierra os derribe, que las purgaciones, el chancro os lleven, el flujo de sangre os atrape, la sarna del metisaca, tan menuda como pelo de vaca, bien reforzada con azogue se os meta por el trasero; y como Sodoma y Gomorra ojalá que cayeseis en el azufre, en el fuego y en el abismo, si acaso no creéis firmemente cuanto os voy a contar en esta presente crónica.

Si con esto no tenéis bastante, os remito al erotismo del siglo XVI, si cabe más desvergonzado que cualquier sesión de El club de la comedia. Ora se habla de aquella raza olvidada de los penes más largos:
Otros se hinchaban a lo largo por el miembro al que llaman el «labrador de naturaleza», de suerte que lo tenían extraordinariamente largo, grande, grueso, gordo, verde y encrestado, a la moda de los antiguos, tanto que les servía de cinturón, dándoles cinco o seis vueltas al cuerpo; y si acaso lo tenían en forma y con el viento en popa, hubieseis dicho, al verlos, que llevaban la lanza en ristre para justar contra el estafermo. La raza de éstos se ha perdido, según dicen las mujeres, que sin cesar se lamentan de que ya no quedan de esos gordos, etc. Ya conocéis el resto de la canción. A otros les crecían los cojones tan desmesuradamente, que tres hacían un modio. De ellos descienden los cojones de Lorena, que nunca se quedan en la bragueta, sino que caen al fondo de las calzas.

Ora se habla de construir una muralla a base de vaginas:
«Veo que los chochos de las mujeres de este país están más baratos que las piedras, así que con ellos habría que construir las murallas, disponiéndolos en buena simetría arquitectónica. Se colocarían los mayores en primera fila, luego, haciendo un talud en badén, se dispondrían los medianos y finalmente los pequeños. A continuación, se podría hacer un hermoso entrelazamiento en puntas de diamante como en la gran torre de Bourges, con todas esas porras tiesas que moran en las braguetas claustrales».

Huelga decir que en esta época despierta el Humanismo, en el entorno de un Renacimiento que podríamos definir como crepuscular. La recuperación de la sabiduría de la antigüedad la ha despojado de las trampas escolásticas medievales. Ni qué decir que tanta apertura generará posteriormente otro momento de cerrazón o Contrarreforma.

El tono no es jocoso, sino lo siguiente, hasta el punto que vaginas, penes, pedos y otros vientos terminan hasta en la sopa.

―No veis ―dijo Panurgo― que las castañas que se asan al fuego, si están enteras se peen que es un gusto y que para evitar que se pean se les hace un corte. Así que como esté recién casada está bien hendida por abajo, no se peará.

Pero como nosotros trabajamos para liberarnos del prejuicio, celebremos a Rabelais por todo lo alto, y no está de más que lo leamos, y le otorguemos el lugar que se merece junto al resto de maestros satíricos.
Que no se diga que Rabelais no avisa sobre fin y consecuencia de su lectura:

Si me decís: «Maestro, parecería que no sois muy sensato al escribirnos estas pamplinas y estas divertidas burlas.»

Os contesto que no lo sois mucho más al divertiros leyéndolas. Empero si las leéis como alegre pasatiempo, como por pasar el tiempo yo las escribí, vosotros y yo somos más dignos de perdón que esa caterva de sarabaítas, mojigatos… y otras sectas semejantes, que se disfrazan como máscaras para engañar al mundo.

Pues haciendo creer al pueblo llano que no se ocupan sino de contemplación y devoción, de ayunos y mortificación de los sentidos, salvo lo indispensable para sustentar y alimentar la pequeña fragilidad de su cuerpo, por el contrario se pegan Dios sabe qué comilonas…

lunes, 2 de abril de 2018

Las correcciones (2001), de Jonathan Franzen





La novela más moderna que traigo al blog, ¡una foto del autor en color! Si es o no un clásico, el tiempo y la suerte lo dirán, aunque me da a mí que ya ha alcanzado dicho status. Hay polémica, una relación con los reconocimientos de William Gaddis, abundantes comparaciones, con DeLillo, Updike, incluso con Los Buddenbrook de Thomas Mann. Y no niego que esta extensa novela tiene un fin, una obsesión de fondo, probablemente la explicación de uno mismo, uno mismo que está en el interior de los tres protagonistas, los hijos de Enid y Alfred Lambert. Las correcciones no significan otra cosa que la explicación del presente a partir del pasado, de los hijos a través de los padres. No hay efecto sin causa. A mí, personalmente, me ha parecido un viaje interesante.
 
La voz de Franzen es propia, clara, meticulosa, ciertamente original, desde sus primeras líneas:

Locura de un frente frío de la pradera otoñal, mientras va pasando. Se palpaba: algo terrible iba a ocurrir. El sol bajo, en el cielo: luminaria menor, estrella enfriándose. Ráfagas de desorden, sucesivas. Árboles inquietos, temperaturas en descenso, toda la religión nórdica de las cosas llegando a su fin. No hay aquí niños en los jardines. Largas las sombras en el césped espeso, virando al amarillo. Los robles rojos y los robles palustres y los robles blancos de los pantanos llovían bellotas sobre casas libres de hipoteca.

Estamos ante una familia de clase alta americana, cuando menos media alta. Alfred, el cabeza de familia, cumple los 75 y está siendo devorado por el parkinson. Su mujer, Enid, atrapada en las convenciones sociales, no es feliz, probablemente porque sus hijos no han cumplido sus difíciles (para ella normales) expectativas. Los hijos tampoco son felices, Denise, Chip y Gary, que dirigen la trama a partir de la deriva de sus propias vidas. Los fracasos de cada uno de ellos tienen su origen en un matrimonio forzado y extravagante. Pero, ¿hay familias felices? Tras el velo que oculta la hipocresía está la vida interior de cada familia, con sus más y sus menos, y Franzen no tiembla a la hora de escarbar en el interior más recóndito de cada persona, en los deseos sexuales más promiscuos, en las aspiraciones más inconfesables.
Chip, el intelectual, es expulsado de la universidad por relacionarse con una alumna. Emprende una aventura de dudosa legalidad en Lituania y sirve de apertura y cierre de la novela.
Gary, el hijo perfecto que parece mirar a los demás por encima del hombro esconde un sinfín de debilidades, aplastado bajo el yugo que le imponen su esposa y sus hijos.
Denise, la pequeña, hermosa y talentosa, deambula de aquí para allá sin encontrar acomodo.
Sin embargo, pese a que dominan los menos sobre los más, pese a que se desprende de toda la novela un halo de fracaso y desazón, no he podido obviar en ningún momento que se trata de una familia de clase media americana que vive bien, sin carencias económicas importantes, sin conflictos de gravedad. Esto me parece que debe de ser subrayado. Los problemas familiares que Franzen nos presenta no son problemas de enjundia pese a que ocupen los pensamientos de los protagonistas. Para que me entendáis, por mucho que el estilo de Franzen tienda a la exageración y al caos, no estamos, ni de lejos, ante los devaneos existenciales de un Roskolnikov.
En definitiva todo transcurre con normalidad, sólo que la vida exige retoques, ciertas correcciones, las que Chip debe hacer en su guion cinematográfico, las que debe hacer la sociedad capitalista para perpetuarse, y las que tratan de hacer los hijos para corregir los errores de sus padres, ¡o viceversa!

Pero su vida entera estaba estructurada como corrección o enmienda de la de su padre, y Caroline y él hacía mucho tiempo que habían llegado a la conclusión de que Alfred estaba clínicamente deprimido, y, dado que la depresión clínica tiene bases genéticas, y es, en lo sustancial, hereditaria, Gary no tenía más remedio que seguir plantando cara a la ANHEDONIA, seguir apretando los dientes, seguir haciendo todo lo posible por divertirse.