viernes, 1 de mayo de 2020

Obstinación (circa 1919), Hermann Hesse.


Una virtud hay que quiero mucho, una sola. Se llama obstinación. Todas las demás, sobre las que leemos en los libros y oímos hablar a los maestros, no me interesan tanto. En el fondo se podría englobar todo ese sinfín de virtudes que ha inventado el hombre en un solo nombre. Virtud es: obediencia. La cuestión es a quién se obedece. La obstinación también es obediencia. Todas las demás virtudes, tan apreciadas y ensalzadas, son obediencia a leyes dictadas por los hombres. Tan solo la obstinación no pregunta por esas leyes. El que es obstinado obedece a otra ley, a una sola, absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo, al «propio sentido».
¡Lástima que la obstinación sea tan poco apreciada! ¿Acaso goza de estima? ¡Oh, no! Incluso se la considera un vicio o al menos un lamentable desmán. Sólo se la designa por su hermoso nombre cuando molesta y suscita al odio. (Por cierto que las verdaderas virtudes siempre molestan y suscitan odio. Véase Sócrates, Jesús, Giordano Bruno y todos los demás obstinados).

Obstinación en alemán es «Eigensinn», palabra compuesta que literalmente significa «propio sentido». Dentro de la novela Obstinación no es en realidad más que un pequeño ensayo o artículo. Supongo que da nombre a este compendio de relatos y artículos porque define bien el espíritu individualista que anida en Hesse.

Es muy probable que el lector encuentre extraños muchos de los escritos de Hesse. A mí me parece un ejemplo de escritor honesto, comprometido con su arte y en continua búsqueda de sí mismo. Tanto es así que los cuatro primeros relatos de este volumen no son otra cosa que cuatro pequeñas autobiografías escritas en diferentes fechas, que harán las delicias del aficionado a Hesse. Otros relatos describen a la rara especie del genio, del poeta o del héroe. Jamás encontré mejores descripciones acerca de este tipo humano, vilipendiado en vida y agasajado con honores una vez muerto. Estos ejemplos son solo unos pocos, que tengo a mano después de la lectura:

Con el poeta sucedía lo mismo que con el héroe y con todos los personajes y ambiciones fuertes y hermosos, audaces y extraordinarios: en el pasado eran magníficos, en todos los libros de texto se cantaban sus excelencias, pero en el presente y en la realidad se les odiaba, y probablemente los profesores estaban empleados y formados precisamente para impedir en lo posible el desarrollo de seres admirables y libres y hechos grandes y magníficos.

Y lo más curioso es que aquellos pocos que han desdeñado esas leyes arbitrarias para seguir las suyas propias, las naturales, han sido siempre condenados y lapidados, aunque luego fuesen venerados, precisamente ellos, como héroes y libertadores La misma Humanidad que ensalza y exige de los vivos, como suprema virtud, la obediencia a sus leyes arbitrarias, esa misma Humanidad acoge en su eterno panteón a los que desafiaron aquellas órdenes y prefirieron perder la vida a ser infieles a su «propio sentido».

También hace una excelsa crítica del poeta actual, aquel que se ha adaptado a la sociedad. Hace cien años de la descripción. Hoy no se usa el término burgués, pero igualmente sirve:

En vez de vivir en buhardillas, comer cortezas de pan y escupir sobre las cabezas de los burgueses, los poetas nos habíamos convertido en señores agradables que casi podían aparecer en sociedad y que formulaban frases ingeniosas sobre las cuestiones del día, algún chiste y alguna leve y graciosa ironía.

Otros textos recogen reflexiones políticas sobre la situación de Alemania a lo largo del transcurso de las dos guerras mundiales. Hesse siempre se opuso a la guerra, lo cual le granjeó grandes enemigos en Alemania.
Algunos pequeños diarios le servían a Hesse para combatir los períodos de decadencia creativa. Aquí nos habla de la marcha de algunos de sus trabajos, como es el caso de Sidharta o el Juego de Abalorios. Encontramos aquí desahogos que nunca encontramos en sus novelas, someramente menciona a sus parientes, padres, hermanos, a sus mujeres e incluso a sus hijos.
Al final algunas bagatelas, sus palabras con motivo del banquete de la ceremonia del Premio Nobel, o con el motivo del Premio de la Paz concedido por los libreros alemanes (a tener en cuenta que aceptó tres premios, Premio Goethe, Premio Nobel y Premio de la Paz, pero no se sometió al ceremonial y no fue a recogerlos ni a Francfort ni a Estocolmo).
A decir verdad que yo prefiero las confesiones que lleva a cabo en la soledad de su cuarto.

Mis conocidos y los críticos de mis obras opinan casi todos que soy un hombre sin principios. Por algunas observaciones y pasajes ocasionales de mis libros deducen estas personas tan poco sagaces que llevo una vida intolerablemente libre, cómoda y desordenada. Porque por la mañana me gusta levantarme tarde, porque ante las dificultades de la vida me permito de vez en cuando una botella de vino, porque no recibo ni hago visitas y por menudencias semejantes deducen estos malos observadores que soy un hombre blando, cómodo, caótico, que cede a todos los caprichos, no emprende nada y lleva una vida inmoral y libertina. Pero sólo dicen estas cosas porque les irrita y les parece insolente que no reniegue de mis costumbres y vicios ni los oculte. Si yo fingiera ante el mundo, lo que sería fácil, una conducta ordenada, burguesa, si pegara una etiqueta de agua de colonia en la botella de vino, si en lugar de decir a mis visitas que me molestan, les mintiese pretendiendo que no estoy en casa, en una palabra, si engañara y mintiera, mi fama sería óptima y pronto me concederían el título de honoris causa.

La verdad sea dicha que no es este el lugar adecuado para empezar con Hesse, sino un punto más en el camino de aquellos que ya han descubierto al maestro. Los habrá que se hayan embarcado con Hesse a partir de El lobo estepario, y que se hayan echado atrás, pero el núcleo duro de Hesse está en la búsqueda de sí mismo, en aquellas pequeñas novelas que expresan la pugna de un muchacho preñado de ideas románticas que trata de conectar con la sociedad, el punto de partida para leer a Hesse está en Bajo las ruedas, Demian, Peter Camentzind o El último verano de Klingsor. ¡Disfruten!


jueves, 16 de abril de 2020

Las desventuras del joven Werther (1774), Goethe.



Más de una vez había emprendido sin éxito la lectura de esta pequeña joya. No conocía a Goethe y mi admirado Hesse me redirigía a él una y otra vez. Una buena prosa y la promesa de un descalabro amoroso con trágico final no significaron suficiente acicate para continuar. Quizás era eso, la fama excesiva, el conocer que desató una plaga de suicidios, de imitaciones del joven Werther. Grande fue mi equivocación, lógica también; olvidé que hay tantas lecturas como lectores.
Comienza la novela con una somera descripción del carácter de Werther:

Por lo demás, la gente es buena. Si algunas veces me entrego con ella a placeres que áun quedan a los hombres, como son el charlar alegre, franca y cordialmente en torno a una mesa bien servida, organizar una expedición al campo, un baile u otra diversión cualquiera, me encuentro en mi elemento, con tal que no se me ocurra entonces la idea de que hay en mí otra porción de facultades que debo ocultar cuidadosamente, por más que se enmohezcan no ejercitándolas. ¡Ah!, esto desgarra el corazón, pero el hombre nace para morir sin que le hayan conocido.

Aquí y allá se comienzan a entrever perlas de sabiduría:

Cuantos se dedican a la enseñanza convienen en que los niños no saben darse cuenta de su voluntad; pero, por más que para mí sea una verdad inconcusa, no creerán muchos que los hombres, como los niños, caminando a tientas sobre la tierra, ignorando de dónde vienen y adónde van, son poco menos que autómatas y, exactamente como los niños, se dejan gobernar con juguetes, confites y azotes.

De forma hermosa, ágil e inteligente se nos describe el amor entre Werther y Charlotte. Se conocen durante la ausencia del prometido de Charlotte, que está de viaje por asuntos familiares. Debido a la honestidad de unos y otros, dicho amor nunca llega a fructificar. Regresa Albert, el prometido de Charlotte y resulta ser, para el joven Werther, un dechado de virtudes. Y eso es todo, se casan y Werther huye a la ciudad para trabajar, para labrarse un porvenir.
Aquí termina el primer libro y comienza el segundo, y aquí germina mi particular lectura.
Según se desprende de la crítica general, el joven Werther se muestra incapaz de olvidar su amor por Charlotte, lo cual le encaminará al suicidio. Sin embargo, a mí me parece obvio que Werther supera perfectamente su desamor, pero lo que no llega nunca a superar es su incapacidad para adaptarse a la sociedad.
Werther es un personaje no tan extraño a la literatura, un hombre tan honesto y sincero que no soporta la hipocresía de sus semejantes. Podríamos definir a Werther como un hombre sensible y virtuoso que, inmaduro para la sociedad, se muestra incapaz de guardar las formas. Obviamente que la sociedad no conoce la piedad y castiga este extraño tipo de intolerancia.
Este es el primer párrafo del libro segundo:

Llegamos ayer. El embajador está indispuesto y guardará cama algunos días. Si al menos fuera un hombre de buen trato, todo marcharía bien. Veo que la suerte me ha reservado rudas pruebas; pero, ¡ánimo! Un carácter ligero lo soporta todo. ¡Un carácter ligero! Risa me da al ver que esta frase se ha escapado de mi pluma. ¡Ah!, si yo fuera algo más superficial, sería el hombre más feliz de la tierra. Pero, ¡no! Otros, pobres de fuerza y de espíritu, se pavonean delante de mí con aire de suficiencia, y yo me aburro con mi superioridad y mis conocimientos. Tú, Señor, que me has dado estos bienes, ¿por qué no me negaste la mitad de ellos concediéndome, en cambio, la confianza y satisfacción de mí mismo?

El amor por Charlotte pasa inmediatamente a lugar secundario. Ahora lo es todo la inadaptación a la sociedad de un adolescente. Quiero entender (aquí, insisto, introduzco mi particular lectura) que si al joven Werther le hubiera ido bien en la mundana sociedad, tarde o temprano hubiera encontrado otra mujer que le hubiera ayudado a olvidar aquel maravilloso primer amor. De hecho Charlotte, al final de la historia, le llega a reprochar al muchacho que no hubiera sido capaz de reponerse, de casarse con otra mujer, pero para entonces nuestro joven protagonista ya está del todo perdido. Werther en ningún momento encontró el camino para darle la vuelta a su inadaptación.
No soporta aquello que nos da el sustento, su trabajo:

Y toda la culpa es de los que me habéis amarrado a este yugo, contándome maravillas de la actividad. ¡Actividad! Remaría voluntariamente diez años más en la galera donde ahora estoy sujeto, si el que no tiene otra ocupación que la de plantar patatas y el que va a vender sus granos a la ciudad no hiciera más que yo.

A Werther le irrita la división social, la hipocresía, la lucha de los unos contra los otros.

¡Necios!, no ven que el lugar no significa nada y que el que ocupa el primer puesto hace muy pocas veces el primer papel. ¡Cuántos reyes gobernados por sus ministros! ¡Cuántos ministros por sus secretarios! ¿Y quién es el primero? Yo creo que aquel cuyo ingenio domina al de los demás, de que por su carácter y destreza convierte las fuerzas y las pasiones ajenas en instrumentos de sus deseos.

Desgraciadamente, Werther es tan sincero que se muestra incapaz de ocultar el desprecio que siente por sus semejantes, por las convenciones sociales. Ello le convierte en el centro de la atención, el objetivo de los cuchicheos y la maledicencia

Y como ahora, donde quiera que me presento, oigo decir que los que me envidian baten palmas; que me citan como un ejemplo de lo que sucede a los presuntuosos que se creen autorizados para prescindir de todas las consideraciones porque están dotados de algún ingenio, y oigo, además, otras majaderías semejantes, de buena gana me clavaría un cuchillo en el corazón. Digan lo que digan de los caracteres despreocupados, yo querría saber quién es el que puede sufrir que tanto bellaco murmure de él de este modo. Sólo cuando carece de fundamento la murmuración es fácil depreciar a los murmuradores.

Después encuentro otro párrafo interesante, especialmente en su parte final, donde se define muy bien a nuestro protagonista:

Estoy ahora en la casa de campo del príncipe. Se vive muy bien con este hombre: es la verdad y la sencillez personificada, pero está rodeado de gente singular que no acabo de comprender. Sin tener el aspecto de unos bribones, les falta el talento de los hombres de bien. Algunas veces me parecen muy respetables, y, sin embargo, no llego a fiarme de ellos. Me molesta que el príncipe hable con frecuencia de cosas que ha oído decir o que ha leído, copiando siempre servilmente lo que lee y lo que oye. Añade a esto, que tiene en más mi talento que mi corazón, este corazón, única cosa de que estoy orgulloso, única fuente de toda fuerza, de toda felicidad y de todo infortunio. ¡Ah! Lo que yo sé, cualquiera lo puede saber; pero mi corazón lo tengo yo solo.

Es a partir de aquí cuando Werther regresa en busca de Charlotte, como si pudiera significar ésta la salvación de todos sus males. Abandona la posibilidad de medrar en sociedad para volver a su localidad de origen, diríase que se rinde.

Una buena parte de la novela, para mí la más dramática, describe la angustiosa caída.

Sólo Dios sabe cuántas veces me he dormido con el deseo y la esperanza de no despertar jamás. Y al día siguiente abro los ojos, vuelvo a ver la luz del sol y siento de nuevo el peso de mi existencia.
¡Ah! ¿Por qué no soy uno de esos maniquíes que se amoldan a todo, a todo, menos a sí mismos? Entonces, al menos, el insoportable fondo de mi desolación no pesaría sobre mí más que a medias. Por desgracia, comprendo que la culpa es únicamente mía. ¡La culpa!

Pero ya Werther está desequilibrado, y diríase que todo lo que toca lo destruye. Progresivamente, también en el pueblo comienza a ser rechazado por los unos y los otros. Sus actos no guardan equilibrio con la marcha de los asuntos propios de nuestra sociedad “civilizada”. Toca fondo cuando también Charlotte se vea obligada a rechazar su presencia.
Se dice Werther:

A veces pienso: «Tu destino no tiene igual: comparados contigo, los demás hombres son felices; porque jamás mortal alguno se vio atormentado como tú.»

Igual me estoy equivocando, y resulta que no he hecho otra cosa que redundar en lo obvio, o quizás se trate de un buen ejemplo de la maleabilidad de los clásicos. Perfecta lectura para iniciarse en Goethe. Toda la trascendencia de esta novela no es casualidad, sino fruto de su profundidad. A mi modo de ver, guarda hoy toda su frescura.


miércoles, 15 de abril de 2020

Walden (1854), Henry David Thoreau.



No me gusta perder más de dos o tres horas escribiendo una de estas humildes reseñas. Suelo elaborarlas en tres actos separados en el tiempo. Primero expongo todas las ideas y las redacto más o menos globalmente. Segundo, completo, sintetizo y ordeno. Tercero reviso. No tiene sentido para mí resumir lo que ya otros han hecho con mayor dedicación y acierto. Lo que yo pretendo aquí es asentar las lecturas, dejar una huella que quizás le sirva a alguien, encontrar afinidades, cuando menos a mí me agrada y sirve.

Esto viene a colación de que esta lectura viene de la mano del blog El infierno de Barbusse, que precisamente anuncia su retirada con este magnífico trabajo. En parte me salté las normas y realicé una lectura libre, ora rápida, ora con calma. Luego vino la relectura, necesaria para responder a los trabajos que imponía dicha “lectura ilustrada”.

El caso que la lectura de Walden se ha prolongado en el tiempo durante alrededor de un trimestre. Si a ello añadimos su talento perturbador, y que ha despertado en mí incógnitas e inquietudes, ahora me encuentro con que no es posible hacer una reseña al uso.

¿Walden es un ensayo? ¿Lo son Las analectas de Confucio? Me cuesta calificarlo como ensayo. ¿Filosofía? Walden es Thoreau, y Walden es una pequeña laguna donde Thoreau decide darse un tiempo, separarse de la vida en Concord para reconstruirse. Walden es un pensador, un pequeño sabio. Es tan honesto que nos ofrece todos los por qué:

«No impondría mis propios asuntos a la atención de los lectores si no hubiera recibido muchas preguntas y muy concretas por parte de mis conciudadanos en relación a mi modo de vivir.»

«No hablaría tanto sobre mí mismo si hubiera otra persona a quien conociera tan bien. Por desgracia, estoy limitado a ese asunto debido a la escasez de mi experiencia.»

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir nada que no fuera la vida, pues vivir es algo muy valioso, ni tampoco practicar la resignación, a no ser que fuera absolutamente necesario. Quería vivir intensamente y extraer el meollo de la vida, vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y lleva la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos y, si resultaba mezquina, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo; y si fuera sublime, saberlo por experiencia y poder dar cuenta de ello en mi próxima excursión.

No se arredre el lector ante las primeras cien páginas, que encierran toda la filosofía vital de Thoreau y que exigen la pausa que nosotros queramos darle. Lo mejor es leerlo de un tirón y luego volver si te apetece a determinados fragmentos. Nos habla Thoreau de las personas, de sus sueños y ambiciones, sobre el trabajo y la ociosidad, sobre el progreso y la civilización, sobre lo que es o no justo, en fin, sobre lo que en verdad importa. Incluso dedica un pequeño y fabuloso capítulo a la lectura de libros.

No voy a entrar en disquisiciones acerca de la sabiduría, pero Thoreau impele a la reflexión. Dice la Biblia: «El principio de la sabiduría es tratar de adquirirla» (Proverbios 4,7). Luego con Thoreau se puede o no estar de acuerdo, pero insisto, no se puede poner en tela de juicio su honestidad:

«En cualquier caso, quizá estas páginas estén escritas sobre todo para estudiantes pobres. En cuanto al resto de lectores, se quedará con aquellas partes que le incumban. Espero que ninguno fuerce las costuras del abrigo al ponérselo, pues sólo le será útil a quien realmente le siente bien.»

Y por si alguien se ve tentado a tildarlo de soberbio, Thoreau se reafirma:

Por nada del mundo quisiera que alguien adoptase mi modo de vida; pues, al margen de que yo podría haberme hecho con uno nuevo para cuando el otro hubiera aprendido el antiguo, es mi deseo que haya tantas personas diferentes en el mundo como sea posible; que cada uno tenga el máximo cuidado en descubrir y perseguir su propio camino, en lugar del de su padre, su madre o su vecino.

Obviamente la sabiduría no es fácil de transmitir. De hecho yo creo que más que nada se experimenta, y que no se trata de una sensación por completo estimulante. Por ello Thoreau es enigmático y oscuro:

Y perdonaréis ciertas oscuridades, porque en mi oficio hay más secretos que en el de la mayoría de los hombres y, sin embargo, no los he guardado intencionadamente, sino que son inseparables de su naturaleza.

Qué más os podría decir. En la wikipedia, en cualquier lugar encontraréis un estupendo resumen. El mito Thoreau sigue vigente, en especial entre los activistas ecologistas que han visto en él un ejemplo de vuelta a la naturaleza. Martin Luther King, Gandhi o Tolstoi lo leyeron con pasión. También ha tenido detractores. Los hay que critican su excesiva moralina, incluso tildan sus reflexiones como propias de un adolescente. Su amigo Emerson consideraba que no había que tomárselo demasiado en serio:

«Is a boy, and will be an old boy»

Cada cual con su opinión. Igual a algunos lectores les parece la historia idílica de un hombre que regresa a la naturaleza. Hay lectores que se conforman con la belleza de la prosa, sin darle importancia al contenido. A mí en cambio no me parece una lectura propia para lectores contentadizos, y sí en cambio para aquellos que cultivan inquietudes, ni qué decir para aquellos que pretenden darle un nuevo rumbo a sus vidas.
¿Manda Thoreau un mensaje a sus semejantes? No pretende, como un profeta, redimir a la humanidad, sino algo mucho más sencillo: «para vivir en sociedad hay que saber primero vivir con uno mismo cordial y respetuosamente» (me tomo la libertad de tomar una respuesta de la lectura ilustrada de El infierno de Barbusse).
Resulta ilustrativa al respecto una frase de Thoreau a propósito de la lectura de libros:

Más de un hombre ha iniciado una nueva época de su vida a partir de la lectura de un libro.

Y finalmente el blog El infierno de Barbusse se despide con una frase del propio Walden como si se tratara de un mago que desaparece dejándonos boquiabiertos:

Abandoné los bosques por una razón tan buena como la que me trajo a ellos. Me pareció que quizá tenía otras vidas que vivir y que no podía dedicar más tiempo a ésta. Es llamativa la facilidad e insensibilidad con la que tomamos un determinado camino y lo convertimos en un sendero trillado.



sábado, 4 de abril de 2020

El juego de los abalorios (1943), Hermann Hesse.





Varias veces abordé esta novela sin éxito. Le falta el gancho de otros trabajos del maestro. Escrita durante la II Guerra Mundial, parece ser que Hesse se evade y crea un mundo a su medida.
Tras la pérdida de la hegemonía Europa se refugia en el espíritu, una nueva Institución destaca por encima de las demás, Castalia, dedicada por entero a un extraño juego indefinido, contemplativo, que mezcla música, matemáticas y otras disciplinas y que, de una manera extraña, participa y guía la sociedad.
Me costó darme cuenta de que estaba leyendo ciencia ficción, y es que por momentos la novela adquiere tintes de ensayo. Se estructura como una biografía, la de un líder del juego de los abalorios, José Knetch. Por un momento imaginamos que Hesse nos va a regalar con otro de sus bildungsroman, pero no, Knetch tiene poco que ver con los personajes que luchan al mismo tiempo por encajar y huir de la sociedad de los hombres. Diríase incluso que Knetch es un “iluminado”, un Buda, un hombre que ha “despertado”. De hecho, Knetch es un hombre con un talento especial para resultar agradable a los demás, para ser amado.

Entrar en la novela cuesta. Los primeros fragmentos son áridos al tiempo que definitorios. Nos hallamos en el año 2400, de forma satírica se nos presenta una Europa decadente en la que, sin embargo, surge el juego de los abalorios. La definición que se nos ofrece al principio es prácticamente la más completa a la que podemos aspirar:

Muy principal entre ellas fue la más joven de las ciencias: la historia de la música y de la estética musical; luego, el vuelo casi inmediato de las matemáticas; a él se agregó una gota de aceite de la sabiduría de los Peregrinos de Oriente.

El juego de los abalorios marca el fin de una época sensual que denomina “folletinesca” y el inicio de otra en la que predomina el cultivo del espíritu.
La trama es compleja, tenue. Obvio que es novela para los ya “iniciados” en Hesse. Con una lectura atenta reconoceremos muchas de las líneas que atraviesan toda su obra, la sátira social, la crítica de las profesiones liberales, de la enseñanza, la búsqueda de la perfección espiritual.
Sin embargo no todo es perfecto en la nueva sociedad. El juego de los abalorios es dirigido por una casta que vive alejada de la sociedad. Se convierte en una especie de religión. Por eso la novela se estructura como una biografía, la de José Knetch, un hombre que alcanza categoría de leyenda, al nivel de Jesús o Buda, y que viene a darle un giro radical a la trayectoria errática del juego de los abalorios.
José Knetch entonces me ha recordado las lecturas de Asimov y su conocida Fundación. El juego de los abalorios había alcanzado su punto culminante para entrar en decadencia, y José Knetch será el hombre clave, el visionario que, retomando las olvidadas ciencias históricas, trate de darle a la situación un giro crucial para así ayudar, de una manera extraña, diríase religiosa, a la humanidad.

No temáis al spoiler. No creo que los lectores que temen a una tan ridícula anticipación sean lectores de esta novela. Al contrario que Asimov, Hesse se regodea en plantear sus tesis. Y la verdad que si buscamos los escasos puntos fuertes de la novela están ahí, en la filosofía de Hesse, en su forma de entender la cultura y la sociedad. Por poner un ejemplo, tiene fragmentos maravillosos acerca de su ideal de enseñanza humanística:

Las autoridades conceden a estos individuos polifacéticos una libertad que linda con lo paradisíaco, con tal que no incurran en holgazanería: el estudioso puede ensayarse a su gusto en todas las ciencias que le atraigan, simultanear los campos de aplicación más diversos, enamorarse a la vez de seis u ocho materias, o limitarse desde el principio a una elección más reducida; fuera del respeto a las normas generales de vida vigentes en la “provincia” y en la Orden, no se le exige más que una memoria anual sobre las conferencias oídas, sobre lo que ha leído y sobre el trabajo realizado en los institutos.

Un Hesse difícil y extraño, muy reflexivo, muy profundo, árido. Hesse ha evolucionado, quizás se ha separado de los lectores y ya solo escribe para sí, pero seguimos reconociendo a ese Hesse que bucea en su interior para encontrarse, el talento que nos encandiló desde su Peter Camenzind.

Una forma semejante de realidad aumentada tiene mi “despertar” para mí, de ahí su nombre; en esas horas tengo la sensación de haber estado durante mucho tiempo durmiendo o medio dormido, pero de estar de pronto despierto, lúcido y receptivo como nunca antes.


jueves, 20 de febrero de 2020

Suave es la noche, (1934), Fitzgerald



 ¡Oh, lector, hipócrita lector! ¡mi semejante! ¡mi hermano!



Cuán a menudo recuerdo estas palabras de Baudelaire. Estos días se ha desatado una agria polémica en la que autores de moda, que complementan sus ingresos con columnas periodísticas, debaten acerca de Galdós y la calidad literaria. Brindemos por la polémica, pues ya en sí tiene su mérito en un tiempo en el que la crítica literaria brilla por su estulticia.

Si queréis mi opinión, os diré que me gusta Galdós, y que no me parece que esté sobrevalorado, pero una cosa es alabar Misericordia o Doña Perfecta, y otra bien distinta aseverar que todas y cada una de sus novelitas conformen una obra maestra. Ningún escritor ha escrito cien obras maestras. Lo mismo se puede decir de Baroja o Balzac.

Los motivos que bautizan como clásica una novela (valga para cualquier otra obra de arte), nos son inalcanzables. Unas veces se debe, sencillamente, a su extraordinaria calidad literaria. Otras, en cambio, no, obviamente. No creo que podamos asegurar que Julio Verne escribiera como los ángeles, y sin embargo sus novelas emocionaron, emocionan y emocionarán, a millones de lectores, ¡afortunadamente!

Los motivos por los que Fitzgerald se ha convertido en un clásico no nos pasan desapercibidos. Su temática, la forma de narrar, su estilo hollywoodiense. Reconozco que El gran Gatsby es una novela eléctrica y divertida, realmente amena e interesante, la mejor muestra que pueda darse de ese estilo hollywoodiense de mediados del siglo XX. Recuerdo que me dejó un tanto desconcertado, y que mis críticas no gustaron a los lectores. Yo no encuentro muy razonable defender una novela basándose en las críticas que otros han escrito y que figuran ya como citas en el mármol, aunque cierto que nos pueden servir como escalones para ascender (o descender). Yo prefiero, por regla general, analizar por mi cuenta y riesgo, todavía más aquí, en este blog, en el cual estoy de paso.

Suave es la noche llegó a mis oídos como una novela diferente de Fitzgerald, más emotiva y personal, con introspección y detalles autobiográficos. Ojeando otras reseñas, prácticamente todas coinciden en ensalzar una novela ejemplar en cuanto a su estilo y maneras, pero además también suelen hablar de amenidad, de lectura entretenida, aunque hay quien también señala saltos en el tiempo que pueden llevar al despiste. Yo no encuentro que la estructura sea compleja sino más bien sencilla, y además me ha costado horrores terminarla. Yo creo que si no es por este blog la hubiera abandonado. No he encontrado ese desgarro emocional anunciado aquí y acullá, el tratamiento de la esquizofrenia se me ha presentado burdo y superficial, ni tan siquiera me he visto atrapado por una trama desprovista de cambios de ritmo o golpes de efecto. Lo peor de todo que no intuyo detalles autobiográficos, aunque, y aquí llega el momento de la disculpa, no estoy preparado en absoluto para calibrar semejantes aseveraciones; tan solo es una intuición.

Cierto que también intuyo mimbres en Fitzgerald, suelta perlas abundantes, su prosa está llena de altibajos. Hay ocasiones en las que logra fabulosas comparaciones, hay momentos en los que describe de forma genial los caracteres, pero todo ello se pierde y difumina en vagas generalidades, en una historia que sí, que pinta muy bien para un film pero que a mí no me convence; obviamente que sí a millones de lectores. Dicho de otra manera, palidece, por poner un ejemplo, al lado de Turguéniev.



Pero eso fue durante el día. Al llegar la tarde, como era inevitable, ya no se sentía con tantas energías, su estado de ánimo sufrió un bajón y las flechas que había lanzado se perdieron en el crepúsculo.



¿Dick Diver es Fitzgerald? ¿Nicole es Zelda? Yo no me creo ni al uno ni al otro, sí me los creo como personajes de una película, pero no entiendo que sean personajes ni mucho menos redondos. Dick, un hombre con un talento extraordinario que llega a lo más alto de una disciplina tan exigente como la psiquiatría, es al mismo tiempo un auténtico galán, extrovertido, simpático, durante años el alma de cualquier fiesta. Allá cada cual con sus creencias. Me consta que hay quien se cree a la co-protagonista del Código Da Vinci de Dan Brown, ¿y por qué no? No hay verdades absolutas en literatura.

Sí, quizás me equivoque, pero tengo la convicción de que ya le he rendido honores a Fitzgerald. A mi modo de ver, no se le puede rendir mayor honor a un escritor que leerlo con detenimiento. Luego ya, hablar bien de él, con todos mis respetos, una vez muerto, ¡ni siquiera se trata de adularle!

En mi humilde opinión pienso que Fitzgerald hubiera podido escribir grandes novelas si se hubiera involucrado personalmente, pero entiendo que es una difícil opción y, de hecho, diga lo que yo diga, Fitzgerald ya figura en el Olimpo de los Dioses.



He observado que algunos lectores se han apoyado en otras opiniones, como por ejemplo la crítica entusiasta de Vila-Matas

Qué duda cabe que se trata de una opinión más elaborada que la mía, de un profesional de las letras.


jueves, 6 de febrero de 2020

La quimera del oro, (1900-1908 aprox.), Jack London.




 London se lanza a la aventura en agosto de 1897, a los pocos meses del descubrimiento de la existencia de yacimientos de oro en Alaska. No hay final feliz. Pasa el invierno cerca de Dawson y, sin haber transcurrido ni siquiera un año completo, durante el deshielo primaveral, regresa en balsa, enfermo de escorbuto, recorriendo el curso del Yukón.
London tenía 22 añitos. No encuentra oro, pero es después de este viaje vital cuando se impone su vocación como escritor. Obviamente que su estancia en Alaska no fue tan larga como para convertirlo en un experimentado aventurero, pero cierto que London conoció la mordedura del frío.

Los relatos de London no destacan ni por su calidad técnica ni por la profundidad de sus personajes ni por nada similar. En cambio, nadie consigue como él atrapar al lector. Logra, en todos y cada uno de los relatos, que caminemos al lado de sus protagonistas, que pasemos frío, dolor, hambre o angustia. Por algún motivo llegó a ser el escritor más leído de su tiempo y su magia se conserva fresca hoy.
Por otro lado, yo no encuentro que London sea lectura en exclusiva para jóvenes, pero cierto que es perfecto para crear afición. Al tiempo que entretiene abre caminos para la reflexión, por lo cual sirve como ningún otro para la docencia.

No hay que tomarse los relatos como si fueran sucesos reales. Si así fuera tendríamos que llegar a la conclusión que la fiebre del oro en Alaska fue una sucesión de asesinatos y tragedias personales. Yo imagino que las condiciones de Alaska fueron durísimas, pero hay que tener en cuenta que London pone a sus personajes en situaciones límite para provocar excitación y escalofrío.
Si hay un elemento implacable que todos los relatos tienen en común, este es el frío.

«Donde las luces del Norte bajan por la noche para bailar sobre la nieve deshabitada.»

Luego está, naturalmente, el oro. London fabula y le añade su propia visión épica:

Como Argos en los tiempos antiguos,
Dejamos esta moderna Grecia,
Pomporrompompón, pomporrompompón.
Para esquilar el vellocino de oro.

Hay ironía. El hombre todopoderoso se ve atropellado constantemente por la naturaleza salvaje:

somos de esos que cuando llueve sopa nos pilla con el tenedor.

En uno de los mejores relatos, El hombre de la cicatriz, el miedo a que le roben el oro conduce a un hombre a la locura. Se deja llevar de premoniciones y extravía su oro, y solamente se acordará de dónde lo había escondido previamente en la más inesperada de las circunstancias. Para el recuerdo la moraleja sobre la avaricia.

Diablo es un relato que protagonizan, a partes iguales, un hombre y un perro, ambos violentos hasta la extenuación.

Ley de vida es el reflejo de la ley natural, el individuo se sacrifica por la supervivencia de la especie. Los viejos, los enfermos, los débiles, quedan atrás. Es un tema recurrente.

Amor a la vida es otro de esos relatos que permanecerán en nuestro recuerdo. Otro tema recurrente, la lucha del hombre por la supervivencia, el empuje del instinto en las circunstancias más adversas.

El filón de oro es quizás el relato que más me ha gustado por varias razones, fundamentalmente por ese contraste entre la belleza de la naturaleza salvaje y virgen y la intervención del hombre. Dice mi edición que no está ambientado en Alaska, así que supongo se trata de cualquier lugar de las Montañas Rocosas.
Un hombre afortunado encuentra un enorme filón en un río recóndito y solitario. Él solo explota la veta con meticulosidad, mostrando en la práctica cómo se llevaba a cabo la extracción de oro en un río.
El hombre es feliz en su ensimismamiento, tanto que se olvida de comer y de dormir:

¡Ojalá tuviera una luz eléctrica para seguir trabajando!

La hoguera es un relato escalofriante sobre el frío, sobre la muerte por congelación. Durante el invierno de Alaska, que duraba 8 meses, un hombre no podía viajar solo porque el riesgo era demasiado elevado ante cualquier contingencia. Me ha recordado a otro relato, Amo y criado, de Tolstói, escrito quizás media docena de años antes. Los dos relatos son inolvidables. El de London nos mantiene en vilo desde el primer instante. Sabemos que algo va a suceder y nos tememos lo peor.

Al volverse para seguir adelante, escupió meditabundo. Un chasquido agudo y explosivo le sorprendió. Escupió de nuevo. Y de nuevo, en el aire, antes de caer en la nieve, crujió la saliva. Sabía que a cincuenta bajo cero la saliva cruje en la nieve, pero esta saliva había crujido en el aire.

Sin embargo, a mi modo de ver, Tolstói es insuperable. Debería releerlo para hablar con mayor autoridad. Diríase que London nos presenta a un hombre muy poco humano, un hombre universal. Se centra en el enfrentamiento del hombre contra el frío. En cambio Tolstói genera todo un debate moral. El frío no es más que un imprevisto, lo verdaderamente importante es el enfrentamiento con la muerte. Quizás desvarío pero abro debate; requiere relectura.

Me ha parecido adecuado concluir con este documental, que nos ofrece una explicación geológica de la formación de las vetas de oro. La caja solo es tonta cuando se usa mal.