miércoles, 16 de enero de 2019

Historia Universal de la infamia (1935), Jorge Luis Borges




Sin ser fan de Borges, ni mucho menos, he disfrutado de esta colección de pequeños relatos. Podríamos decir que Borges prioriza el continente sobre el contenido.
Nos avisa el propio autor, en el prólogo a la primera edición, que «No son, no tratan de ser, psicológicos». Sumamos esta confesión: «Abusan de algunos procedimientos: las enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas».
En el prólogo a la edición revisada de 1954 abunda en la materia y define su propia obra como “barroca”: «Yo diría que barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura»; «el siglo XVIII lo aplicó a determinados abusos de la arquitectura y de la pintura del XVII; yo diría que es barroca la etapa final de todo arte, cuando éste exhibe y dilapida sus medios».
Valga como perfecto ejemplo este fragmento que hay que leer con detenimiento:

Perfilados bien por un fondo de paredes celestes o de cielo alto, dos compadritos envainados en seria ropa negra bailan sobre zapatos de mujer un baile gravísimo, que es el de los cuchillos parejos, hasta que de una oreja salta un clavel porque el cuchillo ha entrado en un hombre, que cierra con su muerte horizontal el baile sin música. Resignado, el otro se acomoda el chambergo y consagra su vejez a la narración de ese duelo tan limpio.

Borges es plenamente consciente de que su pequeño compendio de relatos no tiene otro valor que el de un entretenido juego literario, e insiste en ello.

«Son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias».

«Los doctores del Gran Vehículo enseñan que lo esencial del universo es la vacuidad»

A mí me ha gustado especialmente la parte dedicada al libro de Herbert Asbury, Gangs of New York: An informal History of the Underworld (obviamente Borges no se vio contaminado por la fabulosa película de Scorsese). También me ha llamado la atención Hombre de la esquina rosada, que me ha llevado a la siguiente reflexión: ¿deberíamos traducir a Borges? Digamos que se trata de una pregunta retórica con obvia respuesta, pero como observo que hay un amplio segmento de la población española a favor de subtitular hasta la Roma de Cuarón…

jueves, 10 de enero de 2019

El gran río Two-Hearted (1925), Ernest hemingway




Me gusta Hemingway. Lo curioso que me ha gustado de siempre. También me gustaba con menos de veinte añitos, y eso sí que es mérito, sin ir más allá, sin necesidad de pavonearse con frases altisonantes al estilo de “el mejor escritor americano de todos los tiempos”, “un escritor fundamental para comprender el siglo XX”. También me asombra lo de la “teoría del iceberg”. Nada que objetar, nada que achacar a Hemingway, pues supongo que no es más que un juego de la prensa y de los académicos, ponerle nombre a la creación literaria, a la selección, a eso tan simple que consiste en separar el grano de la paja. Ni que hubiera sido Hemingway el inventor de la literatura, eso es lo que me asombra.
Leo sus cuentos y la mayoría pasan desapercibidos. Puede ser que no me llame la atención el eje conductor, o que no sea capaz de captar lo esencial a través de una lectura superficial, o sencillamente que no todos alcancen un alto nivel. De pronto he topado con un relato que me ha provocado a escribir estas líneas. Necesito dejar huella para volverlo a leer.
Se trata de un relato que aparentemente no tiene nada de excepcional. Ni tenemos muchos datos ni falta que nos hace, un hombre y su mochila, una excursión al monte, una acampada y a pescar truchas.
Comienza el relato en un paisaje calcinado, un pequeño pueblo y unas hectáreas de bosque arrasadas por un incendio. Una vez terminado el relato es cuando me acuerdo del paisaje y vuelvo a él; es entonces cuando me doy cuenta de que simboliza o representa la civilización, quizás la guerra, la destrucción, pero no hay que darle un enfoque intelectual y buscar símbolos donde quizás no los haya. Simplemente se trata del contraste entre el mundo y la soledad, entre la lucha cotidiana y la plena comunión con la naturaleza. Acompañamos al personaje hasta el interior del bosque. Camina sin perder de vista el río, que es la guía. Somos conscientes de que el ejercicio físico y la soledad conducen al abandono, a una reflexión sana y desinhibida, a un sumo placer. No hay más. El protagonista busca un lugar adecuado para acampar. Se regodea en dejar crecer el hambre para luego disfrutar con más intensidad de una cena sabrosa. Somos testigos de cómo acomoda el terreno del campamento, instala su tienda, prepara un fuego, coge agua del río, cena, toma café. Se levanta temprano, eufórico por la cercanía del río. Recolecta un buen puñado de saltamontes y a pescar. Nos muestra un provechoso y tranquilo día de pesca. Nada más. No sabemos los días que durará la pesca. Dejamos al personaje en el monte y lo único que sabemos es que es feliz.
Solamente encuentro una referencia a otros pescadores, una sátira feroz:

Se había mojado la mano antes de tocar la trucha para no alterar la delicada mucosidad que la recubría. Si tocabas una trucha con la mano seca un hongo blanco atacaba el lugar sin protección. Años antes, cuando pescaba en ríos abarrotados, con pescadores río arriba y pescadores río abajo, Nick se había tropezado una y otra vez con truchas muertas, cubiertas de ese hongo blanco, detenidas en una roca o flotando tripa arriba en algún remanso. A Nick no le gustaba pescar con más gente en el río. A no ser que formaran parte de tu grupo, estropeaban la pesca.

Supongo que el protagonista es Hemingway. Tiene una fabulosa manera de describir los actos más sencillos, y me parece perfecta su manera de describir la naturaleza, sin alambicamientos, llamando a las cosas por su nombre. Hay hayas, pinos, helechos, hay verdes y marrones, solamente recuerdo un color con tintes metafóricos, el color a tabaco que trata de describir las tripas del saltamontes al ser atravesadas por el anzuelo.
Sigo adelante, si Hemingway no se enrolla en sus relatos mucho menos lo haré yo con una burda reseña.

viernes, 4 de enero de 2019

Primer amor (1860), Iván S. Turguéniev


Mi primer acercamiento a Turguéniev me ha dejado boquiabierto ¡Cuánto me queda por explorar en el interior de la literatura rusa!
Reflexiono acerca de las grandes literaturas, del florecimiento no espontáneo (por sus marcados antecedentes) del siglo de oro de las artes de la Gran Rusia. ¿Cómo sucede que las naciones que atraviesan una época gloriosa en lo político o lo económico dan a luz al mismo tiempo un número considerable de genios? No sé si me explico, hay un siglo de oro de la cultura holandesa y francesa que sucede al español. El esplendor cultural va ligado a los éxitos político-económicos, que cuando ceden dan lugar a un poso de decadencia. El esplendor de la literatura victoriana coincide a grandes rasgos con el de la literatura rusa. Qué decir de la cultura norteamericana. Quizás sean reflexiones superfluas…
Conocemos las circunstancias de la Rusia zarista, no precisamente innovadoras sino ancladas en un sistema socioeconómico anticuado, la servidumbre de la gleba, que guarda más semejanzas con el esclavismo que con el capitalismo incipiente. Pero la Rusia de la censura y de los zares es también la Rusia que ha derrotado a Napoleón y que amenaza occidente con un poderoso ejército.
El tipo humano del latifundista ruso, ocioso y sanguinario, comparte lugar con el intelectual, para nada ocioso, que ostenta una sensibilidad y un genio que hoy en día se nos presenta ejemplar, Gógol, Turguéniev, Dostoievski, Tolstói, Chéjov.

Mi pasión empezó ese día. Recuerdo que sentí algo parecido a lo que debe sentir un hombre que ha encontrado un empleo: dejé de ser simplemente un joven adolescente para convertirme en un enamorado. He dicho anteriormente que desde aquel día empezó mi pasión. Podría añadir que mis sufrimientos también empezaron ese mismo día. Sufría en ausencia de Zenaida. Mi mente no podía fijarse en nada y todo se me caía de las manos. Durante días enteros pensaba obstinadamente en ella… Sufría…, pero en su presencia me sentía más aliviado. Tenía celos, comprendía que era poca cosa para ella, me enfadaba tontamente y tontamente me humillaba. A pesar de todo, una fuerza irresistible me llevaba hacia ella, y cada vez que traspasaba el umbral de su casa sentía una bocanada de felicidad.

Recomiendo absolutamente Mi primer amor. Un comienzo clásico, incluso manido, tres amigos proponen romper el tedio contándose la experiencia de su primer amor. El narrador y coprotagonista prefiere escribir su experiencia para leérsela con posterioridad a sus amigos. La estructura es sencilla, una familia noble que veranea en una dacha de las afueras de Moscú, con la particularidad que a un lado alquila también otra familia noble venida a menos, a la cual pertenece Zenaida, la protagonista femenina alrededor de la cual orbita la trama, una mujer de belleza e inteligencia sin igual. Nuestro protagonista, Voldemar, conoce por vez primera lo que es el amor, pero muy pronto su inocencia se verá truncada de forma cruel. En poco tiempo el adolescente Voldemar se expone a la complejidad de la vida y recibe una sacudida de hondas implicaciones, primer paso hacia la madurez.
Como veis, nada del otro jueves. Y sin embargo, el poso autobiográfico es fundamental (asunto al cual doy siempre, como lector, extrema trascendencia) en el camino hacia la genialidad.
El mismo Turguéniev considera a Zenaida su personaje femenino más logrado. Las comparaciones con las protagonistas femeninas de Dostoievski o incluso con Anna Karenina o Eugenia Oneguin, abundan…, mujeres inteligentes que al mismo tiempo están dotadas por la naturaleza de un encanto irresistible.
La genialidad de Turguéniev se nos va insinuando lentamente, y luego, a trompicones, intuimos la inocencia de nuestro joven protagonista y la astucia de las apariencias. No hay un análisis psicológico claro como sucede en Tolstói o Dostoievski. No hay mucha acción, y sin embargo la tensión dramática se palpa hasta su conclusión final.
Fíjense cómo habla de la juventud:

¡Oh juventud, juventud!, nada te importa. Te parece poseer todos los tesoros del universo y hasta la tristeza te divierte, hasta la tristeza te es agradable. Eres engreída y soberbia. Dices: «ved, soy la única que vivo», y, sin embargo, tus días también pasan y desaparecen sin dejar rastro apenas. Todo lo que hay en ti desaparece, como la cera al sol, como la nieve… y quién sabe si el misterio de tu encanto está no en la posibilidad de hacerlo todo, sino en la posibilidad de pensar que todo lo harás, está en que derrochas inútilmente las fuerzas que de todos modos no hubieses sabido emplear en otra cosa; está en que cada uno de nosotros piensa completamente en serio que ha sido un derrochador, que completamente en serio se imagina que tiene derecho a decir: ¡Lo que hubiera hecho si no hubiese desperdiciado el tiempo!

No encuentro nada mejor para enfocar nuestro relato que un fragmento del apéndice con el que finaliza la enorme edición de Anaya, edición en origen para muchachos y que se me antoja insuperable.

«Diría que es la única obra mía que hasta ahora me sigue gustando ―afirmó Turguenev― porque lo que en ella se relata no es invención, sino vida. Cuando la vuelvo a leer, siento otra vez el aroma del pasado. Mis otras obras… pueden ser buenas, mostrar habilidad, talento, si usted quiere; pero todas ellas para mí son ficción. En cambio, Primer amor es algo intensamente vivo.» El autor de las memorias en que nos relata estas palabras de Turguenev le preguntó:
«―Entonces, Iván Sergéyevich, ¿fue todo así, tal como está relatado?
Al oír esto, el escritor permaneció callado, pero luego dijo con seriedad:
―Sí, así fue todo.»

En otra ocasión afirmaría: «En Primer amor pinté a mi padre. Muchos me lo reprocharon… Mi padre era un hombre de gran belleza (lo digo porque no me parezco a él, sino a mi madre), de una belleza típicamente rusa. Por lo general era frío, inaccesible, pero con sólo querer agradar a alguien, aparecía en su rostro y en sus ademanes algo irresistiblemente atractivo. Así era, sobre todo, con las mujeres a quienes quería gustar.»
En esta conversación con Turguenev se le preguntó:
«―Y el niño, ¿es un personaje real?
―Ese niño es actualmente un servidor ―dijo Turguenev.
―¡Cómo! ¿Y tan enamorado estaba?
―Sí.
―¿Y salió al jardín con un cuchillo?
―Y salí al jardín con un cuchillo.»

viernes, 28 de diciembre de 2018

La breve vida feliz de Francis Macomber, La capital del mundo y Las nieves del Kilimanjaro, tres relatos sobre el miedo, de Ernest Hemingway.



 
Profundidad y talento narrativo, Hemingway cumple con los requisitos que yo busco en un escrito, evasión al mismo tiempo que reflexión. Nada más comenzar un compendio de relatos del maestro me atrevo a seleccionar y unir los tres primeros en un tronco común, el del miedo. Me ha dado la impresión, quizás equivocada tras una lectura superficial, de que el miedo, en sus diversas formas, es el eje vertebrador de los tres relatos.

Macomber tiene miedo a enfrentarse al león, que es un miedo natural, visceral, digamos que salvaje.



No había nadie a quien poder decirle que tenía miedo, con quien compartir el miedo, y echado, solo, ignoraba ese proverbio somalí que dice que un hombre valiente siempre le tiene miedo a un león tres veces; la primera vez que ve su rastro, la primera vez que lo oye rugir y la primera vez que se enfrenta a él.



En cuanto al segundo relato, La capital del mundo, tiene por protagonista a Paco, que sueña con ser torero y presume de no conocer el miedo. No sabemos muy bien en este caso si se trata de una advertencia, porque quizás el miedo nos preserva de cometer alguna estupidez, aunque me da a mí que Hemingway no es propenso a la moraleja.

―Miedo ―dijo Enrique―. El mismo miedo que tendrías tú en el ruedo con un toro.

―No ―dijo Paco―. Yo no tendría miedo.

―¡Y una leche! ―dijo Enrique―. Todos tienen miedo. Pero un torero puede controlar su miedo para poder trabajarse al toro. Yo estuve en una capea de aficionados, y tuve tanto miedo que no podía dejar de correr. A todos les hizo mucha gracia. Así que tú también tendrías miedo. Si no fuera por el miedo, cualquier limpiabotas de España sería torero. Tú, un chico del campo, estarías tan asustado como yo lo estuve.



Después de leer este relato entiendo la afición del maestro por lo taurino.



En cuanto a Harry, el protagonista moribundo de Las nieves del Kilimanjaro, reflexiona con la muerte a un lado, tiene miedo al dolor.



Algo que siempre había temido era el dolor. Podía soportar el dolor como cualquier hombre, hasta que duraba demasiado y le iba socavando, pero en este caso se trataba de algo que le había dolido muchísimo, y justo en el momento en que había pensado que el dolor le podría, había cesado.



Es un relato este preñado de digresiones, recuerdos del protagonista que le sirven al autor para alumbrar aquello que desea destacar sobre el resto.



«Se acordó de mucho tiempo atrás, cuando Williamson, el oficial de granaderos, fue herido por una bomba de mano que una patrulla alemana lanzó una noche en la que él estaba cruzando la alambrada, y que, chillando, imploró que alguien lo matara. Era un hombre grueso, muy valiente, y un buen oficial, aunque aficionado a los alardes descabellados. Pero aquella noche quedó atrapado en la alambrada, con una bengala iluminándole y las tripas esparcidas por la alambrada, con una bengala iluminándole y las tripas esparcidas por la alambrada, de modo que para llevarlo vivo tuvieron que cortárselas. Pégame un tiro, Harry. Por amor de Dios, pégame un tiro. Una vez tuvieron una discusión relativa a que Dios nunca te enviaba nada que no pudieras soportar, y que según la teoría de alguien eso significaba que cuando el dolor llegaba a cierto punto te desmayabas automáticamente. Pero él siempre se había acordado de Williamson, aquella noche. Williamson no consiguió perder el conocimiento hasta que le dieron todas sus tabletas de morfina, que se había guardado para su uso personal, y luego resultó que no le hicieron nada.»



Quizás podamos poner a Hemingway en lugar de Harry, e imaginárnoslo en su convalecencia por sus heridas en las piernas durante la Primera Guerra Mundial.

Parece fácil. Escoge un tema fundamental como es la muerte, o el miedo, retrata a unos personajes de la vida real y luego dales cuerda. Que parezcan unos autómatas o semejen a la vida misma dependerá de tu pericia. Desde luego que si se trata de un tema que te obsesione tendrás la principal parte del camino andado, porque el origen de la narración está en la reflexión, llámese si se quiere obsesión. De aquí la famosa teoría del iceberg. Hemingway solamente nos ofrece una parte del todo, lógicamente.



Si tengo que escoger uno de los tres relatos me quedo con el primero. La figura de Macomber está, a mi modo de ver, muy lograda. En cambio me queda la sensación de que me he perdido en Las nieves del Kilimanjaro. Quizás no le he prestado atención al elemento autobiográfico. Las reflexiones metaliterarias del protagonista harán las delicias de los entusiastas del maestro, el sarcasmo del escritor esforzado que, al borde de la muerte, persiste en el oficio.



Ahora ya nunca escribiría todo lo que no había escrito porque pensaba que no sabía lo suficiente para escribirlo bien. Bueno, ahora tampoco tendría que fracasar en su intento de escribirlo. A lo mejor es que nunca podrías escribirlo, y por eso demorabas y aplazabas el comienzo. Bueno, ahora ya nunca lo sabría.



Todos debemos tener madera para hacer lo que hacemos, se dijo. Lo que hagamos para vivir es lo que mide nuestro talento. Él, de una u otra forma, había vendido vitalidad toda su vida, y cuando conseguías mantener tus afectos al margen ofrecías mucho más que el precio que te pagaban. Había descubierto que ahora tampoco escribiría acerca de eso. No, no escribiría de eso, aunque desde luego era algo que valía la pena.