lunes, 23 de enero de 2023

Curso de literatura europea (1980?), Nabokov

 

No sé cuándo ni cómo fue publicado este libro, pues en realidad no es otra cosa que una recopilación, o reconstrucción, de los apuntes de que se servía el maestro como apoyo en sus clases de la Universidad donde se ganaba la vida antes de llegar al estrellato. Casi que mejor no saberlo porque seguro que entra el dinero en escena.

Haciendo a un lado el mito (hercúlea tarea entre personas civilizadas), me atrevo a decir que el Nabokov profesor tuvo que ser un hombre tan apasionado como difícil. Me pongo en la piel de unos muchachos de más o menos 20 años, a los cuales seguro les gustaba leer, por lo menos a unos cuantos. Tampoco pongo en duda que Nabokov fuera capaz de contagiar su entusiasmo. Sin embargo, y visto el tipo de análisis que hace Nabokov de las novelas que escoge, entiendo que debió de ser muy complicado seguirle la pista. Yo no lo he conseguido, y eso que analiza algunas novelas que ya he leído, algunas de ellas más de una vez.

El prefacio escogido es relevante.

 

Mi curso es, entre otras cosas, una especie de investigación detectivesca en torno al misterio de las estructuras literarias.

 

Luego comienza el curso con un breve ensayo titulado “Buenos lectores y buenos escritores”, que comienza tal que así:

 

«Cómo ser un buen lector», o «Amabilidad para con los autores».

 

Y casi a continuación:

 

Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos.

 

Y sigue así, línea tras línea, soltando perlas en un ensayo que mi edición de bruguera completa en 10 páginas. Poco texto pero denso. No se lee, de degusta.

 

… el buen lector es aquel que tiene imaginación, memoria, un diccionario y cierto sentido artístico…

 

… los libros no se deben leer: se deben releer. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un «relector». Y os diré por qué. Cuando leemos un libro por primera vez, la operación de mover laboriosamente los ojos de izquierda a derecha, línea tras línea, página tras página, actividad que supone un complicado trabajo físico con el libro, el proceso mismo de averiguar en el espacio y en el tiempo de qué trata, todo esto se interpone entre nosotros y la apreciación artística. Cuando miramos un cuadro, no movemos los ojos de manera especial; ni siquiera cuando, como en el caso del libro, el cuadro contiene ciertos elementos de profundidad y desarrollo. El factor tiempo no interviene realmente en un primer contacto con el cuadro. Al leer un libro, en cambio, necesitamos tiempo para familiarizarnos con él. No poseemos ningún órgano físico (como los ojos respecto a la pintura) que abarque el conjunto entero y pueda apreciar luego los detalles. Pero en una segunda, o tercera, o cuarta lectura, nos comportamos con respecto al libro, en cierto modo, de la misma manera que ante un cuadro. Sin embargo, no debemos confundir el ojo físico, esa prodigiosa obra maestra de la evolución, con la mente, consecución más prodigiosa aún….

 

Me ha recordado al insuperable análisis de la lectura de C. S. Lewis, que también compara el arte de la lectura con las otras artes.

Continúa:

 

La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza.

 

Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro, y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor.

 

El grueso del curso está dedicado a 7 novelas: Mansfield Park, de Jane Austen; Casa desolada, de Charles Dickens; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson; Por el camino de Swan, de Marcel Proust; La metamorfosis, de Franz Kafka; Ulises, de James Joyce.

No he leído tres de estas novelas, a lo cual no tardaré en poner remedio.

Se trata de un análisis poco ortodoxo de los clásicos, aunque pudiera parecer aquí pecaminoso mencionar la palabra ortodoxia.

Por último, finaliza el curso otro pequeño ensayo, igual de imprescindible que el introductorio, El arte de la literatura y el sentido común, que no es otra cosa que un alegato contra el sentido común en literatura.

Todos esos lectores que disponen hoy de tanto tiempo como para atreverse a escribir sus propias novelas, harían bien en detenerse, regodearse, degustar con calma, placentero paréntesis, las teorías que Nabokov nos brinda sobre la lectura y la escritura.

 

De modo que ahora está preparado para escribirla. Se encuentra completamente equipado. Tiene la estilográfica llena, la casa está tranquila, el tabaco y las cerillas a un lado, la noche es joven… y nosotros le dejamos en su grata ocupación, salimos furtivamente, cerramos la puerta, y al marcharnos, echamos de la casa al monstruo ceñudo del sentido común que subía pesadamente a gimotear que el libro no es para el público en general, que el libro nunca nunca se… Y entonces, antes de que ese falso sentido común profiera la palabra v-e-n-d-e-r-á, tendremos que pegarle un tiro.

 

 

 

martes, 10 de enero de 2023

La gran aventura de los cowboys (1970), H. J. Stammel

 

No se puede entender el carácter americano sin conocer el encuentro que se dio entre una nación joven y el Far West, que disponía de una naturaleza totalmente intacta, diríase incluso prehistórica. Al decir del autor, esos hombres, los cowboys, tuvieron que adaptarse a las condiciones de un auténtico desierto, y en el proceso, durante el retorno a la vida salvaje, de alguna manera sufrieron el olvido de las tradiciones culturales europeas.

No se trata de una tesis, sino de un simple relato de acontecimientos históricos, se trata de desmitificar la figura del cowboy que nos han dejado las películas del oeste.

Aunque está articulado en una serie de capítulos, yo me he encontrado cómodo entre cierto desorden, en el continuo ir y venir de nombres de personas, herramientas, ríos, ciudades… Hay un sinfín de fragmentos de novelas, cartas, testimonios de personas francamente fabulosos, una oportunidad que me viene que ni pintiparada para esa expresión tan socorrida, la realidad supera a la ficción.

El cowboy era un ser extrañamente civilizado, tan diferente del indio de las praderas como del yanqui del este. De costumbres sencillas, mostraba una total falta de respeto por el rango y la riqueza, y se negaba a realizar cualquier trabajo que no se pudiera cumplir montado a caballo. Fijaos en esta inscripción sobre la tapa de un ataúd:

 Aquí yace

Jim

Pequeño diablo descarado

Nacido en 1886, en Madison County, Texas,

Muerto el 16 de julio de 1892.

Tenía el cuerpo de caballo,

el corazón de un caballero y el afecto

del que le ha elevado este monumento.

 

La fama de violento del cowboy y su manera de resolver los conflictos ocupa muchas páginas repletas de nombres propios, pero en realidad fenómenos como el de Billy el niño no fueron sino excepciones, de tal manera que encontramos por doquier fragmentos como este, que lo desmitifican:

 

«Sólo ante la idea del caos que los cowboys podían provocar en la ciudad, a los responsables se les ponía el cabello de punta. Se había previsto triplicar los efectivos de la policía, adscribirles tiradores de primera, construir una gran prisión, etc. Pero todo esto ya se había hecho en las otras ciudades. Un ranchero de Texas me dijo entonces que bastaba con dejar en paz a aquellos jóvenes del Sur, que eran muy diferentes de nosotros, pero muy pacíficos, amables y únicamente deseosos de gastar su dinero para divertirse. Entonces se hizo la prueba. Y fíjense lo que ha pasado: los cowboys son seguramente las personas más ruidosas de la ciudad; pero también las más manejables. Una palabra amistosa y eso basta para que hagan de buen grado lo que se les pide. Son tan educados, tan corteses con nuestras mujeres, que no se siente un poco envidioso, hasta avergonzado. No hay que equivocarse, estos jinetes se parecen a caballos salvajes; pero están llenos de ingenuidad, de frescor y de bonachonería, son especialmente tan honrados, tan fieles a su palabra, que es magnífico tener negocios con ellos.»

 

En esta historia también hay un pedacito de España, y de Nueva España, pues fueron españoles los pioneros, incluso los que desembarcaron en América las vacas y toros que coprotagonizan esta historia. Se habla del exterminio de los bisontes y de su sustitución por decenas de millones de cabezas de ganado vacuno, de la posterior competencia con el ganado lanar, de los grandes treks, del crecimiento de las ciudades ganaderas como Dodge City, Gomorra de las fronteras, de los duelos de pistoleros, de los famosos scheriff, de la guerra de los cercados y los ranchos. La historia de los cowboys, los conductores de ganado, sirve de excusa para conocer los inicios de la expansión americana, de la convivencia con mexicanos e indios y del exterminio de estos últimos, en fin, de uno de esos episodios francamente interesantes de la historia de la humanidad que conocemos tergiversados por la influencia de Hollywood.

Esta reseña no es otra cosa que un recuerdo, incentivación para su lectura, porque yo sé de buena tinta que a muchos lectores la historia no les va, cuando hoy proliferan los libros de divulgación, que son verdaderamente apasionantes.

El libro roza en ocasiones el mito.

 

Lo que sólo ayer parecía imposible, se había vuelto trivial. Paralelamente a las primeras travesías de los rebaños, modernos argonautas lanzados a los océanos herbosos, crearon, al este y al oeste de Texas y de Nuevo México, dominios inmensos sobre los cuales reinaban hombres que representaban un nuevo tipo específicamente americano, el de los reyes del ganado, cuyas hazañas eran contadas por sus súbditos alrededor de los fuegos de campamento.

 

Fijaos, si no, en esta protesta de Nube Roja, el indio orgulloso que se ganó el afecto de los americanos.

 

«He nacido y he vivido en el país donde el sol se levanta, y ahora vengo del país donde el sol se pone. ¿Cuál fue la primera voz que sonó en este país? La del hombre rojo que no tenía más que un arco y flechas. El Gran Padre dice que es bueno para nosotros. Yo no lo creo. Yo soy bueno para su pueblo blanco. Mi rostro es rojo, el vuestro es blanco. El Gran Espíritu nos ha hecho leer y escribir a vosotros, pero no a mí. Yo no he aprendido. Cuando nosotros poseíamos antes este país, éramos fuertes; ahora nos fundimos como la nieve en la ladera de una montaña, mientras que vosotros habéis crecido como la hierba de la primavera… Cuando el hombre blanco viene a mí país, deja atrás de él un reguero de sangre. Di al Gran Padre que quite el fuerte Fetterman y nosotros no sufriremos más miserias…»

 

Las implicaciones de la conquista del oeste son tantas que nos ayudan a entender el american way of life, incluso la propia democracia, la marca de la edad contemporánea:

 

«La democracia americana no ha surgido del sueño de un teórico, ni ha sido importada por la Sarah Constant en Virginia, ni por el Mayflower en Plymouth. Ha nacido en las selvas vírgenes del país, renovando sus fuerzas cada vez que había franqueado las viejas barreras y encontraba otras nuevas. No fueron las leyes constitucionales escritas, sino las tierras libres y una superabundancia de recursos naturales, accesibles a todos, lo que permitió, en menos de tres siglos, el florecimiento sin trabas de una humanidad libre, la formación de ese tipo de sociedad democrática que posee hoy América.»

 

Es digno de estudio el carácter de los primeros millonarios que crea la ganadería, la denominada aristocracia de las praderas. En definitiva, son europeos pero liberados de sus costumbres ancestrales.

 

Estos reyes del ganado eran una extraña mezcla de aventureros y de hombres de negocios. Se diferenciaban casi totalmente, de los caballeros de industria cuya caída, en aquella época, era casi tan rápida como su ascensión: su capacidad de economistas, la duración de sus éxitos y la importancia de su personalidad justificaba la comparación con los señores feudales más que las mansiones magníficamente ostentosas y una suntuosa hospitalidad. Sin embargo, encarnaba un género de aristócrata típicamente americano. Ni el menor ceremonial en su vida de sociedad; trabajaban en las mismas condiciones que sus cowboys y se divertían de la misma manera.

 

Sin duda, un libro fabuloso que nos servirá para contrarrestar la influencia del western en nuestra imagen de la conquista del Far West.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Siddharta (1922), Hermann Hesse

 

La búsqueda de la sabiduría no es algo exclusivo del mundo oriental. Supongo es una maldición que persigue a unos pocos hombres, insatisfechos con lo que les depara la sociedad.

 

¿Acaso no era también uno de los que buscan siempre sedientos?

 

Siddharta parecía estar a menudo cerca del mundo celestial, pero nunca lo había alcanzado completamente. Jamás había saciado su última sed.

 

Siddharta tenía un fin, una meta única: deseaba quedarse vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños, sin alegría ni penas. Deseaba morirse para alejarse de sí mismo, para no ser él, para encontrar la tranquilidad en el corazón vacío, para permanecer abierto al milagro a través del pensamiento puro; ése era su objetivo. Cuando su yo se encontrase vencido y muerto, cuando se callasen todos los vicios y todos los impulsos de su corazón, entonces tendría que despertar lo último, lo más íntimo del ser, lo que ya no es el yo, sino el gran secreto.

 

Para alcanzar las mieles de la sabiduría, Siddharta abandona su condición social privilegiada de brahmán. Se hace mendigo y vaga por ahí, acompañado de su fiel amigo Govinda; son los denominados samanas, que abrazan la pobreza para alcanzar el yo. Sin embargo Siddharta se desengaña rápidamente del arte de los samanas.

 

―¿Qué significa el arte de ensimismarse? ¿Qué es el abandono del cuerpo? ¿Qué representa el ayuno? ¿Qué se pretende al detener la respiración? Se trata sólo de huir del yo. Es un breve escaparse del dolor del ser, una breve narcosis contra el dolor y lo absurdo de la vida. La misma huida, la misma breve narcosis encuentra el arriero en la posada cuando bebe algunas copas de aguardiente de arroz o de leche de coco fermentada. Entonces ya no siente su yo, ya no experimenta los dolores de la vida; en aquel momento ha encontrado una breve narcosis. Dormido sobre su copa de aguardiente de arroz alcanza lo mismo que Siddharta y Govinda después de largos ejercicios.

 

Luego encuentra a Buda, pues vive el mismo tiempo que Siddharta. Su compañero Govinda se queda con Buda, pero Siddharta sigue buscando su camino. Estas son las palabras que le dirige a Buda.

 

―Ni un momento he dudado de que tú fueras el Buda, de que hubieras llegado a la meta, al máximo, hacia el que tantos brahmanes e hijos de brahmanes se hallan en camino. Has encontrado la redención de la muerte. La has hallado con tu misma búsqueda, con tu propio camino, a través de pensamientos, meditaciones, ciencia, reflexión, inspiración. ¡Pero no la has encontrado a través de una doctrina! Yo pienso, majestuoso, que nadie encuentra la redención a través de la doctrina. ¡A nadie, venerable, le podrás comunicar con palabras y a través de la doctrina lo que te ha sucedido a ti en el momento de tu iluminación!

 

Esto es importante. La sabiduría se alcanza a través de un infructuoso camino vivido, no se puede enseñar o aprender, no se transmite.

Buda le da la razón, aunque justifica su vida y el enjambre de seguidores que tiene.

 

―¿Has visto el conjunto de mis samanas, de mis muchos hermanos, que han aceptado la doctrina? ¿Y crees tú, samana forastero, que para todos ellos sería mejor abandonar la doctrina y volver a la vida del mundo y de los placeres?

 

Siddharta es consciente de que, para encontrar su propio destino, debe abandonar a Buda y seguir su propio camino.

Siddharta da un giro completo a su situación y abraza la vida ordinaria de los hombres, conoce el amor y las riquezas.

 

Y con todo ello, los envidiaba. Sentía cada vez más celos, a medida que se iba pareciendo más a ellos. Codiciaba lo único que a él le faltaba y que los hombres tenían: la importancia que lograban dar a su existencia, la pasión de sus alegrías y temores, la dulzura inquietante y su constante capacidad de amar. Vivían enamorados de sí mismos, de sus mujeres, de sus hijos, de su honor, o de su dinero; esos seres, siempre se hallaban llenos de planes y esperanzas.

 

Alcanzar la condición de hombre normal le lleva muchos años, y cuando de nuevo le alcanza el hastío, lo abandona todo para vivir al lado de un humilde barquero que de alguna manera compara Siddharta con el Buda. Siddharta vuelve a alcanzar la humildad ayudando a los hombres a cruzar el río con su barca.

 

Cuando cruzaban viajeros corrientes, gentes infantiles, comerciantes, guerreros, mujeres… ya no le eran tan extraños como antes. Aun sin compartir sus ideas y opiniones, los comprendía y se interesaba por su vida, que no se guiaba por raciocinios y conocimientos, sino únicamente por instintos y deseos. Ahora sentía igual que ellos.

 

No les faltaba nada. El sabio y el filósofo sólo les aventajaba en un pequeñísimo detalle: la conciencia, la idea consciente de la unidad de toda la vida.

Y Siddharta llegaba a veces a dudar de si esa idea o conocimiento tenía valor, o si quizá se trataba también de otra necedad de los humanos pensadores. En todo lo demás, los seres comunes eran iguales a los sabios, incluso los superaban con frecuencia; como también los animales, al obrar con fortaleza y tenacidad son en ocasiones superiores a los humanos.

 

Al final Siddharta encuentra en el río, con el barquero, la sabiduría, el OM, la perfección, y con ella la felicidad, la serenidad. Digamos que Siddharta, ya viejo, encuentra su destino, el Nirvana, hasta convertirse en un ser perfecto. Sin embargo, como bien sabemos ya, la sabiduría no se transmite, no se puede explicar, así que las conclusiones las tiene que hacer cada lector.

 

 

martes, 20 de diciembre de 2022

La estructura de las revoluciones científicas (1962), Thomas Kuhn

 

El cambio climático me ha parecido siempre un tema apasionante, es interdisciplinar; prehistoria, geografía, geología y un montón de disciplinas afines especializadas. Me atrevo a decir, a riesgo de que me tilden de negacionista, que no me convencen mucho las explicaciones científicas que se dan acerca de la cuestión de que sea la acción humana la responsable de la intensificación del cambio climático. En realidad, la explicación más recurrente es la siguiente: “cada vez más científicos están de acuerdo en ello”.

No hace mucho que veía un programa por televisión en que un científico mostraba sus papeles y trataba de corregir opiniones equívocas al respecto (a tener en cuenta que los tertulianos que hablan por la tele quizás ni saben distinguir entre clima y tiempo atmosférico), pero no pudo argumentar nada porque un montón de supuestos científicos enfurecidos casi que querían quemarlo en la hoguera.

Puntualicemos. Incluso a Galileo Galilei se le sometió a un juicio científico en el que se le ofreció la posibilidad de argumentar y demostrar sus teorías. Parece ser que hoy, igual que ayer, existen dificultades para argumentar y demostrar. Dicho de otra manera, pareciera que el cambio climático es cuestión de fe, porque si nos atenemos a las demostraciones científicas, insisto, dejan mucho que desear.

Sí, claro que todos estamos de acuerdo en que la acción antrópica es un verdadero desastre. Somos demasiados, rompemos todo lo que tocamos y no mostramos ningún respeto por la naturaleza y el resto de las especies; en eso estamos casi todos de acuerdo y yo soy el primero en defender al medio ambiente. Pero me pregunto, qué relevancia le damos a la verdad, o cuando menos a la búsqueda de la verdad, y a las formas que adoptamos para llegar a ella.

Aquí entra por fin el libro que traigo a colación, que habla mucho de eso de las teorías y los paradigmas, o sea, de ese momento en que la mayoría de los científicos se ponen de acuerdo, hasta que llegan esos genios o científicos rupturistas que son capaces de enfrentarse a la mayoría con sus teorías revolucionarias.

No es una lectura sencilla, sí un interesantísimo ensayo para aquellos que tengan inquietudes acerca de cómo funciona la ciencia. Un poco de filosofía, para variar. Pongo aquí un ejemplo, en el que se diferencia entre ciencia normal y extraordinaria, dando como resultado la definición de revolución científica.

 

La ciencia normal, la actividad en que, inevitablemente, la mayoría de los científicos consumen casi todo su tiempo, se predica suponiendo que la comunidad científica sabe cómo es el mundo. Gran parte del éxito de la empresa se debe a que la comunidad se encuentra dispuesta a defender esa suposición, si es necesario a un costo elevado. Por ejemplo, la ciencia normal suprime frecuentemente innovaciones fundamentales, debido a que resultan necesariamente subversivas para sus compromisos básicos. Sin embargo, en tanto esos compromisos conservan un elemento de arbitrariedad, la naturaleza misma de la investigación normal asegura que la innovación no será suprimida durante mucho tiempo. A veces, un problema normal, que debería resolverse por medio de reglas y procedimientos conocidos, opone resistencia a los esfuerzos reiterados de los miembros más capaces del grupo dentro de cuya competencia entra. Otras veces, una pieza de equipo, diseñada y construida para fines de investigación normal, no da los resultados esperados, revelando una anomalía que, a pesar de los esfuerzos repetidos, no responde a las esperanzas profesionales. En esas y otras formas, la ciencia normal se extravía repetidamente. Y cuando lo hace ―o sea, cuando la profesión no puede pasar por alto ya las anomalías que subvierten la tradición existente de prácticas científicas― se inician las investigaciones extraordinarias que conducen por fin a la profesión a un nuevo conjunto de compromisos, una base nueva para la práctica de la ciencia. Los episodios extraordinarios en que tienen lugar esos cambios de compromisos profesionales son los que se denominan en este ensayo revoluciones científicas. Son los complementos que rompen la tradición a los que está ligada la actividad de la ciencia normal.

 

Parece que todos sabemos cómo funciona la ciencia y la investigación, pero a menudo sucede que ni los propios científicos conocen las herramientas de su oficio. Es más, como dice Kuhn:

 

Los estudiantes de ciencias aceptan teorías por la autoridad del profesor y de los textos, no a causa de las pruebas. ¿Qué alternativas tienen, o qué competencia?

 

Incluso va más allá, y arguye Kuhn, que el asentamiento de los paradigmas, de los grandes esquemas o modelos científicos, depende en ocasiones de temas tan subjetivos como la persuasión:

 

Como en las revoluciones políticas sucede en la elección de un paradigma: no hay ninguna norma más elevada que la aceptación de la comunidad pertinente. Para descubrir cómo se llevan a cabo las revoluciones científicas, tendremos, por consiguiente, que examinar no sólo el efecto de la naturaleza y la lógica, sino también las técnicas de argumentación persuasiva, efectivas dentro de los grupos muy especiales que constituyen la comunidad de científicos.

 

Una reflexión de Planck es profundamente expresiva:

 

Y Max Planck, pasando revista a su propia carrera…, escribió con tristeza que “una nueva verdad científica no triunfa por medio del convencimiento de sus oponentes, haciéndoles ver la luz, sino más bien porque dichos oponentes llegan a morir y crece una nueva generación que se familiariza con ella”.

 

No me siento capacitado para dar muchas explicaciones, pues todavía tengo que digerir parte de lo que Kuhn explica. Le doy más importancia a la reflexión que he llevado y a la búsqueda paralela de información. La ignorancia es tan audaz que cree el ciudadano medio que la ciencia funciona como las matemáticas, y cuando a alguien le interesa decir que la ciencia ya lo ha demostrado, se acabó la discusión.

Para Kuhn, en cambio, la ciencia es hija de su tiempo, de tal manera que las diferentes escuelas científicas ven el mundo de manera diferente y, por ende, tienen una manera diferente de practicar el método científico. Aunque todo parezca racional, Kuhn habla de un elemento arbitrario, compuesto de incidentes personales e históricos como uno de los ingredientes de formación de las creencias de una comunidad científica en un momento determinado. De alguna manera Kuhn pone en evidencia la irracionalidad del progreso científico:

 

Hago de la ciencia una actividad subjetiva e irracional.

 

  Muy valiente Kuhn, qué duda cabe. Un ensayo verdaderamente revelador. Cuando un paradigma (modelo o patrón aceptado comunmente por los científicos) triunfa entre la comunidad científica, se convierte en disciplina y pasa a estudiarse en las universidades, entrando así en la actividad académica. De ahí surgen libros de texto, tesis doctorales..., lo que denominamos ciencia normal. Los científicos tratarán de defender las leyes del paradigma ante cualquier ataque que pueda recibir. Dicho paradigma se convierte en dogma, como una religión. Dicho paradigma solo será surpimido cuando aparezca otro rival más capaz. Entonces el consenso científico se verá disminuido, dicho paradigma entrará en crisis y surgirá uno nuevo a través de una revolución científica.

        En definitiva, y permítanme un final un tanto escatológico, replantearse las cosas es sano, y si no, como acostumbran a decir en el mundo anglosajón, "comamos mierda, millones de moscas no pueden estar equivocadas".