martes, 24 de mayo de 2022

Suite Francesa (2004) Irène Némirovsky

 

Novela esta que ni mucho menos viene a colación de la guerra, dada la temática o los orígenes ucranianos de la autora.

La vida en sí de Irène es novelesca, pero también podríamos considerar que cualquier vida, por muy sencilla que esta pudiera parecernos, es susceptible de ofrecer una gran novela. Murió en Auschwitz y de ahí que la novela esté inacabada, pues era una historia ambiciosa en cuanto a tamaño y contenido. Da comienzo cuando los habitantes de París esperan, de un momento a otro, la invasión de París por parte de los alemanes después de su sorprendente blitzkrieg en junio de 1940.

Más que en una novela, Irène pensaba en una serie de novelas entrelazadas que retratara la vida de la sociedad francesa desde la invasión alemana. La primera de las novelas, Tempestad en junio, retrata la huida de París de cientos de miles de refugiados. La segunda, Dolce, puede considerarse una novela independiente, que narra la vida en un pequeño pueblo de provincias cercano a París. Irène proyectaba otras tres novelas, que no pudieron ser llevadas a efecto, aunque nos han llegado bocetos que son publicados a modo de apéndices.

La publicación tardía de esta novela se debió a ciertas confusiones, pero hay que decir que la autora perteneció a una familia burguesa muy acaudalada y que ya disfrutó del éxito antes de la llegada de la segunda guerra mundial.

La novela goza de un estilo pausado y sólido. La primera parte estructurada a modo de colmena, pues narra como media docena de historias intercaladas que no tienen que ver las unas con las otras, no al menos durante su transcurso. Es minuciosa en las descripciones, en busca del realismo, si bien abarca varias clases sociales, más bien se enfoca en la burguesía, y pese a lo que pudiera parecer, a mí me ha resultado entretenida.

 

No es que los pobres fueran más miedosos que los ricos, ni que le tuvieran más apego a la vida; pero sí eran más gregarios, se necesitaban unos a otros, necesitaban apoyarse mutuamente, gemir o reír juntos.

 

Quizás lo más logrado de la novela esté en el relato de esos primeros momentos de incertidumbre que suceden a la sorprendente derrota del ejército francés.

 

¿Quién pensaba en las desgracias de la Patria? Ellos, los que se marchaban esa noche, no. El pánico anulaba todo lo que no fuera instinto, movimiento animal y trémulo del cuerpo. Coger lo más valioso que se tuviera en este mundo y luego… Y esa noche sólo lo que vivía, respiraba, lloraba, amaba, tenía valor. Raro era el que lamentaba la pérdida de sus bienes; la gente cogía en brazos a una mujer o un niño y se olvidaba de lo demás. Lo demás podía ser pasto de las llamas.

 

La segunda novela trata sobre la vida de los habitantes de un pueblo francés que hace frente a la ocupación alemana. En principio, el comportamiento de los alemanes es mucho más moderado de lo esperado, aunque lo crudo de la guerra está por llegar; de hecho termina cuando la mayoría de los soldados se van camino del este cuando se abre el nuevo frente ruso.

Al parecer hay una película que se centra fundamentalmente en esta segunda parte, que da lugar a un drama amoroso entre una francés y un joven oficial alemán.

 

Némirovsky nos deja testimonio de una época histórica, de un acontecimiento histórico, de una manera especial, quizás más gráfica que un relato histórico propiamente dicho.

Termino con una muestra del oficio de la autora.

 

Te lo digo siempre; no le prestas suficiente atención a los secundarios. Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo. Mira a Proust y algunos otros que han sabido sacarle partido a los secundarios. Los utilizan para humillar, para empequeñecer a sus protagonistas. Nada más saludable en una novela que esa lección de humildad dada a los héroes.


viernes, 10 de diciembre de 2021

La vida del buscón (1605), Francisco de Quevedo

 


Requiere de cierto atrevimiento reseñar a los clásicos del siglo de Oro. De entrada choca el lector con el castellano antiguo y las notas al pie, incluso con los apéndices. Luego está el continuo juego al que Quevedo somete al lenguaje. La lectura es lenta y no resulta tan divertida como lo debió ser en su tiempo.

Obligada es la lectura de una introducción crítica, so peligro de perderse. La que me ofrece mi edición, Biblioteca de Plata de los Clásicos Españoles de Círculo de Lectores, me ha parecido afortunada. Advierto, de antemano, que lo mío no es más que un esbozo que puede contener errores o apreciaciones subjetivas.

Me interesan las fechas para situarme. El Amadís de Gaula data de 1508, el Lazarillo de Tormes de 1554. En 1599 se publica el Guzmán de Alfarache, que alcanza tal fama que provoca múltiples emulaciones, entre ellas la de Quevedo. La fama de la de Mateo Alemán tiene sentido. Hasta dicho momento, la literatura europea no había pintado a un personaje de la más baja condición, a excepción del Lazarillo. El Guzmán de Alfarache es un pícaro que acaba convirtiéndose en escritor de sus propias memorias, o sea que hay un progreso psicológico lógico y secuenciado, una tesis incluso. Sin embargo, sus imitadores, entre ellos La vida del buscón, solamente se interesan por los aspectos más superficiales del pícaro. No hay una construcción interior del personaje como la hubo por parte de Mateo Alemán. Quevedo no encuentra en la novela picaresca sino un pretexto para introducir sus magistrales juegos de palabras, sus escenas jocosas y divertidas, sus retruécanos. A Quevedo no le interesa la trama o el personaje, a no ser que sirva a su intención de jugar con el lenguaje, tampoco le interesa lograr la verosimilitud, la consistencia humana del personaje.

Tanto Lazarillo de Tormes como el Guzmán de Alfarache, son piezas decisivas que marcan la historia posterior de la novela realista. Por vez primera las clases más humildes se ganan el derecho a aparecer en la novela. Quevedo, en cambio, se limita a agudizar su ingenio lingüístico, a mostrar un formidable despliegue de hipérboles, de agudezas y piruetas verbales. Incluso diríase que al principio dicho despliegue es mayor que según avanza la novela, quizás por cansancio. Difícilmente se encuentran pasajes más logrados que los que definen en el primer capítulo a la desventurada familia de Pablos o los que definen la tragedia del hambre que provoca el licenciado Cabra en sus pupilos.

Como ejemplo, para ahondar en dicha incoherencia, incluso Pablos, el protagonista, carece de motivos para escribir una autobiografía; lejos de vanagloriarse de su progreso, lo que pretende es enterrar su vergonzoso pasado y que nada de él se sepa. Incluso creo tener entendido que el propio Quevedo, famoso desde su más tierna juventud, no se esforzó en absoluto por presumir de la autoría de su novela; de hecho estaba en el punto de mira de la Inquisición. Curioso período en que los mejores poetas basculaban entre la más excelsa fama y el anonimato.

Para Quevedo no hay manera de romper las barreras de clase. La cuna lo determina todo; no hay forma de que la fortuna recaiga sobre un “mal nacido”. La nobleza y la virtud provienen de la sangre, y por ende Pablos no deja nunca de ser despreciable, motivo de escarnio. Digamos que aquí Quevedo representa al prejuicio mientras Mateo Alemán la modernidad. En realidad Quevedo da un paso atrás. Manda el lenguaje, no los hechos. Eso sí, en el uso del lenguaje Quevedo no tiene parangón, y quizás sea esa la causa de que se imponga con facilidad al Guzmán de Alfarache en cualquier colección editorial actual que rememore los clásicos. Los juegos idiomáticos se imponen a cualquier otro nivel, la forma al contenido. Juzgue cada cual.

miércoles, 18 de agosto de 2021

Ensayos, (XVI) Michel de Montaigne

 




La crítica conforma la opinión, siempre más poderosa que la razón. Muy pocos son los que gustan de formar, menos aún formular, su propia opinión, humanistas como Montaigne.

Echando un vistazo por la red no se encuentra otra cosa que críticas halagadoras. A mí personalmente me ha resultado una lectura interesante, que he llevado a cabo de forma pausada, al tiempo que intercalada con otras lecturas. Cierto que no creo que hoy haya muchos lectores capaces de disfrutar de Montaigne, todavía menos fuera de Francia. Personalmente me parece exagerado considerar los Ensayos como libro de cabecera. Cierto que yo he llevado a cabo una lectura más bien superficial, y que en una segunda lectura haría una importante selección. Pero más que por el contenido, yo destaco de los Ensayos el espíritu.

Esto se explica mejor en cualquier introducción a Montaigne que aquí, Humanismo y Renacimiento frente a la escolástica medieval. Los ensayos no son otra cosa que una expresión del yo, un “conócete a ti mismo”. En este sentido, no creo que haya sido Montaigne el creador de los ensayos, aunque supongo que se puede explorar al efecto. Desde luego que la forma moderna del ensayo tiene su origen en Montaigne.

El caso que Montaigne charla acerca de todo lo que le rodea, de aquello que le inquieta, y lo hace desde un punto de vista racional. Podremos observar que no siempre acierta, pero lo importante no es el resultado sino el punto de vista, el espíritu interrogativo, la reflexión.

 

Expongo aquí fantasías, informes e indecisas, como hacen aquellos que publican dudosas cuestiones a debatir en las escuelas; no para establecer la verdad sino para buscarla.

 

Observamos que su espíritu resulta incuestionable, pero no tanto cuando opina, como por ejemplo cuando ataca la traducción de la Biblia a lenguas diferentes del latín:

 

Creo también que la libertad de cada cual de dispersar palabra tan religiosa e importante en tantas clases de idiomas, encierra mayor peligro que utilidad. Los judíos, los mahometanos, y casi todos los demás reverencian y han esposado la lengua en la que se concibieron sus misterios originariamente, y prohíben alterarla o cambiarla no sin razón.

 

A mí, personalmente, me parece que la traducción de la Biblia, promovida por los disidentes del catolicismo, a las lenguas romances, es siempre positiva.

Lo mejor de Montaigne está en esa sinceridad con la que se dirige a sí mismo, o sea, a nosotros:

 

Hace varios años que soy yo el único objetivo de mis pensamientos, que no analizo ni estudio sino mi propia persona.

 

Los ensayos se muestran de forma progresiva, cada vez más deliciosamente autobiográficos. Difíciles de catalogar en su tiempo, hoy encuentran fácil acomodo en la categoría de ensayo.

Importante apuntar que Montaigne recibió una exquisita educación, en latín, y de su conocimiento de los clásicos viene la estructura de los ensayos. Constan todos ellos de una introducción, luego de la cita ejemplarizante de casos que se dieron en la antigüedad clásica, después ejemplos modernos, contemporáneos a Montaigne, que tienen lugar en Francia y su entorno europeo. A tener en cuenta que Montaigne ocupó un puesto importante en la sociedad francesa de la segunda mitad del XVI, alcalde de Burdeos y mediador en las guerras de religión.

Montaigne hace suyo el principio Socrático: “Conócete a ti mismo”. El espíritu general de los ensayos está en la línea del estoicismo, de Séneca y Marco Aurelio, en la búsqueda de la templanza y la autodisciplina. Montaigne fue gran admirador del griego Plutarco, el de las Vidas paralelas y también el de los Moralia, que precisamente se acercaban mucho a lo que hoy llamamos “ensayo”.

 

Vivir, conducirme convenientemente, esta es mi ciencia.

 

Poco más que decir. Yo sentí la necesidad de acudir a Montaigne por un asunto tan prosaico como una opinión suya acerca del ajedrez. La opinión mayoritaria ensalza el juego del ajedrez, mientras que Montaigne se sale, de forma atrevida, por la tangente:

 

¿Qué cuerda de la mente no toca y usa ese juego simple y pueril? Lo odio y rehúyo por no ser bastante juego, y por entretenernos demasiado seriamente, avergonzándome de prestarle una atención que convendría a alguna cosa buena.

 

Recomendaría leer una selección de ensayos, aunque obvio que no hay mejor selección que la propia. Sigamos el camino que sigamos terminaremos por conocer al maestro. No se arredre el lector ante el tamaño, pues no es necesario leerlo todo, ni tampoco seguir un orden estricto. Por poner un ejemplo, uno de los ensayos, “Apología de Raimundo de Sabunde”, ocupa al menos doscientas páginas y no es en absoluto imprescindible.

 

lunes, 2 de agosto de 2021

El lobo estepario (1927), Hermann Hesse

 


No es aconsejable, ni tan siquiera cuerdo, hacer gala de la duda como guía de cada una de nuestras acciones. Cierto que la duda se sitúa en el culmen de lo racional, pero los humanos, por lo general, no nos conducimos de semejante manera. Así sucede que soltamos afirmaciones sin detenernos en la reflexión, y las tornamos razonamientos por el solo hecho del contexto o la similitud. No ha mucho tiempo, al hilo de la presente novela, un lector se apenaba por Hesse considerando que había llevado una vida desgraciada y solitaria. Lo comparaba con los casos de Kafka o Dostoievski. No otra cosa podía desprenderse de su legado literario. Yo, sin estar del todo de acuerdo, lo deje ir, por eso de que la duda resulta a menudo impertinente. Pero la reflexión persistió; incluso motivó a la relectura. Los grandes escritores suelen ahondar en sus propias obsesiones. No en vano escriben para conocerse, para completarse, para ser, en el más pleno sentido de la palabra. Eso no quiere decir que sean más o menos infelices que el resto; tampoco lo contrario. Ellos no nos hablan de todas las facetas de sus vidas sino que ponen el hincapié en los aspectos que han marcado las principales encrucijadas. Desde ahí toman senderos imaginarios y usan de su talento de las formas más variopintas. Sin conocer la biografía del maestro, sí que puedo asegurar que su vida fue más rica y afortunada que la de muchos mortales. Conoció las mieles de la fama, viajó, vivió en varios países y pudo dedicar tiempo a sus pasiones, ni más ni menos que tres matrimonios, hijos… Los hombres compartimos más semejanzas que diferencias. La felicidad es relativa.

Divagaciones aparte, el Hesse escritor lo tiene todo, una honda temática que nos remueve por dentro al tiempo que usa de su talento para conceder al lector una trama que atrapa. Obvio que Hesse fue un gran lector.

Se observan los vaivenes del escritor en el uso de un narrador ajeno, que quizás no fuera necesario, imprescindible para nada, pero que sirve para engatusar al lector, para dotar de amenidad a los temas más trascendentales. La novela se compone de unos manuscritos creados por el propio protagonista y leídos por el sobrino de la propietaria de la habitación que alquila nuestro buen Harry Haller. La novela se estructura en apartados titulados tal que así: “Anotaciones de Harry Haller. Sólo para locos”. Además, otra parte se titula: “Tratado del lobo estepario. No para cualquiera”, en el cual se analiza la complejidad psicológica del protagonista desde un punto de vista externo y digamos que científico. Historias dentro de otras historias, como muñecas rusas.

 

Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo. Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa.

 

Le sucedía lo que les sucede a todos; lo que él, por un impulso muy íntimo de su ser, buscó y anheló con la mayor obstinación, logró obtenerlo, pero en mayor medida de la que es conveniente a los hombres. En un principio fue su sueño y su ventura, después su amargo destino. El hombre poderoso en el poder sucumbe; el hombre del dinero, en el dinero; el servil y humilde, en el servicio; el que busca el placer, en los placeres. Y así sucumbió el lobo estepario en su independencia.

 

Todo sucede en el transcurso de escasos meses, durante los cuales todo apunta a que su vida alcanzará un punto culminante. Luego hay una segunda parte en la cual Harry Haller se encuentra con una serie de personas que parecen irreales, arquetipos humanos. Y todo termina en un Teatro Mágico que se abre a múltiples interpretaciones.

Pese a la complejidad que presenta la novela, se deja leer. Se puede seguir el hilo narrativo sin darle demasiadas vueltas y disfrutar sin más de grandiosos fragmentos, así como de múltiples vías para la reflexión.

 

¿Cómo no había o de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención? No puedo aguantar mucho tiempo ni en un teatro ni en un cine, apenas puedo leer un periódico, rara vez un libro moderno; no puedo comprender qué clase de placer y de alegría buscan los hombres en los hoteles y en los ferrocarriles totalmente llenos, en los cafés repletos de gente oyendo una música fastidiosa y pesada; en los bares y varietés de las elegantes ciudades lujosas, en las exposiciones universales, en las carreras, en las conferencias para los necesitados de ilustración, en los grandes lugares de deportes; no puedo entender ni compartir todos estos placeres, que a mí me serían desde luego asequibles y por los que tantos millares de personas se afanan y se agitan. Y lo que, por el contrario, me sucede a mí en las raras horas de placer, lo que para mí es delicia, suceso, elevación y éxtasis, eso no lo conoce, ni lo ama, ni lo busca el mundo más que si acaso en las novelas; en la vida, lo considera una locura. Y en efecto, si el mundo tiene razón, si esta música de los cafés, estas diversiones en masa, estos hombres americanos contentos con tan poco tienen razón, entonces soy yo el que no la tiene, entonces es verdad que estoy loco, entonces soy efectivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento.

 

Parece ser que el libro vino motivado por una crisis que aturdió el entendimiento del maestro en el tránsito de un matrimonio al otro. Obvio que tuvo problemas de adaptación a la sociedad, incapacidad que conforma el núcleo de la novela. De una manera peculiar Hesse nos ofrece a un hombre aislado que recurre a la música, a la lectura y al alcohol como formas de evitar una desesperación suicida. De ahí la crisis, el lobo estepario que responde de forma huraña y violenta ante el olor de la humanidad.

En todo caso, esta situación traumática no quiere decir en modo alguno que fuera un fiel reflejo de lo vivido por el maestro. Por lo general los grandes genios suelen exacerbar sus obsesiones, hasta exprimir de ellas todo su jugo, lo cual no significa que se trate de una autobiografía. Sería absurdo identificar Harry Haller con Hermann Hesse. Estoy seguro de que el lector los identifica sin pestañear, sin pararse a meditar. Lo mismo pasa con Kafka y Gregorio Samsa. Sí, pero no.

El propio Hesse se quejó de que su obra fue mal interpretada. Se han escrito ríos de tinta sobre cualquiera de sus novelas, más sobre esta en particular. Quizás sea esta su novela más conocida, y supongo que los lectores se acercan a Hesse por la vía equivocada. Muchos otros se acercan vía Siddhartha, que a mi modo de ver tampoco es la elección más afortunada, pero es que el acto de la lectura es muy particular.