miércoles, 17 de marzo de 2021

Dioses, tumbas y sabios (1949), C. W. Ceram

  Este es uno de esos ensayos de divulgación que han gozado de la fortuna que otorga una fama primeriza, de manera que incluso hoy en día sigue reeditándose. Trata de los comienzos de la arqueología, tomando como referencia sus personalidades más ilustres, Schliemann, Campollion, Evans, Botta, Carter...

El propio autor se resume perfectamente:

 

Aconsejo al lector que no empiece la lectura de este libro por la primera página. E insisto en ello porque conozco la poca fe que se concede a las afirmaciones más rotundas de un autor que tenga que presentar una materia de extraordinario interés, y de lo poco que esto sirve, sobre todo cuando el título promete una novela de la Arqueología, ciencia que para todos es una de las más áridas y aburridas. Por estas consideraciones, recomiendo empezar la lectura en la página 87, leer primero el capítulo sobre Egipto, el llamado “Libro de las pirámides”. Entonces tendré la esperanza de que hasta el lector más desconfiado adopte una postura benévola respecto a nuestro tema y se decida a dejar de lado ciertos prejuicios muy extendidos…

 

Este libro ha sido escrito sin ambición científica alguna. Más bien he intentado presentar el objeto de estudio de los investigadores y sabios, en su matiz emocional más íntimo, en sus manifestaciones dramáticas, en su relación hondamente humana.

 

Ciertamente que la arqueología que Ceram nos presenta no tiene nada que ver con la disciplina científica que es en la actualidad. Ceram nos habla de los comienzos de la disciplina, cuando los grandes descubridores eran, a la par que arqueólogos, aventureros, diplomáticos o comerciantes.

A ver, la Arqueología aquí descrita ni se asemeja a las aventuras de Indiana Jones ni a la ciencia actual. Cierto que todo lo relativo a ella se hallaba adornado por un aura de romanticismo.

 

Apuntes al margen como los citados son de gran valor para pintarnos un cuadro vivo de los mil pequeños contratiempos con que se enfrenta la investigación arqueológica. Las publicaciones científicas, los libros que presentan al mundo profesional los resultados de un trabajo de varios años, no contienen generalmente nada de esto. Silencian la dura lucha contra el clima, contra los indígenas que no tienen comprensión y, a veces, ni sentido común, contra una autoridad local recelosa, contra los maleantes, contra la rebeldía inesperada e injustificada de los trabajadores indígenas por los motivos más insospechados.

 

Quizás me equivoco, pero la mayoría de los lectores de clásicos suelen intercalar sus lecturas con otras que dicen ser menos sesudas. En unos casos se decantan por la novela histórica, en otros por la novela negra y, en otros, como es mi caso, con la lectura de ensayo u otras disciplinas como pueden ser la historia, la geología, la astronomía o la filosofía, que significan, para mí, una dulce evasión de las rutinas cotidianas.

Esta pequeña obra que presento me parece una buena opción para cualquiera, que se puede complementar con el visionado de interesantes documentales al respecto de los grandes descubrimientos arqueológicos, un acicate para seguir disfrutando de la magia de las civilizaciones antiguas.

viernes, 5 de marzo de 2021

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), Carver.

 Carver da pie a múltiples divagaciones, acerca de la evolución de la novela por ejemplo. Se habla del carácter burgués de la novela del XIX, incluso de la del XX. Por lo general, a lo largo de la historia, los escritores han pertenecido siempre a una clase privilegiada. Para acceder a la cultura se necesita cierto estatus económico, preparación, tiempo libre. Cierto que a veces determinados sectores sociales han disfrutado de dicho acceso, como por ejemplo el clero, o las profesiones liberales, periodistas como Poe o Dickens, médicos como Chéjov. Guardamos la imagen de escritores desgarrados que vivieron en la miseria, pero no hay que olvidar que por aquel entonces la mayoría de la población era analfabeta y el acceso a las letras estaba reservado a una determinada clase social.

Hoy en día, en Occidente, la clase social de la cual surge el escritor ya no está tan marcada; la inmensa mayoría pertenecemos a la clase media baja. Ahora cualquiera puede gozar de una mínima preparación y de la oportunidad de escribir. Digamos que ahora todo el mundo escribe, aunque lo mismo decía Cicerón hace dos mil años.

Y ahí está Carver, un buen representante de esa clase media baja, la que tiene dificultades para llegar a fin de mes, la que pretende un trabajo mejor, si es que lo tiene, la que aspira poco más que a unas buenas vacaciones. Se habla de “realismo sucio” porque a menudo sus relatos transmiten escenas malsonantes, de pobreza y necesidad, pero también hay otros en los que a los personajes les va más o menos bien, con altibajos, como a la mayoría, vamos. Se trata de una realidad reconocible.

El carácter anecdótico es crucial. El primero de los relatos, por ejemplo, titulado Gordo, es una simple escena en la cual una camarera sirve una copiosa comida a un hombre obeso. No sucede nada reseñable, el hombre pide el menú y cierto que consume un número de platos fuera de lo habitual. Luego Carver tirar del hilo con maestría, nadie como él para engatusar al lector, para forzarlo a seguir hacia delante. Los gestos, las actitudes, la sensación general es lo que cuenta. Un relato sencillamente memorable. A mi manera de ver Caver constituye un ejemplo fundamental para aquellos que temen al “papel en blanco”, un temor poco fundado. Si un hombre no encuentra motivos para escribir, ¿por qué escribe?

Luego hay relatos que a unos les gustarán y a otros no. Yo los he leído alternando con otras lecturas. Me sucede así con los relatos, prefiero leer uno, como mucho dos, y parar. Cada relato pide su pausa, no se pueden leer de carrerilla uno detrás de otro.

A veces parece ser el absurdo más manifiesto el que tira de las riendas del relato. En el relato ¿Es usted médico?, un hombre recibe, mientras su mujer está ausente, una llamada equivocada. Carver juega con nuestros deseos más recónditos, con la tensión entre el deseo y el deber. El hombre termina citándose con aquella mujer ofreciéndonos una situación cuando menos extravagante.

En Vecinos, una pareja se queda a cargo de regar las plantas y cuidar del gato de sus vecinos mientras están de vacaciones. ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? ¿Hurgaríamos entre sus pertenencias o nos limitaríamos a hacer nuestra labor cada vez que entráramos en su piso?

Algunos relatos pasan para el lector sin pena ni gloria, mientras que otros nos obligan a detenernos con una sonrisa en el rostro. Póngase usted en mi lugar es uno de los segundos. Un hombre ha dejado su trabajo para dedicarse a escribir. Semejante atrevimiento pasa a ser la comidilla de amigos y vecinos. Casi obligado por su mujer, visita a unos conocidos. Como ha llegado a sus oídos que es escritor, le acosan con anécdotas vividas que, según ellos aseguran, constituyen el mejor material para escribir una novela. El relato es sencillamente espectacular. No se puede definir mejor cómo se estructura una historia sin decir absolutamente nada sobre ello, aunque dudo que los escritores en ciernes alcancen a entenderlo.

 

A mi modo de ver los talleres de literatura están muy bien para conocer gente, motivación incluso. Eso sí, para escribir hay que saber leer. Te dirán que para escribir relato corto tienes que pulir tu estilo y enfocarte en el final, encandilar al lector a base de sorpresas. También puedes leer a Carver y aprender a llamar a las cosas por su nombre, sin utilizar adjetivos rebuscados o la mejor metáfora, sin siquiera preocuparte por encontrar el final más espectacular. Simplemente te puedes limitar a definir las sensaciones que te producen tus actividades más cotidianas, tus deseos ocultos, o descifrar el mecanismo que guía tus prejuicios. Carver es, qué duda cabe, todo un clásico.

lunes, 1 de marzo de 2021

Tres cuentos (1877), Flaubert

      Tres relatos sencillos, con mayor o menor fortuna. El último es el único que no puedo recomendar, que me ha costado leerlo. En cambio los otros dos me parecen buenos relatos, ágiles e interesantes. Si hay que buscar un elemento común entre ellos es la muerte, pues con ella termina cada uno de los relatos.

La crítica relaciona cada uno de los relatos con una de sus novelas.

Un corazón Sencillo está ambientado en el tiempo presente de Flaubert y se asocia con Madame Bovary, aunque no tienen nada que ver. He tenido que buscar las diferencias entre realismo y naturalismo, que al parecer marcan la época, pero en realidad el relato encaja perfectamente en los principios de cualquiera de las dos corrientes. Es este un relato delicioso, triste. Narra la vida de Felicidad, una niña huérfana que es separada de sus hermanos a una edad temprana. Felicidad es una muchacha tierna e inocente, quizás por eso poco favorecida por la fortuna. Bien joven encuentra acomodo como humilde sirviente de una familia burguesa venida a menos. Sin familia propia, se entrega por completo a su señora y sus hijos. Obvio que su amor no es correspondido salvo un repentino momento que sirve para una vida entera.

 

Encontraron un sombrerito de felpa peluda, color marrón; pero estaba todo comido de bichos. Felicidad lo reclamó para ella. Se miraron una a otra, y los ojos se les llenaron de lágrimas. Por fin el ama abrió los brazos, y la criada se arrojó en ellos, y se estrecharon dando suelta a su dolor en un beso que las igualaba.

Era la primera vez en su vida, porque la señora Aubain no había sido nunca de natural expansivo. Felicidad se lo agradeció como si fuera un beneficio, y desde entonces la quiso con abnegación brutal y veneración religiosa.

 

Una vida anodina que termina en la más absoluta de las resignaciones, un final realmente sarcástico y desgarrador.

 

La leyenda de San Julián el Hospitalario es asociada con Las tentaciones de San Antonio. Viene a ser un cuento fantástico de temática cristiana y asuntos milagrosos, que de todas maneras hechiza y satisface, fácil de leer. Julián es un muchacho afortunado que lo tiene todo, pero su pasión por la sangre y la caza llegan a ser tan compulsivas que echan su vida a perder. Recibe una maldición de una de sus víctimas, un enorme ciervo. La premonición apunta a un parricidio. Como forma de redención lo da todo por los demás.

 

En cuanto al último, Herodías, me ha costado entrar en él, quizás el cansancio o el buen número de personajes que vienen y van. Se asocia, dada su temática histórica, con Salambó.

 

 

jueves, 25 de febrero de 2021

Memorias de África (1937), Isak Dinesen



     Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong.


A veces así pasa, que la película pone en valor un buen libro. He vuelto a ver el film, del cual tenía un grato recuerdo, pero ahora me ha decepcionado. La novela sí me ha gustado.

Son, como indica el título, unas Memorias que se basan más en sensaciones que en un relato lineal. Destacan las semblanzas del paisaje y la fauna, pero ante todo de la filosofía de vida de los nativos, en conjunción con una serie de aventureros europeos.

Nada que ver con la película, por supuesto. Por poner un par de ejemplos, apenas se habla de su marido, mientras que el romance con Denys Finch-Hatton no existe. Aparece Denys idealizado, un hombre vital, apasionado y al mismo tiempo culto. Nos queda su semblanza, y algunas escenas con la protagonista. Citaba un poema:


Debes dejar tu triste cantinela

Por otra más alegre.

Nunca vendré por piedad,

Siempre vendré por placer.


Me ha llamado la atención la desmitificación de la escritora que se lleva a cabo en las últimas décadas a partir de biografías serias. Parece ser que el carácter de la aventurera fue más complejo que el que deja entrever, así como no tan blando su carácter. Se puede ver un resumen en el siguiente enlace:


artículo en XLSemanal


Hay que tener en cuenta que isak Dinesen, o Karen Blixen, como se prefiera, escribió la novela en Europa, una vez que había fracasado la aventura económica de la granja de café. La escritora ya era por aquel entonces candidata al Premio Nobel.


No sé, yo me quedo con un inicio arrollador:


Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles en Europa; no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales, y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire romántico y heroico, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero vibrase ligeramente.


Después el fuego sigue vivo gracias a las descripciones fabulosas de la fauna y los nativos, especialmente los kikuyu, pero también masai y somalíes.


En la espesura aprendí a recelar de los movimientos bruscos. Las criaturas con quienes tratas son tímidas y vigilantes, saben esquivarte cuando menos te lo esperas. Ningún animal doméstico es capaz de una quietud igual a la de un animal salvaje. La gente civilizada ha perdido la capacidad de estarse quieta y debe aprender en silencio de la vida salvaje antes de que ésta te acepte.


Las diversas clases de gacelas vienen a los lugares verdes a pastar y parecen como animales de juguete en una mesa de billar. 


A los nativos les disgusta la velocidad, como a nosotros nos disgusta el ruido, que es para ellos, en el mejor de los casos, difícil de aguantar. Viven también en buenas relaciones con el tiempo y el plan de engañarlo o matarlo no se les ocurriría nunca. De hecho, cuanto más tiempo les das, más felices se sienten y si le encargas a un kikuyu que te guarde el caballo mientras vas a hacer una visita, puedes ver en su expresión que espera que tardes lo más posible. No intenta pasar el tiempo, sino que se sienta y vive.


El último tercio de la novela se me ha hecho más pesado. Es el cansancio habitual respecto de un relato de viajes. Yo creo que la escritora toma el papel de cronista, pero como habla de sí misma he echado en falta la involucración, la persona de carne y hueso, la confesión. En todo caso, recomendable.


lunes, 22 de febrero de 2021

Oliver Twist (1838), Charles Dickens.

Probablemente sea Dickens el autor de lengua inglesa más conocido después de Shakespeare. Esto dice mucho acerca de los clásicos y su génesis, pues no podemos comparar la profundidad, la calidad literaria del uno con la del otro.

También, mientras leía, no podía sino comparar con otras novelas, y se me vino a la memoria una que tengo recién releída, El rojo y el negro, de Stendhal. A mi modo de ver, la profundidad de Stendhal, su calidad literaria, es infinitamente superior, pero Stendhal murió sin reconocimiento mientras que un clamor popular provocó el entierro de Dickens en Westminster.

Dickens publicaba sus novelas por entregas en periódicos, lo cual sirve para justificar repeticiones, errores, el recurso constante a la exageración o al melodrama, todo con tal de conseguir el favor del público lector. Mínima intención en Dickens de representar la realidad; cierto que entresaca de ella lo que le interesa resaltar para inventar, para novelar. Digamos que no está en la línea de Flaubert, o de tantos otros autores que abrazarán la causa realista de la novela.


Oliver Twist es víctima del destino desde la cuna, pues muere su madre al nacer y él queda condenado a la mísera vida de un asilo. Con ironía y sarcasmo nos cuenta Dickens la sociedad que convive con la miseria de los más desfavorecidos. Aquí radica la vena humanitaria del maestro, que arranca fácil el llanto. De alguna manera este humanitarismo, su posición política progresista para mitigar el sufrimiento de los pobres, es su más interesante legado.


¡Qué excelente ejemplo constituía el pequeño Oliver Twist del poder del vestido! Envuelto en la manta que hasta entonces había sido su único abrigo podría haber pasado por el hijo de un noble o de un mendigo; al más altivo desconocido le habría sido difícil determinar su categoría social. Pero ahora, envuelto en las viejas ropas de percal, amarillas ya de hacer el mismo servicio, y marcado y etiquetado, encajaba perfectamente en su lugar: un niño de la parroquia… huérfano de hospicio… humilde esclavo muerto de hambre… carne de bofetadas y golpes dondequiera fuere… desprecio de todos y lástima de ninguno.


Desde el primer momento se nos presenta a Oliver como un muchacho tímido, obediente, trabajador, confiado, en resumidas cuentas, bueno. De aquí en adelante y hasta el final de la novela, un muchacho que se tiene que enfrentar a las miserias del mundo, no sufre ninguna evolución en su carácter. Pasa hambre constantemente, recibe golpes, insultos, es obligado a trabajar y robar para beneficio de los demás, y sin embargo, lejos de moldearse su carácter en el caldo en que se cuece, se muestra éste imperturbable. A mi modo de ver, un niño que se cría en la calle, cultiva los mecanismos de defensa propios del medio. Tenemos ejemplos más dignos en la novela picaresca española. Digamos que sucede lo mismo, a grandes rasgos, con los demás personajes, que no presentan evolución, son buenos o malos desde la cuna, como el malvado Fagin. Es Dickens.

A veces muestra amagos de complejidad, pero no son lo más destacado. En este ejemplo Noah nos da unas pinceladas. Noah, por cierto, otro de los personajes desfavorecidos que va y viene según la necesidad de la pluma de Dickens, de la novela por entregas.



Noah era un acogido, no un huérfano de hospicio. No era hijo del azar, pues podía rastrear toda su genealogía hasta sus padres, que vivían cerquita, la madre lavandera y el padre un soldado borracho, dado de baja con una pata de palo y una pensión diaria de dos peniques y medio más un pico inapreciable. Los mozuelos de las tiendas del vecindario solían desde hacía tiempo tildar a Noah en la vía pública con los ignominiosos epítetos de “cueros”, “acogío” y otros por el estilo, y Noah lo aguantaba sin replicar. Pero ahora que la fortuna le ponía en su camino a un huérfano sin nombre a quien incluso los más humildes podían señalar con el dedo del menosprecio, se resarcía con él con creces. Esto ofrece un exquisito manjar para la reflexión. Nos muestra lo hermosa que puede llegar a hacerse la naturaleza humana y cuán imparcialmente se desarrollan las mismas amables cualidades en el señor más refinado y en el más sucio muchacho acogido a la beneficiencia pública.


Pero esta complejidad psicológica es la máxima que logrará Dickens en esta novela. Y sí, Dickens es un virtuoso de la imaginación, de la técnica narrativa en cuanto a lo que se refiere a giros maravillosos y sorprendentes. Es capaz de zarandear al lector a través de cada una de sus aventuras hasta un final todavía más fantástico en el cual felizmente se resuelven todos los entuertos, de una manera exageradamente melodramática.

Se nos describe una sociedad injusta y cruel, desde el pobre que mendiga al deshollinador, desde el que está al frente del asilo al que preside el Ayuntamiento. Entremedias nos encontramos con gente honrada, los que sostienen la sociedad de la Inglaterra Victoriana.

Y pese a todos sus defectos, recordamos la Inglaterra victoriana a partir de la imagen poética que Dickens nos transmite. Probablemente será su imagen de Londres la única que nos queda en la memoria, la niebla de Londres, el oscuro Támesis, la suciedad en las tabernas, la humedad en las casas.

En fin, es la época de Dumas o Dickens, incluso Dostoievski escribe por entregas. Probablemente es resultado de esa primera época en la que el analfabetismo lector se está erradicando. Resulta paradigmático cuando leemos que uno de los personajes de Dickens se entretiene en una sucia taberna leyendo un periódico ennegrecido o atrasado, o las dificultades con las que se enfrenta el traductor a la hora de reflejar la jerga del pueblo llano, para el cual se escribe.


Este último caballero tenía un bastón grande, una cabeza grande, grandes facciones y grandes botas altas, y parecía como si hubiera estado tomando una ración de cerveza en igual proporción…, y no sólo lo parecía.


A mi modo de ver hay que situar el triunfo de Dickens en el gusto lector de la época, que se embelesa en su humanitarismo sentimental, en su sentido del humor, en su imaginación. Un buen inicio para los jóvenes que se ven obligados a enfrentarse con los temidos clásicos. Para mí lo fue, aunque ahora se me queda corto.



martes, 16 de febrero de 2021

El pabellón número 6, (1892), Anton Chéjov



Otra gran novela corta de Chéjov. El propio maestro se refería a sus obras llamándolas unas veces relatos, otras novelas o, simplemente, «cosas».

Bien podría situarse esta novela corta entre las mejores que tienen como escenario un psiquiátrico, y nada que ver con aquellas como Los renglones torcidos de Dios, en las cuales la trama se deshace en intrigas más que en el esclarecimiento de la conducta humana. Chéjov va a lo suyo, nos muestra su análisis de la realidad, su visión de la conducta humana sin maniqueísmos, ofreciendo el mismo tratamiento al sano que al enfermo. En todo caso, la realidad que Chéjov nos muestra es siempre estremecedora por su mezquindad, lo cual a mi modo de ver resulta mucho más arrebatador que el más dinámico de los thriller. Para gustos los colores.

La trama es muy sencilla. Yo no creo que un buen lector se arredre ante el spoiler, pues una reseña de una obra de arte apenas sirve para azuzar al lector; en todo caso, dicho está. Andrei Efímich es el médico encargado de la gestión de un pequeño centro psiquiátrico. No nos extrañarán las pésimas condiciones en las que se encuentran los presos. Hay críticos que han visto en el psiquiátrico un símbolo de la Rusia Zarista, gobernada por unas elites indiferentes a la miseria y la corrupción. También decir que escribió este relato poco después de su visita a la isla-penal de Sajalín.

Chéjov, dada su condición de médico, conocía de primera mano la situación. Sabía que la terapia principal que recibían los enfermos era «el tratamiento del puño», personificada en el guardián Nikita. Su carácter no es necesario redondearlo.


Encima, siempre con la pipa entre los dientes, está tumbado Nikita, el guardián, un viejo soldado retirado, con galones descoloridos. Su rostro severo, de borracho, las cejas caídas y la nariz roja; bajo de estatura, parece a simple vista flaco y de carnes duras, pero su presencia impone y sus puños son demoledores. Nikita es de este tipo de individuos simples, prácticos, cumplidores y obtusos que lo que más aman en este mundo es el orden, y por eso están convencidos de que a ellos hay que pegarles. Y pega en la cara, en el pecho, en la espalda, donde caiga, con la certeza de que de otra manera aquí no habría orden.


Andrei Efímich es consciente de esta situación, pero no es capaz de cambiarlo. Su carácter se nos muestra redondeado, aunque este párrafo lo define a la perfección dada su propia indefinición:


Andrei Efímich sentía un amor profundo por la inteligencia y la honradez, pero le faltaban el carácter y el convencimiento de estar en su derecho para rodearse de esta vida inteligente y honrada. Positivamente no sabe ni ordenar, ni prohibir, ni insistir. Parece como si hubiera hecho la promesa de no levantar nunca la voz y no emplear el modo imperativo de los verbos. Le cuesta decir «dame» o «tráeme»; cuando quiere comer, tose indeciso y le dice a la cocinera: «no estaría mal un té» o «no me iría mal comer». Y decirle al celador que deje de robar, o despedirlo, deshacerse definitivamente de este servicio inútil y parásito, para él es algo absolutamente superior a sus fuerzas. Cuando le engañan, le adulan o le dan a firmar una cuenta clarísimamente falsa, enrojece como un cangrejo y se siente culpable, pero de todos modos firma la cuenta;


Podemos declarar culpable a Andrei Efímich del lamentable estado de los enfermos. Cierto que hizo tímidos intentos para mejorar la situación; tampoco sirve de excusa el recuerdo de un pasado mucho peor:


El predecesor de Andrei Efímich, que se dedicaba a la venta clandestina del alcohol del hospital y que se organizó todo un harén con las enfermeras y las enfermas. En la ciudad se conocía perfectamente todo este desbarajuste e incluso se exageraba, pero la gente se lo tomaba con tranquilidad; unos lo justificaban diciendo que al hospital sólo iba a parar la gente baja y los mujiks, y que no pueden estar descontentos, pues en sus casas viven mucho peor; ¡no van a comer perdices!


Ante semejante situación Andrei Efímich busca la justificación fácil y se decide por una vida indolente, cómoda e indiferente, que encaja con su carácter.


… algo tan repugnante como el pabellón número 6 es sólo concebible en todo caso a doscientas verstas del ferrocarril, en una pequeña ciudad donde el alcalde y los concejales son unos semianalfabetos que ven en el doctor al sacerdote en el que hay que creer sin crítica alguna, aunque echara plomo hirviendo en las bocas de sus enfermos.


«Sirvo una causa nociva, recibo un sueldo de una gente a la que engaño, no soy honrado. Pero si en realidad no soy nadie, no soy más que una partícula de un mal social inevitable: todos los funcionarios de provincias son nocivos y cobran por no hacer nada… O sea que de mi deshonestidad no soy culpable yo, sino el tiempo… Si hubiera nacido doscientos años después, sería otro.»


El caso que Andrei Efímich es un hombre realmente honrado, que vive humildemente y no se enriquece de su posición, y un buen día la situación da un giro cuando Andrei Efímich, por una casualidad, se acerca al pabellón número 6. La forma de narrar de Chéjov es siempre sorprendentemente moderna y libre; denota una confianza ilimitada en sus recursos.


Por cierto que, hace poco, por los pasillos del hospital ha corrido un rumor bastante extraño.

Se dice que, al parecer, el doctor ha empezado a visitar el pabellón número 6.


Andrei Efímich se sorprende al hallar entre los presos a Iván Dimítrich, un hombre enfermo que sufre de manía persecutoria pero que conserva incólume su preparación humanística. Entabla una pequeña discusión con el enfermo y se da cuenta de que es la única persona con la que puede hablar, usando de razonamientos, en toda la ciudad.


Las conversaciones entre el doctor y el loco no tienen desperdicio:


―Sí, estoy enfermo. Pero es que decenas, centenares de locos pasean en libertad porque la ignorancia de los médicos es incapaz de distinguirlos de los sanos. ¡Por qué entonces yo y estos desgraciados debemos estar aquí por todos, como chivos expiatorios? Usted, el practicante, el celador y toda su gentuza hospitalaria son incomparablemente inferiores en lo moral a cada uno de nosotros. ¿Por qué somos nosotros los encerrados y no usted? ¿Dónde está la lógica?


Con gran facilidad el loco Iván Dimítrich examina al médico poniendo en tela de juicio el modo de vida del doctor.

Al mismo tiempo el rumor de que el médico, Andrei Efímich, visita el pabellón para hablar con un enfermo, corre como la pólvora por toda la ciudad. Entonces asumen protagonismo Jeugueni Fedorovich Jobotov, un médico rural con el que la administración de la ciudad decidió reforzar la sanidad para evitarse tener que construir un nuevo hospital, así como Mijaíl Averianych, el único amigo del doctor, un antiguo terrateniente, ahora arruinado, que trabaja en la administración de correos.

Se le propone al doctor una dulce retirada, y finalmente Andrei Efímich transige y acepta emprender un viaje con su insistente amigo Mijaíl Averianych, para cambiar de aires.

De alguna manera el doctor sale progresivamente de su apatía, sufre como un despertar. Sin embargo no está preparado para la dureza del mundo. Pronto se vuelve insoportable la presencia de su amigo Mijaíl, un hombre normal, o sea lleno de defectos morales. El lance trascendental del viaje se da cuando, una noche, Mijaíl regresa de una excursión en solitario por Varsovia y le pide dinero al doctor para condonar una deuda de juego. El doctor ayuda a su amigo pero no tarda en perder los nervios días después y se enfada con su amigo Mijaíl, quien no dudará en confabularse junto con el médico rural Jabotov para internar al doctor en el Pabellón número 6. Ambos salen ganando, Jabotov se queda con la sinecura y el amigo Mijaíl pierde de vista al que condonó su deuda.


Así llegamos al triunfo de la mediocridad, del cinismo, de la cordura. Desgarrador. 

El puño del celador Nikita pondrá fin a esta tremenda historia.



martes, 9 de febrero de 2021

Mi vida, relato de un hombre de provincias (1896), Anton Chéjov

 

Primero de todo advertir al lector que no se trata de un cuento sino de una novela de aproximadamente ciento cincuenta páginas. Por otro lado se trata de una narración fabulosa, aun cuando se dice que Chéjov no se maneja bien en los parámetros de la novela. No creo que escribir novelas de larga extensión sea un imperativo. Tampoco entiendo muy bien por qué se suelen calificar sus relatos como “obras magistrales aparentemente intrascendentes”. Cierto que escribe mucho y que, por ende, la calidad de los mismos resulta irregular, pero en cuanto al contenido…, sus relatos se pueden definir de muchas maneras salvo como intrascendentes. Tratan sobre la conducta del hombre, y generalmente se centran en sus miserias.

Mi vida es un relato estremecedor. No dudaría en incluirlo en mi lista de novelas favoritas. ¿Qué no tiene grandes giros? Relata los años centrales de la vida de Misaíl Poloznev, un hombre lleno de principios que guarda semejanzas con Don Quijote, Lord Jim, Thoreau, y tantos otros personajes de difícil encaje social que pueblan la literatura universal.

Misaíl Poloznev no encaja en la clase social a la que pertenece porque se decanta por una vida consecuente, recta, digamos que ética en el entorno de la hipocresía reinante. A menudo las personas nos quejamos de la condición humana; quizás así justificamos nuestra conducta o nuestros propios actos. Misaíl Poloznev no.

Noble de origen, se muestra incapaz de llevar a cabo un oficio decente. Reniega de las obtusas recomendaciones de su padre, y termina ejerciendo los oficios más viles propios del proletariado, llevando en consecuencia una vida de escasez y miseria. Diríase que su actitud no es solo extraña sino mesiánica.

 

Y nadie me trataba con tanto desprecio como justamente aquellos que no hacía mucho habían sido gente sencilla que se ganaba el pan con duro trabajo. En los puestos del mercado, cuando pasaba junto a cierta tienda de hierros, me echaban como por descuido algo encima, y en una ocasión hasta me arrojaron un palo. El dueño de una pescadería, un viejo de pelo blanco, una vez me cerró el paso y soltó mirándome con rabia:

―¡No eres tú, idiota, quien me da lástima, sino tu padre!

 

Ante semejante decadencia, la actitud del padre es de reproche y abandono. Prácticamente rehúsa de su condición de padre. Por otro lado está la hermana de Misaíl, que se parece mucho a él pero que permanece, obediente, al lado del padre.

Un mísero trabajo en el ferrocarril le conduce a vivir en las afueras de San Petersburgo, rodeado de miseria. La trama para nada nos aburre. Entra en escena una peculiar mujer de la alta sociedad que se enamora de Misaíl. Los personajes son redondeados pese a la escasa extensión de la novela. El recorrido de esta mujer es extraordinario, desde la búsqueda de cierta virtud al regreso a la comodidad de la vida burguesa. La pareja se casa y compra una hacienda en los suburbios, pero las dificultades que asoman desde el principio ahondan en los prejuicios y terminan por descomponer de nuevo la situación.

Entonces entra en escena de nuevo la hermana de Misaíl, que cae en desgracia y provoca a su vez la reaparición del padre, que no duda en renunciar a sus propios hijos ahondando en la tragedia. La crueldad del padre reside en la no aceptación de sus hijos, lo cual me parece un motivo central de la novela.

Quizás me equivoque, pero para mí que aquí descuella sobre el resto un personaje crucial, la madre, que permanece durante toda la novela en la sombra y que apenas es mencionado al final. Intuimos que murió hace años, sabemos que los hijos heredaron su carácter. A mi modo de ver entramos en un tema recurrente en el género novelístico, el destino. ¿Acaso no es el padre quien escoge a la madre de sus hijos? ¿Cómo se puede renunciar a los hijos porque no son como uno se espera que vayan a ser? Quizás es solo mi propia lectura, pero es algo que me ha llamado poderosamente la atención y que estalla al final del relato.

 

¡Pobre madre! ―proseguí lleno de desesperación― ¡pobre hermana!...

 

No dispongo de grandes herramientas comparativas; no me obsesiono con las horas que dedico a la lectura. Me queda como una imagen vaga de los reproches que se le hacen a Chéjov, de la comparativa con Tolstoi. Fíjense que a mí me ha recordado en ocasiones a Gógol. Encontré en la web este comentario; la fuente es una sinopsis de la edición de Alianza:

 

"A menudo me echan en cara -apuntó Chéjov en una ocasión- que escribo sobre fruslerías, que no tengo héroes positivos, revolucionarios (...). He escrito mis obras para decir a la gente sólo una cosa: 'Miraos bien y fijaos en la vida inútil y triste que lleváis'. Lo más importante es que la gente se dé cuenta de esto. Y cuando lo entiendan seguro que construirán otra vida, una vida mejor."

 

El móvil de esta enorme novela es un héroe que no escoge, sino que sigue la línea que le marca su destino, un hombre que trata de encontrarse a sí mismo poniendo en valor su conducta y no su posición social. Obviamente tal postura acarrea miseria, rechazo social y maledicencia, privaciones y desgracia. Cierto que Chéjov expone también las miserias transparentes de los demás, la conducta irreflexiva de la gente normal, la ausencia de compasión, el egoísmo.

En vísperas de la Revolución, se ha erradicado la servidumbre y el capitalismo ha ocupado su lugar.

 

Desaparece el régimen de servidumbre; en cambio, cobra vigor el capitalismo. Y en pleno auge de las ideas emancipadoras, igual que en tiempos de los tártaros, una mayoría alimenta, viste y defiende a una minoría mientras sigue hambrienta, desnuda e indefensa. Este orden de cosas se adapta a la perfección a todo tipo de tendencias y corrientes, porque el arte de la opresión también se cultiva de modo paulatino. Ya no azotamos a nuestros lacayos en las caballerizas, pero damos a la esclavitud formas más refinadas; al menos sabemos cómo justificarla en cada caso aislado. En fin, que las ideas son muy buenas, pero si en nuestros días, a finales del siglo XIX, se pudiera descargar también sobre las espaldas de los trabajadores nuestras funciones fisiológicas más desagradables, pues lo haríamos, y luego, claro está, justificaríamos el hecho diciendo que si los mejores hombres, los pensadores y grandes científicos, gastaran su precioso tiempo en realizar esas funciones, el progreso podría verse amenazado por un serio peligro.

 

Fijaos en este genial fragmento. Además de tener riquezas, al rico todo le sale gratis.

 

Por alguna razón, el ingeniero recibía vinos y cigarros del extranjero sin pagar aduanas; el caviar y el lomo de esturión se los mandaba alguien sin cobrarle, no pagaba por el piso, ya que el dueño de la casa abastecía de petróleo el ferrocarril, y en general él su hija me producían la impresión de que todo lo mejor del mundo estaba a su disposición y de que todo eso lo recibían completamente gratis.

 

Casi me atrevo a decir que es la novela más pesimista y desesperanzadora que he leído jamás, una buena excusa para que muchos lectores no se acerquen a ella, o todo lo contrario. Es una novela sobre la condición humana, sobre la verdad y la opinión.

 

Cerca del final de la novela clama Misaíl:

 

¡En toda la ciudad no hay ni una sola persona honrada!

 

Y sin embargo, y fuera de toda expectativa, aunque no se puede hablar ni mucho menos de un final feliz, hay que decir que dejamos a Misaíl Poloznev establecido como un contratista respetado. Aquel hombre que daba tumbos a la deriva alcanza al fin la estabilidad, encuentra su lugar en el mundo. Eso sí, alrededor del héroe todo sigue igual.