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martes, 23 de julio de 2019

La Divina Comedia (Circa 1304-1321), Dante Alighieri






Se puede leer a Dante de muchas maneras. Yo lo he hecho sin grandes pretensiones, de la misma manera que afronto los clásicos grecolatinos, llevado por el afán de conocer y con la intención única de disfrutar por el camino.

Tengo que reconocer que la lectura guiada por el blog El infierno de Barbusse ha sido el acicate. Por un lado me hubiera gustado participar de tan magnífica lectura, pero por otro no voy a negar el placer que me procura navegar en solitario.

También tengo que reconocer que mi lectura ha sido imperfecta y poco satisfactoria. Con la poesía me cuesta, además que la temática expuesta y esa división tan cristiana entre justos y pecadores me provoca repelús. Sin embargo sí que he disfrutado picoteando aquí y allá entre las escenas históricas que rodearon al escritor, a Dante.

Mi edición era la de Cátedra, con bastantes notas al pie que se esfuerzan (con poco éxito) de no perturbar en demasía la lectura, pero es que si no te detienes en las notas aclaratorias es imposible captar al menos una reducida fracción de todo aquello que la obra sugiere.

El conflicto entre Güelfos y Gibelinos es el telón de fondo, el Sacro Imperio Germánico, el Papado, Francia, las dinámicas pero divididas ciudades de la Toscana, los pequeños reinos que pueblan la península itálica.

Comencé la lectura con fuerza y el “Infierno” me lo leí de cabo a rabo, deteniéndome en cada terceto, tomando pausas refrescantes y acudiendo a menudo a fuentes complementarias. El “Purgatorio” se me hizo cuesta arriba, y apenas iniciado el “Paraíso” di por terminada la lectura.

La trascendencia de Dante es incuestionable, aunque su popular trayectoria ha sufrido de innúmeros altibajos. Quizás haya tenido que ver en ello la dificultad de su lectura. Es, y ha sido siempre, qué duda cabe, una lectura para minorías. Ni quiero imaginar que los imberbes italianos se vean obligados a leerla en el colegio. Entiendo que lo más normal es enfrentarse a fragmentos comentados y tirar de ellos para hilvanar la sociedad en la que Dante desarrolla su talento.

Primer renacimiento, transición del duocento al trecento. A través del “dolce stil novo” de los trovadores (Dante escribe en italiano y no en latín) se lleva a cabo un acercamiento, una extraña fusión entre la antigüedad clásica greco-romana y la cultura cristiana occidental. Perdonen mi ignorancia académica, igual solo a mí me extraña y resulta que estoy hablando de obviedades, pero es que desde un principio lo que más me ha sorprendido de la lectura es dicha mezcla; lo cristiano y lo pagano se funden con ¿naturalidad? Curiosamente los personajes del mundo grecolatino suelen aparecer en el infierno o el purgatorio porque vivieron después de Cristo y no les alcanzó la salvación. Es el propio Virgilio el que lleva de la mano a Dante a través de los diferentes mundos.




Dante se nos aparece como un católico convencido, ¿acaso había otra posibilidad en la época? Incluso Galileo Galilei, Newton o el mismo Darwin fueron devotos católicos, según dejaron plasmado en sus escritos, lo cual, según ellos, no debía ser impedimento para el desarrollo de una verdad paralela y no contradictoria con la Sagrada Biblia, la verdad de la naturaleza.

De hecho Dante se expresa como si su alma hubiera sufrido una experiencia religiosa, ascética. Al mismo tiempo que describe su experiencia nos ofrece su propia interpretación moral de los asuntos humanos, de los problemas que sacuden a los hombres de su tiempo y en especial la relación entre el poder político y el divino. Abundan los personajes con nombres y apellidos, y aquí también nos sorprende Dante impartiendo su propia justicia y colocando a los hombres a un lado o al otro de la balanza, lo cual también me ha resultado un tanto chocante.

Dante, cómo no, pertenecía al grupo de los privilegiados. Quizás no ocupaba la primera fila de los asuntos de estado, pero sí una segunda fila, y no vacila a la hora de participar, hasta el punto que vivirá gran parte de su vida, la más fructífera en lo literario, en el exilio de su querida Florencia.



Casi al azar destaco estos tercetos, primera estrofas del “Purgatorio”


Por surcar mejor agua alza las velas

ahora la navecilla de mi ingenio,

que un mar tan cruel detrás de sí abandona;



y cantaré de aquel segundo reino

donde el humano espíritu se purga

y de subir al cielo se hace digno.



Más renazca la muerta poesía,

oh, santas musas, pues que vuestro soy;

y Calíope un poco se levante,



mi canto acompañando con las voces

que a las urracas míseras tal golpe

dieron, que del perdón desesperaron.