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lunes, 11 de enero de 2021

Tiempos malditos (1901-1916), Jack London

 

Podemos aseverar que la música clásica ya no es lo que era. No podemos decir, sin embargo, que haya muerto. De hecho nunca hubo tantas orquestas como ahora, tantos músicos, tantos conciertos… Cierto que es el ámbito público el que mueve los hilos, pero es porque se ha convertido en un activo cultural de máxima importancia.

Supongamos que es lícita, e incluso conveniente, la comparación de la literatura con la música, en un tiempo en el que el entretenimiento que ofrecen experiencias como los videojuegos amenazan al libro en sí. Ya el cine y la televisión supusieron una gran amenaza, y sin embargo apreciamos que ambas industrias se sostienen gracias a las historias que proporcionan los libros.

Esta reflexión viene al hilo del presente libro de London, un pequeño compendio de relatos que tienen como nexo de unión su espíritu socialista. Uno de ellos, Los favoritos de Midas, me sorprendió sobremanera porque acababa de ver vía Netflix una curiosa serie protagonizada por Tosar. Resulta obvia la deuda de la serie con el relato de London, lo cual me sirve para aseverar que la literatura permanecerá siempre viva porque servirá de alimento de cualquier arte o entretenimiento que quiera inventar el hombre, de la misma manera que sobrevive la música clásica. Tanto la escritura como la disciplina musical son poderosos instrumentos al servicio del hombre.

Los favoritos de Midas es una crítica a los altos dirigentes de la industria y del capital, que pone en tela de juicio la justicia social de la acumulación de riquezas y poder.

El sueño de Debs es un curioso relato que podríamos definir como de ciencia-ficción, o de anticipación, en el cual se cuenta lo que pudiera suceder si se llevara a cabo con éxito una huelga general revolucionaria. La historia ha arrasado las utopías comunistas, pero como el hombre no se interesa mucho por la historia, no sería de extrañar que volvieran a repetirse.

La fuerza de los fuertes abre el compendio y es quizás el más flojo y extraño de todos los relatos. Parte del desarrollo de la civilización humana a partir de la división el trabajo. Se supone que fue una réplica a otro de Kipling en el que justificaba el capitalismo.

Al sur de la grieta describe de manera muy imaginativa las diferencias subyacentes entre la vida de los ricos y el proletariado, decantándose por esta última.

Un pedazo de carne y El mexicano no tienen nada que envidiar a esos relatos de boxeo que hacen las delicias de los lectores de Hemingway. Son los que más he disfrutado. El primero trata del último combate de un gran boxeador que ya es viejo para el oficio. Espectacular. El segundo trata de un hombre que lo da todo por la revolución, hasta el punto de ofrecer su propio pellejo a través del boxeo para conseguir dinero para mover la revolución en México. Otro relato de boxeo que indica los conocimientos de London acerca de dicho deporte, así como su maestría para la narración.

 

Sandel estaba dentro y fuera, aquí, allí y en todas partes, con sus pies ligeros y su corazón ávido, como una maravilla viviente de carne blanda y músculos tensos que se constituía en una deslumbrante fábrica de ataque, deslizándose y saltando como una lanzadera voladora, de una acción a otra, a lo largo de mil acciones distintas, centradas todas ellas en la destrucción de Tom King, quien se interponía entre él y la fortuna. Y Tomo King resistía pacientemente. Conocía su negocio y conocía a la juventud ahora que la juventud ya le había abandonado. No había nada que hacer hasta que el otro perdiera algo de su energía, pensaba, y sonrió para sus adentros cuando se agachó deliberadamente con objeto de recibir un fuerte golpe en la parte superior de la cabeza. Era una cosa ruin hacer eso, pero no estaba en contra de las reglas del boxeo. Se suponía que un hombre debía cuidar sus propios nudillos, y si insistía en golpear a su contrario en la parte superior de la cabeza, era cosa suya. King se podía haber agachado todavía más y eludir el golpe, pero recordaba sus primeros combates y cómo se había roto su primer nudillo en la cabeza del Terror de Gales. Se limitaba a cumplir las reglas del juego. Al agacharse Sandel había perdido uno de sus nudillos. No es que le importar mucho a Sandel ahora. Seguiría peleando, soberbiamente despreocupado, golpeando más fuerte que nunca en el combate. Pero más adelante, cuando comenzara a resentir las largas batallas del ring, echaría a faltar aquel nudillo y miraría hacia atrás y recordaría cómo lo había aplastado en la cabeza de Tom King.

 

Por último, una serie de anexos que vienen a ser ensayos, redondean su espíritu socialista al tiempo que individualista. Son tres, Lo que la vida significa para mí, La dimisión de London y Cómo me hice socialista. No hay que pensar que London fuera un pensador inocente. De hecho London evolucionó en sus teorías a lo largo de su vida, y precisamente es esa trayectoria la que hay que valorar. Cierto que apenas vivió 40 vertiginosos años y que no experimentó el poso de la vejez. Muy a menudo London reflexiona sobre la fuerza y la debilidad, ya sea en los puños de un boxeador o en los brazos de un trabajador cualquiera.

 

Eso sucedía porque yo mismo era fuerte. Por fuerte quiero decir que tenía buena salud y fuertes músculos, posesiones ambas fácilmente comprobables. En mi niñez había vivido en las haciendas de California, en mi adolescencia repartiendo diarios en las calles de una saludable ciudad del oeste, y en mi juventud, en las aguas caras de ozono de la bahía de San Francisco y del Océano Pacífico. Me gustaba la vida al aire libre y trabajaba a cielo abierto en los trabajos más duros. Sin aprender ninguna profesión, pero deslizándome de ocupación en ocupación, observé el mundo y lo consideré bueno, hasta en lo más insignificante. Permítanme repetir: ese optimismo se debía a que yo me sentía sano y fuerte, sin preocupaciones ni debilidades, nunca rechazado por el patrón porque pareciera incapaz, siempre apto para encontrar un trabajo como paleador de carbón, como marinero, o un trabajo manual.

A causa de todo esto, exultante con mis pocos años, capaz de mantenerme firme en el trabajo o en la lucha, era un individualista desenfrenado. Era muy natural. Era un triunfador.

...En cuanto a los desafortunados, los enfermos, los achacosos, los viejos y mutilados, debo confesar que había pensado muy poco en ellos, excepto que vagamente sentía que, fuera de los accidentes, podían ser tan buenos como yo si lo deseaban con verdadero ahínco y trabajaban igualmente bien.

 

Supongo que hoy ha dejado de considerarse a London un escritor menor. Durante mucho tiempo fue así. También hay quien lo rechaza por sus ideas políticas. A mí desde luego que me fascina su legado. Cada uno de sus libros es entretenido al par que vía para la reflexión. London es un escritor total, un hombre enorme que luchó, durante su corta vida, con una energía pocas veces vista, y lo hizo siempre con pundonor.

 

jueves, 6 de febrero de 2020

La quimera del oro, (1900-1908 aprox.), Jack London.




 London se lanza a la aventura en agosto de 1897, a los pocos meses del descubrimiento de la existencia de yacimientos de oro en Alaska. No hay final feliz. Pasa el invierno cerca de Dawson y, sin haber transcurrido ni siquiera un año completo, durante el deshielo primaveral, regresa en balsa, enfermo de escorbuto, recorriendo el curso del Yukón.
London tenía 22 añitos. No encuentra oro, pero es después de este viaje vital cuando se impone su vocación como escritor. Obviamente que su estancia en Alaska no fue tan larga como para convertirlo en un experimentado aventurero, pero cierto que London conoció la mordedura del frío.

Los relatos de London no destacan ni por su calidad técnica ni por la profundidad de sus personajes ni por nada similar. En cambio, nadie consigue como él atrapar al lector. Logra, en todos y cada uno de los relatos, que caminemos al lado de sus protagonistas, que pasemos frío, dolor, hambre o angustia. Por algún motivo llegó a ser el escritor más leído de su tiempo y su magia se conserva fresca hoy.
Por otro lado, yo no encuentro que London sea lectura en exclusiva para jóvenes, pero cierto que es perfecto para crear afición. Al tiempo que entretiene abre caminos para la reflexión, por lo cual sirve como ningún otro para la docencia.

No hay que tomarse los relatos como si fueran sucesos reales. Si así fuera tendríamos que llegar a la conclusión que la fiebre del oro en Alaska fue una sucesión de asesinatos y tragedias personales. Yo imagino que las condiciones de Alaska fueron durísimas, pero hay que tener en cuenta que London pone a sus personajes en situaciones límite para provocar excitación y escalofrío.
Si hay un elemento implacable que todos los relatos tienen en común, este es el frío.

«Donde las luces del Norte bajan por la noche para bailar sobre la nieve deshabitada.»

Luego está, naturalmente, el oro. London fabula y le añade su propia visión épica:

Como Argos en los tiempos antiguos,
Dejamos esta moderna Grecia,
Pomporrompompón, pomporrompompón.
Para esquilar el vellocino de oro.

Hay ironía. El hombre todopoderoso se ve atropellado constantemente por la naturaleza salvaje:

somos de esos que cuando llueve sopa nos pilla con el tenedor.

En uno de los mejores relatos, El hombre de la cicatriz, el miedo a que le roben el oro conduce a un hombre a la locura. Se deja llevar de premoniciones y extravía su oro, y solamente se acordará de dónde lo había escondido previamente en la más inesperada de las circunstancias. Para el recuerdo la moraleja sobre la avaricia.

Diablo es un relato que protagonizan, a partes iguales, un hombre y un perro, ambos violentos hasta la extenuación.

Ley de vida es el reflejo de la ley natural, el individuo se sacrifica por la supervivencia de la especie. Los viejos, los enfermos, los débiles, quedan atrás. Es un tema recurrente.

Amor a la vida es otro de esos relatos que permanecerán en nuestro recuerdo. Otro tema recurrente, la lucha del hombre por la supervivencia, el empuje del instinto en las circunstancias más adversas.

El filón de oro es quizás el relato que más me ha gustado por varias razones, fundamentalmente por ese contraste entre la belleza de la naturaleza salvaje y virgen y la intervención del hombre. Dice mi edición que no está ambientado en Alaska, así que supongo se trata de cualquier lugar de las Montañas Rocosas.
Un hombre afortunado encuentra un enorme filón en un río recóndito y solitario. Él solo explota la veta con meticulosidad, mostrando en la práctica cómo se llevaba a cabo la extracción de oro en un río.
El hombre es feliz en su ensimismamiento, tanto que se olvida de comer y de dormir:

¡Ojalá tuviera una luz eléctrica para seguir trabajando!

La hoguera es un relato escalofriante sobre el frío, sobre la muerte por congelación. Durante el invierno de Alaska, que duraba 8 meses, un hombre no podía viajar solo porque el riesgo era demasiado elevado ante cualquier contingencia. Me ha recordado a otro relato, Amo y criado, de Tolstói, escrito quizás media docena de años antes. Los dos relatos son inolvidables. El de London nos mantiene en vilo desde el primer instante. Sabemos que algo va a suceder y nos tememos lo peor.

Al volverse para seguir adelante, escupió meditabundo. Un chasquido agudo y explosivo le sorprendió. Escupió de nuevo. Y de nuevo, en el aire, antes de caer en la nieve, crujió la saliva. Sabía que a cincuenta bajo cero la saliva cruje en la nieve, pero esta saliva había crujido en el aire.

Sin embargo, a mi modo de ver, Tolstói es insuperable. Debería releerlo para hablar con mayor autoridad. Diríase que London nos presenta a un hombre muy poco humano, un hombre universal. Se centra en el enfrentamiento del hombre contra el frío. En cambio Tolstói genera todo un debate moral. El frío no es más que un imprevisto, lo verdaderamente importante es el enfrentamiento con la muerte. Quizás desvarío pero abro debate; requiere relectura.

Me ha parecido adecuado concluir con este documental, que nos ofrece una explicación geológica de la formación de las vetas de oro. La caja solo es tonta cuando se usa mal.




martes, 7 de mayo de 2019

La llamada de lo salvaje (1903), Jack London



Buck no leía los periódicos; por eso no se enteró de la gran amenaza que iba a transformar no solo su vida, sino la de los perros de toda la costa, desde el estrecho de Puget hasta San Diego, que tuvieran fuerte musculatura y denso y cálido pelaje.

En 1896 estalla la fiebre del oro de Klondike, también llamada del Yukón o Alaska. El precio de los perros de tiro se dispara de tal manera que roban a nuestro buen Buck, un perro mestizo, dando comienzo a una divertida historia de acción bien narrada y que al mismo tiempo invita a la reflexión.
Se trata de un canto a la naturaleza salvaje, aunque a mi manera de ver subyace sobre el texto un mensaje más agudo y negativo, el de la nociva intervención del hombre en dicha naturaleza salvaje. Me viene al recuerdo el accidente de Chernóbil (1986). Suponían los expertos que una enorme zona alrededor del área de radiación sufriría un quebranto medioambiental que duraría siglos. En cambio ahora los expertos se han quedado estupefactos al comprobar que sí, que hubo impacto ambiental negativo, pero que la vida animal y vegetal no solo se ha recuperado al nivel de 1986 sino que ha sufrido una expansión de especies antes desaparecidas como el lobo, el oso o el jabalí, quedando así demostrado que el impacto de la “humanización” para con la naturaleza supera a cualquier otro mal imaginable.

Después de una vida pacífica y regalada, nuestro buen Buck descubre lo descarnado de la lucha por la supervivencia. London titula así un capítulo: «La ley del garrote y el colmillo»

Cada hora le reservaba una sorpresa desagradable. Lo habían arrancado de repente del corazón de la civilización para echarlo al de las cosas primitivas. Esta no era una vida indolente y soleada, sin otro quehacer más que holgazanear y pasar el rato. Aquí no había paz ni descanso, ni un momento de reposo. Todo era confusión y actividad y, a cada momento, su vida o su cuerpo estaban en peligro. Era absolutamente necesario mantenerse todo el tiempo alerta, pues aquellos perros y aquellos hombres no eran perros ni hombres civilizados. Eran unas bestias todos ellos y no conocían otra ley que la del garrote y el colmillo.

London fue uno más de los locos aventureros que se dejaron atrapar por la fiebre del oro. Nos muestra sus vivencias a través del extremo Ártico en contraposición con los climas cálidos e indolentes. El frío polar no es apto para pusilánimes. Hombre y animal se ven sometidos de continuo a las más duras pruebas de supervivencia. Buck se ve enfrentado a la más descarnada realidad.

Este primer robo fue la prueba de que Buck era apto para sobrevivir en el hostil ambiente de las tierras del Norte. Indicaba su adaptabilidad, su capacidad para acomodarse a condiciones cambiantes, cuya carencia habría significado una muerte rápida y terrible. Y además indicaba la degeneración o resquebrajamiento de sus valores morales, cosa vana y un obstáculo en la despiadada lucha por la existencia. Todo ello estaba muy bien en el Sur, donde reinaba la ley del amor y el compañerismo y donde se respetaba la propiedad privada y los sentimientos personales, pero en las tierras del Norte, bajo la ley del garrote y el colmillo, el que tuviera aquellas cosas en cuenta era un necio y mientras las respetase no podrá prosperar.

La encarnizada lucha es de todos contra todos, animales y hombres.

Había aprendido de Spitz y de los perros más combativos de la policía y del servicio de correos, y sabía que no había término medio. Había que dominar o ser dominado; y la piedad era una señal de debilidad. En la vida primitiva no existía. Se confundía piedad con temor y ello acarreaba la muerte. Matar o morir, comer o ser comido: tal era la ley; y Buck obedecía a aquel mandato que surgía de las profundidades del tiempo.

Quizás no haya encontrado párrafos magistrales pero el contexto general me ha agradado, el fondo de la naturaleza salvaje enfrentado a la civilización. Frente a la actitud humana, meditada, taimada, artificial, la naturaleza salvaje instintiva, irracional. ¿Un canto a la naturaleza salvaje o un canto contra la barbarie de la civilización?
Podemos entresacar polémicas varias, darwinismo, comunismo, individualismo… Desde luego que hay fragmentos en los que Buck deja de ser un perrito simpático para convertirse un lobo sanguinario. La escena en la que se dedica a perseguir durante días a un tremendo alce herido es un buen ejemplo de ello. Parece ser que Buck caza más por orgullo que por hambre.

Las ansias de sangre se hicieron más fuertes que nunca. Era un matador, un animal de presa, que se alimentaba de seres vivos, solo, sin otra ayuda que su propia fuerza y su habilidad, que lograba sobrevivir en un ambiente hostil donde solo los fuertes sobrevivían. Por todo ello llegó a sentirse muy orgulloso de sí mismo, orgullo que se contagiaba a su aspecto físico.

Buck ya había derrotado a una cría extraviada; pero le tentaba enfrentarse a un enemigo mayor y más peligroso, y un día se topó con uno en la línea divisoria que hay encima del desfiladero. Una manada de veinte alces llegaba desde la región de los bosques y los torrentes y entre ellos destacaba un macho de gran tamaño.

Por otro lado está la relación del perro con el hombre, que cuando es fluida y respetuosa, nos ofrece fragmentos admirables. Hay un buen puñado de anécdotas que hacen de Buck un perro legendario. Destaco una cualquiera en la que Thornton, su adorado amo, lleva a cabo un temerario experimento:

… los hombres y los perros estaban sentados en la cima de un precipicio que caía a pico sobre un lecho de rocas desnudas, trescientos pies más abajo. John Thornton estaba sentado junto al borde con Buck a su lado. De repente se le ocurrió una idea absurda y llamó la atención de Hans y Pete sobre el experimento que pensaba efectuar.
―¡Salta, Buck! ―le ordenó, extendiendo el brazo sobre el abismo.
Un segundo después agarraba a Buck al borde del precipicio y Hans y Pete tiraban de ambos para ponerlos a salvo.
―Es portentoso ―dijo Pete, cuando todo hubo pasado y habían recuperado el habla.
Thornton meneó la cabeza.
―No; es maravilloso, y además tremendo. Sabes, a veces me da miedo.

Cierto que London cae a menudo en el maniqueísmo, y no solo distingue en exceso unos hombres de otros sino que incluso unos perros de otros. Cierto también que todos hacemos estas distinciones, de tal manera que dejo abierto otro camino para la reflexión.

Y por último está la extraña llamada de lo salvaje, pues no en vano la novela no es otra cosa sino un tránsito de la vida civilizada a la salvaje, de manera que Buck deja de ser un animal doméstico para volver al lugar del que provienen sus ancestros, un lugar del que también el hombre procede.

Pero lo que más le gustaba era correr, en la suave penumbra de las noches de verano, atento a los mitigados y adormecidos murmullos del bosque, leyendo signos y sonidos igual que un hombre puede leer un libro y buscando aquella cosa misteriosa que lo llamaba y le decía incesantemente, estuviera despierto o dormido, que acudiera.
Una noche se despertó de un brinco, con los ojos inquietos, las aletas de la nariz olfateando temblorosas, y el pelaje encrespado en repetidas olas. Del bosque le llegaba la llamada (o una de sus notas, que la llamada tenía muchas), concreta y definida como nunca hasta entonces: un aullido prolongado, semejante pero distinto al de cualquier perro esquimal.

No queda sino recomendarte, lector, esta lectura. Algunos pensarán que es una novelita para jóvenes imberbes pero nada más lejos de la realidad. Por mi parte qué decir sino que la he disfrutado sobremanera, al tiempo que he explorado sendas para la reflexión que a un niño sin duda le pasarán desapercibidas.