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jueves, 14 de noviembre de 2019

Los hermanos Karamazov, (1880), Dostoievski





Siempre me ha llamado la atención cómo la mayoría de blogs literarios escriben con entusiasmo y largueza sobre novelas de actualidad, esas que adquieren fama volátil, como cerillas que se prenden y luego con la misma celeridad se apagan para pasar al olvido, mientras que, en cambio, cuando reseñan grandes clásicos de la literatura pasan de puntillas, se limitan a parafrasear las conclusiones de una crítica ya secular, concluyen que es una gran obra y nada más, como si tuvieran prisa por pasar página y olvidar el tedio sufrido para disfrutar de nuevo de una de esas novedades que rebosan los escaparates de nuestras librerías.

Tempus fugit. Prefiero exponerme al equívoco antes que rendirme al tedio de la crítica establecida, como si las grandes historias hubieran perdido ya frescura, como si ya no fueran capaces de aportar nada nuevo al lector ávido por conocer lo mejor que ha dado esa que constituye su amada afición.

Me ha costado mucho terminar la lectura de Los hermanos Karamazov, quizás porque la he intercalado con otras lecturas, varias nouvelle de Turguéniev que han eclipsado por completo a Dostoievski, y el Curso de literatura rusa de Nabokov, extremadamente crítico con el maestro.
Tengo que decir que esta novela es considerada por el autor su obra maestra, probablemente la más leída y la que mayor fama le reportó. Fue publicada por entregas y se notan los altibajos, característicos, por otro lado, de la prosa del maestro. Es una novela muy larga, inacabada incluso porque el autor pretendía hacer una segunda parte que iba a transcurrir 13 años después de los hechos narrados.
Leer a Dostoievski es una experiencia extraña, como subirte a una montaña rusa. Por momentos te aburre y de pronto te ves sumergido en las pasiones más agitadas imaginables. Dostoievski me gusta y me disgusta. Siente debilidad por los caracteres extremos, a los cuales coloca en situaciones límite ante las cuales tienen que responder poniendo toda la carne sobre el asador. Dichas situaciones aportan dramatismo, tocan la fibra sensible y al mismo tiempo plantean temas universales como el destino y el libre albedrío, la caridad cristina, la compasión frente a la violencia, el odio, el amor, la lealtad.
No podemos obviar que Rusia atraviesa una encrucijada. Quién iba a imaginar el devenir de un pueblo que se debatió con tanta fuerza contra la autocracia zarista, y que terminó cayendo en una dictadura todavía más estricta, la soviética. Solamente la situación de efervescencia en la que se hallaba el pueblo ruso es capaz de explicar semejante devenir.


«En realidad, a todos estos socialistas (dijo), anarquistas, ateos y revolucionarios, no los tememos mucho; los vigilamos y estamos al corriente de sus pasos. Pero hay entre ellos, aunque pocos, algunos individuos curiosos: se trata de individuos que creen en dios, cristianos, y, al mismo tiempo, socialistas. ¡A éstos es a quienes más tememos, ésa es gente temible! El socialista cristiano es más terrible que el socialista ateo.»


A grandes rasgos la novela me ha saturado. Aclamada como una de las grandes joyas de la narrativa universal, yo considero que es mejor acercarse a Dostoiveski a través de cualquier otro de sus trabajos. No por el estilo ni el contenido, que es el propio del maestro, sino más bien por la extensión. Entiendo las exigencias del folletín, y también que Dostoievski andaba escaso de dinero. La estructura es más sencilla de lo que pueda parecer exteriormente, una historia detectivesca, un largo planteamiento en el que se sitúa a los miembros de una familia desestructurada, un asesinato y el camino que se recorre para esclarecer sus móviles. Los personajes no son demasiados, nada que ver, por ejemplo, con Guerra y Paz. Por ejemplo, hay dos personajes como el joven Kolia, o el stárets (santo) Zósima, a los cuales Dostoievski dedica alrededor de 50 páginas (¡a cada uno!, de un total de 800) que no aportan absolutamente nada a la historia. Las necesidades del folletín. Pero hay más, por poner otro ejemplo, el discurso final del fiscal en el juicio, de un tal Ippólit Kirillovich, ¡Estamos hablando de un discurso de 32 páginas! El discurso del abogado defensor contiene 25 páginas más.


A mi modo de ver es una novela demasiado pretenciosa. Fiodor Pavlovich es el padre de tres hijos, Dimitri, Iván y Aliosha, fruto de dos matrimonios distintos. Un posible hijo bastardo, Smerdiákov, epiléptico, viene a complicar todavía más el panorama. Dos mujeres, Grushenka y Katerina Ivanovna, revolotean alrededor. Aunque hay muchísimos más personajes secundarios, todo hay que decirlo, Dostoievski se maneja con maestría y, si se lleva a cabo una lectura atenta y pausada, uno se hace sin problemas con los personajes pese a la complejidad del patronímico ruso.
Fiodor Pavlovich y su hijo Dimitri son probablemente los personajes mejor tratados. El mismo Fiodor se define a sí mismo por medio de la conversación:


Precisamente cuando me acerco a la gente siempre me parece que yo soy el más vil de todos y que todos me toman por un bufón; así que me digo «¡Hala!, voy a hacer de bufón, no tengo miedo a lo que penséis, porque todos, ¡absolutamente todos, sois más canallas que yo!». Por esto soy un bufón, soy bufón por vergüenza, gran stárets, por vergüenza. Si alboroto es sólo por timidez. Si estuviera concvencido de que cuando entro en un lugar todos van a tomarme por un hombre encantador e inteligente, ¡Sios del cielo, qué buena persona sería yo entonces! ¡Maestro! ―repentinamente se hincó de rodilla―, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?


Como sucede en las novelas de Dostoievski, y de cualquier autor que se precie, elementos de su propia vida entran a formar parte de la trama. Aliosha al parecer representa las virtudes que Dostoievski hubiera querido para un hijo ideal, el que perdió cuando tenía tan solo tres años de edad a causa de una enfermedad que le transmitió en herencia, la epilepsia. Es un personaje un tanto extraño, de difícil encaje, digamos que se acerca a la persona de un santo.
Dimitri es impulsivo pero noble, comete las mayores vilezas que uno pueda imaginar, dilapida una fortuna en una sola noche y al mismo tiempo es capaz de las virtudes más honorables.


«Seré un asesino y un ladrón ante el asesinado y desvalijado, ante todo el mundo, y me mandarán a Siberia, pero prefiero esto a que Katia tenga derecho a decir que la he traicionado, que, además, le he robado y que con su propio dinero he huido con Grushenka para empezar a vivir una vida virtuosa. ¡Eso nunca!»


Nabokov, en el Curso de literatura rusa, pretende desmitificar a Dostoievski. Por supuesto que mi juicio se ha visto influenciado, al tiempo que Nabokov me ha proporcionado una lectura aguda sin la cual hubiera pasado por alto detalles importantes.
Como ejemplo, dice Nabokov que Dostoievski no tenía talento como novelista pero sí como dramaturgo. Esta afirmación la acompaña de ejemplos, y es agradable observar a posteriori, en la lectura, dicho análisis, que enriquece la lectura y mejora nuestra capacidad crítica.
En fin, una rudimentaria reseña para una novela de la que se puede hablar largo y tendido. Para muchos críticos está entre las mejores piezas de la historia de la literatura universal, así que no tenéis por qué estar de acuerdo con mi crítica, ni siquiera con la del maestro Nabokov. La magia de la lectura reside en que cada uno elabora la suya propia.

lunes, 30 de octubre de 2017

El adolescente (1875), de Fiódor Dostoievski.




Es esta, por el momento, la novela de Dostoievski, a la que más me ha costado tomarle la medida. Tuvieron que pasar alrededor de 130 páginas de las 650 de las que consta mi ejemplar para sentirme arrebatado por las tensiones que entrelazan a los protagonistas. Como ante una montaña de paredes desnudas, ha sido profundizar y hallarme ante una enorme veta de riquezas incomparables. Quizás es mi paralela labor en la escritura la que me ha proporcionado mayores frutos, no quiero llevar a engaño al lector que se acerque a esta tan extraña como estupenda novela.

El propio Dostoievski nos explica en las primeras líneas las dificultades que tuvo para construir la trama:

…¡tanto desmoraliza al hombre todo trabajo literario, hasta el emprendido únicamente para sí! Y estas reflexiones pueden aún ser muy vulgares, porque lo que uno estima puede muy bien no tener valor alguno para un extraño. Pero quede dicho todo esto entre paréntesis. He aquí mi prefacio: no habrá nada más por el estilo. ¡Manos a la obra! Aunque no haya nada más embarazosos que emprender una obra, y quizás el poner manos a la obra en general.

El escritor escoge la primera persona y se dirige constantemente a un posible lector. No deja de parecernos un narrador extraño, cuyas características puede justificar el hecho de que se trate de un adolescente.

Aquí un preámbulo: el lector se asustará tal vez de la franqueza de mi confesión y se preguntará ingenuamente: ¿cómo es posible que el autor no se haya avergonzado? Responderé diciendo que no escribo para ser publicado; tendré un lector tal vez dentro de diez años, cuando todo esté tan bien determinado, probado y cumplido, que no habrá ya necesidad de avergonzarse de nada. Por tanto, si en estas memorias me dirijo a veces al lector, no es más que un artificio. Mi lector es un personaje de fantasía.

Pero que el título no nos lleve a engaño. El protagonista tiene 19 años, sí. Es un adolescente, sí, pero también un protagonista más de entre la compleja narrativa del maestro, un personaje que bascula, que trata de hacer el bien para sí y para los suyos, un personaje embargado por dudas de gran calado ético y emocional, un personaje redondo, qué duda cabe.
Quizás hay ciertos fragmentos que son más propios del adolescente y que marcan el título, como la parte en que el protagonista piensa en imitar la frugalidad de ciertos mendigos que después de muertos dejaron la intrigante sorpresa de fortunas encubiertas:

Cuando concebí «mi idea» (precisamente no consiste más que en el caldeamiento al rojo), quise ponerme a prueba: ¿estaba yo hecho para el monasterio y para la santidad? A este efecto, durante todo el primer mes no comí más que pan y agua.

Poco después el protagonista nos sorprende con reflexiones especialmente maduras:

No tengo necesidad del dinero, o más bien no es del dinero de lo que tengo necesidad; no es ni siquiera del poder; tengo necesidad solamente de lo que se adquiere por el poder y no puede adquirirse sin él: ¡la conciencia, tranquila y solitaria, de su fuerza!

Dostoievski nos lleva como un torbellino por la descripción de los pensamientos de mentes agitadas por la duda, y sus descripciones son maravillosas, a veces irreales, febriles, la culminación de la expresión y la contundencia. En este aspecto, Dostoievski es francamente asombroso, ¡descomunal! Es difícil destacar fragmentos porque toda la novela es expresión de actitudes, sentimientos; la acción escasea.

Escuchaba sentado, como de costumbre, erizado como un gorrión en una jaula, silencioso y grave, inflado, con sus rubios cabellos hirsutos. Una sonrisa estereotipada y burlona no se apartaba de sus labios. Esa sonrisa era tanto más desagradable cuanto que de ninguna manera era algo premeditado, sino completamente involuntario; se veía que él se juzgaba en aquellos momentos real y verdaderamente muy superior a mí tanto en inteligencia como en carácter. Yo sospechaba también que me despreciaba por la escena de la víspera en casa de Dergatchev; así tenía que ser, porque Efim es la muchedumbre, Efim es la calle, y la calle no se inclina nunca más que ante el éxito.

Este deseo de saltar al cuello, para que se me encuentre bueno, para que se pongan a abrazarme o yo no sé qué de ese tipo (una porquería, en una palabra) estimo que es el más infame de todos mis motivos de vergüenza. Desde hace mucho tiempo, sospechaba la existencia de eso en mí, y precisamente en aquel rincón donde me he mantenido durante tantos, años, aunque no tenga por qué arrepentirme de ello. Yo sabía que debía mostrarme más sombrío en el mundo.

Cierto que hay maniqueísmo, personajes intrínsecamente buenos y malos malísimos, pero la mayoría, los personajes centrales, son de carne y hueso, y se mueven en una delicada ambivalencia. Dostoievski no se olvida de los lectores y trata de acapararlos a todos, a los que solo quieren emoción, o acción, y también a los que quieren escarbar en el interior de la conciencia humana.

Yo tenía entonces una fortuna considerable, echaba la casa por la ventana, vivía completamente al día; pero mis compañeros oficiales no me apreciaban, y sin embargo yo me esforzaba en no ofenderlos. Es una cosa que tengo que confesarle a usted: nadie me ha querido nunca.

Podría estar introduciendo fragmentos y completar cientos de páginas hablando de esta obra, pero ya sabéis que dejo esa labor para los académicos, que cobran, y muy bien, por ello. Prefiero seguir leyendo, sin prisa pero sin pausa, y aplicar lo leído en mis propios escritos. Qué duda cabe que leer a Dostoievski con detenimiento les sería muy útil a los escritores que copan las listas de más vendidos, cosa que, evidentemente, no sucede.

lunes, 31 de julio de 2017

El eterno marido (1870), de Fiodor Dostoievski.



Esta novela ha llegado a mí en una vieja y mediocre edición del 72 con una traducción que, desde mi corto alcance, deja mucho que desear (como ejemplo el abuso de la locución “a la sazón”). Pero tengo que decir que aquesto son minucias y que la novela me ha sorprendido gratamente, quizás porque el prejuicio se había manifestado como siempre, silenciosamente, en forma de una crítica que hablaba de una obra menor.
Conocemos a Veltchaninov, un hombre rico venido a menos en todos los aspectos. El aumento de los años se correspondió con la disminución de la riqueza, dando en un carácter pesado e hipocondríaco.

… conservaba ese aplomo imperturbable, esa confianza en sí mismo que llegaba hasta la insolencia, de la que él, acaso, no sospechaba la magnitud, aun siendo un hombre, no sólo inteligente, sino a veces sutil, bastante culto y, sin disputa, bien dotado.

Me ha sorprendido desde el inicio esa descripción, el hecho de que Dostoievski no comenzara con la acción para luego ir definiendo al protagonista. De hecho tenemos que seguir la estela de Veltchaninov para hacernos con su verdadero carácter:

Sí, Veltchaninov había llegado a eso; luchaba a la sazón con razones “superiores” en las que antes no se hubiera detenido. En su mente, en su conciencia, entendía por “razones superiores” todas aquellas de las que (con grande asombro suyo) le era imposible reírse en su interior. ¡Oh! En sociedad era muy distinto. Sabía perfectamente que en la primera ocasión favorable renunciaría en voz alta, desde el día siguiente, a todas esas “razones superiores”, a despecho de las resoluciones secretas y piadosas de su conciencia, y que él sería el primero en burlarse de ellas, aunque, naturalmente, guardándose de confesárselo.

Luego, sin duda, lo conocemos mejor a través de sus actos, o de sus pensamientos más profundos. Cierto que a veces sentí que el personaje se desbarataba, que comenzaba a dudar de su verosimilitud, pero es que los personajes de Dostoievski son como los hombres de carne y hueso, contradictorios, versátiles, imprevisibles.
De lo que no nos cabe duda alguna es que la psicología de cada personaje, el interior de su conciencia, lo ocupa todo.

Veltchaninov se quejaba desde hacía largo tiempo, por ejemplo, de su pérdida de memoria. Olvidaba el rostro de las personas que conocía, y éstas se ofendían cuando él las encontraba. A veces no recordaba nada de un libro leído seis meses antes. Ahora bien; pese a esta pérdida evidente y cotidiana de la memoria (que le preocupaba mucho), todo cuanto se refería a su pasado lejano, sucesos completamente olvidados desde hacía diez o quince años, todo eso resucitaba, a menudo repentinamente, con una precisión de detalles y una vivacidad de impresión tales, que era como si lo viviese de nuevo. Algunos de esos recuerdos habían sido tan completamente olvidados que el hecho de haber podido recordarlos le parecía que tenía algo de milagroso.


Semejantes olvidos nos hacen dudar del protagonista, pero la hipocondría, los continuos cambios de estado de ánimo, la inestabilidad emocional, todo apunta a un estado mental depresivo que puede explicar perfectamente las contradicciones que anidan en la conducta del protagonista. Eso sí, Dostoievski nos obliga, quizás sin pretenderlo, a hacer una lectura activa que complete a los personajes y que nos explique la naturaleza de las motivaciones que empujan sus actos.
Podemos preguntarnos, dudar, y con razón, ¿cómo puede olvidar el protagonista una pasión tan crucial y que lo llegó a trastornar tanto? No esperemos normalidad en Dostoievski porque los genios atraviesan los cauces habituales de la conciencia. Por algo son genios.
Dostoievski es plenamente consciente de lo que hace:

¿Había querido de veras a aquella mujer o bien eso no era sino una especie de hechizo?

“Sí, me amaba… odiándome, y éste es precisamente el amor más grande…”

A ella no la conocemos sino por lo que Veltchaninov recuerda de ella:

Tenía los modales de provinciana mundana; pero, con ellos, mucho tacto, es cierto. Tenía buen gusto, pero sólo se manifestaba en su manera de vestir. Tenía un carácter resuelto y dominante; jamás podía uno entenderse a medias con ella: “Todo o nada”. Su firmeza y perseverancia en las situaciones difíciles eran asombrosas.

Complacíase en hacerles sufrir, aunque los premiaba en seguida. Era una naturaleza apasionada, cruel y sensual.

Ella no está ya en este mundo, pero su presencia es la que mueve los hilos, las vidas de los protagonistas de la novela. De hecho bien podría haberse titulado la novela “Natalia Vassilievna”. Me da que la elección del título le llevaría a Dostoievski auténticos quebraderos de cabeza.

En realidad “el eterno marido” no es sino una conjetura, una teoría, de Veltchaninov, que no de Dostoievski. Cuidado con la confusión.

Veltchaninov estaba convencido de que realmente existía ese tipo de mujer; pero estaba seguro también de la existencia de un tipo de marido correspondiente a las mujeres de ese género, cuya única razón de ser es acomodarse a ese tipo de mujer. A su parecer, el carácter esencial de tales hombres consiste en ser, por decirlo así, “maridos eternos”, o, para decirlo con más exactitud, en no ser, en toda su vida, otra cosa más que maridos.
Tal hombre no nace ni se desarrolla sino para casarse y hacerse al mismo tiempo el complemento de su esposa, aún si indiscutiblemente posee carácter propio. La marca distintiva de tal hombre es cierto adorno. Le es tan imposible no llevar cuernos como imposible le es al sol no alumbrar, y, no solamente lo ignora siempre, sino que, con arreglo a las leyes de la naturaleza, debe ignorarlo.


El eterno marido es una especie de cornudo atado por el destino. Esto no me ha llevado a la reflexión, que viene de la mano del hipocondríaco Veltchaninov. No voy a entrar en más conclusiones, no les voy a quitar el trabajo a los profesores de universidad. A mí me da que a Dostoievski no le interesa resolver cuestiones sino solamente abrirlas, dar pábulo a la duda, obligar a pensar al lector.
Como muchas otras veces las consideradas obras menores de un autor me han dado pie a la reflexión, a una lectura rica en matices y de infinitas posibilidades.
La novela está llena de pasajes enormes. El enfrentamiento de los dos protagonistas es tremendo.

―Es usted un iluso ―dijo al fin Pavel con una sonrisa muy fez.
―Y usted está muy desagradable hoy ―replicó Veltchaninov con mal humor.
―¿Y por qué no he de ser malo como todo el mundo? ―estalló de improviso Pavel Pavlovitch, como movido por un resorte.

El debate entre el bien y el mal está siempre presente en Dostoievski; el enfoque es siniestro y fabuloso:

Sí; la vida no ama a los monstruos y se deshace de ellos mediante “soluciones naturales”. El más monstruo de los monstruos es el que tiene sentimientos nobles. ¡Yo sé esto por experiencia, Pavel Pavlovitch! La Naturaleza no es una madre, sino una madrasta para los monstruos. La Naturaleza produce un monstruo y, en vez de tenerle lástima, lo condena.

Sí, es una novela extraña, como lo son todas las de Dostoievski, no podía ser menos tratándose de uno de los más grandes. Y si con todo no os animáis a su lectura, os dejo estos párrafos en los que la magia del maestro transforma lo difícil en fácil.

Conocía a fondo el arte de la conversación mundana, ese arte que consiste en parecer absolutamente sencillo y sincero y en manifestar al propio tiempo que uno también considera a sus oyentes como personas absolutamente sinceras y sencillas. Cuando era menester, sabía hacer muy bien el papel de hombre jovial y dichoso. Sabía también decir en el momento oportuno un chiste, hacer una alusión jocosa o un bonito retruécano como por casualidad y sin parecer pensarlo, aunque el chiste, el retruécano y hasta todo su discurso hubiesen sido preparados de largo tiempo, se los hubiese aprendido de memoria y los hubiera puesto en circulación, por así decirlo, muchas veces…
Tenía la absoluta certeza, triunfante, de que, al cabo de unos minutos, todos los ojos se volverían hacia él, que todas aquellas personas solamente le escucharían a él, que no hablarían más que con él y que no les haría reír sino lo que él dijera. En efecto, se oyeron risas aquí y allá. Poco a poco la conversación se hizo general. Tenía, en grado superlativo, la habilidad de hacer que las personas se pusieran a conversar; oíanse ya tres o cuatro voces que hablaban a la vez.

viernes, 7 de abril de 2017

Pobres gentes, de Dostoievski (1846).



  

Había leído antes varios trabajos del maestro, pero no me había sucedido hasta ahora el sentir cierta identificación con sus personajes. Se trata de un momento mágico, de un regalo para el lector. Qué mejor puede ofrecer la literatura que ese sentimiento, cuando sientes que circunstancias semejantes a las tuyas han atribulado al escritor. Quizás se trate de un sentir general, o de una anécdota nada más, no tienes por qué sentirte identificado al completo con un personaje sino simplemente corroborar que un pequeño hilo te une a él. Esto es lo que ofrece la literatura, nada que ver con el 99,99 por ciento de lo que hoy en día nos ofrecen los sellos editoriales de enjundia, absolutamente nada que ver…

            Acudí a esta primera novela de Dostoievski después de leer la biografía (por llamarle de alguna manera porque es una especie de homenaje literario) que escribió Zweig. Tiene un argumento bien sencillo, pero ya contiene sus principales obsesiones y la estructura es moderna, aunque no estoy al tanto de academicismos y no tengo argumentos comparativos para tratar su estructura epistolar. Lo que sí puedo asegurar es que le dota de una gran libertad, dicha estructura le sirve para exponer aquello que le obsesiona saltándose días y sucesos que ahora no le importan pero que luego puede recuperar a su conveniencia.

Makar Alekseievich y Varvara Alexeievna intercambian cartas en las que exponen sus problemas personales, su extrema pobreza, intercalando opiniones acerca de sí mismos al tiempo que, lógicamente, retratan la sociedad en la que viven.



Curiosamente Dostoievski triunfó con este su primer trabajo. Tuvo la suerte (cosa hoy en día imposible) de que le leyera con entusiasmo el mayor crítico de aquel tiempo, Visarión Belinski. Y es que ya contiene los argumentos a que Dostoievski nos acostumbra. Se nos introduce en una situación que empeora progresivamente al tiempo que se agudizan los sentimientos de los protagonistas. Nos enfrentamos a los continuos altibajos de Dostoievski, momentos de euforia y exaltación, del optimismo más luminoso a la profunda depresión. Los paralelismos entre Dostoievski y el protagonista son evidentes pues pretende éste ser escritor. El regalo de genio que nos hace Dostoievski es incomparable:



Yo no tengo ese talento. Aunque llenara diez páginas no llegaría a nada, no sabría hacer ninguna descripción. Lo he probado ya.



La maestría de Dostoievski para enredarnos en sus tramas está ya perfectamente manifiesta:



¡Ah, amigo mío! La desgracia es una enfermedad contagiosa. Los desgraciados, los pobres, deben guardarse los unos de los otros para no agravar el mal. Le he traído a usted males que no había experimentado aún en su existencia modesta y solitaria. Todo esto me atormenta y me mata.



¿Por qué, matotchka, soy blanco de los ataques de malas gentes? Le diré a usted, querida, que, aunque ignorante y tonto, tengo un corazón como cualquiera. Pues bien, Varinka, ¿sabe usted lo que me ha hecho un mal hombre? Pero es una vergüenza decir lo que ha hecho; pregúnteme mejor por qué lo ha hecho. Simplemente ¡porque soy humilde, porque soy apacible! ¡Porque soy bueno! Mi carácter no les convenía; he aquí por qué cayeron sobre mí…



El genio de Dostoieski está en el desarrollo de los caracteres. Nos habla de los hombres y nos permite conocer a las personas que presenta como si las tuviéramos delante. No nos hacemos con sus rasgos, con su físico, nos hacemos con su interior:



Ya me he acostumbrado a ello, porque me acostumbro a todo, porque soy un hombre apacible, porque soy un pobre hombre; pero, sin embargo, ¿por qué todo esto? ¡Pero considere usted solamente, querida, si tengo las facultades necesarias para ser un intrigante y un ambicioso!...



El otro día, en una conversación privada, Evstafii Ivanovich dijo que la principal virtud cívica es saber ganar dinero. Lo dijo en broma (sé que era en broma); pero lo que nos ordena la moral es no serle gravoso a nadie, y yo no le soy gravoso a nadie.



Los fragmentos sobre la literatura no escasean:



Pero es una bella cosa la literatura, Varinka, una bella cosa; lo he sabido por ellos anteayer. ¡Una cosa profunda! Fortalece el corazón de los hombres, instruye, y hay todavía otros diversos pensamientos sobre este asunto en el libro que han leído…



… Cuando empiezan a discutir sobre diversos temas, entonces, aunque a mi pesar, me eclipso, buenamente; en tales momentos, a nosotros, matotchka, no nos queda más que eclipsarnos. Me juzgo entonces un simple cretino, me doy vergüenza de mí, y durante toda la velada busco ocasión para intercalar siquiera media palabra en la discusión general; ¡pero he aquí que, como hecho a proósito, esa media palabra no sale!...



Duermo. ¡Qué imbécil soy! En vez de dormir sin necesidad, podría uno ocuparse agradablemente, sentarse delante de su mesa y escribir. Es fructuoso para sí y bueno para los demás.



Refleja los caracteres con cercana sencillez, a través de lo que expresan, sinceramente, acerca de sí mismos:



No, amigo mío, no puedo permanecer entre ustedes. He reflexionado, y encuentro que haría muy mal rechazando una colocación ventajosa. Allí, al menos, tendré un pedazo de pan asegurado; lo haré todo por merecer la benevolencia de los señores; procuraré incluso modificar mi carácter, si conviene. Sin duda, es triste, es penoso, vivir en medio de personas extrañas, buscar el apoyo de los demás, disimular y reprimirse; pero Dios me ayudará.



Luego Dostoievski nos lleva al límite, al paroxismo que media entre la cordura y la locura:



…tengo enfermo el corazón matotchka. La pobre gente es caprichosa; la naturaleza lo ha querido así. Ya me había dado cuenta anteriormente. El hombre pobre es receloso; hasta tiene una manera particular de considerar el mundo, observa de reojo a cada transeúnte, pasea a su alrededor una mirada inquieta, y presta oído a cada palabra, imaginándose siempre que se habla de él, que se critica su exterior lamentable…



Tengo que hacerle observar a usted, querida, que desde hace poco, me he vuelto dos veces más tímido, dos veces más fácil de desconcertar que antes. En estos últimos tiempos, ni siquiera me atrevía a mirar a nadie. Al menor ruido que hacía alguien con su silla se me ponía la carne de gallina. Hoy, modestamente sentado en mi sitio, con la cabeza inclinada sobre los papeles, parecía un erizo,…



Las dificultades para salir adelante, la pobreza más cruel, está presente en toda la novela:



Ahora recurro a usted, Makar Alexeievich, e imploro su asistencia. ¡No me abandone usted, por el amor de Dios, en semejante situación! Pida prestado, se lo ruego; procúrese dinero por poco que sea; no tenemos medio de trasladarnos, y es absolutamente imposible que nos quedemos más tiempo aquí; tal es también el parecer de Fedora. Necesitamos, a lo menos, veinte rublos; le devolveré a usted ese dinero; lo ganaré con mi trabajo;…



Ya sé, ya sé, matotchka, que es malo sustentar tales ideas, que es una impiedad; pero, francamente, ¿por qué los unos tienen ya asegurada la felicidad desde el seno de su madre, mientras que otros vienen al mundo en un hospicio? Y hasta ocurre que, a menudo, Ivanuchka el imbécil se ve favorecido por el destino.



Y entonces, cuando parece que los personajes se enfrentan a la muerte por inanición, la montaña rusa de Dostoievski entra en escena. Makar tiene un error en su trabajo, su Excelencia lo requiere y su atuendo le delata, y como muestra de su miseria más absoluta se le desbarata el traje y cae un botón a sus pies, y cuando parece que va a morir llega la culminación de la felicidad porque en vez de despedirle, apiadado, le deposita en su mano un billete de cien rublos. Sí, un magnífico Dostoievski desde su primer trabajo.