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lunes, 9 de junio de 2025

El poder y la gloria (1940), Graham Greene.

 


Un libro peculiar, una crítica desordenada. Mi primer acercamiento a este maestro del thriller, incitado por múltiples recomendaciones de mis amigos lectores.

El autor británico se dedicó de forma temprana a la literatura, aunque tuvo que completar sus ingresos escribiendo una interesante crítica literaria y cinematográfica. También comenzó a trabajar, discretamente, como es lógico, para el MI6 británico, así que cuando nos regala una de espías sabe de lo que se habla. De todo esto resultaron múltiples viajes por África y Latinoamérica y algunas novelas que basculan entre la novela de entretenimiento y eso tan difícil de definir como es la literatura.

La novela que traigo trata sobre un cura perseguido por la justicia mexicana. Nos hallamos en la década de los 30, en una época de represión tras la denominada Guerra Cristera, en la que el gobierno trata de erradicar a la Iglesia, considerada causante de los males del país.

Es un auténtico recorrido psicológico a través de un mal cura, un “paterwhisky”, una persona simple y vulgar colocada en una situación de extrema violencia. Sin embargo, esa situación no empuja al cura al esperado heroísmo, aunque pareciera que al final hay una especie de sacrificio, pero no nos engañemos, nunca deja de ser una persona vulgar que es capaz de sacrificar al otro por un trago de aguardiente.

En el otro extremo están también las contradicciones de la política anticlerical, que Green conoció de primera mano. Se ordenó a todos los sacerdotes casarse. Se cerraron las iglesias y se quemaron imágenes de santos, se sustituyeron las festividades agrícolas religiosas y hasta se prohibió el uso de la palabra “adiós”, sustituida por “salud”. Los sacerdotes que no transigieron, fueron ejecutados o no les quedó otra que huir.

El resultado de esto es una novela angustiante, ambientada en un paisaje húmedo y pantanoso, selvático, preñado de fiebre. Hay alguna reflexión religiosa, quizás una crítica al catolicismo, cierto contraste con el protestantismo. A Greene se le ha tachado a menudo de escritor católico. Sin embargo, la novela no refleja otra cosa que un personaje sucio y vulgar, una persona a la que se le supone, dada su profesión y sus atuendos, una honradez y una bondad que brillan por su ausencia. Quizás al final admite una reconciliación del personaje, como una confesión del mal cura, pero no veo redención de ningún tipo; a mi juicio demasiada vulgaridad. 


Mientras leía esperaba un giro, un arrebato heroico o algo similar, pero predomina el miedo, la estupidez, el afán por sobrevivir. Y es esto lo que a mí más me ha llamado la atención de la novela, la vulgaridad del personaje en cuestión. Si buscamos héroes, estos están en el pueblo, en la gente humilde y analfabeta. Para ellos la religión es un consuelo a su vida miserable.

 

Sé que hay una película, y me apetece verla para contrastar mientras me regalo un buen rato. El libro contiene mucho diálogo, es casi un guion. Interesante contrastar al personaje de Green con el interpretado por Henry Fonda.

lunes, 19 de mayo de 2025

La biblia en España (1842), George Borrow.

 

George Borrow, hijo de un humilde soldado británico, vivió una vida bastante errática hasta que entró al servicio de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera. Era esta una organización en la que George podía utilizar su principal talento, el conocimiento de los idiomas. Sin salir de Gran Bretaña ya conocía varios idiomas, y luego aumentó sus conocimientos en varios viajes. Como curiosidad, conocía el caló, lenguaje de los gitanos, pues tenía un amigo gitano y sentía gran predilección por sus costumbres. Sus encuentros en España con los gitanos, que lo reconocen como su hermano por el dominio de su lengua y costumbres, será clave durante toda la novela.

La Sociedad Bíblica no pretendía propagar una confesión cristiana determinada, sino difundir la Biblia, poner al alcance del mayor número de personas el texto genuino de las Sagradas Escrituras. En opinión de los Protestantes, la Iglesia Católica contradice a la Biblia, así que basta la lectura de los textos auténticos para minar las bases de la dominación papista y católica.

En estas tareas realizó algunos viajes, entre ellos a Rusia y Portugal, pero será su viaje de trabajo por España el que le da un lugar en la posteridad. Aunque parezca increíble, alrededor de 1836, que es cuando inicia el viaje por España, y desde la ya lejana invención de la imprenta, no se había impreso en España ninguna traducción de la Biblia descargada de notas y comentarios, y que fuese, por tanto, de tamaño manual y precio reducido, accesible para todos. Las últimas traducciones tenían nueve y diez volúmenes.

Primero había que vencer las trabas burocráticas para imprimir una Biblia sin notas. Luego obtuvo el permiso para repartir en persona la obra por los pueblos. Tras un largo viaje de casi un año, volvió a Madrid, donde imprimió dos nuevas traducciones parciales, una al caló, hecha por él, y otra al vascuence. La publicación en caló, algunos métodos de los que empleó para llamar la atención del público y también ciertas imprudencias de otro agente, como él, de la Sociedad Bíblica Británica, provocaron la intervención de las autoridades y el fin de la acción propagandística de Borrow en España.

Ya en Inglaterra iba a publicar un libro sobre la historia y costumbres de los gitanos en diversos países, pero la llegada a la celebridad le llegó de la mano de la presente obra. Digamos que está compuesta de tres elementos fundamentales: la difusión del Evangelio, preñada de antipapismo, Don Jorge el inglés y España. La difusión del Evangelio es el armazón y móvil del libro. Hombres y tierras de España son el decorado en el cual se mueve el propio autor, Borrow, un poco enaltecido por él mismo. Destaca el contenido autobiográfico, pues todo se mueve a través de sus peripecias. Eso sí, no oímos confesiones ni nada parecido del autor, él deja hablar a las personas con las que trata, nos pinta el efecto que su persona extranjera causa entre los demás. Cierto que él es como un héroe. Es adorado por los gitanos, los pícaros le temen, era bueno con los humildes, pero a los ricos los trataba de igual a igual, era razonable y sereno, sin perder nunca la calma. 


En España ha desatado abundantes críticas, en Europa fue un best seller, dada la pervivencia de la reputación de España como antiguo gran imperio. Se trata de una novela, una obra literaria, aunque para algunos es un libro de viajes. El contexto es la Primera Guerra Carlista, una España dividida, sumida en crisis.

martes, 28 de marzo de 2023

La feria de las vanidades (1848), William Thackeray

 

Novela publicada por entregas (en 20 mensualidades), lo cual se hace notar. Está el estilo del narrador, que constantemente se dirige a nosotros mostrándonos que el mundo es una feria de vanidades, y está la profusión de detalles en lo que respecta a vestimentas, viviendas, diálogos y vida en sociedad.

 

…en la feria de las vanidades, un título y un coche tirado por cuatro caballos son juguetes mucho más apreciados que la felicidad.

 

Al principio nos choca la multiplicidad de personajes que nos son presentados, pero luego nos vamos a haciendo con todos ellos.

A Thackeray se le considera un misógino empedernido, pero hay que tener en cuenta que se trata del siglo XVIII, y más aún que se trata de una historia protagonizada por mujeres. La indiscutible estrella de la novela es una mujer, la inolvidable Becky Sharp, aunque reza el subtítulo de la novela: “una novela sin héroe”. Por sí sola, Becky Sharp bien merece una lectura, pues es uno de esos personajes mencionados continuamente en la historia de la literatura universal. Es un ser perverso, inmoral, carente de escrúpulos, pero al mismo tiempo inteligente, sutil, seductora, de tal manera que no podemos evitar dejarnos arrastrar por su influjo. Todo apunta a un final moral al más puro estilo dickensiano, pero no cae Thackeray en tanto maniqueísmo.

Al lado de Becky Sharp, la otra estrella, Amelia Sedley, palidece; es su antítesis, una mujer inocente y tímida. Diríase que estamos ante una novela picaresca, Becky Sharp en el lugar de Barry Lyndon. Los maridos son tímidos coprotagonistas de la novela, casi comparsas. Si el comportamiento de la mujer se trata de forma sarcástica, no menos le sucede al comportamiento del hombre; Thackeray pone al hombre y a la mujer al mismo nivel de condenación. Estamos ante una novela dinámica y alegre, pero de un escepticismo desgarrador. La sociedad en su conjunto es hipócrita, e incluso los personajes bondadosos tienen sus puntos oscuros, como son los casos de Amelia Sedley o el buen capitán Dobbin.

 

Algún francés un tanto burlón dijo una vez que en todo asunto amoroso intervienen dos partes: una que ama y otra que se digna ser amada. Puede ocurrir que el amor parta unas veces del hombre y otras de la mujer.

 

¿No es cierto que las mujeres siempre prefieren un calavera a un afeminado?

 

Las mejores de entre todas las mujeres (le había oído yo decir a mi abuela), son hipócritas. Lo que ignoramos es la cantidad de cosas que ocultan, el grado de vigilancia que están ejerciendo cuando más despreocupadas nos parecen, la frecuencia con que convierten sus francas sonrisas en trampas destinadas a seducir o desarmar, o la intensidad de sus reiteradas expresiones apasionadas. Y no me estoy refiriendo a las simples coquetas, sino a las que suelen considerarse como modelos de buenas esposas y dechados de virtudes femeninas. ¿Quién no ha tenido ocasión de ver a una mujer disimular la falta de ingenio de un marido estúpido, o aplacar las furias de un esposo en exceso violento? Nosotros aceptamos esta bondadosa esclavitud, y elogiamos por ella a la mujer, llamando autenticidad a esta especie de agradable simulación. Una buena ama de casa ha de ser un tanto embaucadora.

 

Pronto olvidamos que se trata de una obra sarcástica. Yo creo que el sarcasmo nos inunda de tal manera, desde el minuto uno, que nos satura. Sucede que se naturaliza la hipocresía, el interés que mueve la conducta humana. Bueno, como en la vida misma.

Como síntesis de la lectura, decir que se me ha hecho un tanto espesa (Barry Lyndon me resultó mucho más divertida). Me pensé en un principio el abandonarla, por lo voluminoso y repetitivo, pero llevé a cabo una lectura atenta, quizás por pundonor. El blog ayuda. Cierto que sus personajes son más creíbles y realistas que los de Dickens, aunque carece de chispa y del efecto sorpresa.

Al final es inevitable cierto poso moral, aunque se aprecia el respeto por la picardía de Becky Sharp, lo cual yo creo que nos place, pues la simpatía que se desprende del escritor por su personaje es contagiosa.

Pese a los peros, me quedan las ganas de conocer algunas de las obras menos conocidas de Thackeray, por eso de contrariar a la crítica, ese tan sano ejercicio.

 

Este empeño por tener siempre razón, sin dudar ni vacilar un solo segundo, ¿no es acaso una de las grandes cualidades con las que la falta de inteligencia gobierna el mundo?

 

viernes, 21 de octubre de 2022

Jane Eyre (1847), Charlotte Bronte

 

Se le hizo extraño a una amiga verme con este libro. No es la primera vez que me sucede. No sé por qué, si a mi me gusta leer. Una vez recuerdo, en twitter, que descalificaron mi lectura de El prisionero de Zenda por ser juvenil, y yo que solo pretendía conocer esa novela que tanto alaba Pérez Reverte.

Y sí, la presente novela se me ha hecho un tanto floja, así que aquellos que consideran Jane Eyre como una absoluta obra maestra, mejor dejen de leer, no vaya a ser que les salga una hernia y me hagan culpable de todos sus males, pues yo aquí no hago otra cosa que poner en valor mi propia lectura.

Llegué a esta lectura de la mano de la hermana de Charlotte, Emily Bronte, la autora de Cumbres Borrascosas, una novela que he leído varias veces y que siempre recomiendo a aquellos que quieren acercarse a los clásicos.

Comienza la novela muy bien. Charlotte conoce los entresijos de la escritura y sabe atrapar al lector. Nos presenta a una niña desamparada, ella es buena y todo su alrededor representa la maldad. Esto, en realidad, no es tan raro, sucede cada vez que una persona presenta debilidad; es un motivo muy literario la injusticia.

 

Toda la tiranía violenta de John Reed, toda la altiva indiferencia de sus hermanas, toda la aversión de su madre, toda la parcialidad de las criadas vinieron a mi mente turbada como el sedimento oscuro de un pozo turbio. ¿Por qué siempre sufría, siempre era intimidada, acusada y condenada? ¿Por qué eran inútiles mis intentos de granjearme el favor de nadie?

 

Luego la novela está preñada de sorpresas, de giros espectaculares aunque previsibles, conoce a un hombre rico, aparece el amor, una boda interrumpida, herencias... Cierto que ahora las dificultades que siguen provocando situaciones injustas son más forzadas, ya no persiste la naturalidad con la que la novela se abre. Hay saltos temporales, quizás demasiadas descripciones para mí gusto, a veces necesarias para describir nuevos ambientes, nuevos grupos humanos. Las situaciones sorprendentes me han recordado a esos maravillosos encuentros que se daban en las posadas que visitaba nuestro querido Quijote; son del gusto del lector de la época.

Pese a que Charlotte describe un mundo cruel, al final triunfa el bien. Es extraño. A veces parece que la dulzura se impone a la dureza del carácter del hombre.

 

Era muy agradable: no existe felicidad parecida a la de ser querido por tus semejantes y a la sensación de que tu presencia les ayuda a sentirse bien.

 

El lenguaje es en todo momento sencillo, lo que ayuda a la consecución de una lectura adictiva y salteada. Las metáforas son escasas, en ocasiones aparecen para abrir capítulos de ruptura.

 

Un espléndido verano brillaba sobre Inglaterra: un cielo tan despejado y un sol tan luminoso como disfrutamos entonces rara vez agracian nuestra tierra batida por las olas. Era como si hubiera llegado del sur una tropa de días italianos, como una bandada de maravillosos pájaros migratorios, que se posaron a descansar en los acantilados de Albión.

 

No es que Charlotte busque alcanzar la verdad. Los personajes no parecen de carne y hueso, simplemente representan defectos o virtudes humanas. Sí, maniqueísmo.

Por otro lado, también hay que decir que la novela tiene sus puntos fuertes, que otros lectores encontrarán por doquier. La protagonista es una mujer singular, fuerte, valiente, llena de convicciones, una precursora del feminismo en el siglo XIX. Sin duda un libro que puede enriquecer cualquier taller de lectura.

 

viernes, 7 de mayo de 2021

Jude el Oscuro (1895), Thomas Hardy

 

Hardy es un autor que me agrada, por eso de que ilustra al tiempo que entretiene. Además, presentaba esta novela un atractivo especial en cuanto a que fue la causante de que el maestro dejara de narrar para dedicarse por completo a la poesía.


Hay que dejar claro que Hardy obtuvo éxito en vida, si bien no son de extrañar las críticas recibidas. Como humanista que era, Hardy reflexionaba acerca de la sociedad y sus normas, y el tema nuclear de esta novela es el matrimonio. Sus ideas, obviamente para la época, son revolucionarias, pero incluso hoy en día nos chocarán algunos de los conceptos manejados. Si a esto unimos su ya conocido pesimismo, que en esta novela alcanza las más altas cotas que podamos imaginar, pues da como resultado una novela realmente extraña.

 

El prefacio del autor a su propia obra no tiene desperdicio:

 

Ese fue el desdichado principio de la carrera de Jude como novela. Tras estos veredictos de la prensa, su siguiente desventura fue el ser quemada por un obispo… seguramente en un arrebato de desesperación, al no poder quemarme a mí.

 

El epígrafe es todavía más elocuente:

 

La letra mata.

 

No me cabe duda de que a muchos lectores les defraudará esta novela; quizás a muchos incluso les resulte incomprensible, mínimo incongruente. Algunos lectores pensarán que los personajes son estúpidos, seres débiles, amedrentados por las circunstancias de la vida. Todos los protagonistas de esta novela son seres sensibles, extremadamente educados, que se guían por principios, y por eso mismo, incapacitados para el egoísmo, terminan atrayendo sobre sí la desgracia.

 

―Porque hay una nube que se cierne sobre nosotros; «¡aunque no hemos ofendido a ningún hombre, ni hemos corrompido a ningún hombre, ni hemos engañado a ningún hombre!». Sino que hemos «hecho lo que era justo a nuestros propios ojos».

 

Este es, a mi manera de ver, el germen del pesimismo tan característico de Hardy. Las leyes no escritas de los hombres premian con mucho la sociabilidad de las personas, castigando la introversión, la insociabilidad. No hay, desde luego, premio para el justo.

 

En definitiva, a mí me ha gustado mucho la novela, en cuanto que azuza la reflexión. Cierto que la encuentro diferente en el conjunto de la obra de Hardy, al menos en la parte que yo conozco. Contiene altibajos, un buen comienzo, excesos melodramáticos mediada la trama, un final escalonado, cuesta abajo por supuesto, terrible.

El protagonista absoluto es Jude, huérfano, de clase social humilde, un hombre por completo fuera de lo común que gusta de leer y estudiar, que se plantea como meta ser un erudito, de manera autodidacta, para poder dedicarse a las letras en la ciudad de sus sueños, Christminster, que no es otra que Oxford. Un tema que encantará a aquellos lectores que se hayan iniciado en el mundo de las letras como el propio Jude, de manera ocasional o accidental, guiados por el destino.

Obviamente que el lector simpatiza con Jude, y ya no puede dejar de leer, acompañándole a través de una vida sembrada de desgracias. Primero de todo se ve seducido por una mujer corriente, encadenado a un matrimonio condenado al fracaso desde su misma consumación. La pareja se separa pero sin llegar a efectuar el trámite administrativo del divorcio, problema que más adelante se hace patente cuando Jude conoce a otra mujer, Sue, su alma gemela, que complica la trama nada más entrar en escena porque comparte protagonismo con el propio Jude. Quién sabe, quizás incluso se podría hablar de una anticipación del movimiento feminista a través de este personaje femenino.

Cuando parece que se aproxima la felicidad, la pluma de Hardy y, cómo no, la intervención del destino más trágico que podamos imaginar, entran en escena. La actitud de los personajes nos podrá parecer sorprendente, estúpida incluso bajo nuestra óptica actual, bajo la de aquellos tiempos también, si me apuras. La maledicencia se abre camino como cuchillo en mantequilla, convirtiéndose en otro de los temas centrales de la novela. El pesimismo de Hardy alcanza por momentos un paroxismo febril. Las críticas hacia la institución del matrimonio resultan terribles, y por extensión alcanzan a toda la sociedad, la ley civil contra la ley natural, el prejuicio contra toda lógica, el egoísmo y la insolidaridad, la pugna perpetua entre los hombres. No es de extrañar el escándalo consecuente.

 

En definitiva, una novela tan deprimente como recomendable. Yo entiendo que la mayoría de los lectores solamente buscan la evasión en sus lecturas. Luego hay otros, una minoría, que buscan algo más, algo sin duda indefinible pero que va más allá del simple escapismo. El mismo Homero contribuyó a estabilizar, ni más ni menos, que la religión de los griegos, al tiempo que animaba las noches al calor del fuego.

lunes, 22 de febrero de 2021

Oliver Twist (1838), Charles Dickens.

Probablemente sea Dickens el autor de lengua inglesa más conocido después de Shakespeare. Esto dice mucho acerca de los clásicos y su génesis, pues no podemos comparar la profundidad, la calidad literaria del uno con la del otro.

También, mientras leía, no podía sino comparar con otras novelas, y se me vino a la memoria una que tengo recién releída, El rojo y el negro, de Stendhal. A mi modo de ver, la profundidad de Stendhal, su calidad literaria, es infinitamente superior, pero Stendhal murió sin reconocimiento mientras que un clamor popular provocó el entierro de Dickens en Westminster.

Dickens publicaba sus novelas por entregas en periódicos, lo cual sirve para justificar repeticiones, errores, el recurso constante a la exageración o al melodrama, todo con tal de conseguir el favor del público lector. Mínima intención en Dickens de representar la realidad; cierto que entresaca de ella lo que le interesa resaltar para inventar, para novelar. Digamos que no está en la línea de Flaubert, o de tantos otros autores que abrazarán la causa realista de la novela.


Oliver Twist es víctima del destino desde la cuna, pues muere su madre al nacer y él queda condenado a la mísera vida de un asilo. Con ironía y sarcasmo nos cuenta Dickens la sociedad que convive con la miseria de los más desfavorecidos. Aquí radica la vena humanitaria del maestro, que arranca fácil el llanto. De alguna manera este humanitarismo, su posición política progresista para mitigar el sufrimiento de los pobres, es su más interesante legado.


¡Qué excelente ejemplo constituía el pequeño Oliver Twist del poder del vestido! Envuelto en la manta que hasta entonces había sido su único abrigo podría haber pasado por el hijo de un noble o de un mendigo; al más altivo desconocido le habría sido difícil determinar su categoría social. Pero ahora, envuelto en las viejas ropas de percal, amarillas ya de hacer el mismo servicio, y marcado y etiquetado, encajaba perfectamente en su lugar: un niño de la parroquia… huérfano de hospicio… humilde esclavo muerto de hambre… carne de bofetadas y golpes dondequiera fuere… desprecio de todos y lástima de ninguno.


Desde el primer momento se nos presenta a Oliver como un muchacho tímido, obediente, trabajador, confiado, en resumidas cuentas, bueno. De aquí en adelante y hasta el final de la novela, un muchacho que se tiene que enfrentar a las miserias del mundo, no sufre ninguna evolución en su carácter. Pasa hambre constantemente, recibe golpes, insultos, es obligado a trabajar y robar para beneficio de los demás, y sin embargo, lejos de moldearse su carácter en el caldo en que se cuece, se muestra éste imperturbable. A mi modo de ver, un niño que se cría en la calle, cultiva los mecanismos de defensa propios del medio. Tenemos ejemplos más dignos en la novela picaresca española. Digamos que sucede lo mismo, a grandes rasgos, con los demás personajes, que no presentan evolución, son buenos o malos desde la cuna, como el malvado Fagin. Es Dickens.

A veces muestra amagos de complejidad, pero no son lo más destacado. En este ejemplo Noah nos da unas pinceladas. Noah, por cierto, otro de los personajes desfavorecidos que va y viene según la necesidad de la pluma de Dickens, de la novela por entregas.



Noah era un acogido, no un huérfano de hospicio. No era hijo del azar, pues podía rastrear toda su genealogía hasta sus padres, que vivían cerquita, la madre lavandera y el padre un soldado borracho, dado de baja con una pata de palo y una pensión diaria de dos peniques y medio más un pico inapreciable. Los mozuelos de las tiendas del vecindario solían desde hacía tiempo tildar a Noah en la vía pública con los ignominiosos epítetos de “cueros”, “acogío” y otros por el estilo, y Noah lo aguantaba sin replicar. Pero ahora que la fortuna le ponía en su camino a un huérfano sin nombre a quien incluso los más humildes podían señalar con el dedo del menosprecio, se resarcía con él con creces. Esto ofrece un exquisito manjar para la reflexión. Nos muestra lo hermosa que puede llegar a hacerse la naturaleza humana y cuán imparcialmente se desarrollan las mismas amables cualidades en el señor más refinado y en el más sucio muchacho acogido a la beneficiencia pública.


Pero esta complejidad psicológica es la máxima que logrará Dickens en esta novela. Y sí, Dickens es un virtuoso de la imaginación, de la técnica narrativa en cuanto a lo que se refiere a giros maravillosos y sorprendentes. Es capaz de zarandear al lector a través de cada una de sus aventuras hasta un final todavía más fantástico en el cual felizmente se resuelven todos los entuertos, de una manera exageradamente melodramática.

Se nos describe una sociedad injusta y cruel, desde el pobre que mendiga al deshollinador, desde el que está al frente del asilo al que preside el Ayuntamiento. Entremedias nos encontramos con gente honrada, los que sostienen la sociedad de la Inglaterra Victoriana.

Y pese a todos sus defectos, recordamos la Inglaterra victoriana a partir de la imagen poética que Dickens nos transmite. Probablemente será su imagen de Londres la única que nos queda en la memoria, la niebla de Londres, el oscuro Támesis, la suciedad en las tabernas, la humedad en las casas.

En fin, es la época de Dumas o Dickens, incluso Dostoievski escribe por entregas. Probablemente es resultado de esa primera época en la que el analfabetismo lector se está erradicando. Resulta paradigmático cuando leemos que uno de los personajes de Dickens se entretiene en una sucia taberna leyendo un periódico ennegrecido o atrasado, o las dificultades con las que se enfrenta el traductor a la hora de reflejar la jerga del pueblo llano, para el cual se escribe.


Este último caballero tenía un bastón grande, una cabeza grande, grandes facciones y grandes botas altas, y parecía como si hubiera estado tomando una ración de cerveza en igual proporción…, y no sólo lo parecía.


A mi modo de ver hay que situar el triunfo de Dickens en el gusto lector de la época, que se embelesa en su humanitarismo sentimental, en su sentido del humor, en su imaginación. Un buen inicio para los jóvenes que se ven obligados a enfrentarse con los temidos clásicos. Para mí lo fue, aunque ahora se me queda corto.



sábado, 26 de diciembre de 2020

El año de la peste (1722), Daniel Defoe

 


Iniciada la lectura acudo a otras fuentes para despejar dudas acerca de la realidad de la pandemia que asoló Londres en 1664-65. Se trata de la misma peste negra que viene controlando con mano de hierro la natalidad europea desde el siglo XIV.

 

El espíritu crítico nos queda claro desde el segundo párrafo:

 

En aquellos días no teníamos nada que se pareciese a los periódicos impresos para diseminar rumores e informes sobre las cosas y para mejorarlos con la inventiva de los hombres, cosa que he visto hacer desde entonces.

 

            Daniel Defoe escribe como si se tratara de una crónica de los sucesos que él mismo experimenta; en realidad Defoe apenas tenía 4 años cuando sucedió. Sí que la vivieron sus familiares, y el recuerdo escalofriante de lo vivido será el motor de la escritura. No en vano se trata de un buen motivo para reflejar las miserias del hombre.

          Se pueden encontrar paralelismos con la actual pandemia del coronavirus. Afortunadamente la actual no es tan mortífera como lo fue la narrada, ni tan siquiera parecida a la gripe del 18. Cierto que la ciencia ha progresado, de tal manera que ahora sabemos cómo se produce la infección, y cómo se puede controlar de manera fehaciente. Por otro lado, los hombres no hemos cambiado.

Resulta curioso cómo olvidamos con tanta facilidad lo ocurrido durante las pandemias. Puntualicemos, lo que resulta curioso es cómo lo olvidan los libros de historia. Quiero suponer que se trata del sentido de la historia, diríamos que es un asunto historiográfico. No puedo creer que las gentes olviden con facilidad las pandemias. Quizás se trata simplemente de que la manera de historiar prioriza los asuntos políticos. Sucede como en el 18, que la Primera Guerra Mundial lo cambió todo mientras que la gripe únicamente significó unas cuantas docenas de millones de muertos. Desde luego que la actual pandemia sí que lo está cambiando todo, y los libros de historia la dotarán del protagonismo que le corresponde.


 

Muchas cosas nos resultarán familiares durante la lectura: cifras de muertos, efectos económicos de la pandemia sobre la economía, el incivismo de los que huyen de la peste y su función de transmisores de la enfermedad, las diferencias entre ricos y pobres… Se podrían poner mil ejemplos.

Como hoy en día, en el Londres de 1664 lo primero fue activar leyes a través del Parlamento para combatir la crisis. La regulación del confinamiento fue igualmente impopular, especialmente aquellas medidas destinadas a encerrar en las casas a todos sus habitantes cuando uno de ellos contraía la enfermedad. En muchas ocasiones era uno de los criados el que traía la enfermedad, lógicamente porque eran los encargados de las compras y los recados, y en tales casos la familia entera quedaba confinada, condenada al contagio y a una muerte casi segura. Se instalaban vigilantes en la puerta para garantizar el encierro, uno para el día y otro para la noche. Las anécdotas, aunque truculentas, son vivaces y entretenidas. Nos queda claro que las medidas draconianas no resultaban eficaces; lo que no nos queda tan claro es si dichas medidas fueron tomadas para garantizar el orden público o para luchar contra la enfermedad.

 

Es verdad que parecía muy duro y cruel el cerrar con llave las puertas de las casas de la gente, dejando día y noche un vigilante para evitar que se escurrieran fuera o que alguien entrase hasta ellos, cuando tal vez las personas sanas de la familia hubieran podido salvarse si se hubieran apartado de los enfermos; y en estos confinamientos miserables pereció mucha gente que, como es lógico creer, no hubiera enfermado de haber tenido libertad, aunque la peste estuviese presente en la casa; ante esto, la gente clamaba y se disgustaba mucho al principio, y se produjeron varios casos de violencias y lesiones a los hombres destacados para vigilar las casas así cerradas.

 

            Examinadores, vigilantes, investigadores, embaucadores, enterradores, cirujanos, enfermeras… aparecen por doquier a lo largo del estremecedor relato, sus funciones, los conflictos, los engaños para burlar el confinamiento…

Muchos son los aspectos de la enfermedad tratados por Defoe, cuáles eran las acciones del Gobierno, cómo y quién recogía los cadáveres, cómo les daban sepultura, qué hacían con casas y enseres infectados, cómo se abastecía de alimentos la ciudad, o cuáles eran los trucos a los que la gente recurría para evitar el contagio.

 

Este hombre no usaba más preservativo contra el contagio que llevar ajo y ruda en la boca y fumar tabaco, cosa que también sé por él mismo. Y el remedio de su mujer era lavarse la cabeza con vinagre y rociar su cofia con vinagre de manera que siempre estuviera húmeda; y si el hedor de cualquiera de los enfermos que estaban a su cuidado llegaba a ser demasiado ofensivo, inspiraba vinagre por la nariz, rociaba su cofia con vinagre y mantenía sobre la boca un pañuelo embebido en vinagre.

 

La extensión del relato es de tamaño medio, así que os podéis imaginar que está plagado de anécdotas y otras historietas. Teniendo en cuenta que lo más práctico era quedarse encerrado en casa, nuestro protagonista y narrador usa de su habilidad para contarnos lo que sucedió a lo largo del río Támesis con los barcos que permanecieron allí varados, así como para desarrollar la historia de tres hombres que se deciden a abandonar Londres y se enfrentan a la hostilidad de los pueblos que lo rodean de tal manera que pasados unos meses se ven obligados a regresar.

 

En conclusión, no es de extrañar que se trate de uno de esos libros buscados especialmente en los primeros momentos de la pandemia, al igual que La peste, de Camus, o Los ojos de la oscuridad, de Koontz. Se lee fácil y es además una lectura entretenida y con fundamento.

 

Aficionado a los documentales, you tube me ofrece la cómoda posibilidad de buscar aquellos que me llaman la atención, obvio que sin ánimo de profundizar. Es por esto que yo suelo llamar a la televisión “la oportunidad perdida”.