¿Desafortunada traducción? Found in the Street.
La
maestra del suspense presenta claroscuros. La novela comienza de manera
magistral. Se puede observar entre líneas cómo disfruta la escritora del
hallazgo de una apertura fabulosa, como si se tratara de una partida de
ajedrez, sin fisuras. El chiflado Ralph encuentra una cartera en los adoquines
de New York, con sus documentos y un buen fajo de billetes, y ni se plantea el
hecho de que debe devolverla. Así se nos abre la novela a un abanico de
personajes y, así como sin querer, llegamos hasta Elsie, esa muchacha hermosa
que posee un magnetismo natural, simpatía y nada más.
Después
de esta puesta en escena absolutamente magistral esperamos, página tras página,
que pase algo traumático. Nada sucede y sin embargo seguimos ahí. Me da la
impresión que la novela comienza a presentar fisuras. Apertura tan fabulosa ha
deslumbrado a la autora, que no encuentra ni el momento ni la ocasión para
desencadenar los hechos hasta un punto de ruptura. Se regodea en el hechizo que
Elsie despliega de forma natural entre las personas que le rodean. Puede
parecer un estudio psicológico, pero tampoco es para tanto. A mi manera de ver,
insisto, tras una entrada fabulosa, la novela se diluye.
No
es la primera vez que me sucede con Highsmith, que me sorprende, para bien o
para mal. En esta ocasión, no se cumplen las expectativas. Se nos presenta una sociedad feliz, digamos que bohemia de fines del siglo XX, con lesbianas y
gais que se abren paso con naturalidad en una sociedad decadente, gente con
suerte que cayó de pie, que gana dinero jugando al arte, gente bienintencionada
que celebra fiestas un miércoles por la noche, que viaja mucho y cultiva
relaciones interesantes.
Sí,
Patricia juega con nosotros, lectores incautos, no sucede nada y nos tiene
agarrados del pescuezo, como si fuéramos un gatito. En todo caso, pese a los
claroscuros, mucho pueden aprender la miríada de autores que buscan ese
thriller fabuloso que les haga ricos de la noche a la mañana. La arquitectura
de las novelas de Patricia Higsmith se puede intuir con facilidad, como una
catedral gótica, nos da una imagen diáfana de cómo engatusar al lector y
hacerle que nos siga hasta la parte más oculta del jardín. No es necesario
matar mucho, urdir planes extravagantes, ni siquiera hacer que se encuentren en
un tren dos extraños con ambiciones psicopáticas comunes, basta con una
sencilla apertura, un suceso casual, casi banal, y queda plantada la semilla
del suspense. No parece difícil hacerlo ¿verdad?
Termino
la reseña con una cita que he encontrado por ahí en la red, que espero sea
fidedigna. Es todo un elogio por parte de Graham Greene.
“Patricia
Highsmith no es la poeta del miedo, sino del recelo. El miedo, como todos
aprendimos durante la guerra, después de un tiempo deviene narcótico. La fatiga
del miedo puede sumirnos en el sueño, pero el recelo ataca sutil y
permanentemente nuestros nervios y tenemos que aprender a vivir con él».
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