miércoles, 7 de octubre de 2026

Los santos inocentes (1981), Miguel Delibes.

 

Delibes gusta, es un escritor que abarca un amplio abanico de lectores. Nos habla de Castilla, su tierra, su naturaleza y sus gentes, asuntos estos fácilmente reconocibles. Lo hace, además, con un fondo de honradez, de justicia arcana.

He leído varias novelas del maestro, unas me han gustado más que otras. De la presente me ha quedado la duda de si la había leído antes, tan fuerte es la huella de la película de Paco Rabal y Alfredo Landa. No tardaré mucho en volver a verla, a ser posible en familia, pues es uno de esos clásicos que todos disfrutamos y recordamos.

Es una novela corta, suficiente, contundente, que se lee en dos o tres tiempos. En teoría literaria se la encuadra en el entorno de la novela social, como La familia de Pascual Duarte. La economía, la sociedad española está muy por detrás de la europea. El señorito Iván es el rico, el villano. Usa de las personas como si fueran herramientas o animales, se acuesta con la mujer del perito, su hombre de confianza, planea usar de la joven sirvienta de quince añitos, su ayudante de caza, Paco El Bajo, es tratado como si de un perro se tratase, imprescindible por su fino olfato. Es el que desencadena la trama por una lesión. El señorito no hace caso a roturas de piernas y, ante la impaciencia del amo, la respuesta del médico: “tú eres el amo de la burra”.

La resignación de los miembros de las clases bajas asombra todavía más que la soberbia del amo. El cortijo, el latifundio es un mundo cerrado, impermeable. Todo en él está reglado, jerarquizado, como en la Edad Media los señores oprimen a sus vasallos.

La caza es el contexto en el que despunta la pluma de Delibes. El uso del lenguaje es atinado en los diálogos, conciso en las descripciones. No hay gruesas digresiones ni nada que entretenga al lector. Sin lugar a dudas que el lenguaje es uno de los puntos fuertes de la novela, lo cual para nada significa obstáculo alguno para el lector, sino todo lo contrario, nos conecta con un lenguaje coloquial que no es familiar.

Diríase que la novela gira en torno a una serie de personajes, en torno a los cuales se estructuran los propios capítulos. Está el señorito, Paco el Bajo, el Périto, la Régula, todos tratados por igual, y luego El Azarías, un minusválido psíquico, un retrasado mental que despierta en el lector cierta ternura. Digamos que se convierte en el héroe frente al señorito, el villano. El Azarías lleva una vida absolutamente equiparada a la de los animales: alimenta sus pájaros, despluma aves, hace sus necesidades a cielo abierto y se lava las manos con su propio orín, abona las flores con los excrementos, y cuida de su sobrina como lo hace con el búho o la grajeta. Pese a su minusvalía intelectual, Azarías tiene la facultad de comunicarse con los pájaros, cuando menos se gana su confianza, llamando la atención de todos por tan extraño talento.

Luego sucede lo que ya todos saben, sin temor al spoiler. El villano mata a la milana bonita, la mascota del Azarías, y este, sorprendentemente, trama una venganza que ejecuta con precisión, dando con un final sobrecogedor, quizás un tanto inverosímil, pero qué más da, nos encanta. El Azarías se convierte en el santo inocente que porta la justicia divina. No es una rebelión social o política contra el orden establecido, sino justicia natural. Cuando se publica el libro ha acabado el franquismo y ya no existe la censura, pero la historia parece transcurrir en la década de los sesenta. Aparentemente el Azarías queda exento de responsabilidad por ser un retrasado mental; es un castigo merecido y su perfecta ejecución.

Mucho símbolo, pero no temáis, no es para nada una novela complicada, de hecho resulta apropiada para las estudiantes de los últimos cursos de la ESO, recomendable para cualquier lector.


 

 

 

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