miércoles, 17 de diciembre de 2025

El collar de la paloma (siglo XI), Ibn Hazm.

 

Dicen que esta es la obra que mejor trata sobre el amor en el amplio entorno de la civilización musulmana. Obvio que civilización europea y musulmana van de la mano en la edad media, y que autores como el Arcipreste de Hita han bebido de estas fuentes. ¿Cuál sería la influencia de la poesía árabe sobre la poesía trovadoresca?

Lo curioso en este caso, y sigo el valioso prólogo de Ortega y Gasset (necesariamente irónico), es que haya sido traducida a otras lenguas antes que al español, y que tenga tan poca consideración en nuestro país, que no se estudie en las escuelas, por ejemplo.

Permítanme el recurso a la autoridad de Ortega, para reforzar la poca mía:

 

Sin que yo pretenda estorbar que los demás hagan lo que les plazca, no estoy dispuesto, por mi parte, a correr la aventura de llamar en serio «español» a cualquiera que nace en territorio peninsular, aunque sea de sangre «indígena» y aunque haya vivido aquí toda su vida.

 

Yo entiendo que en el siglo XI no se podía considerar español a cualquiera que naciese, y cuya vida transcurriese, en la península. ¡España no existía! Había un estado andalusí, que por el tiempo en que Ibn Hazm escribía, se rompía en multitud de taifas, y había varios estados cristianos que vivían a su sombra. Cierto también que la sociedad árabe poco o nada tenía que ver con la cristiana, más o menos igual de poco que la visigoda con la hispano-romana en el siglo V. Sigue Ortega:

 

Pero esto no quita, como he dicho, que nuestra relación con los árabes de Al-Andalus, o «españoles», no implique para nosotros ciertos deberes respecto a su memoria; deberes que últimamente se fundan en la ventaja que nos proporciona cumplirlos, ya que con ello nutrimos nuestra propia sustancia, enriqueciendo y precisando nuestra españolía. Porque nuestra sociedad ha convivido durante siglos con esa sociedad andaluza, piel contra piel, en roce continuo de beso y lanzada, de toma y daca, de influjo y recepción.

 

Este libro se ocupa del amor, y el amor es cosa de hombres, por muchas diferencias culturales que pretendamos endosarle. El amor no es fácil de definir, pero qué hay más apreciable que la duda.

 

Te amo con un amor inalterable,

mientras tantos amores humanos no son más que espejismos.

Te consagro un amor puro y sin mácula:

en mis entrañas está visiblemente grabado y escrito tu cariño.

Si en mi espíritu hubiese otra cosa que tú,

la arrancaría y desgarraría con mis propias manos.

No quiero de ti otra cosa que amor;

fuera de él no te pido nada.

Si lo consigo, la Tierra entera y la Humanidad

serán para mí como motas de polvo, y los habitantes del país, insectos.

 

A continuación de este poema, os regalo la inapreciable cita que le sigue de Ortega.

 

El lector irresponsable, que es el más sólito, patina con los ojos por estas líneas, y cree que se ha enterado, porque no contienen abstrusos signos matemáticos. Pero el buen lector es el que tiene casi constantemente la impresión de que no se ha enterado bien. En efecto, no entendemos suficientemente estos versos porque no sabemos qué quiere decir el autor con la palabra «amor».

 

Ibn Hazm trata sobre el amor y todos sus accidentes de manera amplia y prodigiosa, desde las formas de enamorarse a las señales que nos da el ser amado, desde el cortejo a la culminación, sobre la separación o la ausencia, sobre la mirada, el secreto, el adulterio. Todo lo explica con una prosa precisa, y luego lo acompaña de versos, los más suyos.

Pero, aparte el amor, el maestro fue protagonista de una época histórica especialmente interesante en la España medieval, la desintegración del Califato de Córdoba. Seguir la vida de Ibn Hazm es una buena manera de hacernos una idea del período, el mejor complemento para cualquier manual de historia. Son abundantes las referencias autobiográficas; su padre fue visir de Almanzor.

El maestro fue poeta en la juventud, por encima de todo intelectual, rara avis que solamente nace en civilizaciones ricas, filósofo, teólogo, Quijote de su tiempo que pone en peligro su propia vida en defensa de sus convicciones. 

 

Todavía no me ha quedado claro el significado del sugerente título. Parece ser que existía la costumbre entre los poetas neoplatónicos de vincular a la paloma con el alma afirmando que la paloma es el alma caída y, según el Corán, el collar es la suerte que Dios anuda a cada persona.

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

La edad de hierro (1990), J. M. Coetzee.


 Coetzee es un escritor de tesis, de obsesiones personales, de los buenos. Te pueden gustar o no sus novelas, pero con que una de ellas te afecte es más que suficiente.

El apartheid es la excusa, el motivo con el que las editoriales llenan solapas y contraportadas. Y sí, aquí o allá aparece la violencia organizada, muertos con un tiro en la cabeza, niños portando armas, policías corruptos. Pero el verdadero motivo de la novela es más hondo, más humano, más personal. Una mujer enferma, que mira la muerte de frente, escribe una especie de carta de despedida para su hija en la que cuenta sus últimos días o reflexiones. Su hija vive en Estados Unidos, lejos de la barbarie que reina en Sudáfrica. La simple trama se desencadena cuando la mujer se entera de su enfermedad y a su regreso a casa se encuentra un vagabundo negro, borracho, refugiado en su cobertizo. Se desarrolla una relación entre ellos, ambigua, extraña, humana, que sirve bien para expresar la insignificancia de la vida. Se pueden hacer múltiples lecturas, entresacar reflexiones por doquier.

 Los alemanes tenían camaradería, y los japoneses, y los espartanos. Y las hordas zulúes de Shaka también, estoy segura. La camaradería no es más que una mística de la muerte, de matar y morir, disfrazada de eso que usted llama un vínculo (¿un vínculo de qué?, ¿de amor? Lo dudo). No siento simpatía por esa camaradería. Se equivocan, usted y Florence y todos los demás, al dejarse llevar por todo eso y, peor todavía, al promoverlo en los niños. No es más que otra de esas construcciones masculinas gélidas, excluyentes y orientadas a la muerte.

 Hay lectores que no se acercan a Coetzee porque piensan que es muy duro, deprimente dicen. A mí esos aspectos me resultan irrelevantes. Para deprimirse basta con enchufar la televisión pública o ver el telediario, y no lo digo por las desgracias que se refieren sino por la hipocresía, la ignorancia. Claro que leer a Coetzee equivale a emprender una lectura reflexiva. No es que Coetzee sea aburrido, de hecho se esfuerza en crear una trama entretenida. En todo caso no esperamos una lectura adictiva, pasar ágilmente de página en página hasta el sorprendente final. En esta novela no sentimos angustia por conocer el final, que ya sabemos va a ser la muerte.

Nuestra protagonista evita la soledad de la manera que mejor puede. Se prepara para el final. Personajes y pensamientos quedan relativizados por tal situación. No hay malos ni buenos, solo personas zarandeadas por el destino. De hecho, el personaje que acompaña a la protagonista hasta el final es un vulgar vagabundo alcoholizado.

 Resulta algo degradante la forma en que todo termina: no solamente nos degradamos nosotros, sino que también se degrada la idea que tenemos de nosotros mismos, de la humanidad. Gente tumbada en dormitorios a oscuras, en medio de su propia suciedad, impotentes. Gente tirada en los setos bajo la lluvia. Pero tú no entenderás esto. Vercueil sí.

No es la mejor novela de Coetzee, pero sí un buen ejemplo de su potente narrativa, de lo hondo de su mensaje. La extraña relación entre una mujer enferma de cáncer y un borracho que parece no aportar nada nos dice mucho acerca de la maestría de Coetzee. Pocas veces encontrarás un relato tan vivo sobre la soledad ante el final, sobre la indiferencia.

Niños de hierro, he pensado. Florence también es un poco de hierro. Es la edad de hierro. Después de la cual viene la edad de bronce. ¿Cuánto falta para que les llegue el turno de regresar a las edades más amables, la edad de arcilla y la edad de tierra?

 

martes, 25 de noviembre de 2025

Amy e Isabelle (1998), Elizabeth Strout.

 

Elizabeth me sorprendió gratamente con Me llamo Lucy Barton. La presente novela se me ha hecho más lenta, más dispersa. Se trata de su primera novela publicada; rebosa de temas, que le cuadrarán más o menos a cada lector, su prosa resulta exquisita. A mí, personalmente, me agrada, aunque a veces no me encajen sus temáticas.

Sus personajes son femeninos, como debe ser, ¿no? Isabelle es una madre soltera que huye de sí misma, o de la sociedad, que ejerce presión insana. Su hija, Amy, florece, y pugna por abrirse camino en un ambiente asfixiante, el propio de un pueblo pequeño, me da igual europeo que estadounidense.

La relación entre madre e hija es francamente interesante. El tema sin el cual la novela dejaría de girar es el abuso sexual de los hombres sobre criaturas inocentes menores de edad. No pinta a los hombres como extraordinariamente malvados. Cierto que los pinta como seres egoístas y despreocupados de las consecuencias de sus actos. La que recibe las críticas es la sociedad. Strout no se regodea en distribuir culpas; se limita a transmitirnos una historia humana, demasiado humana.

Por supuesto que los abusadores salen malparados, pero tampoco los pinta como asesinos sin piedad. Sus actos se imponen porque la sociedad lo permite de forma silenciosa; es ésta la que destruye la vida de las dulces niñas. Por un lado, está el hombre que abusa de Isabelle, que pasa de puntillas por la novela. Mucho más definido aparece el profesor de matemáticas, que seduce a la dulce Amy. Malos tipos los dos, obviamente, pero no la reencarnación del mal. Uno de ellos esconde su vulgaridad bajo una gran cultura, el otro bajo su aparente afabilidad. Incluso hay una segunda historia que atraviesa la novela, una muchacha desaparecida que aparece luego muerta en el maletero de un coche, quizás de manera un tanto artificiosa y que sirve a las necesidades del guion.

Dos generaciones se ven retratadas. La ignorancia, el impulso animal, sexual, propio de la adolescencia, lo empaña todo. Un simple error pone patas arriba la vida de una mujer. 

 

Sin embargo, después de este pequeño batiburrillo temático, pese a su riqueza e interés, no ha sido lo que más me ha llamado la atención de la novela. Si tengo que quedarme con algo es con el tratamiento que hace de los personajes secundarios, que ya quisiera yo para la mejor de mis novelas. Casi todos los hombres son personajes secundarios, pero los conocemos de forma certera con unas pocas pinceladas. Y lo mismo sucede con los personajes femeninos. Isabelle trabaja en una oficina, y a su alrededor revolotean varias mujeres entre las que destaca una, por su carácter y su volumen, la gorda Fat Bev, para mí tan inolvidable como la pequeña Amy.

Muchos puntos interesantes para a leer a Elizabeth Strout.