
No
es más que una impresión, pero me parece a mí (tras una simple lectura,
perdonen mi atrevimiento) que Roth no sigue un estricto guión. Como los
juglares del cantar de gesta utiliza muletas para avanzar, ideas que se repiten
una y otra vez como leitmotiv, la primera de ellas y título de la obra es sin
embargo la menos fundamental, la fabulosa Marcha Radetzky de Johan Strauss. El
leitmotiv fundamental es el episodio heroico de la batalla de Solferino, en la
que un soldado de baja graduación salva al emperador de una muerte segura y a
consecuencia de dicho acto eleva la categoría social de la familia Trotta. Pero
también, y esto es lo curioso, hay personajes que entran y salen de la novela (por
orden de mención) como instrumentos en una orquesta sinfónica, ya sea un
curioso y cornudo subteniente, el borracho Moser y por último el propio
emperador Francisco José.
Luego
está la decadencia y caída del Imperio Austrohúngaro, en paralelismo con la
propia degeneración de la línea familiar de los Trotta.
Un
anciano, cuya muerte, cercana, le puede llegar por cualquier resfriado,
mantiene en pie el trono por el simple hecho, milagroso diría yo, de que
todavía es capaz de sentarse en él… Ya no se cree en Dios. La nueva religión es
el nacionalismo. Los pueblos ya no van a la iglesia. Van a las asociaciones
nacionalistas. La monarquía, nuestra monarquía, se basa en la religiosidad, en
la creencia de que los Habsburgo fueron escogidos por la gracia de Dios para
reinar sobre tales y tales pueblos…
Dichas
degeneraciones se hacen más patentes en la segunda parte de la novela (que
culmina con una gran fiesta satírica de fin de Imperio), en la cual aparece
también otro leitmotiv común a toda la obra de Roth, el vicio de la bebida al
que recurren los personajes como alivio y olvido de los pesares de este mundo.
Se
sorprendió más todavía y sintió deseos de tomar unas copas; esa sed del bebedor
que es sed del alma y del cuerpo, como si, de repente, se viera menos que un
miope y se oyera menos que un sordo. Entonces es preciso tomar inmediatamente,
allí donde uno esté, unas copas.
Vio
los falsos colores en la cara demacrada y sin afeitar del teniente, el
maquillaje característico del bebedor. Se extendía sobre la auténtica palidez
del rostro como los reflejos de una lámpara roja sobre una mesa blanca.
Desde
hacía semanas el teniente se había acostumbrado al «noventa
grados». El aguardiente no se subía a la cabeza, sino que únicamente se «bajaba
a los pies», como decían los entendidos. Al principio producía un calorcillo
agradable en el pecho. La sangre corría más rápido por las venas, el apetito
sustituía al mareo y a las ganas de vomitar. Después se tomaba otro «noventa
grados». Y, por más fría y turbia que fuera la mañana, uno avanzaba valeroso y
contento por ella como si fuera una mañana soleada y dichosa.

La marcha Radetzky, de Johann Strauss
No he leído ningún libro de Joseph Roth. De los tres Roth (Henrry, Philip y Joseph) es el que me queda y puede que me anime con esta novela.
ResponderEliminarEl siglo XX, que algunos historiadores dicen que empieza en 1914 con la Gran Guerra, ha sufrido sobre todo (aunque no solo) de una triste enfermedad llamada nacionalismo. Todas las guerras que han ocurrido han tenido su causa en esa terrible palabra.
Me interesa mucho el tema y apunto la novela.
Un beso.
Prueba primero con La leyenda del Santo Bebedor o alguno que no sea muy largo porque este que reseño es su libro más amplio, aunque quizás sea este el más popular.
EliminarA mí, personalmente, esta novela me ha gustado más a medida que penetraba en ella, mejorando incluso en su segunda mitad.
Besos
Me animaré a leer suyo.
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