jueves, 20 de junio de 2019

Peter Camenzind (1904), de Hermann Hesse




E·. P. de las Heras firma el amplio prólogo de la edición que ha caído en mis manos, Ediciones Orbis, 1984. Se trata de un prólogo denso, el propio de un especialista, que analiza en general toda la obra de Hesse. Este párrafo define a la perfección el espíritu de esta novela en el contexto global de su narrativa:



Al leer Peter Camenzind, obra de juventud, se advierte una desconcertante pluralidad de ideas y sentimientos que, como un manojo de flechas abiertas en arco, pueden alcanzar madurez y dispararse hacia el blanco. En presencia de su obra posterior vemos que sólo algunos lo hicieron, y que estos blancos fueron precisamente los más insospechados, pero es incuestionable que en la época de Camenzind ―hacia sus veintisiete años― el carcaj estaba lleno.



La novela, la narrativa de Hesse, comienza tal que así.



En un principio fue el mito. Así como el gran Dios inspiraba las almas de los indios, griegos y germanos, anhelantes de expresión, vuelve también a inspirar diariamente el alma de cada niño.



Como en novelas posteriores nos encontramos con un bildungsroman, con un muchacho asediado por interrogaciones y con dificultades de adaptación social.



Eran los gesticulantes y alegres habitantes de las tierras bajas; gentes cordiales y educadas que contrastaban conmigo, zagal de las montañas, que les contemplaba mudo y temeroso desde su asiento. Y entonces tuve la seguridad de que nunca sería nativo de ningún lado. Adiviné que estaba desarraigado de las montañas, pero que tampoco llegaría a ser nunca un habitante de las tierras bajas. Nunca sería tan alegre, tan cordial, ni estaría tan seguro de mí mismo. Aquellas gentes seguirían siendo extrañas para mí, y yo no pasaría de ser algo grotesco y risible para ellos.



Aquellas dificultades que plantea Demian ya se encuentran esbozadas aquí, aunque las conclusiones sean diferentes. Para los que adoramos al maestro alemán, los motivos para la satisfacción los encontraremos aquí y acullá:



En Basilea alquilé un piso en los suburbios, reuní allí todos mis enseres y comencé a trabajar. Me alegraba vivir en aquella callada ciudad, donde nadie me conocía.



Como en cualquier obra de Hesse, la selección de fragmentos podría ser infinita. Hesse es uno de esos genios que todo lo que toca lo convierte en alta literatura. Como ningún otro es capaz de escribir filosofía o poesía de forma novelada.



Era cansado e infructuoso el eterno cavilar sobre las causas de mi tristeza y mi incapacidad para la vida.



Sin embargo, era mucho más terrible para mí, tener que hablar de arte o literatura. Había observado que sobre estas materias se pensaba poco, se mentía mucho y se charlaba infinitamente más. Así es que no me quedó más remedio que mentir también, pero sin sentir en ello ninguna satisfacción y escapando apenas a la repugnancia que me causaba.



Dos temas peculiares de esta novela sorprenderán al lector habitual de Hesse, San Francisco de Asís y el vino.



Al canto de amor del santo de Asís, añadí la estrofa correspondiente a mi «querido hermano, el vino».



No os quiero aburrir más con mis notas tremendamente desordenadas. Mejor que os deis un chapuzón en la todavía fresca y novedosa novelística de Hesse. Su talento es tal que caigo rendido a sus pies:



―No quise decir eso ―rectificó turbada la muchacha―. No es usted poeta y escritor porque escribe novelas cortas y ensayos en los periódicos, sino porque comprende bien la Naturaleza y ama sus encantos. ¿Qué sienten los demás cuando el viento agita las ramas de un árbol o el sol se refleja en las rocas de la montaña? Para ellos eso no es nada. Pero para usted es toda una vida, toda una existencia que puede vivir también.



La crítica suele hablar de Peter Camenzind como de una obra de inmadurez, como un ensayo o esbozo de lo porvenir. No sé; para mí se trata de una novela muy interesante, que como todas las suyas invita a continuas relecturas. Tan joven y tan capaz. Hesse es, qué duda cabe, uno de esos autores que todavía impelen a los jóvenes a dar un salto de calidad en sus lecturas.



Y yo quería enseñar a los hombres el modo de hallar en el fraterno amor a la Naturaleza, las fuentes de la alegría y de la vida; deseaba predicarles el arte de la contemplación, del caminar y del placer puro, la alegría en el presente. Quería hablarles con palabra pujante y poderosa de las montañas, de los mares y de las verdes islas, para obligarles a pensar en la vida múltiple y atractiva que florece diariamente fuera de sus casas y de sus ciudades. Deseaba lograr que se avergonzaran de saber más detalles y más cosas sobre las guerras extranjeras, sobre la moda, el arte y la literatura, que sobre la primavera, brillante con todo su esplendor fuera de sus ciudades…

Todo eso quería expresar en mi poema, en mi obra. Pero no en forma de himnos y cantos arrebatados y difíciles, sino en lenguaje sencillo y tierno, como la propia lengua de la Naturaleza o la que un caminante emplea para expresarse con su compañero.

Quería… deseaba… Esperaba. Todo eso me suena ahora demasiado grotesco. Pero entonces aguardaba con impaciencia el momento de ordenar todos mis impulsos en un plan y comenzar cuanto antes la tarea.


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