jueves, 7 de noviembre de 2019

Rudin, (1856), Iván Turguéniev




 Entró un hombre de treinta y cinco años, de alta estatura, un poco cargado de hombros, de pelo rizado, muy moreno, con rostro de facciones irregulares, pero expresivo e inteligente. Un acuoso brillo animaba sus vivaces ojos, de un azul oscuro; su nariz era ancha y recta y sus labios estaban bellamente trazados. Su traje no era nuevo y le venía estrecho, como si le hubiera quedado pequeño.
… El tenue sonido de la voz de Rudin no se correspondía con su estatura y su ancho pecho.

Por el momento es el personaje más extraño que me ha presentado Turguéniev. Por otro lado la novela también sorprende porque presenta un final feliz, como si hubiera una especie de justicia divina que al final se reparte entre todos según los méritos.
Rudin es un embaucador, un manipulador que impresiona de primeras pero que luego se crece, hasta creerse invulnerable, y entonces se torna demasiado audaz, temerario incluso, lo cual le conduce irremediablemente a la equivocación y al desenmascaramiento.
Me da por pensar que Rudin es en realidad el verdadero “hombre superfluo” que dio fama a Turguéniev, y no el protagonista de Diario de un hombre superfluo. Rudin es un hombre de gran presencia física; en cambio su carácter solamente impresiona al momento de conocerlo, luego decepciona. Observamos el devenir de Rudin y nos dejamos llevar por la fascinación inicial. No se trata del típico tartufo; esos están representados en otros personajes como Pandaliev o Pigasov, personas mucho más despreciables que el propio Rudin. Como siempre viene a suceder, todos los personajes que pinta Turguéniev están muy bien trazados.
Ciertamente Rudin es un personaje complejo. Es el hombre elocuente.

…tenía una mente sistemática y una gran memoria, y ya se sabe que todo eso causa gran efecto a la juventud, a la cual hay que darle conclusiones, resultados, aunque no sean verdaderos, pero ¡resultados!, cosa que no vale para un hombre bien aconsejado. Pruebe a decirles a los jóvenes que no les puede dar la verdad absoluta, porque usted mismo no la posee… y los jóvenes ni siquiera le escucharán. Pero tampoco puede engañarlos… Le haría falta estar absolutamente convencido de que está en posesión de la verdad… De ahí que Rudin ejerciera una influencia tan fuerte sobre nuestros hermanos.

Pero le falta carácter.

Puede que tenga genio ―recalcó Lezhniov―, pero temperamento… Toda su desgracia consiste en que no tiene ni pizca de temperamento… Sin embargo, no se trata de eso. Quiero decirles qué hay de bueno y de raro en él. Tiene entusiasmo; y eso, créanme ustedes, a mí, que soy un flemático, me parece la cualidad más preciada de nuestro tiempo. Todos nosotros nos hemos convertido en personas insoportablemente juiciosas, apáticas e indolentes. Dormitamos, nos entumecemos y debemos dar gracias a quien, aunque sólo sea por un instante, nos despierta y anima con sus críticas. ¿Ya era hora!... …No es un actor, como le llamé yo entonces, ni un embaucador, ni un bribón; vive a cuenta ajena, no como un parásito, sino como un niño… Sí, acabará, desde luego, muriendo en cualquier lugar, pobre y mísero; pero ¿hay que tirarle una piedra por eso? No hace nada por sí mismo porque no tiene temperamento, no tiene sangre; pero, a decir verdad, ¿quién puede decir que no aporte, que no haya aportado provecho alguno?...

A mi modo de ver no está entre las mejores obras de Turguéniev. Claro, se trata de su primera novela (no sé muy bien cómo ni por qué la crítica elabora la distinción entre novelas y novelas cortas o nouvelle) y he comenzado el recorrido explorando algunas de sus obras maestras. De todas maneras, es Turguéniev en estado puro y se lee con excitación y avaricia. Supongo que me está sucediendo como al lector que busca lecturas adictivas. Cada vez que inicio una novelita de Turguéniev me atrapa. Supongo que viene a colación esta frase de Nabokov, aunque yo le doy otro sentido porque el que a mí me engancha sobremanera es el propio Turguéniev.

«Cuando se lee a Turguéniev, uno sabe que está leyendo a Turguéniev. Cuando se lee a Tolstói es porque no se puede dejar el libro».

Me ha costado en esta ocasión quedarme con los personajes; no es habitual en Turguéniev tener que volver atrás para reconocerlos. Me ha costado incluso creerme a alguno de los personajes, imaginármelos de carne y hueso. Con todo y con ello es Turguéniev. Con pocos trazos nos define clima, paisaje, personajes. No tarda en plantearse cierta tensión dramática, que para el lector más exigente quizás sea insuficiente.

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