jueves, 8 de octubre de 2020

La educación sentimental (1869), Flaubert


     Hace años que leí por vez primera esta novela de Flaubert. Fue mi iniciación en la prosa del maestro. Luego Madame Bovary me decepcionó, aunque no dejo de releerla, no sé si de la mano de su fama o porque Flaubert tiene algo, que se le disfruta más cuanto más se lee. Supongo que la presente novela contiene más material autobiográfico y cala más hondo. Supongo que por eso es mi preferida. Está ahí el inimitable gusto por el detalle, que sirve, siempre, para envolver, para abundar en la profundidad que logra en la mayoría de sus personajes.

     Así comienza la introducción de mi edición de Cátedra:


    Su esfuerzo por dar a la prosa narrativa la categoría artística que hasta entonces pertenecía exclusivamente a la poesía otorgó carta de nobleza al género literario más difundido en nuestra cultura occidental en estos dos últimos siglos.


    Luego los historiadores coinciden en afirmar que cualquiera que aborde la época, las circunstancias que dieron lugar al golpe de estado de 1848 que desembocó en la República, no pueden prescindir de La educación sentimental.

    La novela en sí tiene una temática sencilla. Frédéric Moreau, un burgués acomodado, se traslada a la capital, París, para continuar con sus estudios. La relación con sus amigos, la penetración en el ambiente social y cultural, se dan al mismo tiempo que sus relaciones sentimentales. Imagino las dificultades de Flaubert para añadir acción dramática a todo esto, pero lo consigue. Se ha escrito mucho acerca de la ausencia de trama en esta novela, pero es que el lector tipo es muy exigente en este aspecto y no en otros.

    Es cierto que las relaciones con las mujeres son el eje vertebrador de la novela, pero no lo es menos que se trata de un bildungsroman encubierto. Aunque no comienza por la infancia, a lo largo del texto se nos describe igualmente, y, en definitiva, se trata del despertar de un individuo ante el mundo y sus reglas. Desde la más tierna inocencia, Frédéric culmina tal que así en uno de los pasajes más inquietantes de la novela:


    Sus bellos ojos chispeaban con tal pasión que Frédéric la hizo sentarse sobre sus rodillas y se dijo: «¡Qué canalla soy!», congratulándose de su perversidad.


     Hay dos tipos de amores, el que siente por madame Arnoux, platónico como quien dice, en el que no importa la consumación:


     De nuevo en su estudio, Frédéric contempló el sillón donde ella se habían sentado y todos los objetos que había tocado. Algo de ella circulaba alrededor de él. La caricia de su presencia duraba todavía.


     … y un amor sensual, el que siente por Rosanette, que no es otra cosa que la misma consumación. Incluso puede que haya un tercer amor, que es el que siente por la señora Dambreuse. Este último es más complicado de definir. Frédéric siente admiración por el saber estar de esta señora. Se convierte en un amor hipócrita, útil, mundano en definitiva.

     Pero no os eche atrás tanto amor, pues en definitiva no se trata de otro asunto sino de la búsqueda de la felicidad, que es el fin de toda vida.


    Qué decir de la novela de Flaubert que no se haya dicho. 

     Se pueden destacar muchos aspectos. La trama se articula en torno a unos personajes fabulosamente tratados, que definen el carácter humano. Hombre y mujeres, egoístas todos, son capaces de lo mejor y de lo peor en pos de sus ambiciones. No olvidaremos jamás a Frédéric, un muchacho de buen corazón pero que cometerá una y mil vilezas, pero tampoco a la más bella, a La mariscala, Rosanette, ni a los señores Arnoux o a su amigo Deslauries. Es habitual ver a los fanáticos de la política caer en las más miserables de las acciones. Fácil cae uno en el cliché de decir: “en esta novela figuran hombres y mujeres que luchan por sobrevivir y prosperar en un mundo convulso”. Pero es que es así. 


     Quizás el ritmo es lento. A veces Flaubert, sencillamente, observa la naturaleza. A mí hay veces que me ha cautivado. Aquí, por ejemplo, se detiene a describir el bosque:


     La variedad de los árboles ofrecía un espectáculo cambiante. Las hayas, de corteza blanca y lisa, entremezclaban sus coronas; los fresnos curvaban tranquilamente sus glaucos ramajes; en los vástagos de ojaranzos se erizaban acebos semejantes a bronce; después venía una fila de delgados abedules, inclinados en actitudes elegiacas; y los pinos simétricos como tubos de órgano, balanceándose continuamente, parecían cantar. Había encinas rugosas, enormes, que se convulsionaban, se desperezaban del suelo, se ceñían las unas a las ogras, y firmes, sobre sus troncos, semejantes a torsos, se lanzaban con sus brazos desnudos llamadas de desesperación, amenazas furibundas, como un grupo de titanes inmovilizado en su cólera.


     Al mismo tiempo, en la novela se suceden acontecimientos fantásticos. Flaubert busca las más altas cimas artísticas sin descuidar al lector que lleva dentro. Podremos ver a Frédéric convulsionado por consumar su amor sin preocuparse del motín que estalla en cada una de las calles de París. Luego que lo observa de lejos, dice de él:


     A veces oían muy a lo lejos el redoble del tambor. Tocaban generala en los pueblos para ir a defender París.

―¡Ah!, ¡mira!, ¡el motín! ―decía Frédéric con una compasión, desdeñosa, pareciéndole despreciable toda aquella agitación al lado de su amor y de la naturaleza eterna.


    En fin, ahora me apetece leer alguna selección de su correspondencia. Algo creo haber leído ya. Es el escritor enredado en su oficio. Un fragmento de su correspondencia que nos regala la introducción de Cátedra define a la perfección el espíritu de la novela:


     Estoy empeñado desde hace un mes en una novela de costumbres que se desarrollará en París. Quiero hacer la historia moral o más exactamente sentimental de los hombres de mi generación. Es una novela de amor, de pasión como puede haber ahora, es decir inactiva. El ema tal como lo he concebido es, creo, profundamente poco divertido. Faltan un poco los hechos, el drama, y la acción se desarrolla en un periodo de tiempo demasiado largo. En fin, estoy muy cansado y lleno de preocupaciones.


6 comentarios:

  1. Es curioso. Yo he leído tres veces (1982, 1996 y 2003) "Madame Bovary" y solo me ha decepcionado la tercera. Las otras dos me había gustado bastante, aunque la segunda (lo que hace ser mayor) ya le había encontrado algún detalle que me había echado para atrás. La tercera vez fue para la tertulia del instituto y nos decepcionó a todos. casi todos la habíamos leído ya y todos coincidimos en que la recordábamos de otra manera.
    "La educación sentimental" solo la he leído una vez y recuerdo poco.
    Un beso.

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    1. Asi pasa. La experiencia de la lectura depende de tantos aspectos... A veces son las motivaciones, los intereses personales, por supuesto que lo más importante es que nosotros cambiamos, como personas, como lectores... Supongo que pronto volveré a leer Madame Bovary (no es fácil dar con su correspondencia), pero a mí Frédéric me parece un personaje trazado de forma envidiable. A mí, personalmente, me gustaría escribir una novela tal que así, independientemente de que a los lectores no les gustara. A través de sus líneas se pueden ver los esfuerzos de Flaubert por intentar ayudar al lector, por aplicar trama, acción... A medida que entraba en la novela me gustaba más y más, y al final me ha dejado unas sensaciones estupendas.
      Besos

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  2. Yo he leído "Madame Bovary" sólo una vez y me gustó mucho. Me atrapó desde la primera página. Por lo que veo, mejor no hacer una segunda lectura.
    Confieso que no he leído "La educación sentimental", ni siquiera la tengo, cosa que tengo que solucionar cuanto antes. Sí que tengo "Salambó", pero tampoco la he leído.
    Tras leer tu reseña me atrae mucho "La educación sentimental". La pondré entre las preferentes.
    Un abrazo.

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    1. Fíjate que a mí la primera lectura de "Madame Bovary" me resultó ingrata. Tanta fama..., me dije. Luego uno vuelve a leerla, y la verdad que es una novela a la que a mi modo de ver le falta fuerza. Esa fuerza, en cambio, se la veo a la presente novela. Pero esto no es más que una interpretación al vuelo. Quizás cambie con la siguiente lectura. Yo solo leo, no analizo con fineza.
      Un abrazo de vuelta

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  3. Yo leí varias veces Madame Bovary, y siempre me dejó ese poso de gran literatura, aunque haya aspectos que nos puedan parecer pacatos, si contextualizamos la obra en su tiempo. La educación sentimental también me gustó, pero haciendo ese ejercicio de viajar al tiempo en el que se desarrolla la trama y poniéndonos en ese marco, en la psicología de los personajes. Como a Rubén, a veces me quedaba atrapado en esa descripción preciosista. Otra salvedad es el estilo narrativo más premioso, que elude ir a una trama completamente deshuesada. Borges estaba a favor de lo conciso, sin embargo, muchos escritores actuales han olvidado el venero de la prosa. A mi me tienen que atrapar ambos:trama y prosa. El qué y el cómo se escribe. Un placer leerte, Rubén.

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    1. Yo ya sabes que soy un poco díscolo y no suelo sujetarme a lo establecido. No puedo profundizar en demasía, pero creo que Madame Bovary fue motivo de juicios y publicidad. De alguna manera supone una ruptura con lo establecido, pero también su prosa es más moderna de lo que a primera vista se supone, pues es una prosa más libre de lo que parece, muy visual en ocasiones, ¡envidiable! Y no me refiero a lo preciosista o poético, sino a la representación de la realidad. En todo caso yo también estoy a favor de lo conciso, y no me gusta la prosa poética, no entiendo la poesía, incluso el arte por el arte. A mí la literatura me tiene que ofrecer un mensaje. Esto daría mucho de sí, para desbarrar...
      Abrazo

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