lunes, 25 de noviembre de 2019

La herencia de Eszter, (1939), Sándor Márai




 Es esta la tercera novelita de Márai que cae en mis manos, la más reducida de las tres, probablemente la que más me ha emocionado.
Comienza con perlas como las que siguen:

Si quiero ser sincera ―¿qué otro sentido podría tener el hecho de escribir? ―

Lajos nunca había sido cruel conmigo, si bien es verdad que tampoco había sido bueno, bueno en el sentido que interpretan la bondad los libros escolares.

Aunque la protagonista y narradora es femenina, Eszter, el verdadero protagonista y objetivo de la historia es Lajos, omnipresente en las opiniones y diálogos de todos los personajes.

¿Había sido infame? Yo nunca lo había sentido así. Es verdad que mentía, que mentía tal como sopla el viento, con la fuerza y la alegría de la naturaleza. Sabía mentir de una manera totalmente convincente. A mí, por ejemplo…

Sabía que todo lo que Lajos tocaba perdía su consistencia original; que se descomponía y que cambiaba, como los metales nobles en el crisol de los magos de antaño… Sabía que Lajos era capaz de volver falsas incluso a las personas, no solamente las piedras o los metales.

Márai tiene un don para hacer que los personajes nos cuenten su pasado. Lo ejecuta a la manera clásica, sin alardes técnicos, ¿para qué, si es un maestro? Además le gustan los reencuentros de dos personajes que tuvieron una relación estrecha, y en cierto modo exaltada, pero que llevan años sin verse.
Sándor Márai maneja estos reencuentros con tanta maestría que genera intriga. Es capaz de ponernos en situación perfectamente, con muy pocas palabras, al tiempo que nos provoca en el ánimo la ansiedad por saber cómo se resolverá el asunto.
Comienza la historia con la noticia del regreso de Lajos, un auténtico canalla que permanece en la memoria de toda la familia y amigos de Eszter.
Todos saben que Lajos es mentiroso, manipulador, un sinvergüenza, pero cuando se enfrentan a él sucumben a su embrujo.
La intriga está en qué querrá Lajos, cuáles serán sus taimadas intenciones para el tan esperado reencuentro.
Lajos es un personaje que difícilmente desaparecerá de la memoria del lector. Cierto que se trata de un tipo común en la historia de la literatura, un hombre sin principios ni moral, un genio de la mentira, un hombre ruin pero simpático, un tipo del que todos conocemos algún que otro ejemplar. La virtud reside, repito, en la maestría del escritor para exponerlo.
Cualquiera de nosotros puede hacer una novela e introducir en ella a un personaje así, que puede o no ser el protagonista, pero el logro de Sándor está en imbricarlo de forma perfecta en la novela. Su personalidad nos es descrita a partir de lo que todos los personajes que lo rodean piensan sobre él, y añadiremos a esto una pizca de diálogo en la que él mismo se define.

Todos sentían que Lajos controlaba por completo las emociones, gracias a la fuerza hechicera de sus trucos de magia. Cada palabra que pronunciaban parecía ser dictada por los papeles que él les designaba.

A veces creo que no le importa siquiera el tener un techo encima de la cabeza. Tiene algo de cazador o de pescador: por la mañana se sube a su caballo ―siempre tuvo un automóvil, incluso en los tiempos difíciles, incluso cuando tenía que conducir él mismo― y se va en medio del desierto o del bosque que es para él la ciudad, monta guardia, olfatea, caza o pesca un billete de cien, lo trae a casa, lo asa y nos da un bocado a cada uno; y mientras no se acabe la pieza, a veces durante días o semanas enteras, no se preocupa de nada en absoluto…

¡Límites! ¡Límites interiores! Pero si la vida carece de límites. Compréndelo de una vez. …Nunca he decidido mis acciones. Al fin y al cabo, uno sólo es responsable de lo que decide, de lo que planea, de lo que quiere hacer. Uno es solamente responsable de sus intenciones…

El carácter implacable de Lajos abre un debate moral, sobre la bondad y la vileza, sobre lo que está o no permitido hacer, sobre el predomino de los unos sobre los otros, sobre la dictadura del carisma o el miedo a la soledad.

…El sentido de la moral, ya lo sabes, no es un rasgo de carácter heredado, sino que es algo que se adquiere. Uno nace sin moral alguna: la moral del hombre salvaje y la moral del niño son diferentes de la moral de un juez de sesenta años que trabaja en un tribunal de casación de Viena o de Amsterdam. Uno adquiere la moral durante toda la vida, de la misma manera que adquiere modales o cultura.

Tú eres un jugador de cartas muy especial. Alguien que juega, en vez de con cartas, con pasiones y con seres humanos. Yo era una dama en tus juegos. Luego, te levantaste de la mesa y te fuiste… ¿Por qué? Porque estabas aburrido. Te fuiste porque estabas aburrido. Ésa es la verdad. Ésa es la horrible e inmoral verdad. A una mujer se la puede apartar, tirar, como se tira una caja de cerillas vacía, por pasión, porque es así la naturaleza del hombre, porque es incapaz de mantenerse al lado de una mujer, o porque quiere lograr más, llegar más alto, y utilizar para ello a todas y a todos. Todo esto lo puedo comprender… Es infame, pero tiene algo de humano. Pero tirar a alguien sólo por aburrimiento… Eso es peor que infame. Para eso no hay perdón, porque es inhumano.

Una vez más Sándor nos ofrece entretenimiento a la par que reflexión. Poco más de dos horas de lectura, a mi modo de ver una obra maestra.

viernes, 22 de noviembre de 2019

La extraña, (1867), Sándor Márai



Una historia extraña, inquietante, una novela confusa, como el tema que pretende reflejar, que no es otro que la locura. Por poner un ejemplo, estoy elaborando la reseña y todavía no alcanzo a entender a qué o a quién se refiere el título.
Se puede decir que se trata de una novela corta porque no alcanza las 150 páginas, pero el tamaño no nos dice nada acerca de la intensidad, la profusión de detalle en las descripciones o en las emociones de los personajes. Hay novelas de mil páginas que apenas cuentan nada, otras en las que sobra la mitad.
La extraña es una novela que comienza arrolladora, y precisamente lo hace describiendo un ambiente, un hotel de Dubrovnik y los personajes que por él pululan, que prácticamente nada tienen que ver con la historia en sí, a no ser que hablemos de la importancia de la antesala en una mansión aristocrática.
Apabullados ante tan grandiosa descripción apenas nos damos cuenta de que el personaje más insignificante que se nos describe va a ser el protagonista supremo de la novela, Viktor Askenasi, un prestigioso profesor del Instituto de Estudios Orientales de París. Progresivamente, y de forma magistral, se nos explica por qué Viktor ha emprendido un viaje en solitario por el Mediterráneo, y progresivamente también se nos describe cómo ha sido su particular descenso a los infiernos.
Es llamativa la forma de escribir de Sándor Márai. Quizás me equivoco, pero me da la impresión de que Sandor prescinde de guión, de brújula, que enarbola la pluma teniendo en mente una idea clara de aquello sobre lo que pretende escribir pero sin conocer en absoluto la ruta a seguir. Digamos que tiene una estrategia general, como en ajedrez, y que luego gana la partida resolviendo las complicaciones tácticas con las que se encuentra. Sándor divaga, simplemente escribe y escribe, confía en su talento y experiencia, sabe que llegará a puerto, le da lo mismo enredarse en una u otra línea temporal, el caso es que todas sus obsesiones terminan derramadas a lo largo del texto.

El núcleo del texto es Víktor Askenasi, su trabajo, su vida, la relación con su mujer y su hija estropeada por la aparición de otra mujer, ¿extraña?, su caída en la locura y finalmente un viaje en solitario que termina como no podía ser de otra forma.
La historia en sí es sencilla, la manera de contarla es compleja, a veces de una densidad inquietante, exuberante. Supongo que los detalles, que a veces pueden pesar como una losa sobre el lector, son los que redondean la historia en sí, las largas enumeraciones, las descripciones de su atuendo, de los objetos que lleva en los bolsillos, de las sensaciones que embargan su visión especial de la realidad, son las que nos dan la imagen fiel de la personalidad de Víktor Askenasi.
Inquietante, una novela realmente extraña y ambigua. No me gusta abusar del término símbolo (no usurpemos terreno a la teoría de la literatura). Sándor Márai juega con nosotros y nos va mostrando a su gusto la evolución del personaje:

El susto que le produjo ese sentimiento de pérdida era desproporcionado con la importancia de los objetos que había llevado consigo….

Aquella sensación de pérdida lo atormentaba tanto que ni por un instante dudó que el objeto extraviado, en el hotel o aun antes, fuera algo valioso e imprescindible.

Al principio podemos pensar que Víktor Askenasi no es más que un hipocondríaco, un maniático del detalle. Seguimos sus pasos y se nos presentan los sucesos más gruesos que jalonan su vida.
Su prosa, ora nos mantiene atrapados, ora nos confunde de forma deliberada.

La gente, e incluso uno mismo, se forma una idea precipitada sobre el carácter de cierta persona y luego esa persona se ve obligada a cargar con las consecuencias el resto de su vida…

Después el escritor nos desvela paso a paso la verdadera naturaleza del personaje.

… Pero no lograba dar con las palabras adecuadas para comunicarle la magnífica noticia. Aunque conocía las palabras hasta sus raíces más profundas y era capaz de seguir el rastro de las etimologías más oscuras, aunque trabajaba con las palabras como el albañil con los ladrillos, ahora le parecían instrumentos chapuceros, burdos e inútiles, hechos de una materia cruda y extraña.

Por momentos sufrimos altibajos, en un creciente sostenido, hasta el clímax final. Hay humor, sarcasmo (de qué otra manera se puede hablar del prejuicio), pero sobre todo hay dolor, el sufrimiento hasta el paroxismo de la locura.


jueves, 14 de noviembre de 2019

Los hermanos Karamazov, (1880), Dostoievski





Siempre me ha llamado la atención cómo la mayoría de blogs literarios escriben con entusiasmo y largueza sobre novelas de actualidad, esas que adquieren fama volátil, como cerillas que se prenden y luego con la misma celeridad se apagan para pasar al olvido, mientras que, en cambio, cuando reseñan grandes clásicos de la literatura pasan de puntillas, se limitan a parafrasear las conclusiones de una crítica ya secular, concluyen que es una gran obra y nada más, como si tuvieran prisa por pasar página y olvidar el tedio sufrido para disfrutar de nuevo de una de esas novedades que rebosan los escaparates de nuestras librerías.

Tempus fugit. Prefiero exponerme al equívoco antes que rendirme al tedio de la crítica establecida, como si las grandes historias hubieran perdido ya frescura, como si ya no fueran capaces de aportar nada nuevo al lector ávido por conocer lo mejor que ha dado esa que constituye su amada afición.

Me ha costado mucho terminar la lectura de Los hermanos Karamazov, quizás porque la he intercalado con otras lecturas, varias nouvelle de Turguéniev que han eclipsado por completo a Dostoievski, y el Curso de literatura rusa de Nabokov, extremadamente crítico con el maestro.
Tengo que decir que esta novela es considerada por el autor su obra maestra, probablemente la más leída y la que mayor fama le reportó. Fue publicada por entregas y se notan los altibajos, característicos, por otro lado, de la prosa del maestro. Es una novela muy larga, inacabada incluso porque el autor pretendía hacer una segunda parte que iba a transcurrir 13 años después de los hechos narrados.
Leer a Dostoievski es una experiencia extraña, como subirte a una montaña rusa. Por momentos te aburre y de pronto te ves sumergido en las pasiones más agitadas imaginables. Dostoievski me gusta y me disgusta. Siente debilidad por los caracteres extremos, a los cuales coloca en situaciones límite ante las cuales tienen que responder poniendo toda la carne sobre el asador. Dichas situaciones aportan dramatismo, tocan la fibra sensible y al mismo tiempo plantean temas universales como el destino y el libre albedrío, la caridad cristina, la compasión frente a la violencia, el odio, el amor, la lealtad.
No podemos obviar que Rusia atraviesa una encrucijada. Quién iba a imaginar el devenir de un pueblo que se debatió con tanta fuerza contra la autocracia zarista, y que terminó cayendo en una dictadura todavía más estricta, la soviética. Solamente la situación de efervescencia en la que se hallaba el pueblo ruso es capaz de explicar semejante devenir.


«En realidad, a todos estos socialistas (dijo), anarquistas, ateos y revolucionarios, no los tememos mucho; los vigilamos y estamos al corriente de sus pasos. Pero hay entre ellos, aunque pocos, algunos individuos curiosos: se trata de individuos que creen en dios, cristianos, y, al mismo tiempo, socialistas. ¡A éstos es a quienes más tememos, ésa es gente temible! El socialista cristiano es más terrible que el socialista ateo.»


A grandes rasgos la novela me ha saturado. Aclamada como una de las grandes joyas de la narrativa universal, yo considero que es mejor acercarse a Dostoiveski a través de cualquier otro de sus trabajos. No por el estilo ni el contenido, que es el propio del maestro, sino más bien por la extensión. Entiendo las exigencias del folletín, y también que Dostoievski andaba escaso de dinero. La estructura es más sencilla de lo que pueda parecer exteriormente, una historia detectivesca, un largo planteamiento en el que se sitúa a los miembros de una familia desestructurada, un asesinato y el camino que se recorre para esclarecer sus móviles. Los personajes no son demasiados, nada que ver, por ejemplo, con Guerra y Paz. Por ejemplo, hay dos personajes como el joven Kolia, o el stárets (santo) Zósima, a los cuales Dostoievski dedica alrededor de 50 páginas (¡a cada uno!, de un total de 800) que no aportan absolutamente nada a la historia. Las necesidades del folletín. Pero hay más, por poner otro ejemplo, el discurso final del fiscal en el juicio, de un tal Ippólit Kirillovich, ¡Estamos hablando de un discurso de 32 páginas! El discurso del abogado defensor contiene 25 páginas más.


A mi modo de ver es una novela demasiado pretenciosa. Fiodor Pavlovich es el padre de tres hijos, Dimitri, Iván y Aliosha, fruto de dos matrimonios distintos. Un posible hijo bastardo, Smerdiákov, epiléptico, viene a complicar todavía más el panorama. Dos mujeres, Grushenka y Katerina Ivanovna, revolotean alrededor. Aunque hay muchísimos más personajes secundarios, todo hay que decirlo, Dostoievski se maneja con maestría y, si se lleva a cabo una lectura atenta y pausada, uno se hace sin problemas con los personajes pese a la complejidad del patronímico ruso.
Fiodor Pavlovich y su hijo Dimitri son probablemente los personajes mejor tratados. El mismo Fiodor se define a sí mismo por medio de la conversación:


Precisamente cuando me acerco a la gente siempre me parece que yo soy el más vil de todos y que todos me toman por un bufón; así que me digo «¡Hala!, voy a hacer de bufón, no tengo miedo a lo que penséis, porque todos, ¡absolutamente todos, sois más canallas que yo!». Por esto soy un bufón, soy bufón por vergüenza, gran stárets, por vergüenza. Si alboroto es sólo por timidez. Si estuviera concvencido de que cuando entro en un lugar todos van a tomarme por un hombre encantador e inteligente, ¡Sios del cielo, qué buena persona sería yo entonces! ¡Maestro! ―repentinamente se hincó de rodilla―, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?


Como sucede en las novelas de Dostoievski, y de cualquier autor que se precie, elementos de su propia vida entran a formar parte de la trama. Aliosha al parecer representa las virtudes que Dostoievski hubiera querido para un hijo ideal, el que perdió cuando tenía tan solo tres años de edad a causa de una enfermedad que le transmitió en herencia, la epilepsia. Es un personaje un tanto extraño, de difícil encaje, digamos que se acerca a la persona de un santo.
Dimitri es impulsivo pero noble, comete las mayores vilezas que uno pueda imaginar, dilapida una fortuna en una sola noche y al mismo tiempo es capaz de las virtudes más honorables.


«Seré un asesino y un ladrón ante el asesinado y desvalijado, ante todo el mundo, y me mandarán a Siberia, pero prefiero esto a que Katia tenga derecho a decir que la he traicionado, que, además, le he robado y que con su propio dinero he huido con Grushenka para empezar a vivir una vida virtuosa. ¡Eso nunca!»


Nabokov, en el Curso de literatura rusa, pretende desmitificar a Dostoievski. Por supuesto que mi juicio se ha visto influenciado, al tiempo que Nabokov me ha proporcionado una lectura aguda sin la cual hubiera pasado por alto detalles importantes.
Como ejemplo, dice Nabokov que Dostoievski no tenía talento como novelista pero sí como dramaturgo. Esta afirmación la acompaña de ejemplos, y es agradable observar a posteriori, en la lectura, dicho análisis, que enriquece la lectura y mejora nuestra capacidad crítica.
En fin, una rudimentaria reseña para una novela de la que se puede hablar largo y tendido. Para muchos críticos está entre las mejores piezas de la historia de la literatura universal, así que no tenéis por qué estar de acuerdo con mi crítica, ni siquiera con la del maestro Nabokov. La magia de la lectura reside en que cada uno elabora la suya propia.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Rudin, (1856), Iván Turguéniev




 Entró un hombre de treinta y cinco años, de alta estatura, un poco cargado de hombros, de pelo rizado, muy moreno, con rostro de facciones irregulares, pero expresivo e inteligente. Un acuoso brillo animaba sus vivaces ojos, de un azul oscuro; su nariz era ancha y recta y sus labios estaban bellamente trazados. Su traje no era nuevo y le venía estrecho, como si le hubiera quedado pequeño.
… El tenue sonido de la voz de Rudin no se correspondía con su estatura y su ancho pecho.

Por el momento es el personaje más extraño que me ha presentado Turguéniev. Por otro lado la novela también sorprende porque presenta un final feliz, como si hubiera una especie de justicia divina que al final se reparte entre todos según los méritos.
Rudin es un embaucador, un manipulador que impresiona de primeras pero que luego se crece, hasta creerse invulnerable, y entonces se torna demasiado audaz, temerario incluso, lo cual le conduce irremediablemente a la equivocación y al desenmascaramiento.
Me da por pensar que Rudin es en realidad el verdadero “hombre superfluo” que dio fama a Turguéniev, y no el protagonista de Diario de un hombre superfluo. Rudin es un hombre de gran presencia física; en cambio su carácter solamente impresiona al momento de conocerlo, luego decepciona. Observamos el devenir de Rudin y nos dejamos llevar por la fascinación inicial. No se trata del típico tartufo; esos están representados en otros personajes como Pandaliev o Pigasov, personas mucho más despreciables que el propio Rudin. Como siempre viene a suceder, todos los personajes que pinta Turguéniev están muy bien trazados.
Ciertamente Rudin es un personaje complejo. Es el hombre elocuente.

…tenía una mente sistemática y una gran memoria, y ya se sabe que todo eso causa gran efecto a la juventud, a la cual hay que darle conclusiones, resultados, aunque no sean verdaderos, pero ¡resultados!, cosa que no vale para un hombre bien aconsejado. Pruebe a decirles a los jóvenes que no les puede dar la verdad absoluta, porque usted mismo no la posee… y los jóvenes ni siquiera le escucharán. Pero tampoco puede engañarlos… Le haría falta estar absolutamente convencido de que está en posesión de la verdad… De ahí que Rudin ejerciera una influencia tan fuerte sobre nuestros hermanos.

Pero le falta carácter.

Puede que tenga genio ―recalcó Lezhniov―, pero temperamento… Toda su desgracia consiste en que no tiene ni pizca de temperamento… Sin embargo, no se trata de eso. Quiero decirles qué hay de bueno y de raro en él. Tiene entusiasmo; y eso, créanme ustedes, a mí, que soy un flemático, me parece la cualidad más preciada de nuestro tiempo. Todos nosotros nos hemos convertido en personas insoportablemente juiciosas, apáticas e indolentes. Dormitamos, nos entumecemos y debemos dar gracias a quien, aunque sólo sea por un instante, nos despierta y anima con sus críticas. ¿Ya era hora!... …No es un actor, como le llamé yo entonces, ni un embaucador, ni un bribón; vive a cuenta ajena, no como un parásito, sino como un niño… Sí, acabará, desde luego, muriendo en cualquier lugar, pobre y mísero; pero ¿hay que tirarle una piedra por eso? No hace nada por sí mismo porque no tiene temperamento, no tiene sangre; pero, a decir verdad, ¿quién puede decir que no aporte, que no haya aportado provecho alguno?...

A mi modo de ver no está entre las mejores obras de Turguéniev. Claro, se trata de su primera novela (no sé muy bien cómo ni por qué la crítica elabora la distinción entre novelas y novelas cortas o nouvelle) y he comenzado el recorrido explorando algunas de sus obras maestras. De todas maneras, es Turguéniev en estado puro y se lee con excitación y avaricia. Supongo que me está sucediendo como al lector que busca lecturas adictivas. Cada vez que inicio una novelita de Turguéniev me atrapa. Supongo que viene a colación esta frase de Nabokov, aunque yo le doy otro sentido porque el que a mí me engancha sobremanera es el propio Turguéniev.

«Cuando se lee a Turguéniev, uno sabe que está leyendo a Turguéniev. Cuando se lee a Tolstói es porque no se puede dejar el libro».

Me ha costado en esta ocasión quedarme con los personajes; no es habitual en Turguéniev tener que volver atrás para reconocerlos. Me ha costado incluso creerme a alguno de los personajes, imaginármelos de carne y hueso. Con todo y con ello es Turguéniev. Con pocos trazos nos define clima, paisaje, personajes. No tarda en plantearse cierta tensión dramática, que para el lector más exigente quizás sea insuficiente.